“PERMISO” PARA SER NEGR@S



María I. Faguaga Iglesias

Historiadora y Antropóloga

Estamos finalizando el tercer mes del 2009. Avanzamos en la etapa terminal de la primera década del siglo XXI, con su anunciado “socialismo”, que permanece amorfo y desconocemos el momento en que hará irrupción, pues según dirigentes políticos e ideólogos, “es algo en construcción”… No indican cuándo comenzó el proceso ni anticipan para cuándo será visible su concreción. Por ahora, es solo un vacío, otro posible encantamiento. No conforta la idea de identificar ese proyecto aun utopía, con el mesianismo, el autoritarismo, el racismo… De todo eso hemos tenido… tenemos… Está demostrado que no los necesitamos. Confunden las pocas ideas que al respecto nos llegan, en una Cuba castrista que perpetúa tras el formal cambio de poder al hermano menor, los mecanismos de dominación que siguen comprendiendo la censura, presentes prácticamente en cada espacio nacional, a veces, incluso, entre cuban@s más allá del archipiélago.

Cinco décadas con el mismo sistema de gobierno, institución que insiste en continuar (auto) denominándose como “revolución”, a la que muchos de sus amigos y enemigos, cualifican de “comunista”. Una revolución instalada en el poder tras un proceso insurreccional que, como todos los sucedidos en esta isla, como todos en Afroamérica, fue ampliamente sustentado por la población negra, y tras la cual, como en el resto de la postcolonial Hispanoamérica, la población blanca monopolizó el poder en cada uno de los espacios posibles, reproduciendo el blancocentrismo en cada instancia y a todos los niveles; fardo de peso inconmensurable que continúa imponiéndosenos a las personas negras, y, lo más importante, prosigue limitándonos en nuestro desenvolvimiento, obstaculizándolo y hasta impidiéndolo; fardo del que no solo no es bien visto intentar liberarnos sino que, durante estas cinco décadas y en todo el entorno nacional, incluso hoy ha sido velado por el impuesto silencio, pretendiendo tantos que si decididamente tiene que ser quebrado únicamente lo sea por el susurro de rincones, sin llegar a la democratización necesaria en el tratamiento de una cuestión problemática de avance horizontal y vertical que nos afecta a tod@s, pero no con iguales alcances.

Rafael Rojas, vice Ministro de Cultura, quien dice preferir expresarse en términos de “discriminación racial” y no de racismo, considera muy válido que actualmente se pueda discutir con tranquilidad dicho asunto[1]. Siendo así, quedan algunas dudas con posibilidades de encausar como interrogantes:

… ¿En qué consiste esa “tranquilidad”?

… ¿Quiénes la experimentan?

… ¿Por qué no tod@s, especialmente las personas implicadas negativamente afectadas, podemos participar de tan limitado “debate”?

… ¿Por qué la mayoría ni conoce de su existencia?

… ¿Por qué es una temática que con sistematicidad ignoran los medios masivos?

… ¿Por qué no tod@s l@s que veníamos trabajando en la temática somos invitad@s a participar?

… ¿Cuáles son los criterios de selección para ser o no aceptados y en manos de quién(es) estuvo su elaboración y aprobación?

… ¿Por qué quienes hasta ayer afirmaban que aquí no existía la discriminación racial, no teníamos “problema negro” y que era ese “un invento de jóvenes intelectuales negros deseosos de sacar la cabeza” y que estábamos “haciendo el juego al imperialismo yanqui”, ahora sorpresivamente se reciclan e insisten en convertirse en protagonistas del “debate” inventándose historias de supuestos reivindicadores antirracistas?

Político al fin, hay que considerar que las maneras de actuación del vice Ministro difieren de las de quienes nos implicamos en el tema, ya como cientistas sociales, ya como discriminad@s, o con la doble identidad, y que puede que tampoco coincidamos siempre en objetivos. Desde ambos presupuestos, acaso:

… ¿Se refiere más a un deseo que a una realidad?

… ¿Será que nos transmite algún –digamos- mensaje, respecto a una posible necesidad de las instancias políticas que no contemplan las necesidades de quienes hasta hoy seguimos siendo discriminados, y sintiendo como tal, al interior de la nación que igualmente nosotros fundamos, sostenemos y defendemos?

Recientemente son creados -casi nunca desde las bases involucradas sino desde las instancias de poder cultural generalmente imbricadas con el poder político- ciertos escenarios de discusión sobre la temática racial. Sus apariciones y maneras de funcionamiento sugieren más los intentos de capitalizar una problemática ya insoslayable y presente en toda la realidad nacional, que de ampliar y profundizar seriamente su tratamiento, lo que necesariamente comprendería el reconocimiento de al menos cierta independencia en el ejercicio de la ciudadanía, hasta el momento no visiblemente contemplada. Si pese a que nuestro último Censo de Población (2003) indica que la población negra en la Isla apenas somos un 30 %, muchos reconocemos que superamos el 60 % y algunos elevan esa cifra moviéndola entre el 70 y el 90 %, un par de interrogantes me interpelan:

… ¿Por qué pareciera que tantos, incluidos estudios@s, consideran que estamos en la obligación de pedir permiso para ser negr@s, es decir, para mostrarnos como somos incluso desde el plano de las ideas?

… ¿Por qué se reproduce el modelo supuestamente paradigmático del “tío Tom”, del “negro bueno y agradecido”, asimismo en el ambiente intelectual relacionado con la temática?

Es contradictorio que una mujer negra, médica, que supera los 55 años, manifieste estar cansada de que cuando se reúne con otros profesionales negros siempre hablan del racismo presente en nuestra sociedad, que se queje de que en los hoteles es invariablemente vigilada porque la policía evidentemente funciona desde el esquema de que su condición de mujer negra obligatoriamente la convierte en una potencial prostituta, y sin embargo el Ministro de Cultura diga públicamente ante un auditorio con notable presencia negra que no se puede decir “con inteligencia” que no hemos avanzado en el tema del racismo en estos 50 años. En incongruente, y no carece de cierto cinismo que un estudioso de aquellos “elegidos” por el PCC para estudiar la temática reclame “calma” a mujeres y hombres de todas las edades que se quejan del acoso policíaco con el cual se les intenta victimizar, únicamente por su pertenencia racial. Es insostenible que un dirigente del Ministerio de Educación, que forma parte de la representación cubana en el programa de La Ruta del Esclavo (UNESCO), no considere una prioridad que los profesores cubanos sean formados para enseñar a sus alumnos los aportes de la población negra a su nación y la historia de África y Afroamérica. Es vergonzoso y patético que mujeres negras cubanas tengan incorporado y propaguen hasta con orgullo el “síndrome Cecilia Valdez”[2], y que estén las que, vivenciándolo, ni lo identifiquen. No existe justificación para que estudios@s de la temática en esta Cuba que se ha dicho en contra de todas las iniquidades sociales, muestren orgullo de su aspecto de mulat@s, que como tantos en la sociedad, consideran “superior” por su aparente cercanía al fenotipo blanco.

La nación en la que sus estructuras gubernamentales en 50 años no se han detenido a pensar en la necesidad imperiosa de legislar en contra de las variadas expresiones del racismo, en la que se ha llegado al extremo de encarcelar, condenar a trabajo forzado o desterrar a personas comprometidas con la lucha antirracista que han creído su obligación reclamar al gobierno por su inercia o abandono en cuanto a una problemática que es fundamental para esta:

… ¿Es en la que se podrá, con esas mismas estructuras, conformadas por los mismos actores sociales, “construir” el anunciado y desconocido “Socialismo del siglo XXI”?

… ¿Es esa sociedad, ciertamente, la “más democrática”, como se autodefine en las instancias gubernamentales?

Si así fuera:

… ¿Por qué teme la existencia de organizaciones de creación más o menos independiente que trabajen en contra del racismo, ya surjan estas dentro de sus instancias oficiales o no?

Autodeclarado el Estado cubano como marxista:

… ¿Cuál soporte ideológico estructural utilizaría en contra del racismo si, desde sus orígenes y hasta la actualidad, en la teoría y en su praxis, el marxismo ha tenido un rotundo soporte racista?[3]

No se sostiene afirmar que: “Las Revoluciones Socialistas del siglo XX no fueron eficaces, al menos en sus territorios, para borrar el Racismo de la faz de la Tierra; y eso tiene una explicación histórica: la capacidad que posee el Racismo para reciclarse siendo adaptado a situaciones socioculturales en las cuales logra resignificarse y resemantizarse fundando ideologías que fortalezcan su razón de ser”.[4] La consecuencia - la existencia del racismo y, como todo ente vivo, las mutaciones no fundamentales que sufre- es percibida aquí como la causa; el tipo de gobierno y su estructuración política, es decir, la causa, recibe entonces tratamiento de consecuencia. Alteración peligrosa tanto más si se pretende además de la comprensión del fenómeno su enfrentamiento.

En estos 50 años, no obstante haberse puesto de moda en los últimos tiempos calificar su sistema de democracia directa”, Cuba no ha vivido en democracia y muy probablemente no lo haya hecho nunca, salvo pasajes muy imperfectos y débiles. De hecho, durante décadas presumió el gobierno isleño de expresar que en la Isla primaba la “dictadura del proletariado”; pero las dictaduras -repasemos- siempre suponen imposiciones y exclusiones, suponen la opresión de los no contemplados en su composición. No se sustenta por eso el considerar la actual situación vivencial cubana según el eje raza, como una “democracia racial”, aun cuando se acuda a esta expresión categorial para argumentarla como la fase en la cual han sido desenvueltas prácticas inclusivistas en pro de una engañosa integración nacional entre ‘blancos’ y ‘no blancos’ que aún tiene fisuras muy marcantes en nuestros días”.[5]

En democracia se ejercen los derechos ciudadanos, y es posible la reclamación del reconocimiento de estos y de su puesta en práctica, lo que no es probable en la actual dinámica de Cuba donde la sociedad civil es organizada y controlada por el gobierno, y la pugnante sociedad civil que pretende independencia sufre excesivos controles o acoso y acusaciones, sea cierta o no su “dependencia extranjera”.[6] En el documental de reciente elaboración “Raza”, afirma el etnólogo y cineasta Tato Quiñónez: “el tema fue postergado durante un largo trecho de la Revolución, porque no podía ser debatido y se reprimía cualquier intento”. ¿Esto sucedería si viviéramos democráticamente? Si así fuera: ¿no podríamos impugnar esa censura?

Es la ausencia de democracia puntualmente la limitante fundamental a la existencia del real empoderamiento -aunque personas autorizadas vayan por el mundo especialmente a las agrupaciones de afrodescendientes, diciéndoles lo contrario- en la población negra cubana, pues, pudiendo -contra toda dificultad- pensar desde sí, estamos impedidos de completar el ciclo de actuar por sí. Como a todo grupo sobre el cual se despliegan mecanismos de dominación, nuestros “revolucionarios” y “marxistas” dirigentes políticos, con manifiesto irrespeto y desdén persisten en decirnos cuáles deben ser nuestras ideas, cuáles nuestras maneras de proyectarnos y posiblemente, cómo sentir y de qué modo expresarlo; lo que consideren sospechosamente negro -estilos en el corte del cabello y su peinado, pronunciamientos abiertamente antirracistas o de reivindicación del aporte de pensador@s negr@s, por ejemplo- y que no haya tenido su aprobación, les merece ser desautorizado y, en muchos casos así lo hacen, confirmando porfiadamente a quienes pretendan no verlo que: “El ‘nosotros’ esgrimido por la élite blanca no sólo se apropia de algo sino que, además, participa de modo determinante en la conformación de los atributos negativos o positivos del ‘otro’”,[7] sin importar si esa élite es esclavista, capitalista o socialista, basta con que se (auto)reconozca la “elegida”, la depositaria de la “verdad”, para que pretenda imponerla. No hay que olvidar que el sustento de esa situación de asimetría e iniquidad radica en el ejercicio de las relaciones de poder, cuyas “dulces mieles”[8] seducen y atrapan, relaciones desde los orígenes de nuestro continente afrohispanoamericano impuestas por la élite blanca y que, salvo excepciones, ha permanecido en manos de sus herederos.

Compatiblemente, son personas blancas o que se lo creen quienes retienen el poder “revolucionario” en nombre de “los obreros y campesinos” aunque nunca lo fueran; son quienes deciden por nosotros -la población afrocubana- sobre nosotros, y sin que se nos consulte, situándonos en la posición del subalterno. Según ellos, lo que reafirman sus “sirvientes” negros -sin dejar de haber entre estos intelectuales que trabajan la temática-, quienes les hacen de “voceros”, “no necesitamos” un programa de ley afirmativa porque “todos tenemos las mismas oportunidades”, debemos tener “conformidad”, “calma” y expresar “agradecimiento” pues en 1886 fue el fin legal de la esclavitud en Cuba e históricamente, 50 años de revolución “son pocos” para poner fin a injusticias que como el racismo constituyen “herencias del colonialismo y del capitalismo”, no es realizable la organización propia para la consecución de nuestros derechos, etc. porque de eso “se encargará la revolución” -que cada vez más tiene carácter de entelequia- pese a que no lo ha hecho ni se compromete en decir quién, cuándo y cómo lo hará, y porque ese tipo de organización iría en contra de la tantas veces oportunistamente recurrente “unidad nacional”; ellos, verdaderos herederos de los blancos colonizadores, reciben como herencia un gran botín: la presencia de personas negras cuyas psiquis convenientemente colonizadas, les conlleva a hacerse eco de cada toma de posición en contra de su grupo racial, lo que significa ir contra sí, lo que puede ofrecerle dividendos materiales, o, no más que la “satisfacción” de sentirse “reconocidos” por el amo de ayer, apenas un siglo después reciclado en jefe “revolucionario”, “socialista”, “marxista”, en sus versiones -se dice que diferentes, se dice que iguales- “fidelista” o “raulista”, que prefiero distinguir como “castrista”.

Actualmente, personas negras que así se comportan obtienen antes o después, con o sin consciencia de su rol, permisopara ser negras: están autorizadas para (auto) representarse como tal. Otras buscan afanosas ese permiso que pudiera depararles la realización del “milagro” anhelado por gran parte de la población cubana sin distinción de colores, es decir, la salida provisional, temporal, quizás definitiva, puede que en visita oficiosa o con más posibilidades, estudiados sus discursos y proyecciones, valoradas sus posibilidades de negr@s “comercializables”, puede que sean debidamente incluidos en los espacios oficiales, generando indistintamente desconcierto o atracción entre sus iguales, formando parte de un maquiavélico juego impuesto por el blancocéntrico y supremacista poder en aras de su nada ingenua intención de perpetuidad. A unos y otros, la pregunta fundamental cuya respuesta pudiera ser trascendente:

… ¿Comprendieron que no se trata de un simple e inocente juego infantil, que está en juego la construcción de la auténtica nación, integradora, que estamos llamados a ser?

También para unos y otros, una aclaración esencial a sus manidas repeticiones de que quienes nos proyectamos como negras y negros, sin las autorizaciones debidas, somos agentes enemig@s: esta autora no admite que se le identifique como opositora, ni como disidente, ni siquiera se (auto)reconoce como contestataria; no se ha planteado hacer oposición ni ha cambiado su manera de pensar, tampoco está respondiendo, sino haciendo su trabajo de cientista social, hurgando en su sociedad y, esta le permite la deconstrucción de sus procesos, la realización de su hermenéutica, y ello pese a que, lamentablemente, las estructuras que en esta existen continúan haciéndole muy difícil o casi improbable la realización final del trabajo, es decir su publicación, única manera de devolverlo a la sociedad para su interrelación con esta y consecuentemente para su mejoramiento.

Esta autora, que no precisó leer a Gramsci como tampoco a Mariátegui -que en sus años de estudiante universitaria eran prohibidos bajo acusación de revisionismo para el marxista italiano y para el peruano indigenista, y de desviación ideológica para el estudiante osado que se acercara a sus obras que no podríamos encontrar en bibliotecas ni librerías- para comportarse orgánicamente respecto a su comprometimiento social, asume las implicaciones políticas que sabe siempre tiene el desempeño del cientista social que cumple con su rol social, lo que necesariamente implica no ser complaciente con el poder.

La Habana, lunes 16 de marzo de 2009.-

1: 37 p.m.-

(…) Zurbano indicó que soslayar o silenciar el problema implica que los negros crean que son otro país, o sea, que (como se decía en el siglo XIX) existen dos Cuba: una blanca y una negra. Y también puede implicarlo cual está sucediendo ahoraque se manipule políticamente este tema dentro y fuera de Cuba. (Cubas, Pedro A. Idem. Pág. 8. P. penúltimo.)


[1] En: Documental “Raza”. Producción del año 2008. Director Eric M. Corvalán Pellé.

[2] Síndrome “Cecilia Valdés”. Así identifico a la mujer mulata que, siendo educada para “avanzar”, para “adelantar la raza”, insiste denodadamente en establecer relaciones de pareja con hombres blancos, teniendo la exprofesa intención de procrear hijos de apariencia lo más cercana posible a la población blanca. Mujeres viviendo en trance de suicidio étnico, expresando los efectos del colonialismo psicológico.

[3] Benemelis, Juan F. “Marxismo, racismo y revolución en Cuba” – I. Enviado por e-mail.

Lunes, 2 febrero, 2009.

El autor utiliza su ensayo para demostrar, con pasajes de las obras de K. Marx y F. Engels, que el racismo fue “consustancial” a sus elaboraciones teóricas.

[4] Cuba, Pedro A. “Hablar de racismo en Cuba: entre ademanes de lo posible y ardides de

lo Permitido”. (Inédito) Bahía, Brasil. Pág. 10. P. penúltimo.

[5] Cubas, Pedro A. Idem. Pág. 5. P. 1 (viene de la Pág. 4.).

[6] Instituciones cuya existencia precede con demasía al proceso político establecido a partir de 1959, como la Sociedad Abakuá, y que han sido recientemente legalizadas, sufren ahora los controles que antes no tenían, dificultándoseles su desenvolvimiento. Razón por la cual, algunas de estas ---es el caso de algunas Iglesias evangélicas--- prefieren mantenerse al margen del proceso de “legalización” que en este momento lleva adelante el Ministerio de Justicia.

[7] Benemelis, J. F. Idem. Págs. 8 y 9.

[8] Castro Ruz, Fidel. Periódico Granma. 3 de Marzo de 2009. ¿???