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Axis mundi y poeta erudito



La foto muestra una de las estatuas que intervienen en el festival Kanamara Matsuri, en el que penes monumentales son paseados por las calles de Kawasaki, Japón.

Al otro lado del mundo otro oriental supo rendirle homenaje al miembro viril masculino por medio de la poesía. Fue Francisco Acuña de Figueroa (Montevideo 1791-1862), autor de las letras del Himno Nacional de Uruguay y del Himno Nacional Paraguayo. En estos versos, siguiendo con la simbología nacional, le canta más al mástil que a la bandera.

Nomenclatura y Apología del Carajo.
La lengua castellana es tan copiosa,
En voces y sinónimos, tan rica,
Que con nombres diversos, cualquier cosa
O con varias metáforas explica
Monarca Soberano, y Rey… ¡qué encanto!
Todo es un mismo nombre repetido;
Y tres veces también con un sentido
Son, Pontífice; Papa, y Padre Santo.
Pero hay de grande aprecio entre los hombres,
Un cierto pajarraco, o alimaña,
Que tiene más sinónimos, y nombres
Que títulos tenia el Rey de España.
Yo, por tal de evitárosle trabajo
De una investigación algo penosa,
Diré que esa alimaña, o quisicosa
No es el Papa, ni el Rey sino… el Carajo!
Miembro Viril, o miembro solamente
Le llama el diccionario… ¡Qué Mezquino!
Sus nombres en el uso más frecuente
Son el nabo, el zurriago, y el pepino
El cimborio, la tripa, y el virote
(flores son de la Lengua Castellana)
el visnago, la pica y la macana
son como la mazorca y el cipote.
El príapo, la porra, y el chorizo
El rábano, la pija, y el badajo;
Picha y ciruela en Español castizo
Son sinónimos todos del Carajo.
El vergajo; la guasca, y mango
el tarugo, el lenguado, y la banana
el pito, y el vitoque… es cosa llana
que equivalen al chocho, y al zanguango.
La butifarra, el tronco, y la batata
O el lagarto, le llama cualquier topo
el aquello, o la cosa, la Beata
y el Fraile, la correa, y el hisopo.
Muchos suelen llamarle, el trompo, el sapo
otros, el motillón, y el calabrote;
los músicos, la flauta, o el fagote
y el artillero espeque, o sacatrapo.
Siguiendo a la metáfora la hebra
Llámanle, el narigón, el nene, el chato
el tramojo, el merengue y de barato,
van péndulo, panal, bicho y culebra.
La berenjena, la pistola, el dómine,
bien lo sabe cualquiera chuchumeco
todos vienen a ser Carajo “in nomine”
lo mismo que el gazapo, y el muñeco.
En el estilo vulgar, llámanle el rabo
y algunos el peludo… ¡Impropio nombre!
pues por más pendejudo que sea un hombre
no tiene tales pelos en el nabo!
Tiene otros cien apodos que no cuento
que aplica cada cual, según su antojo
como el corvo, la pieza, el instrumento.
el mondongo, el apéndice, el hinojo.
El negocio, la polla, y la poronga
van como suplemento… y pica punto
que no falta purista que suponga
que esto el miembro, y cojones todo junto.
He aquí en todas sus fases, y conforme
a la ley, por el uso sancionada
con setenta y tres nombres señalada
aquella quisicosa-multiforme.
La cajeta de nombres menos rica
no puede competirle y alza moño
aunque ostenta sus títulos, de Chica
o de raja, argolla, concha y coño.
Lejos de competirle, queda abajo
En buena hora, le añadan papo, y chocho,
Nombres de morondanga… Ellos son ocho
Y entre todos no valen un ¡Carajo!.
Yo, en cualquiera emoción, desahogo el pecho
Cuando un fuerte ¡Carajo! desembucho…
Interjección potente del despecho
Que si es echada a tiempo, vale mucho.
Del sexto en los sentidos corporales,
es el carajo la mejor prescea;
y más si es de esos miembros burricales
que ostentan a la par Fajardo y Zea.
Palabra comodín, que entra al destajo
en todo, pues se dice sin reproche,
fría como un Carajo está la noche
O caliente está el sol, como un Carajo.
Un buen gallo contenta a cien gallinas
y a diez hembras, cualquier mameluco
y por ser bien armado, el Rey Nabuco,
se preñó a cuatro cientas concubinas.
No me vengan hipócritas devotos,
tratando de indecentes mis razones,
ellos dicen, testículos y escrotos,
y se asustan de huevos y cojones.
El venerable Astete, sin reparo,
Y en verdad que ninguno lo acrimina
No fornicar prescribe en su doctrina
que es decir, no joder hablando claro.
Masturbación… ¡satánico delito!
Clama el predicador; pero un galopo
sigue en la tanda de sobarse el pito
¿Porqué? Porque no entiende aquel piropo.
En asunto de nabo, o de cajeta
pan, pan, y vino, vino, es lo acertado
dígase claramente que es pecado
el hacerse la paja o la puñeta.
El profeta Ezequiel, dis que Doliba
se entregaba a cualquiera rodaballo
con tal de que le arrimasen panza arriba
Verga de burro, y chorro de caballo.
Un Carajo de un seme, grueso y sano
es digno de coronas y guirnaldas
Así ante tan potente soberano
Las Nobles y plebeyas, caen de espaldas.
Hay de Carajos, variedad bastante
Largos, cortos, redondos, puntiagudos!
derechos y torcidos, servigudos!
Y romos y de punta de Diamante.
Si el miembro de botón, como el de un perro
se engancha al fornicar y es un estorbo
y es bueno que sea duro, como un hierro
y es mejor es derecho, que no corvo.
En fin, aquí termina mi trabajo
Si algún censor severo lo condena
Que me eche un buen Carajo… en hora buena
¡Que más quisiera yo, que un buen Carajo!.

Intrigas y seducciones: la fábula moralista de Choderlos de Lenclos


Las amistades peligrosas (a veces traducida con mayor propiedad por Las relaciones peligrosas) es una famosa novela epistolar, escrita por Pierre Choderlos de Lenclos, que narra el duelo perverso y libertino de dos miembros de la nobleza francesa a finales del siglo XVIII.

Fue publicada por primera vez en 1782. La Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, que en otro tiempo llegaron a ser amantes, se aprovechan del mejor modo que pueden de la sociedad puritana y privilegiada en la que viven. Estos dos personajes depravados no dejan de enviarse cartas a lo largo de toda la historia que se narra en el libro en las que se cuentan sus hazañas, que constituyen la trama de la historia.

Sin embargo, a pesar de ser rivales, no están en igualdad. El vizconde de Valmont, por su condición de hombre, puede hacer alarde de su condición de libertino y gozar incluso por ello de una cierta reputación. Las cartas que dirige a la marquesa de Merteuil sólo son el relato de sus aventuras. Pero no sucede lo mismo con ésta. Aunque rival del vizconde en cuanto a aventuras de alcoba, la marquesa de Merteuil, además, está obligada a disimular. Su rango social (es marquesa), matrimonial (es viuda) y su sexo (es mujer, en un mundo dominado por los hombres) obliga a que se comporte con doblez ,y la fuerza al maquiavelismo. Es cierto que el vizconde también usa estas armas, pero es para seducir primero y luego hacer que se pierdan, al haber sido deshonradas, las mujeres que conquista. Sólo sigue su inclinación natural, que lo único que transgrede es la moral de su época. Para igualarse con él, la marquesa de Merteuil debe además, conseguir zafarse del papel social que se le asigna.

La intriga se inicia de un modo no muy explícito. No queda muy clara la naturaleza exacta de las relaciones que mantenían la marquesa y el vizconde: se adivina que mantuvieron relaciones y que mantienen una cierta rivalidad en el terreno de la seducción. Por una parte la marquesa, harta de escuchar los alardes de Valmont sobre sus aptitudes seductoras, le reta a seducir a la más virtuosa de las mujeres conocidas en la sociedad en la que se desenvuelven, la Presidenta de Tourvel. Si consigue seducirla, la propia marquesa engañará a su actual amante y se entregará a Valmont. A lo largo de la primera parte del libro iremos viendo los avances de Valmont en su estrategia de seducción de la señora Tourvel, que, poco a poco, irá cediendo ante los encantos de Valmont. Pasa por una fase en la que duda de que las intenciones de Valmont sean deshonestas. Pero pronto descubrirá las verdaderas intenciones del vizconde y pasará por una etapa de dureza y rechazo. Sólo cuando el vizconde se marcha le permite que le vuelva a escribir, aunque sin aceptar su presencia. Valmont registrará la habitación de la Presidenta y descubrirá que sus cartas tienen lágrimas. Sabe, a partir de ese momento, que la señora Tourvel ha caído y que sólo es cuestión de tiempo y habilidad, y él cuenta con ambas cosas. A esta intriga se une el deseo de la marquesa de vengarse de su antiguo amante Gercourt, que tras abandonarla, ha decidido casarse y ha buscado para ello a una joven pura, educada en un convento, Cécile de Volanges. Ésta vive con su madre, Madame de Volanges, se aburre y escribe cartas a su amiga Sophie Carnay, que ha permanecido en el convento. Siente admiración por la marquesa de Merteuil, que visita a menudo a la familia en compañía del caballero Danseny, del que Cécile se enamorará. Aconsejada por la marquesa, le confiesa su amor pero pronto caerá en la desesperación ante la perspectiva de su futuro matrimonio con Gercourt, del que la marquesa le traza un retrato muy siniestro. Cécile a pesar de todo, escribe a Danseny para decirle que no tiene opción y que debe olvidarla, aunque eso haga de ambos unos desgraciados. Valmont, a instancias de la marquesa, se convierte en el confidente de Danseny: el círculo se va cerrando. Sin embargo, poco después, y nuevamente influenciada por la marquesa, renueva sus promesas de amor a Danseny. Paradójicamente, cuando Madame de Volanges descubre -gracias a la denuncia de la marquesa- este amor secreto, exige a Danseny la devolución de todas las cartas de su hija: pretende acabar con esta relación y acude a la marquesa en busca de consejo, y la invita a la boda. También a la Presidenta de Tourvel, a la que advierte sobre los peligros que representa el seductor y libertino Valmont.

La marquesa, viendo que no es fácil la vía de Danseny, y siguiendo con su plan de que Cécile pierda su virginidad antes de su matrimonio, decide que es mejor que Gercourt se encuentre en su noche de bodas a una depravada que haga palidecer a las más expertas prostitutas, por lo que propone al vizconde de Valmont que la seduzca. Éste en principio se niega pues cree que va a resultar excesivamente fácil seducir a una jovencita que desconoce todo de la vida y que eso sería incluso una tacha en su reputación de libertino. Pero conocedor de los avisos que contra él ha llevado a cabo Madame de Volanges ante la Presidenta de Tourvel, decide vengarse de ésta seduciendo a su hija. La marquesa entrega al vizconde la llave de la habitación de Cécile, en teoría para que haga de intermediario en el correo entre ésta y el caballero Danseny, pero una noche entra y la besa. Desorientada ante estos hechos, su aspecto hace pensar a su madre que la desesperación ante su amor frustrado por Danseny la está minando, por lo que Madame de Volanges piensa incluso suspender la boda. Cécile se confiesa a la marquesa, que la engaña haciéndole creer que está en realidad enamorada de Valmont, le anima a que se reconcilie con él y trata de alejarla de su madre para pasar a ser ella su única confidente. La marquesa decide por su parte dar otra vuelta de tuerca en el juego de la seducción y conquistar a Danseny. Mientras tanto la Presidenta de Tourvel va madurando. Escribe varias cartas en las que afirma que ésa va a ser la última que escriba, pero recae una y otra vez. Trata de negar la evidencia de su amor, pero acaba rompiéndose y confesando al vizconde su amor. Una vez seducida, el sentimiento de culpa que experimenta la destruye.

Toda la fuerza de la novela radica en la doble narración de estas dos intrigas que se entremezclan. Es el relato de las aventuras libertinas de los dos personajes principales, de sus estrategias y de sus peripecias, pero también del combate que libran entre sí. Este combate aparecerá en primer lugar como un juego de seducción, pero luego se transformará en rivalidad destructiva.

Obra tremendamente amoral en todo su desarrollo, da sin embargo un inesperado giro final cuando los dos contendientes se arrebatarán el uno al otro lo que más aprecian: el vizconde morirá en un duelo con un amante de la Marquesa tras haber sucumbido al amor de la Presidenta de Tourvel; el brillante libertino agonizará enamorado y desesperado por haber llegado a destruir lo que amaba. Por las circunstancias de esa muerte se divulgarán las cartas, que harán a la marquesa de Merteuil perder su reputación que siempre había tratado de preservar; al mismo tiempo perderá también su belleza, que se verá afectada por una varicela que le desfigurará la cara.

Este "giro moral" que da la novela al final cumple con lo anunciado en el prólogo "del editor" (en la ficción quien ordenó las cartas), en cuanto a que no puede asegurar si el producto es moral o inmoral... Obra literaria mayor del siglo XVIII, se considera Las relaciones peligrosas como una de las obras maestras de la literatura francesa.

Adaptaciones cinematográficas

1959 : Las amistades peligrosas ("Les liaisons dangereuses"), de Roger Vadim, con Jeanne Moreau, Gérard Philipe y Annette Vadim;

    1988 : Las amistades peligrosas (Dangerous Liaisons), de Stephen Frears, con Glenn Close, John Malkovich, Michelle Pfeiffer y Uma Thurman;
    1989 : Valmont, de Miloš Forman, con Colin Firth, Annette Bening y Meg Tilly;
    1999 : Crueles intenciones ("Cruel Intentions"), de Roger Kumble, con Ryan Phillippe, Sarah Michelle Gellar y Reese Witherspoon;
    2003 : Scandal - Joseon namnyeo sangyeoljisa, de Je-yong Lee con Bae Yong-jun y Lee Mi-suk.
Adaptaciones para TV y lírica
  • 1980 : Las relaciones peligrosas, telefilm dirigido par Claude Barma, con Claude Degliame, Jean-Pierre Bouvier y Maïa Simon;
  • 1998 : Perro amor, Telenovela Colombiana producina por Canal Uno con Danna García, Julián Arango e Isabella Santodomingo.
  • 2003 : Las relaciones peligrosas, serial televisivo dirigido por Josée Dayan, con Catherine Deneuve, Rupert Everett yNastassja Kinski.
1994: ópera "The Dangerous liasons" de Conrad Susa estrenada en la San Francisco Opera, dirigida por Donald Runnicles y protagonizada por Thomas Hampson, Frederica von Stade y Renée Fleming.

De Cybertario


La ateroesclerosis de América Latina

Si es verdad lo que dice el pelado Gustavo sobre el sincronismo universal, no ha de ser casual que el revival de Eduardo Galeano y “Las Venas Abiertas de América Latina” llegue casi al mismo tiempo que la muerte de Corín Tellado.

La escritora asturiana cautivó a millones de lectores con sus “novelas rosa”, unos relatos sentimentales “redundantes y básicos”, al decir de un crítico español, con los que se convirtió en la autora de habla hispana más leída después de Cervantes. Al enterarse de su fallecimiento, ocurrido el pasado 11 de abril, Mario Vargas Llosa elogió a Corín Tellado como “una escritora de fábulas nata que, sin gran formación, tenía una intuición romántica que calaba entre su público”. Aunque el peruano no lo comparta, y el Pelado no se refiera estrictamente a estos tópicos cuando habla del sincronismo universal, ¿no es esto aplicable también a la obra de Galeano? ¿No es “Las venas abiertas” una fábula romántica, al menos en el sentido filosófico del término?

Nada habría sucedido si Hugo Chávez no le regalaba el bestseller del escritor uruguayo a Barack Obama, con el objetivo de que el presidente estadounidense comprendiera las raíces de la dominación y la humillación latinoamericanas, presunta matriz de todas nuestras miserias. El obsequio disparó megaventas en el portal Amazon.com, al punto de convertir a “Las venas abiertas” en el segundo libro más vendido en inglés y el primero en español.

Pensándolo bien, quizás la comparación resulte injusta con la obra de Corín Tellado. La escritora planteaba triángulos amorosos de resolución más o menos compleja, infidelidades que se exculpaban en el amor pero que dejaban una estela de dolor inmerecido. La cosmovisión de Galeano, en cambio, no admite más que unos personajes de historieta conviviendo en un estado de cosas igualmente binario y facilongo. En “Las venas abiertas”, su fábula de mayor aliento narrativo, las contradicciones y responsabilidades personales se licuan en un mar de excusas, datos arbitrarios, razonamientos falaces y retórica sentimental. Más que al de la escritora asturiana, su mundo se parece al de Marcial Lafuente Estefanía (otro español que vendía novelitas como pan de a kilo) con sus hacendados despóticos, sus viudas corajudas y sus vaqueros altos, románticos y justicieros, conviviendo en un far-west de pacotilla.

Pero nadie debería sentirse culpable por haber creído en estas fábulas. A cierta edad, la estructura psicoemocional de los seres humanos no permite integrar marcos interpretativos complejos, contradictorios o paradójicos. El problema aparece cuando las personas entran en la edad adulta con tales embelesos. Lo que hermana a ambos autores es que los dos nos vendieron mundos ilusorios, pero a diferencia de Tellado, cuyos relatos eran ficcionales y francamente artificiales, Galeano tuvo pretensiones sociológicas y motivaciones políticas para escribir sus fábulas. Por cierto, si alguien intentó resolver los enigmas del amor con la literatura de Tellado habrá sufrido los mismos fracasos de quien procurara resolver la pobreza latinoamericana tomando “Las venas abiertas” como manual.

En la ilusión de Corín Tellado el amor era sinónimo de enamoramiento, y por esa vía evitaba a sus lectores toda referencia a los sinsabores de la construcción adulta de un espacio amoroso. La ilusión de Galeano necesitaba extirpar todo matiz y contradicción, borrar del mapa todo genocidio, sistema de explotación o guerra sanguinaria perpetrada por indígenas opresores contra indígenas oprimidos, con anterioridad a 1492. Andando los siglos, aquel mundo con buenos y malos como en los comics apenas si cambiaría de protagonistas. Terminaría resultando extraordinariamente operativa para canalizar el descontento de una generación de latinoamericanos sumida en la opresión y la desesperanza. Sólo que aquel relato, como los que vendrían después, era una ilusión propia de un narrador de fábulas, y no un diagnóstico riguroso y ponderado de la realidad.

C.Wright Mills, un sociólogo estadounidense que escribió una de las más festejadas apologías de la Revolución Cubana reservaba para este tipo de relatos izquierdistas pseudo académicos y concebidos para la agitación el mote de “marxismo vulgar”. Parafraseando a José Carlos Mariátegui en sus consideraciones sobre Lenin (que había simplificado a Marx para agitar a las masas rusas) “Las venas abiertas” muestra las urgencias de su autor como un “hombre operante”, más que el imprescindible rigor intelectual de un “hombre pensante”.

Es difícil reconocer en la cosmogonía de Galeano las paradojas y contradicciones de la peripecia humana en cualquier proceso histórico. ¿Qué lugar ocuparía en ella un obispo progresista que abusa de jovencitas a las que embaraza y abandona? ¿Y el exguerrillero acusado de violar a su hijastra? ¿Y el revolucionario que mata a sangre fría a sus prisioneros y encarcela a los homosexuales? ¿En qué se diferencian de los personajes tradicionales de la derecha reaccionaria, del hacendado violador, el ministro venal o el sargento sádico? “Las venas abiertas” nos oculta una consideración fundamental en el análisis de cualquier conflicto social: más que antagonistas y enemigos de clase, aparecen pares de opuestos que dirimen sus majaderías con violencia, desprecian la vida humana y las instituciones republicanas, y explotan la miseria de sus connacionales para cimentar su propia gloria. Da lo mismo que se escuden en la liberación nacional, el derecho de propiedad o el acceso al Paraíso.

“Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha transmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder. Todo, la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y consumo, los recursos naturales y los recursos humanos". La introducción del bestseller dice casi todo lo que tenemos que saber sobre el pensamiento de su autor. "Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos”, afirma Galeano. “La lluvia que irriga los centros del poder imperialista ahoga los vastos suburbios del sistema. Del mismo modo, y simétricamente, el bienestar de nuestras clases dominantes... es la maldición de nuestras multitudes condenadas a una vida de bestias de carga.”

El concepto es seductor pero probadamente falso. El presente de América Latina muestra que la alternativa a aquel estado de cosas no iba a llegar de la racionalidad de “Las venas abiertas” sino de una visión superadora. De lo contrario, no sería posible entender que algunos gobernantes de izquierda como Lula, Vázquez o Bachelet, deslumbrados alguna vez por la fantasmagoría de Galeano, llegaran a administrar con razonable éxito las ventajas del capitalismo en la generación de riquezas, mientras intentan construir un orden social inspirado en la rebeldía socialista frente a la injusticia y la inequidad.

Pretender que Obama descubra las causas de nuestro rezago en la obra de Galeano es como suponer que la lectura de “Tengo que abandonarte” o “Mi boda contigo” - dos novelas de Tellado llevadas al cine a comienzo de los setenta - nos ayudará a mejorar nuestra vida de pareja. Sólo podía ocurrírsele a un líder estrafalario como Hugo Chávez.

Pero no dramaticemos.

Quizás por aquello del sincronismo universal del que habla siempre el pelado Gustavo, “Las Venas abiertas” aparece en Amazon como “literatura y ficción” al igual que las “novelas rosa” de Corín Tellado. No es de extrañar que se estudie en las Escuelas de Letras de algunas universidades tercermundistas y no en las de Economía, Historia o Ciencias Políticas. Lástima que nos tomara tanto tiempo comprenderlo.

Gerardo Sotelo

Guerreros de la Edad de Bronce


Soledad Platero

A PESAR DE LAS numerosas fuentes que la mencionan, la Guerra de Troya -ésa en la que el pelida Aquiles se enfureció causando con su cólera infinitos males a los aqueos- no es un episodio probado. Mientras algunos historiadores asumen como verdadero el nudo de la historia homérica, otros insisten en que la famosa Guerra de Troya no tuvo lugar. Barry Strauss decide pasar por encima de esa discusión y asumir que, al día de hoy, hay indicios suficientes como para aceptar como posibles los hechos recogidos por la tradición, y que, si no está probado cómo fue, sí se puede hablar de cómo pudo haber sido. Para eso acude constantemente a analogías, se apoya en episodios conocidos de otras guerras, remite a cultos y costumbres de pueblos vecinos y redondea la ilusión de que, a falta de pruebas en contrario, las cosas bien pudieron haber sido como él las cuenta.

aqueos y troyanos. El comienzo de lo que se conoce como historia de la Grecia Antigua puede datarse aproximadamente en el año 776 a.c., fecha en que se celebraron los primeros Juegos Olímpicos. Los hechos anteriores, por lo tanto, se ubicarían en la prehistoria. La guerra entre aqueos y troyanos pudo haber tenido lugar, según señala Strauss, entre 1210 y 1180 a.c., período que coincide con el fin del esplendor del Imperio Hitita, así como con las referencias a los ataques a Egipto por parte de los llamados Pueblos del Mar (luego llegados a Palestina, en donde serían conocidos como Filisteos). Es la época del Imperio Nuevo en Egipto y de las últimas luces de civilizaciones espléndidas como la micénica y la asiria. La destrucción de Ugarit (ciudad portuaria al norte de la actual Siria) y de los palacios de las ciudades más importantes de la Grecia continental (Pilos, Tirinto, Atenas y Micenas) pueden ubicarse alrededor del 1180 a.c.

Troya de amplias calles. Entre 1150 y 750 a.c. transcurre lo que se conoce como la Edad Oscura (el nombre se debe sobre todo a la escasez de documentos y restos arqueológicos de ese período), que acaba en el llamado Renacimiento griego de entre el 800 y 700 a.c. El origen del alfabeto griego se puede datar alrededor del 750 a.c, y suele pensarse que Homero (personaje cuya existencia tampoco está probada) pudo haber vivido en el siglo VIII a.c. La Ilíada y la Odisea alcanzaron la forma escrita recién entre el 560 y 527 a.c., en Atenas. Sin embargo, existen otros textos en los que se hace referencia a los hechos de la Guerra de Troya, y que integran, junto con la obra homérica, lo que se conoce como el ciclo épico (entre ellos, las Ciprias, la Etiópida, la Pequeña Ilíada, la Iliupersis, el poema "Nostoi" y la Telegonía). También la Eneida, escrita en latín por Virgilio en el año I a.c., retoma (y reescribe) el fin de la guerra y la supervivencia de Eneas, príncipe troyano y fundador literario del Imperio Romano.

Como en la mayoría de los relatos importantes, todo empieza con una traición. La larga Guerra de Troya, en la que murieron incontables aqueos y se destruyó una de las más prósperas ciudades de la edad del bronce, comenzó cuando Menelao, rey de Esparta, decidió recuperar lo que Paris, príncipe de Troya, le había robado. El joven Paris había sido sobornado por Afrodita, que le prometió entregarle a la mujer más hermosa del mundo a cambio de la manzana de oro que la consagraría como la más bella de las diosas. Claro que la mujer más hermosa del mundo estaba casada con Menelao, pero ese detalle no iba a impedir que una diosa como Afrodita cumpliera su promesa. Paris estaba disfrutando de la hospitalidad del rey de Esparta cuando éste debió salir de la ciudad para asistir a un funeral en Creta. La ocasión fue aprovechada por el troyano, que escapó llevándose a Helena y al rico tesoro que había constituido su dote. No demoró mucho Menelao en enterarse de la cosa -se cuenta que la propia Iris, mensajera de los dioses, corrió a darle la noticia- ni en pedir ayuda a los demás reyes aqueos para castigar al raptor y recobrar el botín. Según Homero, la guerra duró diez años y movilizó a una flota de casi dos mil barcos griegos y a ejércitos de al menos cien mil hombres por cada bando, además de involucrar a casi todo el plantel del Olimpo, empezando por Afrodita, que se sabía responsable del comienzo de las hostilidades.

Prodigios y vértigos de la analogía. El libro de Barry Strauss se suma a una enorme cantidad de textos, más o menos académicos, que se ocupan de la Edad de Bronce y de la reconstrucción de los hechos sobre la base de documentos arqueológicos y a su contraste con la mitología y con los numerosos relatos recogidos por la tradición literaria. El resultado es entretenido, pero no deja de llamar la atención la forma en que Strauss rellena los huecos y facilita la comprensión de las cosas para un público lector en cuya sagacidad no parece confiar mucho. En la página 140 se hace referencia a un pasaje de la Odisea para introducir el problema del asalto a las murallas de Troya -tan inexpugnables que a pesar de los diez años de asedio sólo pudieron ser traspasadas mediante la infame treta del caballo-. Strauss dice que si los aqueos hubiesen contado con un manual de combate, habrían sabido que debían emplear alguna estrategia para llegar a las murallas, "algo así como un asalto nocturno por sorpresa", por ejemplo. Y luego usa su truco favorito: "Dos antiguos gobernantes hititas, Pithana y su hijo Anitta (siglo XVIII a.c.), tomaron cada uno una ciudad enemiga por la noche". Es decir: dos gobernantes hititas que vivieron seis siglos antes que Agamenón, Héctor y demás, tomaron dos ciudades por la noche. Podríamos suponer que además de Pithana y Anitta hubo, en la historia de Oriente y Occidente, varias docenas de generales y capitanes que hicieron lo mismo. Sin embargo, Strauss usa la analogía como una forma de probar sus dichos, y prefiere, razonablemente, remitir a hechos probados y más o menos prestigiosos. Más adelante afirma que Andrómaca, esposa de Héctor, aconsejaba a su marido en materia militar, y vuelve a la carga: "Si esto parece como si Josefina le dijese a Napoleón cómo invadir Rusia, puede sumarse a las pruebas de la relativa libertad de las mujeres troyanas". Qué duda cabe.

Otras afirmaciones semejantes se usan para indicar que los griegos micénicos no usaban la escritura: "Por tanto, es tan probable que un wanax como Agamenón conociese el Lineal B como que la reina Victoria de Inglaterra supiese taquigrafía" (p. 78). Aunque tal vez la más osada -y la más enigmática- de las comparaciones se refiere al amor entre Paris y Helena: "[Paris] podía ser un bellaco, pero no un títere; pretendía utilizar a Helena para tomar posiciones en la Casa Real troyana [pero Helena] también lo estaba utilizando a él, así que la pareja adúltera guardaba menos relación con Romeo y Julieta que con Juan y Eva Perón". (p.57).

A pesar del perverso mecanismo de validación de sus afirmaciones, el libro de Strauss (que es profesor de Historia y Cultura clásica en Cornell) consigue el objetivo de interesar al lector no especializado en temas históricos, y da una idea bastante clara de cómo era el mundo griego y anatolio en esos años anteriores a la escritura. Es un texto de divulgación, y no se diferencia mucho de esos programas especiales del History Channel o el Discovery Channel que reconstruyen hechos o fenómenos inciertos bajo la premisa de "pudo haber sucedido así". Para los que quieran literatura, sigue siendo preferible Homero.

LA GUERRA DE TROYA, de Barry Strauss. Edhasa, Barcelona, 2008. Distribuye Océano. 382 págs.