Vergüenza

A quienes hemos creído que la revolución cubana era dirigida a proporcionar un mejor estilo de vida para los cubanos, las cosas que suceden en la isla nos avergüenzan.  Ciertamente allí se forman mejores médicos que antes del 59: el Hospital de ojos del Saint-Bois es la prueba cabal de ello. Pero también es justo reconocer que resulta incoherente que quienes se alzaron para dejar de ser "el prostíbulo de los Estados Unidos" entre otras cosas provean -urbi et orbe- prostitutas de todo pelaje y color, muchas de ellas tituladas en la Universidad, porque se mueren de hambre. No estamos de acuerdo con los cubanos que residen en Miami por muchas razones, la primera es que se fanatizan y jamás reconocen algún logro de la revolución. Pero tampoco podemos cerrar los ojos y creer que Orlando Zapata era un "delincuente común". Ese argumento lo hemos escuchado demasiado a menudo en los comunicados de la DINARP de triste memoria... Orlando Zapata era un preso político porque tenía una opinión disidente con el régimen de los hermanos Castro. Y cuando una revolución tiene "presos políticos" y en lugar de convencer o seducir castiga con paredones de fusilamiento o cárcel la no coincidencia, se vuelve stalinista.

Condenamos la prisión que condujo a la muerte a Orlando Zapata -ex medalla al valor por su actuación correcta en Angola- del mismo modo que condenamos el impedimento a manifestar pacíficamente de las Damas de Blanco -madres, esposas e hijas de presos de opinión- o la despreciable muerte de nuestro compatriota Vladimir Roslik el 16 de abril de 1984, crimen que selló indefectiblemente el destino de la dictadura cívico-militar en Uruguay.

Que alguien muera por defender a ultranza sus ideas nos resulta una vergüenza. Pero mucho más cuando hemos creído que en ese país se tomó el poder para lograr un mundo mejor...