Algunos neologismos pueden provocar equívocos

Esta anécdota es real, pero por razones obvias los nombres y el lugar del hecho están cambiados...

Doña María sale por la puerta trasera de su casa en las afueras de Ombúes de Lavalle. Es una señora septuagenaria, que tiene a su cargo dos nietos -chica y varón- de quince y catorce años. Poniendo ambas manos como bocina, grita hacia el lado de los galpones:
-¡Marina! ¡Marina!
A su llamado acude el nieto, con un balde lleno de choclos. Viene despacio, tardando -para la mente de la señora- una eternidad.
-M'hijito, ¿no vio por dónde anda su hermana? Las muchachas que vienen a estudiar con ella ya llegaron y ya voy a servirles la merienda...
-Sí, abuela. Cuando estaba pelando los choclos vi a Marina que estaba wandanareando al peón nuevo en la pieza de los aperos...
-¡Qué barbaridad, esta chiquilina! Ah, ahí viene...
Marina venía acercándose hacia la casa, frotándose la cara con la manga del saquito de lana marrón. Eso sí: caminaba más de prisa que su hermano.
-M'hija, sus compañeritas ya llegaron. Están en el comedor diario y ya voy a servirles la merienda. A estudiar, que las notas este mes pasado fueron flojas. ¡Ah! -agrega mientras la muchacha pasa a su lado como una tromba- Y déjese de guaranguear con los peones, que acá les pagamos para trabajar y no para distraerse con la señorita.