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El misterio de los cristales gigantes

JUAN MANUEL GARCÍA RUIZ 05/10/2008

Esta historia comienza hace más de treinta millones de años. Bajo el desierto mexicano de Chihuahua se encuentra una maravilla del mundo mineral: la Cueva de los Cristales Gigantes de Naica. El científico español que la ha estudiado nos descubre sus secretos.

El más espectacular ejemplo de armonía cristalina estaba oculto en una montaña minera en el desierto mexicano de Chihuahua: la Cueva de los Cristales Gigantes de Naica. Un lugar mágico, una catedral de cristales construida por la naturaleza que he tenido el privilegio de estudiar. Un escenario propio de El retorno de Superman, la película en la que el ambicioso Lex Luthor le exige al alma cristalizada de Jor-El que le revele el secreto del conocimiento: "Cuéntamelo todo. Empieza por los cristales". Les contaré todo. Empezaré por los cristales.


Sostenía Salvador Dalí que la diferencia entre el Juan de Pareja de Velázquez y la mejor fotografía de Juan de Pareja eran siete millones de dólares. Parafraseando al genial pintor podemos afirmar que la diferencia entre un trozo de carbón amorfo y un cristal de carbono, es decir, un diamante, es exactamente la fortuna que valga el diamante. Ambos no son otra cosa que un montón de átomos de carbono, pero ¿cuál es la diferencia que hace al diamante duro, bello e imperecedero? El orden. Exclusivamente el orden. En el vidrio amorfo, los átomos están distribuidos sin regla alguna; en un cristal están dispuestos en un orden perfecto. Ese orden es el que confiere a los cristales la belleza propia de sus formas lineales, sus ángulos perfectos y constantes, su lustre y sus colores.

Fascinado por esa belleza andaba yo estudiando el origen de los grandes cristales de yeso de la Segóbriga romana, un misterio aún no desvelado. Gracias a un viejo libro de mineralogía, yo sabía de la existencia de una gruta con este tipo de cristales que fue descubierta en 1910 en la mina mexicana de Naica, y hasta allí me dirigí en el año 2001 buscando inspiración para mis estudios.

Sitúense, estamos en Chihuahua, al norte de los Estados Unidos de México, al sur de Delicias, junto al río Conchos que serpentea ya hasta el río Bravo. Tal como han adivinado, están rodeados por el paisaje inhóspito de los westerns, porque, efectivamente, avanzamos por lo que era territorio apache en el siglo XIX, ahora rodando por una carretera de asfalto hacia la única sierra que da sombra al desierto, lo que en la lengua de los indios tarahumara se dice naica: hacia la sierra de Naica. Allí, la compañía Peñoles explota una de las minas más importantes de México, que lleva dando plata, plomo y zinc desde hace doscientos años. La explotación tiene dos tiros verticales, pero a la mina se accede también por una rampa, la rampa de San Francisco, una carretera de unos cinco metros de diámetro que, entubada en la roca, desciende helicoidalmente hasta las profundidades del frente de mina, situado hoy a unos inquietantes 820 metros de profundidad. Por la rampa de San Francisco bajé la primera vez que visité Naica acompañado por Roberto Villasuso, su ingeniero jefe de exploración. En el nivel -120 estaba la cueva que andaba buscando con los cristales de yeso. Es un bellísimo corredor con todas las paredes cubiertas de cristales de yeso, como dagas amenazantes, entre los que destacan algunos cristales de hasta un metro de tamaño que en forma de ramillete florecen desde el suelo. La habían llamado la Cueva de las Espadas.

Pero me esperaba una sorpresa. Roberto quería enseñarme una nueva cavidad, que había sido descubierta unos meses antes, en abril de 2000, cuando los hermanos Eloy y Javier Delgado abrían una nueva galería en el nivel -290 y, asombrados de lo que vieron tras la pared que habían horadado, detuvieron los trabajos de perforación, avisando a los responsables de la mina. Gracias a esa cadena de profesionales, hoy podemos disfrutar de lo que ellos llamaron la Cueva de los Cristales. Cuando entré por primera vez en la cueva me sorprendió un golpe de calor húmedo que empañó los vidrios de mis gafas y me dejó aturdido. Al recuperarme me di cuenta de que me encontraba delante del mayor espectáculo del mundo mineral. La cueva tiene unas dimensiones de unos 35 metros de largo por 20 de ancho y una altura media de unos ocho metros. Su suelo, como también parte de las paredes y el techo, estaba cubierto de enormes bloques cristalinos de nuestra altura, de los que salían cristales como grandes vigas de más diez metros de longitud atravesando la cueva con su arrogante geometría mineral.

Comencé a sonreír y terminé a carcajadas y saltando de alegría. Como cristalógrafo, la sensación que tenía era, me imagino, la misma que cuando tu equipo de fútbol gana un gran trofeo. Yo me había costeado mi doctorado creciendo grandes composiciones de cristales para decoración, junto con mis colegas Juan Luis Martín-Vivaldi y Manolo Prieto, en un sótano del barrio madrileño de Malasaña. Sé, pues, lo que es crecer cristales del tamaño de una olla de cocina y sabía que no había limitación. Sólo se necesita espacio, tiempo y una fuente continua de material suministrada muy poco a poco. Por supuesto, en esa primera visita a Naica volví a entrar muchas veces a la cueva. Le prometí a Roberto -que conoce como nadie la geología de la mina de Naica- explicar con su ayuda el misterio de esos cristales gigantes; pero, cuando me iba, ya sabía que la pregunta a responder no era por qué son tan grandes, sino por qué son tan pocos.

Volví a Naica con mis colegas Àngels Canals y Carlos Ayora, expertos en minerales y en química de las aguas, para investigar con detalle el problema. El trabajo no fue fácil porque la temperatura de la cueva ronda los 50 grados centígrados, con una humedad superior al 90%. Imagínese usted en un baño turco, pero saltando entre cristales, intentando apoyarnos delicadamente para no alterar su belleza; midiendo ángulos; tomando nota de formas, de características de sus caras, de temperatura y humedad, de transparencia; buscando detalles aquí y allá que nos dieran información para desvelar ese misterio. A veces el aire te quemaba tanto -no sólo las fosas nasales y la garganta, sino el interior del cuerpo- que nos obligaba a huir de inmediato de ese horno. Por eso, cada vez que entrábamos, uno de nosotros se quedaba fuera cronometrando el tiempo y avisando cada ocho minutos para que los que estaban dentro abandonaran la cueva. Una norma que evitó que tuviéramos algún problema durante los tres años que duró el estudio de campo, que hicimos a cuerpo, sin trajes especiales. Mereció la pena porque logramos crear una teoría para su formación.

La historia comienza hace más de treinta millones de años, cuando una intrusión de magma caliente ascendió empujando las rocas calizas de la sierra de Naica y las preñó con un fluido ácido y caliente cargado de metales, creando los minerales de plomo, plata y zinc que hoy se extraen de la mina. En las etapas más tardías de esa mineralización, cuando la temperatura rondaba los 250 grados, se formó un mineral de escaso valor económico, pero que fue crucial para la formación posterior de los cristales gigantes de yeso. Ese mineral es la anhidrita.

Esa intrusión magmática se detuvo en su ascenso a unos tres kilómetros de profundidad, y su rescoldo o el de otra más tardía es el que aún calienta la roca y las aguas que empapan la sierra de Naica. A medida que la intrusión magmática perdía fuerza, la temperatura de la roca siguió bajando. El momento crítico ocurrió cuando la montaña se enfrió por debajo de la temperatura a la que la anhidrita deja de ser estable para transformarse en yeso, teóricamente a 58 grados, aunque nuestros estudios están refinando ese dato. Nuestra hipótesis de trabajo era que entonces, en ese mundo subterráneo, el agua comenzó a disolver lentamente la anhidrita y las aguas se cargaron de sulfato y de calcio y con el tiempo se formaron cristales de yeso. Los análisis isotópicos de Carlos Ayora en el Instituto Jaume Almera comprobaron que las moléculas de los cristales de yeso eran originariamente las de anhidrita y las mismas de las aguas actuales, lo que apoyaba nuestra hipótesis. Además, los análisis químicos de esas aguas nos decían que, efectivamente, actualmente se debería de estar disolviendo anhidrita y formando yeso. Pero aún nos faltaba algo más para demostrarlo.

Hace mucho tiempo, alguien que sabía poner nombres llamó selenita al yeso cristalizado. La cámara de Javier Trueba ha captado de forma impecable el lustre de luz de luna que arrojan los cristales de yeso de Naica, que alude a la diosa griega Selene. El origen de ese lustre es aún ignoto. Yo creo que proviene de multitud de pequeñísimas cavidades en el interior del cristal que están rellenas del propio líquido que lo formó. La idea surgió de una alucinación. Cuando el calor de la cueva impedía que el oxigeno llegara al cerebro, aquellos cristales gigantes de selenita se me figuraron grandes barras de hielo como las de las neverías de mi infancia, sólo que cuando los tocaba no estaban fríos como esperaba en mi ilusión. Fuera de la cueva comprendí que era eso. Esas pequeñas cavidades con líquido en los cristales encerraban, como el mensaje en la botella que un día arrojara un náufrago al océano, una información preciosa para comprender cómo se formaron. Ahí fue Àngels Canals quien buscaba y nos hacía buscar a todos muestras con burbujas suficientemente grandes para estudiarlas en su laboratorio de la Universidad de Barcelona. Allí determinó que las aguas en las que se formaron los cristales no eran ácidas como las que mineralizaron la plata y el plomo que se extraen en la mina, sino más parecidas a las que ahora fluyen por el interior de la montaña de Naica, lo que apoyaba definitivamente los análisis de Carlos Ayora. Pero, aún más, sus ensayos nos decían que los cristales se formaron a una temperatura alrededor de los 56 grados, justo por debajo de la temperatura a la que teóricamente se empieza a formar el yeso. Los cálculos realizados con Fermín Otálora, de mi laboratorio de Estudios Cristalográficos en Granada, demostraban que, efectivamente, en ese escenario sólo se habrían formado muy pocos cristales. Si la temperatura hubiera bajado más se habrían formado muchos más cristales más pequeños, que fue lo que pasó en la Cueva de las Espadas, casi 200 metros más somera y, por tanto, más fría. Este mecanismo autoalimentado en el que el sulfato y el calcio que perdía el agua al formarse el yeso los ganaba al disolverse la anhidrita suministraba materia a los cristales para crecer, lenta pero indefinidamente, en las cavidades que el flujo del agua iba creando a favor de las fallas del terreno. Ahí estuvieron ocultas hasta que las labores mineras las sacaron a la luz.

Si los cristales de yeso no tienen ninguna utilidad hoy día, entonces ¿por qué es importante Naica? Pues por lo mismo que las pirámides de Egipto o el cañón del Colorado. Naica es un escenario único, además del mejor exponente de la armonía natural del mundo geológico. Pero esos cristales, por muy hermosos que parezcan, no son nada fuera de Naica. Los he visto expoliados de la Cueva de las Espadas en distintos museos y en colecciones privadas, y están muertos. Lo que hay que conservar es Naica como una localidad de interés geológico, como una maravilla del mundo mineral. Si nuestra teoría de formación es correcta, en el interior de la montaña de Naica deben existir otras grandes cavernas cristalinas aún ocultas. Es ese conjunto de cavernas lo que hace de Naica un emplazamiento único, la Capilla Sixtina de la cristalografía, la morada oculta de Selene y también un lugar en el que Superman se sentiría como en casa.

¿Vidrio o cristal?

Por Juan Manuel García Ruiz

Ya se ha dicho que es el orden el que marca la diferencia entre el cristal de rubí del anillo y el vidrio rojo de bisutería. ¿Por qué entonces confundimos los términos cristal y vidrio? La confusión tiene mucho que ver con esta historia. Aunque en la Roma republicana dominaban la tecnología del vidrio aún no sabían fabricar el vidrio plano; por tanto, los vanos de sus palacios, de sus termas y de sus invernaderos los cubrían con rocas translúcidas como el alabastro. Pero el material más sofisticado, el más chic, eran las piedras transparentes que se extraían de unos campos de la provincia de Cuenca que no eran otra cosa que yeso cristalizado: el cristal de Hispania. La palabra cristal es de origen griego, krystallos, y es un término con el que los helenos no sólo nombraban al hielo, sino a aquellos minerales tan transparentes como, por ejemplo, el cristal de roca o el cuarzo de los Alpes, que creían que se formaban por un frío intenso. El yeso transparente de los campos de Cuenca era también para los romanos agua superenfriada; era, pues, cristal, el cristal de Hispania. Cristales de hasta un metro cuya transparencia y tamaño, según afirmaba Plinio el Viejo en su Historia natural, los hacía únicos en el mundo conocido. Ese yeso era fácil de separar en lajas, que se exportaban a través del puerto de Cartagena. De la explotación minera del cristal de Hispania surge el emporio de Segóbriga, que muere de forma natural cuando en la Roma imperial de finales del siglo I se fabrican láminas de vidrio que sustituirían a los cristales de Hispania, y que no sólo le robarían la vida a Segóbriga, sino que también se apropiarían de la palabra cristal para el vidrio sintético. De ahí proviene la confusión que perdura hasta nuestros días. Nadie supo nunca más de esas minas romanas hasta que un grupo de arqueólogos dirigido por Juan Carlos Guisado y María José Bernárdez, las rescatara para nuestro patrimonio.

A un siglo de la catástrofe de Tunguska


Una piedra del cielo

por Daniel Veloso

HACE CIEN AÑOS un cuerpo menor del sistema solar, probablemente un asteroide de sólo treinta metros de diámetro, entró en colisión con la Tierra, explotando en la atmósfera y generando una onda de choque que arrasó un bosque en Siberia Central. El impacto se produjo sobre una zona no habitada pero si hubiera ocurrido unas horas más tarde, la rotación de la Tierra habría expuesto a ciudades de Europa como Londres.

Para la historia geológica del planeta, el llamado "Evento de Tunguska", fue un pequeño incidente de una interminable serie de impactos catastróficos que influyeron directamente en el curso de la evolución de la vida. Por ejemplo el choque con un asteroide ocurrido hace 65 millones de años resultó una de las causas, tal vez la principal, de la extinción de los dinosaurios. Estos cuerpos menores, asteroides y cometas, son los remanentes de la formación del sistema solar. La mayoría del gas y el polvo que constituía la nebulosa proto-solar, se condensó hace 4.500 millones de años en el Sol. El resto se fue aglomerando en cuerpos sólidos, llamados planetesimales. Durante un largo período los objetos más grandes fueron absorbiendo a los pequeños a través de innumerables colisiones. De los cien protoplanetas que se calcula que tuvo el sistema solar primitivo quedaron los ocho planetas actuales y millones de asteroides y cometas. Tuvo que pasar más tiempo para que los planetas sobrevivientes limpiaran de escombros sus vecindades, chocando con estos o expulsándolos del sistema solar. Cicatrices de esa época convulsionada marcan las superficies de la Luna, Mercurio, Marte y de varias lunas del sistema solar exterior. Fue necesario que este período de impactos cesara para que pudiera desarrollarse la vida en la Tierra. Aún terminado el gran bombardeo sobre los planetas, ello no implicó que cada cierto tiempo, estos mundos continuaran sufriendo colisiones.

Sin rastros. Una mañana de verano, el 30 de junio de 1908, los pobladores de la taiga siberiana comenzaban con sus trabajos domésticos, limpiando las pieles de la caza del día anterior o preparándose para arar sus campos, cuando una luz en el cielo los deslumbró. El objeto incandescente surcaba el cielo desde el sur-este dejando atrás una larga nube de humo hasta que súbitamente explotó. Ráfagas de aire caliente arrojaron al suelo a los hombres dejando a muchos inconscientes, al tiempo que sus viviendas fueron destruidas por la fuerza del viento. Una nube similar a un hongo atómico fue vista a cientos de kilómetros de distancia y el estruendo, como un enorme trueno, se escuchó aún más lejos.

La onda de choque derribó un área de 2.150 kilómetros cuadrados de bosque. Los científicos calculan que la energía liberada por la explosión fue equivalente a 185 bombas atómicas como la arrojada sobre Hiroshima. Sismógrafos en Alemania, a 10 mil km. de Siberia, registraron el impacto contra la corteza terrestre. Al mismo tiempo, una onda de presión producida en la atmósfera dio dos vueltas a la Tierra siendo registrada por estaciones meteorológicas del hemisferio Norte. En el momento del impacto, en Uruguay eran las nueve y cuarto de la noche del 29 de junio y al otro día, el 30 de junio, el mal tiempo impidió que los barómetros del antiguo Instituto Nacional para la Predicción del Tiempo, ubicados en el Prado, pudieran captar alguna anomalía en la atmósfera.

Mientras, al otro lado del mundo, la explosión sorprendía a animales y a hombres. Los relatos recopilados por los investigadores cuentan de toda una manada de renos muerta por las llamas, de un maquinista del transiberiano que tuvo que detener el tren para no descarrilar por el temblor de tierra, y de un río que se desbordó hundiendo a varios botes. Como el impacto fue en una zona tan remota, las noticias de lo sucedido demoraron semanas en llegar hasta las grandes ciudades de Occidente. Sin embargo los habitantes del norte de Europa se vieron "sorprendidos" esa misma noche del 30 de junio por "el brillo insólito de los cielos", como relatara un testigo en una carta publicada dos días después en el Times de Londres. Según la carta, a la medianoche, desde Brancaster, al este de Inglaterra, "el cielo presentaba el aspecto de un crepúsculo", que duró hasta la madrugada. "La luz en aquella hora era tan intensa que podía leer un libro en mi habitación", relató el observador. El fenómeno se explica por la luz del Sol reflejada en el polvo que eyectó la explosión. El evento cósmico había sucedido en un momento muy convulsionado de la historia de Rusia, que se encontraba ante las puertas de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución Rusa. Recién en 1921 la Academia de Ciencias de la Unión Soviética envió una expedición al mando del minerólogo Leonid Kulik. La impenetrable taiga le impidió llegar a su objetivo, pero en un segundo intento en 1927, llegó al epicentro de la explosión. Diecinueve años después el bosque había cubierto sus heridas aunque aún quedaban zonas en que los árboles aparecían derribados como fósforos. Kulik creía que un asteroide ferroso había golpeado la Tierra, pero para su sorpresa no encontró ningún cráter. Excavó en el suelo congelado y no halló rastros del meteorito.

Los troncos derribados señalaban en sentido contrario, hacia el norte, el centro de la explosión, en el que curiosamente los árboles habían quedado en pie. Esto probaba que el objeto no había llegado al suelo, sino que explotó a varios kilómetros de altura, en la atmósfera. Años más tarde se podría comparar la destrucción natural de Tunguska con una ocasionada por el hombre: en la arrasada ciudad de Nagasaki, en 1945, los postes telefónicos que estaban en el epicentro de la explosión de la bomba atómica también quedaron en pie.

En 1938 Kulik tomó fotos aéreas de la zona y descubrió un patrón en la caída de los árboles que recordaba las alas de una mariposa. Con estos datos y los relatos de los testigos, los científicos rusos elaboraron la teoría de que un fragmento de cometa de menos de 50 metros de diámetro, proveniente del sur-este entró en la atmósfera con un ángulo de 30 grados, explotando a 6 u 8 kilómetros de altura. La explosión generó una bola de fuego de 100 mil grados que no llegó al suelo. Pero la onda de choque sí lo hizo, arrasando el bosque. Si un objeto tan pequeño creó tal devastación, era imperioso conocer cómo ocurrió y de qué parte del sistema solar provino.

Hielo y roca. En 1999, una expedición geológica italiana estudió el Lago Cheko, ubicado a 8 kilómetros al norte del epicentro. Los resultados, publicados en 2007, indican que el lago es un cráter formado por un fragmento del objeto de unos 10 metros de diámetro. Utilizando un sonar, la expedición obtuvo lecturas del fondo del lago que señalaban la presencia de sedimentos compactados, lo que los hizo pensar que puede tratarse de un fragmento del objeto. Esta hipótesis aún debe ser confirmada con un estudio más exhaustivo. Sin embargo otros científicos han hecho objeciones, como ser que en las orillas del lago hay árboles con más de 100 años que, de haber caído el meteorito justo en ese punto, no hubieran sobrevivido.

El astrónomo Tabaré Gallardo, de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República de Uruguay, especialista en asteroides, piensa que es posible que un fragmento consiguiera llegar al suelo. Explica que en un principio los investigadores calculaban que el cuerpo de Tunguska tendría unos 100 metros pero que luego de que se corrieran varios modelos matemáticos en supercomputadoras se descubrió que un objeto de 30 metros era suficiente para generar todo el daño ocurrido.

Fue en los años sesenta que las expediciones rusas descubrieron en el suelo del bosque unas esferas de vidrio microscópicas llamadas tectitas, producto de la explosión. "Ahí se empezó a especular con que en vez de un asteroide que uno pensaría como una cosa sólida, rígida, que podría llegar al suelo, tal vez lo que impactó en Tunguska fue un cometa", explica Gallardo.

La estructura más frágil de un cometa compuesto de hielo, polvo y materia orgánica, hace que no pueda sobrevivir al choque con una atmósfera densa y que explote. "Pero también hoy en día se piensa que un asteroide perfectamente puede explotar en la atmósfera", aclara el astrónomo. Los asteroides explotan por el calor de la fricción con el aire. "La roca rápidamente siente que la están sometiendo a temperaturas desacostumbradas, además del choque contra la atmósfera, haciendo que no resista y se destruya". Pero si el objeto fuera muy rígido "debería sobrevivir al pasaje por la atmósfera y llegar al suelo", aclara.

Sin embargo, en 2005 la sonda espacial japonesa Hayabusa fotografió el asteroide Itokawa, y reveló que un asteroide también puede ser frágil. Itokawa se asemeja a un montón de escombros unidos sólo por la gravedad. Un objeto como éste se desarmaría al ingresar a la atmósfera. "Durante mucho tiempo se debatió si el evento fue producto de un cometa o un asteroide, pero ya no existe una división entre éstos en cuanto a la estructura física de los cuerpos", dice Gallardo. Esto se debe a que un cometa, al evaporarse su hielo superficial por sus repetidos pasajes cerca del Sol, deja de proyectar una cola y se convierte en un "asteroide disfrazado".

Aparece un fragmento. Durante décadas los científicos trataron de encontrar fragmentos del objeto. Recientemente, al conmemorarse un siglo de Tunguska, se hizo público que en julio de 1988, durante una expedición, el científico ruso Andrei E. Zlobin del Instituto Central de Motores de Aviación de Moscú, encontró un fragmento en la zona de la catástrofe. La pieza -de 10 centímetros de largo, color marrón y forma aerodinámica- recuerda a una "corona dental". De todas maneras se debe aguardar una confirmación de la academia rusa. En 2007 Zlobin entregó un informe en la Conferencia Planetaria de Defensa celebrada en Washington, Estados Unidos. Presentó un modelo tridimensional del impacto cometario en Tunguska. Durante décadas los científicos rusos habían medido el ángulo de caída de miles de árboles derribados en el lugar. Con estos datos Zlobin pudo calcular que el cometa se dividió en cuatro fragmentos ocasionando cuatro explosiones. El escenario de destrucción que arrojó su estudio es impactante. Confirmó que el núcleo de un cometa puede penetrar más profundamente en la atmósfera de lo que se creía. También las quemaduras en herradura y la gran dispersión alcanzada por los fragmentos demuestran el inmenso daño que hubiera podido ocasionar de caer en una zona densamente poblada.

Asteroides. La historia de Tunguska no es ajena a la de la Guerra Fría. Durante décadas los científicos soviéticos exploraron el terreno y trabajaron sobre el evento, mientras que a sus colegas extranjeros no se les permitió el ingreso al área del impacto hasta 1989. Desde 1961 los rusos seguían la hipótesis de que un cometa impactó contra la atmósfera terrestre, mientras que muchos científicos occidentales prefirieron la explicación del asteroide. La escasez de bibliografía rusa traducida al inglés fomentó que las dos escuelas se ignoraran entre sí hasta que se reunieron en la Conferencia de Bolonia, Italia, en 1996. A pesar de este acercamiento ambos bandos continúan bastante nítidos.

En 2001, por ejemplo, un equipo europeo liderado por P. Farinella publicó una investigación en la que reconstruían en base a estimaciones de la velocidad y trayectoria de ingreso a la atmósfera del objeto de Tunguska, las posibles órbitas que conducirían a dilucidar su origen asteroidal o cometario. Se encontró que la probabilidad de que el objeto haya seguido una órbita asteroidal es superior a si hubiera seguido una órbita de un cometa: 83% al 17%, respectivamente. Tabaré Gallardo señala que este estudio, al estar basado en parte en los relatos de los testigos oculares no puede ser concluyente.

Pese a la superioridad probabilística a favor de los asteroides, otros astrónomos apuntan hacia el cometa Encke, de período corto, que completa su órbita en tres años. Estos investigadores afirman que fue un fragmento desprendido de este cometa lo que chocó con la Tierra hace un siglo. Aunque se ha comprobado que los cometas después de pasar unos cientos de veces cerca del Sol pueden llegar a destruirse, Tabaré Gallardo piensa que éste no es el caso. "El cometa en sus pasajes cerca del Sol va perdiendo material y va dejando en su órbita un montón de pequeñas partículas que, cuando la Tierra cruza ese enjambre, generan las estrellas fugaces. Algunos de esos fragmentos son bastante grandes como para causar el efecto de un bólido, donde pueden producirse explosiones y hasta algún fragmento menor puede llegar al suelo". Además, enfatiza, "el Encke está sano".

Uruguay en el camino

EL VIERNES 13 de abril de 2029 el asteroide Apophis (o Apofis) -de 320 metros de diámetro- pasará a unos 29.470 kilómetros de la Tierra, a sólo 5,6 radios terrestres. Una distancia muy pequeña si se toma en cuenta que de la Tierra a la Luna hay 60 radios terrestres. Cruzará sobre el medio del Atlántico y hasta se verá en el cielo como un pequeño y brillante punto de luz moviéndose con rapidez. El campo gravitatorio de la Tierra modificará la órbita del asteroide que lleva el nombre griego del dios egipcio Apep, "el destructor". Este leve cambio podría ocasionar una colisión en sus próximos acercamientos de 2036, 2037, 2044 y 2046.

Se mantiene hoy una pequeña incertidumbre sobre cuál será la distancia a la que pasará el asteroide en 2029. "Esto hace que no se sepa si va a haber un impacto en el siguiente pasaje", explica Gallardo.

Como las lluvias de estrellas que suceden todos los años en la misma fecha, las aproximaciones con Apophis serán un 13 de abril. "Es la fecha en que la Tierra cruza la órbita del asteroide", dice. La probabilidad de una colisión va a cambiar después de ese pasaje: "según por dónde pase, la trayectoria final va a ser distinta". Gracias a los modelos matemáticos se sabe sobre qué latitud del planeta va a ser aproximadamente la colisión. El 13 de abril de 2036, un Domingo de Pascua, el impacto podría ocurrir sobre el hemisferio norte. En cambio para 2046 los modelos señalan que el impacto ocurriría sobre la latitud en que está ubicado Uruguay. Si no se intenta desviarlo, a la larga terminará chocando con el planeta. "Como la Tierra no puede eyectarlo del sistema solar, porque no tiene masa suficiente, no es capaz de cambiarle radicalmente la órbita y el destino final es un impacto con la Tierra. No hay escapatoria, tarde o temprano tiene que pasar", afirma Gallardo.

Nueva especie de hormiga descubierta en la Amazonía

Una nueva especie de insecto que se cree es el ancestro más antiguo de la hormiga fue descubierta en la selva amazónica. La nueva especie es ciega, subterránea y ataca a su presa con sus grandes mandíbulas. Los científicos la han llamado "hormiga de Marte" -Martialis heureka-por sus extrañas y singulares características. Se trata de una especie de hormiga ciega, subterránea y depredadora de unos dos a tres milímetros de largo. El hallazgo, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, (Actas de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos) fue hecho por investigadores de la Universidad de Texas, en Austin, EE.UU. Tal como señalan los autores, la nueva hormiga tiene una combinación de características que nunca antes habían sido registradas.

La Republica

Más que madera y aserrín

Un grupo de investigadores brasileños busca el valor científico de las plantas amazónicas



Omar Lugo, EFE. Bajo la premisa de que la selva tropical tiene más valor en pie que convertida en madera y aserrín, científicos brasileños investigan las propiedades de plantas y animales de la región, en busca de principios activos que puedan ser industrializados.
El Centro de Biotecnología de la Amazonía (CBA) en la ciudad de Manaus, capital del estado de Amazonas, encabeza esta pesquisa, e intenta consolidarse como una referencia mundial en la investigación de especies de valor comercial.
Muchos científicos y ecologistas están convencidos de que la selva amazónica que comparten Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela, Guayana, Surinam y la Guayana Francesa tiene sus años contados, arrasada a un ritmo vertiginoso por motosierras y tractores, sin que llegue a ser bien estudiada.
Varias instituciones brasileñas intentan hacer un registro de esta biodiversidad y se guían para ello por el conocimiento tradicional legado por tribus indígenas o por comunidades criollas que han crecido a las márgenes del laberinto de ríos de la región amazónica.
Bajo el microscopio están hoy aceites esenciales y vegetales, emolientes que sirven de base para cremas y jabones además de los misterios de alimentos como el açaí, fruto de una palma cuya pulpa se ha popularizado en todo Brasil como bebida energética y rica en antioxidantes.
El CBA busca además acuerdos con organismos similares de países miembros del Tratado de Cooperación Amazónica (TCA), lo que incluye intercambio de información sobre ecosistemas y especies comunes.
El Centro se concentra en la producción de "tecnología orientada a la innovación", para agregar valor a productos de la región, explica su coordinador general Imar César de Araújo. Para promover negocios en ese campo, la Zona Franca de Manaus ofrece incentivos fiscales para las empresas que desarrollen cosméticos con productos de la Amazonía, explicó Araújo. La semana pasada, durante la IV Feria Internacional de la Amazonía, algunas iniciativas sustentables en este camino lograron cristalizar negocios con inversores extranjeros.
"Una cosa que tiene que ser hecha para evitar esa destrucción (de la selva) es agregar valor a esos productos" para aumentar su rentabilidad, señaló a Efe José Augusto Cabral, coordinador del área de Productos Naturales del CBA.

Esencia orgánica de guaraná, bombones de chocolate rellenos de frutas amazónicas, una bebida energética a partir de frutos de la palmera de açaí y de raíz de miranta, miel de la selva y esencias de licores estuvieron entre 22 productos presentados en la rueda de negocios.
Para Araújo la biodiversidad amazónica es tan grande e incalculable que "harían falta cien o tal vez doscientos años" para conocerla o aproximarse a ella. Sin embargo, buena parte de lo que se ha descubierto hasta hoy en la Amazonía ha sido "por casualidad", en opinión de un especialista. Entre las líneas de investigación están remedios naturales para la salud animal, un área muy prometedora porque los plazos para obtener un medicamento autorizado son mucho menores que los necesarios para los destinados al uso humano. También se investigan los microorganismos como hongos, levaduras y bacterias que habitan esos ecosistemas o están asociados a las plantas de la región. Nadie sabe bien si los efectos de algunas plantas se deben a ellas mismas o a sus microorganismos, explicó Araújo.
Según especialistas, de cada 10.000 colectas de material se descubre una sustancia de interés comercial, pero uno de los grandes problemas de este trabajo está en la burocrática legislación brasileña, que establece múltiples requisitos y trámites para permitir la recolección y estudios de especies silvestres. Para esta vasta tarea el CBA cuenta con 24 laboratorios de investigación y desarrollo en farmacología y toxicología, una central de producción de extractos y una unidad de experimentos con animales y plantas, además de una de procesamiento industrial.
El Centro no ha sido terminado todavía y sólo en 2009 estará al cien por ciento de su ritmo de trabajo. Entre sus experimentos más avanzados se cuentan el estudio de dos plantas amazónicas para producir repelentes y tres insecticidas naturales no tóxicos, además de un proyecto con la palma de dendé para mejorar su calidad como materia prima para la fabricación de biodiesel.