Señor recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe, aunque ése no era su verdadero nombre (pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar) y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje sin su Agente de Prensa sin fotógrafos y sin firmar autógrafos sola como un astronauta frente a la noche espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia (según cuenta el Times) ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas. Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras. Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno pero también algo más que eso... Las cabezas son los admiradores, es claro (la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz). Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox. El templo -de mármol y oro- es el templo de su cuerpo en el que está el hijo de Hombre con un látigo en la mano expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.
Señor en este mundo contaminado de pecados y de radiactividad, Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda que como toda empleadita de tienda soñó con ser estrella de cine. Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor). Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos, el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo.
Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros por nuestra 20th Century por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado. Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes. Para la tristeza de no ser santos se le recomendó el Psicoanálisis. Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena y cómo se fue haciendo mayor el horror y mayor la impuntualidad a los estudios. Como toda empleadita de tienda soñó ser estrella de cine. Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva. Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados que cuando se abren los ojos se descubre que fue bajo reflectores ¡y se apagan los reflectores! Y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico) mientras el Director se aleja con su libreta porque la escena ya fue tomada. O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor vistos en la salita del apartamento miserable. La película terminó sin el beso final. La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono. Y los detectives no supieron a quién iba a llamar. Fue como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga y oye tan solo la voz de un disco que le dice: Wrong Number O como alguien que herido por los gangsters alarga la mano a un teléfono desconectado.
Señor: quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar y no llamó (y tal vez no era nadie o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles) ¡Contesta Tú al teléfono!
Washington "Bocha" Benavides, uno de los poetas orientales más apegado a estas bandas y a sus tradiciones,
ha cumplido 80 años rodeado de su gente y amigos.
Brindo por muchos años más, Bocha, para que continúes siendo un faro de guía
y certezas desde ese tu Tacuarembó que ha dado tantos valores a la patria.
Para ti, una de tus más bellas facturas.
"Dijo el muchacho a la moza: desde el comienzo te vi; en el sueño, en la vigilia, como un jazmín del país. Perfume de la alta noche, pequeña flor constelada, en el patio con aljibe y en mi corazón, guardada. Yo me voy con Aparicio, sé que otra divisa labran tus manos, y llevarán los varones de esta casa. Yo me voy con Aparicio, pero mírame a la cara, que lo que voy a decirte se dice una vez, y basta. Sólo una cosa podría detenerme: una palabra. Di que me quede y me quedo, jazmín del país, muchacha. Ella lo miró a los ojos, pero no le dijo nada, y nada dijo después, cuando él cayó con Saravia. Perfume de la alta noche, pequeña flor constelada, en el patio con aljibe y en mi corazón, guardada".
Defender la alegría como una trinchera, defenderla del caos y de las pesadillas, de la ajada miseria y de los miserables de las ausencias breves y las definitivas.
Defender la alegría como un atributo, defenderla del pasmo y de las anestesias, de los pocos neutrales y los muchos neutrones, de los graves diagnósticos y de las escopetas.
Defender la alegría como un estandarte, defenderla del rayo y la melancolía, de los males endémicos y de los académicos, del rufián caballero y del oportunista.
Defender la alegría como una certidumbre, defenderla a pesar de dios y de la muerte, de los parcos suicidas y de los homicidas y del dolor de estar absurdamente alegres.
Defender la alegría como algo inevitable, defenderla del mar y las lágrimas tibias, de las buenas costumbres y de los apellidos del azar y también, también de la alegría.
Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis
para prentendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión, ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende?,
¿si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?
Mas, entre el enfado y la pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?
¿O cuál es de más culpar,
aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
¿Pues, para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.
Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.
Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.
Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.
Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.
Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.
Toda la gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.
Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y un mundo de miel.
Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.
Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.
"Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!" (Dámaso Alonso)
Nació el 30 de octubre de 1910 como segundo hijo varón en una familia de Orihuela dedicada a la crianza de ganado. Pastor de cabras desde muy temprana edad, Miguel fue escolarizado entre 1915 y 1916 en el centro de enseñanza «Nuestra Señora de Monserrat» y de 1918 a 1923 recibe educación primaria en las escuelas del Amor de Dios; en 1923 pasa a estudiar el bachillerato en el colegio de Santo Domingo de Orihuela, regenteado por los jesuitas, los que le proponen para una beca con la que continuar sus estudios que su padre rechaza. En 1925 abandonó los estudios por orden paterna para dedicarse en exclusiva al pastoreo, aunque poco tiempo después cursa estudios de derecho y literatura. Mientras cuida el rebaño, Miguel lee con avidez y escribe sus primeros poemas.
Por entonces, el canónigo Luis Almarcha Hernández inicia una amistad con Miguel y pone a disposición del joven poeta libros de San Juan de la Cruz, Gabriel Miró, Paul Verlaine y Virgilio entre otros. Sus visitas a la Biblioteca Pública son cada vez más frecuentes y empieza a formar un improvisado grupo literario junto a otros jóvenes de Orihuela en torno a la tahona de su amigo Carlos Fenoll. Los principales participantes en aquellas reuniones son, además de Miguel y el propio Carlos Fenoll, su hermano Efrén Fenoll, Manuel Molina, y José Marín Gutiérrez, futuro abogado y ensayista que posteriormente adoptaría el seudónimo de «Ramón Sijé» y a quien Hernández dedicará su célebre Elegía. A partir de este momento, los libros serán su principal fuente de educación, convirtiéndose en una persona totalmente autodidacta. Los grandes autores del Siglo de Oro: Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega y, sobre todo, Luis de Góngora, se convertirán en sus principales maestros.
Tras este prometedor comienzo marcha a Madrid por segunda vez para obtener trabajo, esta vez con mejor fortuna, pues logra primero ser nombrado colaborador en las Misiones Pedagógicas y más tarde le escoge como secretario y redactor de la enciclopedia Los toros su director y principal redactor, José María de Cossío, que será en adelante su más ferviente entusiasta. Colabora además con asiduidad en Revista de Occidente y mantiene una tórrida relación con la muy liberada pintora Maruja Mallo, que le inspira parte de los sonetos de El rayo que no cesa. Se presenta a Vicente Aleixandre y hace amistad con él y con Pablo Neruda; este es el origen de su breve etapa dentro del Surrealismo, con aliento torrencial e inspiración telúrica. Su poesía por entonces se hace más social y manifiesta a las claras un compromiso político con los más pobres y desheredados. En diciembre de 1935 muere su fraternal amigo de toda la vida, Ramón Sijé, y Miguel le dedica su extraordinaria Elegía, que provoca el difícil entusiasmo de Juan Ramón Jiménez en una crónica del diario El Sol.
Al estallar la Guerra Civil, Miguel Hernández se alista en el bando republicano. Hernández figura en el 5º Regimiento y pasa a otras unidades en los frentes de la batalla de Teruel, Andalucía y Extremadura. En plena guerra, logra escapar brevemente a Orihuela para casarse el 9 de marzo de 1937 con Josefina Manresa. A los pocos días tiene que marchar al frente de Jaén. En el verano de 1937 asistió al II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas celebrado en Madrid y Valencia, y más tarde viajó a la Unión Soviética en representación del gobierno de la República, de donde regresó en octubre para escribir el drama Pastor de la muerte y numerosos poemas recogidos más tarde en su obra El hombre acecha. En diciembre de 1937 nace su primer hijo, Manuel Ramón, que muere a los pocos meses y a quien está dedicado el poema Hijo de la luz y de la sombra y otros recogidos en el Cancionero y romancero de ausencias, y en enero de 1939 nace el segundo, Manuel Miguel, a quien dedicó las famosas Nanas de la cebolla. Escribe un nuevo libro: Viento del pueblo. Destinado a la 6ª división, pasa a Madrid.
En abril, el general Francisco Franco declaró concluida la guerra y se había terminado de imprimir en Valencia El hombre acecha. Aún sin encuadernar, una comisión depuradora franquista presidida por el filólogo Joaquín de Entrambasaguas, ordenó la destrucción completa de la edición. Sin embargo, dos ejemplares que se salvaron permitieron reeditar el libro en 1981.
Su amigo Cossío se ofreció a acoger al poeta en Tudanca, pero este decidió volver a Orihuela. Pero en Orihuela corría mucho riesgo, por lo que decidió irse a Sevilla pasando por Córdoba, con la intención de cruzar la frontera de Portugal por Huelva. La policía de Salazar lo entregó a la Guardia Civil. Desde la cárcel de Sevilla lo trasladaron al penal de la calle Torrijos en Madrid (hoy calle del Conde de Peñalver), de donde, gracias a las gestiones que realizó Pablo Neruda ante un cardenal, salió en libertad inesperadamente sin ser procesado en septiembre de 1939. Vuelto a Orihuela, fue delatado y detenido y ya en la prisión de la plaza del Conde de Toreno, Madrid, fue juzgado y condenado a muerte en marzo de 1940. Cossío y otros intelectuales amigos, entre ellos Luis Almarcha Hernández, amigo de la juventud y vicario general de la Diócesis de Orihuela (posteriormente obispo de León en 1944), intercedieron por él, conmutándosele la pena de muerte por la de treinta años. Pasó a la prisión de Palencia en septiembre de 1940 y en noviembre al Penal de Ocaña (Toledo) En 1941, fue trasladado al Reformatorio de Adultos de Alicante, donde compartió celda con Buero Vallejo. Allí enfermó. Padeció primero bronquitis y luego tifus, que se le complicó con tuberculosis. Falleció en la enfermería de la prisión alicantina a las 5:32 de la mañana del 28 de marzo de 1942, con tan sólo 31 años de edad. Se cuenta que no pudieron cerrarle los ojos, hecho sobre el que su amigo Vicente Aleixandre compuso un poema. Fue enterrado en el nicho número mil nueve del cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante, el 30 de marzo.
Actualmente sus restos mortales reposan en una sepultura del mismo cementerio, junto a los de su mujer Josefina Manresa y su hijo. Dicha sepultura, fácilmente identificable, es muy visitada.
Perito en lunas, Murcia, La Verdad, 1933 (Prólogo de Ramón Sijé). El rayo que no cesa, Madrid, Héroe, 1936. Viento del pueblo. Poesía en la guerra, Valencia, Socorro Rojo Internacional, 1937 (Prólogo de Tomás Navarro Tomás). El labrador de más aire, Madrid - Valencia, Nuestro Pueblo, 1937. El rayo que no cesa, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1949 (Prólogo de José María Cossío. Incluye poemas inéditos). Seis poemas inéditos y nueve más, Alicante, Col. Ifach, 1951. Obra escogida, Madrid, Aguilar, 1952 (Incluye poemas inéditos). Cancionero y romancero de ausencias, (1938–1941), Buenos Aires, Lautaro, 1958 (Prólogo de Elvio Romero). Antología, Buenos Aires, Losada, 1960 (Selec. y Prólogo de Mª de Gracia Ifach. Incluye poemas inéditos).
Obras completas, Buenos Aires, Losada, 1960 (Ordenada por E. Romero. Prólogo de Mª de Gracia Ifach). El hombre acecha, Santander, Diputación, 1961 (Facsímil de la primera edición de 1939 perdida en imprenta). Obra poética completa, Madrid, Zero, 1979 (Introducción, estudio y notas de Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia). 24 sonetos inéditos, Alicante, Instituto de estudios Juan Gil-Albert, 1986 (Edición de José Carlos Rovira).
Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido. Fue la noche de Santiago y casi por compromiso. Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos. En las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos, y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua me sonaba en el oído, como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos. Sin luz de plata en sus copas los árboles han crecido, y un horizonte de perros ladra muy lejos del río. Pasadas las zarzamoras, los juncos y los espinos, bajo su mata de pelo hice un hoyo sobre el limo. Yo me quité la corbata. Ella se quitó el vestido. Yo el cinturón con revólver Ella sus cuatro corpiños. Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, ni los cristales con luz de luna relumbran con ese brillo. Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío. Aquella noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar sin bridas y sin estribos. No quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo. La luz del entendimiento me hace ser muy comedido. Sucia de besos y arena, yo me la lleve del río. Con el aire se batían las espadas de los lirios. Me porté como quien soy: como un gitano legítimo. Le regalé un costurero grande de raso pajizo, y no quise enamorarme porque teniendo marido, me dijo que era mozuela cuando la llevaba al río.
¿Cómo no hablar de saudade al tratar de la poeta más representativa de Galicia? «Divina Rosalía, Senhora da Saudade e da Melancolía», decía Teixeira de Pascoaes. Pero, también, ¿cómo ponernos de acuerdo sobre lo que designamos con el nombre de saudade? Los problemas comienzan desde que se intenta determinar el sentido originario de la palabra: ¿«soledad»?, ¿«mal de ausencia»?, ¿«melancolía»? Cada autor defiende denodadamente y con pruebas literarias o documentales su teoría. Las posibles relaciones con sentimientos de otros países es otro tema discutido; así la comunidad o no de significados entre saudade y los vocablos suecos langtan y langter, el alemán Sehnsucht, el rumano dór o el gallego morriña. ¿Hasta qué punto es o no la saudade un sentimiento exclusivo y caracterizador de los galaico-portugueses? Con todo, el capítulo más interesante y el más intrincado es el de las teorías interpretativas de la saudade: ¿qué es?, ¿de dónde surge?, ¿qué causas la provocan?, ¿cuáles son sus manifestaciones?...
Vamos a exponer brevemente algunas de las teorías más importantes.
Para Teixeira de Pascoaes, la saudade es un sentimiento esencial del espíritu lusitano, y exclusivo de él; no tiene equivalente en otras lenguas. Surgió de la unión del paganismo greco-romano con el cristianismo judaico; o lo que es igual, del deseo carnal -pagano- unido al dolor espiritual -cristiano-. La saudade es la tristeza y la alegría, la luz y la sombra, la vida y la muerte. Ampliada a la naturaleza, la saudade es el alma universal, donde se realiza la unidad de todo lo existente.
Las palabras de Teixeira de Pascoaes son de poeta; aluden sin concretar a la realidad de la saudade. Según esa teoría, saudade es la forma especial, única y característica con que el pueblo portugués se enfrenta con la existencia y que aparece reflejada en la obra de sus mejores poetas. Imposible concretar más.
Un importante grupo de teorías ponen en relación la saudade con un deseo vago e impreciso. Vicente Risco habla del «deseo de lo lejano», distinguiendo entre morriña -que es deseo de lo lejano concreto- de la tierra, y saudade, deseo de lo lejano inconcreto. Ramón Cabanillas, en su discurso de ingreso en la Academia Gallega, señala de forma metafórica el carácter impreciso del deseo: "recuerdo de una luz que nos hirió en la vaguedad de un sueño”. César Barja se refiere al carácter de deseo insatisfecho que para él tiene la saudade; con palabras de Rosalía de Castro: "«el fantasma del bien soñado»".
Muy numerosas han sido también las teorías que han puesto en relación la saudade con el sentimiento de la tierra ya sea en un sentido de naturaleza o paisaje, ya en el sentido de patria, ya en el de «gran madre». Castelao se plantea si la saudade del gallego no será más que la lucha de dos deseos opuestos e incompatibles: el de estar y no estar en la tierra. La saudade vendría a ser el sentimiento característico de un pueblo escindido por dos tensiones opuestas; la que le lleva a emigrar, a conocer mundo, y la que le impulsa a volver siempre a la tierra.
Interesantísima es la teoría de Nóvoa Santos, el gran médico compostelano, sobre la saudade. Distingue en ella dos elementos básicos: la nostalgia de un pasado fabuloso y el anhelo de revertirse en la tierra. La saudade viene a ser una manifestación del instinto de muerte: un deseo de anularse en el seno de la tierra, de retornar al regazo tierno de la «gran madre».
De carácter psicológico es también la interpretación de otro médico ensayista: Rof Carballo Distingue tres componentes de la saudade (que identifica con 'morriña'): versión hacia la madre, anhelo de la seguridad primigenia y nostalgia de nuestra unidad última. La saudade es así la nostalgia de un paraíso perdido infantil en contraste con las vivencias maduras de la soledad, del desamparo, del desarraigo. Seguridad, unidad, compañía definitivamente perdidas y siempre anheladas están en la base de la saudade. Y, para continuar con médicos, la teoría de otro ilustre galeno: García Sabell: para él la saudade es la nostalgia de la propia persona desaparecida. El proceso es el siguiente: la vida se torna problemática, se produce una objetivación de la propia existencia y surge el extrañamiento. La vida se siente vacía y sin sentido; como consecuencia, también el yo, que vive esa vida que pasa a objetivarse y a cosificarse. Se conserva la conciencia de esa pérdida y se intenta escapar a la vivencia dolorosa buscando la despersonalización absoluta. En este intento infructuoso se llega a veces a la creación artística. El hombre saudoso vive una carencia de sentido en todo, en sí mismo y en la naturaleza.
La teoría filosófica más estructurada sobre la saudade es sin duda la de Ramón Piñeiro. Saudade es sentimiento de soledad, de vivencia sentimental de la soledad. Cuando este sentimiento se vincula a un objeto trascendente al hombre, puede recibir otros nombres: la soledad del ser amado o del bien perdido es añoranza; la soledad de la tierra, nostalgia, etc. Cuando el sentimiento de la soledad se hace inmanente al hombre, entramos en el campo de la verdadera saudade. Por su condición de ser singular, el hombre siente su soledad ontológica, se siente a sí mismo. Este sentirse a sí mismo en su propia singularidad original es sentir saudade. La saudade carece de significación psicológica; es un puro sentimiento ontológico. Distingue Piñeiro así entre morriña y saudade. La primera es un estado de depresión vital al que va unido un sentimiento de tristeza; su sinónimo es la melancolía. Lo contrario de la morriña es la euforia; lo contrario de la saudade -la soledad del ser- es el éxtasis místico -la contemplación del ser-.
El mismo autor aplica su teoría al análisis de la lírica rosaliana y descubre que Rosalía habla de dos clases de saudade: la de la tierra y la del amor, pero expresa en sus poemas las vivencias de las restantes formas de saudade, incluso de la saudade ontológica, pura.
Nosotros vamos a seguir en líneas generales esta última teoría de la saudade. Trataré, pues, las distintas formas de soledad que aparecen reflejadas en la obra de Rosalía. La mayor diferencia con la teoría de Piñeiro es que excluyo del tema de la saudade el «anhelo del bien ideal», no porque me parezca desacertada su inclusión, sino por razones de método. El tema del anhelo tiene en Rosalía de Castro múltiples matices y ramificaciones que nos pueden llevar lejos del sentimiento originario de la soledad. Por esta razón prefiero tratarlo aparte.
La saudade que tiene más amplia representación en la obra de Rosalía es la de la tierra. Podríamos pensar que es la típica del emigrante que marcha a América, pero no es así; en éste coinciden distintas saudades. Para sentir la saudade de la tierra no se necesita una gran distancia, y muchas veces no es saudade de Galicia sino del pequeño lugar donde se ha nacido. Veamos algunos ejemplos:
Empezaremos con un ejemplo típico de saudade provocada por lejanía de Galicia, pero sin que sepamos el lugar desde donde se siente ni las circunstancias personales de la persona que habla.
Airiños, airiños aires,
airiños da miña terra;
airiños, airiños aires,
airiños, leváime a ela.
Sin ela vivir non podo,
non podo vivir contenta,
que adonde queira que vaia,
cróbeme unha sombra espesa.
Cróbeme unha espesa nube
tal preñada de tormentas,
tal de soidás preñada,
que a miña vida envenena.
En este poema, como en los de emigrantes, se sufre de soidás: soledad de la tierra, pero también soledad de personas y cosas que quedan en Galicia:
Leváime, leváime, airiños,
leváime a donde me esperan
unha nai que por min chora,
un pai que sin min n'alenta,
un irmán por quen daría
a sangre das miñas venas,
e un amoriño a quen alma
e vida lle prometera.
¡Ai, miña probe casiña!
¡Ai, miña vaca bermella!
Años que balás nos montes,
pombas que arrulás nas eiras,
mozos que atruxás bailando,
redobre das castañetas,
xas-co-ras-chás das cunchiñas,
xurre-xurre das pandeiras,
tambor do tamborileiro,
gaitiña, gaita gallega,
xa non me alegras dicindo:
¡Muiñeira, muiñeira!
En otros poemas, la evocación de los seres que provocan el sentimiento de soledad es aún más desordenada: se habla antes de las higueras o los nabos que de la mujer. Estas explosiones de sentimiento ante cosas al parecer insignificantes -típicas del gallego- han sido ridiculizadas en multitud de chistes y anécdotas por pueblos en los que la afectividad tiene menos importancia. Sin embargo son propias de todo estado emocional y revelan por parte de Rosalía un gran conocimiento del espíritu humano. Esta vinculación sentimental a seres y cosas que en la vida ordinaria pasan casi inadvertidos es universal. Pensemos en la persona que ante la muerte de un ser querido es capaz de mantener la serenidad y que de pronto estalla en lágrimas a la vista de un objeto insignificante usado por él: unas zapatillas, un lápiz, un pañuelo...
Otro ejemplo de esta vinculación saudosa del emigrante hacia personas y cosas es el poema «Adiós ríos, adiós fontes». En él, en primer lugar, tras una evocación general de la tierra, va la huerta; en medio más o menos, la Virgen de la Asunción, y justo al final, aunque ya antes hubo una alusión ("amoriñas das silveiras/que eu lle daba o meu amor") va la mujer amada. Esta forma de enumerar que emplea Rosalía es precisamente el elemento que mejor expresa la emoción del protagonista.
Este sentimiento mixto de saudade de la tierra, del amor, de compañía, puede sobrevenir sin relación con la distancia física que separa al saudoso del lugar donde vivió. En «Campanas de Bastabales», es el sonido de esas campanas lo que provoca la saudade. Por tanto no se trata de una lejanía física sino espiritual. Probablemente la mujer que habla siente saudade de la seguridad que le ofrecía la casa paterna, de la ternura de familiares y amigos antiguos.
Lugar idóneo para que el gallego sienta saudade de su tierra es Castilla: el contraste de paisaje y clima exacerba la nostalgia de la tierra natal. Un ejemplo en que Rosalía nos habla de sus propias experiencias saudosas es el poema «Unha tarde alá en Castilla»
La saudade de la tierra se produce a menudo dentro de la misma Galicia y a veces tiene razones sociológicas y no psicológicas, como en el caso de «Campanas de Bastabales». Por ejemplo, la gente de mar se siente extraña tierra adentro, tiene distintas costumbres y formas de vivir. E incluso en el interior hay diferencias entre las gentes de la montaña y las de valles y llanos, que suelen ser más ricas y más "civilizadas". La saudade de una montañesa que piensa en sus lares nativos está recogida en el poema «Rosiña cal sol dourado»:
Danlle estrañesa os cantares,
danlle de chorar deseios,
i, os ollos de bágoas cheios,
pensa nos nativos lares.
Que n'hai máis tristes pesares,
máis negra malencolía
que a que entre estraños se cría.
La aldeana, trasladada a la ciudad, siente saudades de la aldea: las calles enlosadas, las torres de las iglesias, los muros de las casas la hacen sentirse extraña. Le falta el olor a campo de su aldea, los bosques, los espacios abiertos al aire y al sol:
De soidás morríase
na vila, sospirando pola aldea;
asombrábana as casas cos seus muros,
e asombrábana as torres e as igrexas.
En este poema advertimos el sentido maternal de la tierra. La pobre se muere lejos de ella como un niño separado de su madre. En realidad no hay razones para esa extrañeza que siente la aldeana, para su negativa inconsciente al ambiente ciudadano. Sólo nos lo explicamos por una vinculación a la tierra que reproduce la del niño con su madre: seguridad, ternura, protección... En este poema, como en el anterior, y también en el de «Campanas de Bastabales», encontramos un sentimiento de la tierra de carácter tribal; tierra es el pequeño rincón donde se nace, el conjunto de seres unidos por lazos familiares o de antigua amistad. Fuera de esos estrechos límites acecha la saudade.
El anhelo de revertirse a la tierra, que es según Nóvoa Santos uno de los componentes de la saudade, aparece reflejado en la obra de Rosalía de Castro. Sólo en la propia tierra encuentra reposo absoluto el cuerpo muerto:
Jamás del extranjero el pobre cuerpo inerte,
como en la propia tierra en la ajena descansa.
En el poema a sir John Moore, general inglés muerto en la batalla de Elviña (La Coruña) y allí enterrado, Rosalía lamenta lo lejos que sus restos están de su país natal, aunque insiste en que, después de su patria, en ningún sitio encontraría mejor sepultura.
La saudade amorosa está también reflejada en la obra de Rosalía. No faltan ejemplos masculinos («Queridiña dos meus ollos», pero lo más frecuente es que aparezca en boca de una mujer:
¡Si souperas qué estrañeza,
si souperas qué sofrir
desque dél vivo apartado
o meu corazón sentíu!
Tal me acoden as soidades,
tal me queren afrixir,
que inda máis feras me afogan,
si as quero botar de min.
La nostalgia de un pasado nebuloso que, como hemos visto, es para algunos autores elemento capital de la saudade, se encuentra reflejada por Rosalía. Unas veces se refiere a un pasado personal y otras al pasado de Galicia, pero siempre del mismo modo vago. El «pasado dichoso» en su momento no dejó huella poética o bien porque cuando fue presente no se vivió como dichoso o bien porque Rosalía empezó a escribir más tarde. Creemos que sucedió lo primero y que el tiempo actuó como elemento idealizador, influyendo en esto la comparación con el presente más doloroso. Veamos un ejemplo de saudade por el propio pasado:
Aquelas risas sin fin,
aquel brincar sin dolor,
aquela louca alegría,
¿Por qué acabóu?
Aqueles doces cantares,
aquelas falas de amor,
aquelas noites serenas,
¿Por qué non son?
Aquel vibrar sonoroso
das cordas da arpa y os sons
da guitarra malencónica,
¿quén os levóu?
Todo é silencio mudo,
soidá, dolor,
onde outro tempo a dicha
sola reinóu...
Cuando nos trasladamos al pasado real de Rosalía, a La Flor, a sus veinte años, nos encontramos con que el «pasado dichoso» ha retrocedido aún más: ya han desaparecido los días de dicha y sólo vemos dolores, soledad y llanto. En estos poemas juveniles encontramos una vivencia de la soledad que, pese a las rotundas afirmaciones de la autora, sentimos como propia de la adolescencia. Rosalía se siente sola, predestinada a la soledad en un mundo de seres acompañados: es el héroe romántico marcado con «fatídico emblema». La soledad es una nota distintiva:
Cuando miré de soledad vestida
la senda que el Destino me trazó,
[...]
sentí en un punto aniquilar mi vida.
¡Sola era yo con mi dolor profundo
en el abismo de un imbécil mundo!
En uno de sus más conocidos poemas, Rosalía nos habla de una clase de saudade más rara: la saudade del dolor. Relacionado con ella está ese convencimiento del poeta de que en el fondo del alma hay un vacío que no se llena con alegrías sino con dolor, de que el dolor es una forma de compañía. Así, cuando un dolor hondo desaparece, se sienten soledades de él. El poema «Unha vez tiven un cravo» es un ejemplo perfecto:
...xa non sentín máis tormentos
nin soupen qué era delor;
soupen só que non sei qué me faltaba
en donde o cravo faltóu,
e seica, seica tiven soidades
daquela pena... ¡Bon Dios!
Y con esto nos vamos aproximando a la vivencia más pura de la saudade: la vivencia de la propia singularidad, de la soledad ontológica del hombre. En sus versos podemos distinguir los pasos previos que la fueron acercando a ese sentimiento. En primer lugar, Rosalía pasa por la experiencia de quedarse sola, es decir, prescindir voluntariamente de compañía. En esa soledad provocada advierte todavía presencias diminutas: un ratón oculto, la mosca, el ruido de la leña al arder, y se aferra a esa forma de compañía («Aquel romor de cántigas e risas».
En la teoría de García Sabell sobre la saudade hemos visto que en el proceso que llevaba a ella es importante el extrañamiento. Hemos tenido ocasión de comprobar en los poemas citados la frecuencia con que el saudoso siente extrañeza o asombro ante lo que le rodea. Veamos ahora cómo ese extrañamiento se prolonga a la tierra madre. Rosalía se siente extranjera, extraña en su propia tierra:
...cerraba a noite silenciosa
os seus loitos tristísimos
en torno da estranxeira na súa patria,
que, sin lar nin arrimo,
sentada na baranda contempraba
cál brilaban os lumes fuxitivos.
Cual si en suelo extranjero me hallase,
tímida y hosca, contemplo
desde lejos los bosques y alturas
y los floridos senderos.
Normalmente no encontramos en la saudade ontológica de Rosalía la neutralidad psicológica que Piñeiro señala en esa vivencia. En general aparece teñida de amargura, se vive como una limitación. Es como si Rosalía hubiera intentado romper los límites de su ser y comprobara con dolor el fracaso. Creo que el ejemplo más claro de esto está al comienzo de En las orillas del Sar:
Ya que de la esperanza, para la vida mía,
triste y descolorido ha llegado el ocaso,
a mi morada oscura, desmantelada y fría
tornemos paso a paso,
porque con su alegría no aumente mi amargura
la blanca luz del día.
Contenta, el negro nido busca el ave agorera;
bien reposa la fiera en el antro escondido;
en su sepulcro, el muerto; el triste, en el olvido,
y mi alma en su desierto.
Aunque se dice que el alma reposa contenta en su desierto, antes se nos ha hablado del ocaso de la esperanza y de la amargura que produce la luz del día. Sin embargo es cierto que, al menos en un poema, Rosalía expresó la vivencia de la soledad ontológica incontaminada de cualquier otro sentimiento; vivencia pura de su singularidad personal, hecha de cuerpo y espíritu:
Algúns din: ¡miña terra!
Din outros: ¡meu cariño!
I éste: ¡miñas lembranzas!
I aquél: ¡os meus amigos!
Todos sospiran, todos,
por algún ben perdido.
Eu só non digo nada,
eu só nunca sospiro,
que o meu corpo de terra
i o meu cansado esprito,
a donde quer que eu vaia,
van conmigo.
En este poema, Rosalía hace una especie de recuento de las saudades de que ha hablado: de la tierra, del amor, del pasado, de la amistad. Se da cuenta de que ha superado esas etapas, pero curiosamente no da nombre a ese sentimiento de sentirse a sí misma, a su cuerpo de tierra y a su cansado espíritu. Rosalía era consciente de que el sentimiento de soledad que inspiraba la falta de la tierra, o del amor, o de los amigos, o del dolor, era saudade. Ella emplea escasamente esa palabra. Prefiere soidá, soedade, soidade, que son equivalentes y más populares. Sin embargo no llamó por ese nombre al sentimiento más radical de la soledad. Parece claro que Rosalía tenía de la saudade una idea distinta a la que nosotros estamos siguiendo. Para ella, saudade era la nostalgia de un bien perdido. El sentimiento de la íntima soledad no puede relacionarlo con esa pérdida, y lo deja innominado. De todas formas, de Rosalía interesan menos sus ideas que sus intuiciones poéticas. Llamémosla o no saudade, en sus versos ha dejado constancia de la más radical vivencia de la soledad del hombre.