Africanos y bahianos, la alegría del terreiro



Muchas veces sorprende a los investigadores de las religiones afro-brasileñas la presencia de entidades bulliciosas que se presentan como “africanos” o “bahianos” y “bahianas”. Entidades que responden a oficios, la mayoría rurales (Arranca-folhas, Arranca-toco, Arranca-galho, etc.) que movilizan las sesiones de umbanda, generalmente al final, con un griterío alegre e irreverente que descontrae la rutina pautadamente ceremoniosa de la ceremonia.

Los africanos, un “povo de Fogo” o “povo da tesoura/tijera”, no debieran llamar tanto la atención. Primero que nada, porque en un culto nacido del espiritismo kardecista, la inclusión permanente de espíritus portadores de mensajes no constituiría una heterodoxia, y segundo porque es imposible negar que esas entidades representan tanto a los kilombolas de los mocambos como a los millares de trabajadores bahianos que hubieron de emigrar de su lugar de origen en busca de mejores horizontes, muriendo en tierras extrañas a sus pagos natales e integrándose al trabajo de umbanda. Si no tenemos reparos en aceptar boiadeiros/vaqueros, cangaceiros, marineros y malandrines trayendo mensajes de optimismo, sanación y progreso, bien podemos entender a estos africanos y bahianos un tanto cerriles y desvergonzados como parte de un elenco espiritual destinado al servicio de los humildes, a través de sus rezos y “mandingas” cantados y danzados:


Ô, ô, ô, ô, Loanda!

Aquí ô, meu batuque é um canjerê!

(Aquí ô meu batuque é um canzuá!)

Eu vou bater tambor… Eu vou bater tambor!

Ô, ô, ô, ô, Bahia!

Cidade de Nosso Senhor do Bomfim!

Dança com o pé mais veloz que o vento,

(Gira com seu corpo que nem o vento)

Sem mais sentir a dor…

Eu vou bater tambor… Eu vou bater tambor!


Las danzas de estas entidades suelen ser rápidas, ritmadas, donde se destaca especialmente el movimiento de hombros y caderas, imprimiendo una visual mucho más africanista a la umbanda.

Pero también entonan cánticos tristes que hablan de las labores del esclavo, y remedan en algunos momentos, solamente musicales, su fuerza de trabajo en forma colectiva, en la que parecen librar el terreno de malezas. Interactúan constantemente entre ellos y los asistentes, prodigando recetas y consejos, muchas veces en juegos de palabras con más de un sentido. En muchos terreiros, si bien existe una gran devoción por los desplazamientos vistosos de los caboclos o los lentos y vacilantes de los pretos-velhos cuyos consejos llenos de sabiduría suelen ser escuchados con gran atención, la asistencia espera ansiosamente la llegada del “povo da tesoura” pues trae un clima más festivo y aleatorio al desarrollo del ritual.

Evidentemente, se trata de un pueblo festivo y desprejuiciado que trabaja con hierbas –especialmente ruda y guiné- y carece de ese trato humilde y comedido que exhiben los pretos-velhos. Tampoco mantienen esa altiva distancia de los caboclos, expresándose en medias palabras en medio de órdenes y gritos. Los bahianos hablan un lenguaje muy popular, lleno de gírias –figuras de lenguaje metafórico- y doble sentido que puede ser tomado tanto en serio como en solfa. Sin embargo, pese a esas licencias del habla, a las palabrotas no exentas de gracia y a su gesticulación tan expresiva que remeda movimientos de capoeira, no puede decirse que una consulta con cualquiera de ellos no sea toda una experiencia de vitalidad, buenos consejos y filosofía cotidiana. No recurren como los pretos-velhos a las invocaciones a un santoral que no les es propio, antes recetan baños de hierbas y tisanas que deben ser acompañadas de rezas a los diversos orisha o mukisi bantúes a los que son devotos, y muchas veces recomiendan dar una ofrenda previa a Eshu, a quien designan con el eufemismo de “O Rabudo”.

Las bahianas suelen colocarse apenas llegan un turbante caprichoso y colorido, o algunas veces, como ellos, sombreros de paja de buriti. Ellas y ellos son afectos a las pipas de fragante tabaco o a los cigarros armados en hojas tiernas de maíz, como la gente del campo y los habitantes de los arrabales. Aman el vino, al que adicionan generalmente especias y cortezas o trozos de frutas fragantes ellas y toman directamente de la botella ellos. Sus comidas son sencillas, como los chorizos asados en rodajas, huevos duros y guisado de porotos negros. Aprecian las frutas y trabajan mucho con ellas, vehiculizando su ashé de acuerdo a los colores, sabores y texturas de las mismas.