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Marcha del Silencio, para que quien debe hablar, hable...


Ayer, en un mensaje emitido en cadena nacional, familiares de detenidos desaparecidos agradecieron al presidente José Mujica por permitir esta comunicación y reconocieron el apoyo que recibieron de tantos ciudadanos en esta lucha.

"Esta marcha recuerda el secuestro de Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo y William Whitelaw. En ellos representamos a todos nuestros desaparecidos, llevados adelante por las Fuerzas Armadas orientales y argentinas", predica el comienzo del mensaje.

"Nuestra lucha persigue los objetivos de verdad, justicia, memoria y nunca más terrorismo de Estado. Un día la tragedia se instaló y tuvimos dos opciones: luchar o resignarnos. No vivimos en el pasado: sentimos que estamos comprometidos con el futuro de las nuevas generaciones, donde se garantice la plena libertad de las personas".

"En el centro de nuestra lucha está encontrar los restos de nuestros seres queridos, por eso en nuestro trabajo está la investigación. Hoy las Fuerzas Armadas siguen ocultándolo, sin admitir su responsabilidad, y continúan las desapariciones. Sin verdad y justicia no hay reconciliación", remarca el mensaje que culmina convocando a participar de la marcha del silencio que se realizará este jueves a las 19 horas: "La lucha por la justicia necesita de todos ustedes".

La marcha partirá de Rivera y Jackson bajo la consigna “Sin verdad y justicia no hay reconciliación”. En conversación con Montevideo Portal, el integrante de Detenidos Desaparecidos Oscar Urtazum señaló que este es un año muy especial, particularmente por la asunción de un nuevo gobierno con el que ya se marcaron coincidencias y diferencias.

”Con el presidente Mujica hay mucha cosa con la que no estamos de acuerdo, pero por otro lado nos dio una mano con la cadena nacional”, expresó Urtazum, señalando las discrepancias existentes entre la forma de entender las Fuerzas Armadas de José Mujica y la de Familiares. ”El primer acto de Justicia es la verdad”, dijo Ortazum, quien agregó que el “corporativismo militar en torno a la mentira está latente”. “Las Fuerzas Armadas continúan secuestrando a nuestros familiares”, agregó.

Urtazum fue consultado sobre el resultado del plebiscito por la anulación de la Ley de Caducidad y la expresión popular contraria a ella. “Expresión en contra no hubo, yo creo que si hubiera habido dos papeletas –una por el sí y otra por el no- como en 1989, otro hubiera sido el resultado”. ”Se dio entrada a jóvenes que están descubriendo que la lucha por los Derechos Humanos es importante”, señaló al ser consultado sobre la renovación generacional que implicó la campaña por la anulación. Las últimas marchas tuvieron un carácter especial por las diferentes noticias y avances sobre derechos humanos. En 2005 la marcha contó con la presencia del entonces presidente Tabaré Vázquez bajo la consigna "Para el pasado verdad, en el presente justicia, por siempre memoria y nunca más".

Al año siguiente la marcha se realizó en un clima de esperanza porque además de que muchas causas de derechos humanos habían sido desvinculadas del amparo de la Ley de Caducidad o desarchivados, se habían encontrado los restos de Fernando Miranda y Ubagesner Chávez Sosa. También se había abierto espacios en la órbita del Estado para investigar en materia de Derechos Humanos. En 2007 el tono había cambiado debido a que las excavaciones no pudieron encontrar más restos y las investigaciones en el seno de las Fuerzas Armadas tampoco ofrecían información alguna ni sobre el paradero ni sobre la eventual “Operación Zanahoria”. Si bien esta fue la primera marcha con militares y policías procesados (José Gavazzo, Gilberto Vázquez, Jorge Silveira, José Arab, Ricardo Medina, José Sande, Ernesto Ramas y Luis Maurente) se había instalado la polémica por sus condiciones de reclusión. También estaba en cuestión la propuesta realizada por el presidente Tabaré Vázquez sobre el Día del Nunca Más. Las últimas dos marchas estuvieron marcadas por la campaña por la anulación de la Ley de Caducidad y el cuestionamiento de la legitimidad de la consulta popular realizado en 1989 sobre la derogación de la Ley. Por su parte el senador Rafael Michelini recordó la primera marcha del Silencio en 1996 durante su audición en Radio Continente: “Yo no sabía sinceramente si participaría mucha gente. La marcha fue inmensa, habrá habido marchas más grandes, las hubo, naturalmente las últimas han sido inmensas pero aquella fue muy especial. Siempre la recuerdo como la primera marcha en ese día lluvioso en el que iba del brazo de mi madre”. Michelini señaló la necesidad de indagar sobre lo ocurrido con el segundo vuelo de la muerte y la posibilidad de que María Emilia Islas de Zafaronni haya dado a luz en 1977: “Es algo que hay que averiguar, porque de todos los horrores que vivimos, el peor de todos fue el cambio de identidad a los niños”. El 20 de mayo se cumplirán 34 años del hallazgo de los cuerpos de Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo y William Whitelaw que aparecieron en un Torino Sedán que había sido robado en la periferia de la ciudad de Buenos Aires.

Para convocar a la 15ª marcha del silencio se difunde un video realizado en 2009, en la campaña contra la anulación de la Ley de Caducidad, que cuenta con la participación de personalidades de la música popular.

Aviso a los dictadores


por Mario Vargas Llosa, para La Nacion

La condena del ex dictador Alberto Fujimori a 25 años de cárcel por delitos contra los derechos humanos que ha dictado un Tribunal de la Corte Suprema del Perú trasciende largamente la demarcación geográfica peruana y gravita, a partir de ahora, sobre toda América latina como una advertencia a quienes, de un confín a otro del continente, aspiren a tomar por asalto el poder y gobernar amparados por la fuerza.

Ya saben los gobernantes que pisotean la Constitución y las leyes y mandan torturar y asesinar que sus crímenes no quedarán impunes -como casi siempre ha ocurrido hasta ahora-, sino que tarde o temprano pueden ser juzgados y sancionados por sus propios pueblos. Se trata de un precedente histórico señero para quienes soñamos con una América latina emancipada para siempre de la peste autoritaria.

El ex dictador ha sido condenado por dos secuestros y dos matanzas particularmente crueles, de las muchas que se perpetraron durante su régimen; pero no por el delito más grave que cometió: haber destruido mediante un acto de fuerza militar, el 5 de abril de 1992, la democracia, gracias a la cual dos años antes había sido elegido en comicios legítimos para ocupar la presidencia del Perú. Los dos secuestros -del periodista Gustavo Gorriti y del empresario Samuel Dyer- coincidieron con el golpe de Estado. La primera de las matanzas se había realizado unos meses antes, en noviembre de 1991, en un barrio del centro de Lima -Barrios Altos-, donde un escuadrón de la muerte conocido como el Grupo Colina, integrado por militares y formado con anuencia de Fujimori, asesinó a 15 personas, entre ellas un niño de ocho años, que celebraban una fiesta en un vecindario con el pretexto -falso- de que eran senderistas y se proponían recolectar fondos para el movimiento terrorista de Sendero Luminoso.

Uno de los factores que desencadenaron el putsch fue, por lo tanto, garantizar la impunidad para los delitos que ya venía cometiendo el nuevo gobierno, no sólo contra los derechos humanos, también económicos, pues ya había comenzado el saqueo de los haberes públicos, algo que, en los años siguientes, alcanzaría un ritmo paroxístico bajo la batuta del brazo derecho del presidente y experto en latrocinios Vladimiro Montesinos.

La otra matanza tuvo lugar en julio de 1992. Los pistoleros del Grupo Colina invadieron de noche la Universidad de La Cantuta, que estaba intervenida y cercada por una fuerza militar, y secuestraron a nueve estudiantes y un profesor, a quienes asesinaron en un descampado vecino de un tiro en la nuca. Allí los enterraron y, tiempo después, cuando el periodismo independiente, pese a las maniobras de encubrimiento del régimen, descubrió las huellas del crimen, los desenterraron, quemaron y volvieron a enterrar los huesos en otro lugar.

El escándalo internacional que estalló cuando esta macabra historia se hizo pública y se conocieron las sangrientas entrañas del sistema fue uno de los episodios que más mellaron la imagen de la dictadura ante el pueblo peruano, parte del cual hasta entonces la apoyaba en la errónea creencia de que un gobierno autoritario podía ser más eficaz que la democracia para combatir a los terroristas de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. En verdad, no fueron los escuadrones de la muerte de la dictadura los que derrotaron a Abimael Guzmán y los senderistas, sino un hecho que marcó un cambio cualitativo en la lucha antisubversiva: la captura de su líder y casi todo el Comité Central de Sendero Luminoso, gracias al rastreo científico que hizo de ellos un pequeño grupo de policías que estaba enfrentado con Vladimiro Montesinos y el servicio de inteligencia del régimen.

El juicio a Fujimori duró cerca de 17 meses, fue televisado, asistieron a él periodistas y observadores internacionales y el acusado gozó de todas las garantías del derecho de defensa. El Tribunal de tres miembros, presidido por un prestigioso penalista, magistrado y profesor universitario, el doctor César San Martín, cuya conducta a todo lo largo del proceso fue de una serenidad y corrección que le reconocen tirios y troyanos, ha emitido una sentencia que debería publicarse y enseñarse en las escuelas de toda América latina (resumida, porque tiene cerca de 700 páginas) para que las nuevas generaciones conozcan, a través de hechos concretos y personas identificadas, la tragedia que significa para un país, en sufrimiento humano, inseguridad pública, delincuencia, distorsión de valores, mentiras, desprecio de los más elementales derechos de que un ciudadano debería gozar en una sociedad moderna y en corrupción y degradación de las instituciones, una dictadura como la que padeció el Perú entre 1992 y el año 2000, cuando Fujimori, fracasado su intento de hacerse reelegir en unos comicios fraudulentos, huyó al Japón y renunció a la presidencia mediante un fax.

Mientras existan las fronteras, las fuerzas armadas son una necesidad perentoria para los países y por lo mismo que la sociedad les confía al mismo tiempo que la responsabilidad de velar por su seguridad las armas que le permitan cumplir con su misión, es indispensable que aquella institución funcione dentro de la más estricta legalidad y sea un baluarte de la sociedad civil, no su enemiga.

Fujimori hizo un daño incalculable a las fuerzas armadas, imponiéndoles como verdadero mentor a Vladimiro Montesinos, un capitán al que el ejército peruano había expulsado y condenado como traidor a su patria y a su uniforme, y que, desde entonces, mediante manipulaciones y chantajes, abusaría de manera ignominiosa del poder que se le confirió.

Montesinos fue postergando a los oficiales probos y capaces, obligándolos a veces a pedir su baja, en tanto que ascendía y colocaba en los puestos clave a sus cómplices y a colaboradores serviles, que ampararon sus desafueros -un vasto abanico de horrores que iban desde tráfico de armas hasta operaciones de narcotráfico- y se beneficiaron con ellos.

Uno de los aspectos más aleccionadores de la sentencia es la demostración inapelable de que, contrariamente a la pretensión de los fujimoristas de exonerar al ex dictador con el argumento de que Montesinos era quien delinquía y aquél un cándido que no se enteraba de nada de lo que pasaba bajo sus narices, había una absoluta simbiosis del dictador y su asesor, la que existe entre una persona y su sombra o entre el muñeco y el ventrílocuo que lo hace hablar. Ambos se repartían un trabajo en el que, por una parte, los hombres del poder se enriquecían a manos llenas, eliminaban adversarios, compraban y amedrentaban jueces, copaban cargos públicos, y de otra, mediante el soborno o el chantaje, controlaban los medios para manipular a la opinión pública con campañas televisivas ad hoc y hundir en el desprestigio a sus críticos valiéndose de los plumarios de una prensa amarilla que financiaban, o de conductoras de reality shows.

Sólo en un medio ambiente semejante de desplome total de la legalidad y la decencia política, de imperio del ucase y la prepotencia, se entiende que prosperara el Grupo Colina y que en un par de años asesinara, en nueve operaciones perfectamente planeadas y ejecutadas, a unas 50 personas. Quienes integraron sus filas sabían que lo que hacían estaba ordenado y amparado por la más alta autoridad y, por eso, recibieron el amparo logístico necesario de la institución militar y el encubrimiento político y judicial debido -incluida una ley de amnistía- cuando sus negras hazañas fueron descubiertas y denunciadas. Lo que no sabían es que la dictadura caería -siempre caen-, la democracia rebrotaría de sus cenizas y -por primera vez en la historia del Perú- un ex dictador y sus principales cómplices serían llevados al banquillo de los acusados.

Los peruanos que vivimos en el extranjero solemos ver aparecer a nuestro país en los diarios, radios y cadenas de televisión de los lugares donde estamos, porque en el Perú ha habido un golpe de Estado, un atentado terrorista, un terremoto o quintillizos, es decir, siempre alguna catástrofe o anomalía política o social. Qué extraño y qué hermoso lo que nos ha ocurrido esta vez, advertir que el Perú del que hablan la prensa y las personas en la calle con respeto y admiración, es una civilizada nación que enfrenta su pasado con dignidad y coraje, y donde un tribunal civil juzga y sanciona los crímenes de un dictador.

Un ejemplo para América latina, sí. Y para el mundo entero.