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La Pascua judía



Pésaj
(en hebreo פֶּסַח) literalmente "saltear", es la festividad judía que conmemora la salida del pueblo hebreo de Egipto, relatada en el libro bíblico del Éxodo. El pueblo hebreo ve en el relato de la salida de Egipto como el hito que marca el nacimiento de este pueblo como tal.
La festividad es uno de los tres Shloshet HaRegalim (Fiestas de Peregrinaje) del Judaísmo, ya que durante la época en que el Templo de Jerusalén existía,se acostumbraba a peregrinar al mismo y realizar ofrendas. La festividad dura siete días (ocho en la Diáspora), y durante la misma está prohibida la ingestión de alimentos derivados de cereales (trigo, cebada, centeno, avena y espelta) fermentados, llamados en hebreo Jametz (חמץ) (la raíz de la palabra indica "fermentación") En su lugar, durante la festividad se acostumbra a comer Matzá (מצה), o pan ácimo. Según la tradición, el pueblo judío salió de Egipto con mucha prisa y sin tiempo de prepararse, por lo que no hubo tiempo para dejar leudar el pan para el camino, y de esta creencia deriva la prohibición de ingerir Jametz. Durante la primera noche de la festividad (las dos primeras en la Diáspora) se acostumbra a llevar a cabo una tradicional cena llamada "Séder" (סדר), durante la cual se relata la historia de la salida de Egipto. El origen del "Séder" podría trazarse hasta los simposios (banquetes) griegos donde alrededor de una mesa de comida y recostados en almohadones, se debatía toda la noche sobre algún tema determinado. Estos elementos se preservan en el ritual del Séder. La festividad también recibe el nombre de Fiesta de la Primavera, ya que en el hemisferio Norte marca el inicio de dicha estación. Dado que en Israel las estaciones calurosas son las estaciones secas, a partir de Pésaj y hasta Sucot se acostumbra a rezar por el rocío y no por la lluvia (oraciones que se reservan para el invierno)


San Jorge y Ogun, el orixá afroamericano que es venerado en distintas prácticas afrorreligiosas, tienen poco que ver. Sin embargo, comparten festejos que en nuestro país tienen un fuerte arraigo. En esta nota, algunas de sus expresiones.

Conversando con Laura Rabinovich surgió la idea de hacer esta nota. En rigor de la verdad, San Jorge y Ogun no tienen nada que ver: Ogun nació en África, es el patrono de la ciudad de Iré, es el guerrero por excelencia, dueño del hierro y los metales, quien va adelante abriendo los caminos con su espada. San Jorge, un santo guerrero entre cuyas hazañas se cuenta haber matado a un dragón, a quien muchos fieles invocan para su protección. En una época de guerras, fue protector de los cruzados, de los templarios y de las Coronas de Aragón y de Portugal. Brasil heredó este culto de su madre patria, y en Río de Janeiro los umbandistas –descendientes de esclavos africanos- lo asimilaron a Ogun.

Cada 23 de abril, desde hace ya varios años también en Buenos Aires se festeja el día de Ogun. Miles de personas le rinden homenaje a través de distintas prácticas religiosas: van a la iglesia, a las fiestas de umbanda o de batuque. Es un festejo multitudinario que no sólo se realiza en la ciudad porteña sino que involucra a muchos puntos del país.

Una de las formas en que muchos argentinos saludan a Ogun es yendo a la iglesia. No es tan fácil, sin embargo, encontrar una iglesia de San Jorge. Como fue retirado del santoral católico en 1969, quizás por la improbabilidad de la existencia de alguien que haya luchado con un dragón, los fieles deben recurrir a una iglesia ortodoxa griega donde su veneración oficial aún se mantiene: la Catedral de San Jorge, sita en la avenida Scalabrini Ortiz y Lavalleja, a metros del ahora muy fashion barrio de Palermo.

El 23 de abril, dentro de la iglesia, cientos de velas se derriten frente a la imagen del santo “justiciero”: así lo nombró una señora que en ese momento ingresaba a la iglesia. Ese día la concurrencia a la iglesia excede en mucho a la de sus parroquianos habituales para recibir también a católicos y umbandistas. Como éstos no concurren con sus ropas blancas rituales, la influencia del sincretismo umbandista se nota principalmente en los numerosos puestos de artículos religiosos que se establecen en la vereda de la iglesia para vender imágenes, velas tricolor (verde, rojo y blanco, los colores de Ogun en la Umbanda) que imitan tijeras y espadas, objetos para la prosperidad y la abundancia, collares (guías) de Ogun, y muchas otras cosas.

Hay quienes prefieren otras formas de homenaje. El batuque, junto con la umbanda y la kimbanda, son las religiones afroamericanas de mayor arraigo en la sociedad argentina. No son las únicas, comparten el país con el candomblé bahiano y, últimamente, también con la regla de ocha (o santería) y el palo monte cubanos.

Como muchas otras casas religiosas, la del pai Alfredo de Ogun se vistió de fiesta para agasajar a Ogun con un batuque. El altar había sido adornado con esmero para la ocasión, con flores, comidas y objetos representativos de este orixá, de esencia luchadora y de paso firme, que sabe abrirse camino ante cualquier adversidad. Por eso, la gente va a agradecerle, y a pedirle seguridad, firmeza, trabajo o que “abra los caminos”. El Centro de Religión Africana Ogun-Iansá, ubicado en Floresta, estaba repleto de gente (casi 200 personas) Los hijos de santo bailaron por horas, muchos manifestaron sus orixás a través del transe y entregaron su “axé” (fuerza espiritual) a los presentes.

Al igual que el pai Alfredo, otros religiosos realizaron en la ciudad homenajes muy concurridos para Ogun, como es el caso del Templo de Iemanjá Bomi del pai Hugo de Iemanjá (batuque), o del Ile Asé Osun Doyo (candomblé), para citar sólo dos ejemplos más. A la tarde, la Agrupación Social, Cultural, Religiosa Africanista y Umbandista (ASRAU) festejó el día de Ogun con un encuentro en la Plaza del Congreso. Toques de tambor, rezos y bailes sorprendieron a quienes a esa hora se hallaban en la zona. A este evento que fue apoyado por el Inadi, también asistió mucha gente.

Aunque no declaremos al día feriado municipal como en Río, ni organicemos una fiesta multitudinaria en el Parque Ibirapuera como en Sao Paulo, sabemos ya que no hace falta ir a Brasil para saludar a Ogun.
Revista Digital Quilombo!

Ni esperar al 23 de abril, por cierto. Ògún, orisha yorubá principalísimo -pàtàkí òrìsà- abre caminos en cualquier día, hora o año en que se le invoque. En Bahia es sincretizado con san Antonio, el de Padua. Y en Haití, con san Tiago el apóstol guerrero, patrón de España.

Pero Ògún -el verdadero, no el de mentirijillas- sigue vistiéndose de mònriwo (las hojas de la palma aceitera desflecadas) y prefiriendo bañarse con la sangre de los sacrificios de cuyo cuchillo es dueño y numen aunque en su casa haya agua en abundancia...

Saludo a este orisha venerable e imprescindible ante quien me inclino con respeto y a sus hijos-descendientes, en especial a Altair Bento de Oliveira (RJ), a Armando Vallado (SP) a Alfredo Echegaray (AR), a Esmeralda -Chiquita- Campell (UY) y a Yeda Viana da Silva (PoA)

Montevideo de los milagros

por Gloria Salbarrey

Seducida por el Carnaval y el mundo al revés, Milita Alfaro se liberó de los requisitos de la historia que apunta "al análisis crítico y a la interpretación del pasado", dejándose llevar por "la mirada `menor` de la memoria, que se conforma con recuperarlo, redescubrirlo y disfrutarlo".

Pese al título, en el libro casi no aparecen las vivencias personales de las memorias, la narración en primera persona dando testimonio de una época. De esos cien años (1850-1950), ella no debe de tener recuerdos propios, a no ser los de su padre, el escritor y periodista Hugo Alfaro, un memorioso de maravilla a quien nombra poco, a pesar de haber compartido con él tablados y canciones de las viejas troupes.

En cambio abundan las anécdotas y curiosidades, despojadas de nociones teóricas, como miscelánea histórica de formato variable, ameno y ágil. En ese espacio vagamente intersubjetivo las impresiones o evidencias de la realidad se ven reforzadas por el derroche visual del volumen. El acertado equilibrio del diseño realza la autonomía relativa de la letra y la imagen, que marchan cada una por su carril por falta de registros gráficos de épocas remotas y de aclaraciones escritas de las figuras. Ya divulgadas en otros medios, las fotos son de personas anónimas, solemnes y en pose; de macacos típicos de tablados y carros alegóricos, inmóviles en el vuelo o la carrera; algunas instantáneas difusas de bailes y desfiles y la excepcional miniatura de una batalla de agua, que se ve caer transparente, lanzada por los guerrilleros.

Bajo la tiranía de la brevedad la narración, en la que pueden faltar hechos imprescindibles o casos de antología, llega a ser discutible. En el siglo XIX, investigado por ella en base a los aportes de José Pedro Barrán, según consta en dos libros anteriores, se destacan las picardías bárbaras de las clases altas, que "en un mundo construido por la imaginación" se transformaron en gracias galantes y suntuosas de una Estambul o Venecia del Plata. El énfasis puesto en el esplendor festivo tiende a eclipsar los ardides que atenuaron el poder igualitario de disfraces y antifaces, relativizando entre otros el "protagonismo" femenino.

Al llegar a la prosperidad del siglo XX, el lente conmemorativo repasa tablados, concursos, comparsas de negros y lubolos, murgas, troupes, parodistas, humoristas, la "típica", la jazz y demás. La concisa genealogía de títulos carnavalescos o inventario de protagonistas y escenarios propone una descripción tentativa de las categorías derivadas del ritual festivo, que pasó a contemplarse en espectáculos organizados y premiados por la dupla portentosa del barrio y el Estado.

El libro se vuelve estimulante y polémico porque deja mucho por decir y por analizar. "Sin comentarios" concluye al mencionar los desfiles de antes y de hoy, interrumpidos por la gente que se lanza a la calle, poco contenta con mirar y deseosa de participar de verdad. Al hablar de la "pasión" nacional por el canto y la competencia también desatiende el entramado social, laboral y económico. Seguidora del milagro carnavalero como aficionada, periodista en la modalidad del reportaje o la crítica y jurado en el concurso oficial, al escribir este libro en el marco del Programa Huellas de Coca Cola, Alfaro ha intervenido sin menoscabo de la libertad de expresión en el espacio cultural esponsorizado del merchandising, entre cuyos inicios se cuentan el tablado Cidriz, decorado por la botella de esa gaseosa - al que iba su papá - y el carro fuera de concurso de El Chaná.

MEMORIAS DE LA BACANAL: VIDA Y MILAGROS DEL CARNAVAL MONTEVIDEANO, de Milita Alfaro. Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo, 2008. 95 págs.