Sexo y poesía en el Novecientos


Revista Número, nº 3-4, mayo 1964
Emir Rodríguez Monegal

"Este año se cumplieron los cincuenta años de la primera publicación de Los cálices vacíos, libro que recoge lo mejor de Delmira Agustini y que certifica la madurez de su poesía y de su juicio autocrítico. También se cumplió el cincuentenario de la locura de Roberto de las Carreras, amigo y coetáneo suyo que ya en el mismo 1913 comenzó a dar síntomas indisimulables de una perturbación que lo recluiría en diversos sanatorios y casas particulares durante un lapso de medio siglo. Por eso, mientras se festejaba con los acostumbrados homenajes el cincuentenario del libro, el Uruguay literario fue conmovido por la noticia de que Roberto de las Carreras, a los noventa años, había cesado su lucha con el mundo. Su muerte, en la misma hora en que se hacía balance de la obra de Delmira, tiene un carácter casi tan espectacular como su vida.

Algo más que la coincidencia de fechas une a estos dos poetas. Ambos representaron para el Novecientos uruguayos (nuestra remotísima Belle Epoque) un doble escándalo. El de Roberto de las Carreras empezó muy pronto, hacia 1894, con esos poemas en que se declaraba hijo ilegítimo, amenazaba con corromper a todas las mujeres casadas de la alta burguesía y se burlaba sangrientamente de la sacrosanta institución matrimonial. Como además de escribir poemas, Roberto perseguía a doncellas y señoras por las calles, asediaba sus balcones y lucía un desparpajo de Don Juan d'annunziano, pronto coaguló en torno de su nombre una leyenda erótica que habría de perseguirlo hasta su locura para resucitar en las chismosas necrológicas de estos días.

A su manera, también Delmira escandalizó a la aldea (como les gusta decir a los iconoclastas de entonces) y paseó sus arrebatos de pitonisa en celo, de hembra ardida, por las páginas de libros que se iban poniendo más y más incandescentes a medida que la autora (joven pero no niña) libraba poéticamente sus combates. Con la publicación de Los cálices vacíos en 1913, las damas de la mejor sociedad empezaron a evitar a Delmira. Sus vislumbres metafóricos llegaban demasiado cerca del hueso. De allí que la poesía de Delmira y el escándalo de su matrimonio (que duró veintiún días) y de su divorcio (que terminó en asesinato por mano del marido, en una casa de reuniones clandestinas), hayan contribuido a fijar para siempre la imagen de esta obsesa sexual en el aire provinciano del Montevideo de preguerra.

Roberto y Delmira (así se les sigue llamando) han quedado amonedados en esa doble imagen: el Don Juan satánico, la ninfomaníaca del verso. Se ha querido explicar la leyenda (desmitificarla) por un análisis de la sociedad que produjo estas dos flores exóticas. Desde los trabajos liminares de Alberto Zum Felde, que fue amigo de ambos, hasta los sociólogos de periódico de estos últimos tiempos, se ha intentado explicar por la presión del medio las estampas de estos poetas malditos. Pero la explicación que sólo busque por este lado estará fatalmente condenada a la superficialidad. Había en los casos de Roberto y Delmira mucho más que una rebeldía contra las valoraciones sexuales y poéticas del medio. Aunque el medio influyó decisivamente en la forma de sus destinos.

II. Un Dandy del 900

Roberto de las Carreras había nacido en 1873. Su madre, Doña Clara García de Zúñiga, era una de las mujeres más ricas y extravagantes del Río de la Plata. Heredera de un señor feudal de Entre Ríos, Clara se dio todos los lujos que la inmoralidad puede anhelar. Casa muy jovencita, a los 15 años con José Maria Zuviría. Pero ese acontecimiento resulta apenas el origen de una larga carrera de adulterios que la llevará (entre otros) a los brazos de Ernesto de las Carreras, secretario de Leandro Gómez en Paysandú. Cuando nace Roberto, la madre no interrumpe su profesión. Por el contrario, continúa acumulando amantes (en un expediente judicial se jacta de no haber nunca negado su cuerpo a quien lo codiciara), ostentándose con ellos en las veladas del Solís, el principal teatro montevideano, y dando escándalos públicos a toda hora. Su apoteosis llega el día en que desde un balcón del Hotel Oriental (residencia de diplomáticos) comienza a arrojar a la calle unas libras esterlinas que llevaba en una bandeja. Se dice que estaba completamente desnuda. Era en 1874, cuando Roberto tenía apenas un año...
Es comprensible que Ernesto de las Carreras no haya creído necesario asumir ninguna responsabilidad. Abandonó al niño a su destino de bastardo y sólo se preocupó (cuando era más grande) de darle alguna lección de moral, que Roberto transcribe en una de sus obras más famosas, Amor libre (1902) Allí cuenta: "Un hombre enérgico. Decíame, refiriendo el caso de un marido que, al encontrar a su mujer 'in fraganti', la había arrojado por el balcón: 'Es el único medio de contener a la mujer'. El hombre que así hablaba era mi padre. Yo sentí protestar en mí desde entonces el alma de mi madre que me inspira, de la mujer de pasión y de aventura, de la desvanecida soñadora que la educación burguesa me enseñaba a odiar. Al defender al sexo siento que la defiendo. Mi esfuerzo libertario es un tributo altivo y vengador a sus dolores de Amorosa!". La lección del padre se hundió bien hondo en Roberto y provocó los extraños frutos que anuncian estas palabras. Convertido en bastardo por la voluntad o desaprensión de sus padres, Roberto decidió asumir públicamente el título. En vez de ocultarlo y ocultarse, con una audacia que habría de costarle al cabo la sanidad, Roberto de las Carreras se proclama (y en verso) hijo natural.
Después que un libro de Poesía (1892) que publica con seudónimo y que nadie lee, su carrera de escándalo se inaugura con un largo poema en alejandrinos que titula Al lector (1894) Está publicado bajo su propio nombre y, como el primero, tiene una dedicatoria a Carlos Vaz Ferreira, su gran amigo. El joven que publica este poema ya ha elegido la estampa d'annunziana que será su marca de fábrica: rubio, alto, hermoso, pasea su insolente figura decorada por un bigote en puma, un sombrero requintado, la flor en el ojal, por las calles de esa Montevideo que terminaba (para la gente bien) en Ejido. Más allá era la selva; es decir: la ciudad que iban construyendo poco a poco los inmigrantes, los gallegos y napolitanos a los que ignoraba tan minuciosamente la clase patricia. Su base de operaciones era la Ciudad Vieja, con la Plaza Matriz como centro, el Café Moka como punto de referencia obligada, el hotel Oriental y el Club Uruguay como núcleos sociales. Era un Montevideo pequeño, compacto, asfixiante. En ese charco, arroja Roberto la primera piedra: Al lector, al que empieza por calificar de "bestia".
Allí se declara discípulo de Byron y de de Musset; ostenta su narcisismo ("Una poesía que hago en frente del espejo..."); anuncia su pánico a envejecer y a la inevitable muerte: comenta el fracaso de su amigo Carlos Vaz Ferreira al recomendarle un licor para "curar mis gastados nervios debilitados"; se jacta de gastar la mitad de su vigor en mujeres; instaura su capricho como única ley; revela casi involuntariamente un terror morboso a la impotencia poética ("... y me tiento el brazo; vero al ver/Que apenas tengo en él un proyecto de músculo,/No me siento capaz ni de hacer un opúsculo".); pavonea su satanismo ("Y yo soy un malvado, un eterno burlón,/Que todo satirizo, hasta la religión/A mí nada me impone y nada me gobierna"); anuncia su proyecto de escribir "un poema del diablo./Inmenso, colosal"; resume una pieza que nunca ha escrito y en que tiene papel central él mismo; juega con la idea del suicidio; afirma que Dios es sordomudo; se burla del patriotismo, pero al cabo admite que tal vez esté hablando solo; para terminar reconociendo que "no sé vivir", que la Naturaleza se ha equivocado pues "yo soy una parte/Bien enferma de su obra, un caso patológico". El poema se cierra con una larga tirada en que se advierte (tras la burla literaria) el horrible encono de haber sido engendrado: "Esta vida fatal, fruto del egoísmo y de un olvido atroces./Pues nuestros padres nunca han de haber ignorado/Que nuestro sufrimiento estaba destinado/A ser, por nuestro mal, el precio de sus goces". Y aunque transfiere la culpa, resulta evidente que la Naturaleza (esa madrastra indiferente de Vigny) es para él una metáfora de la madre.
Si bien el arsenal revolucionario que utiliza aquí Roberto es de segunda mano y tiene casi un siglo de antigüedad, para la lírica uruguaya de su época anunciaba el decadentismo. Ya circulaban los poetas malditos en algunas manos (como la de Samuel Blixen, crítico curioso más que profundo); Rubén Darío habría de dar, dos años más tarde, en Los raros, un buen manual para la literatura de ese capitoso fin de siglo europeo; pronto José E. Rodó fundaría con algunos amigos la Revista Nacional (1895-1897) que permite difundir algunos nombres; a fines de siglo, en 1899, Horacio Quiroga fundaría en Salto la primera publicación totalmente decadente del país, la Revista del Salto. Pero la soledad de Roberto de las Carreras es más que literaria. Su genealogía en 1894 no está en Poe ni en Baudelaire a los que todavía no conoce (como apunta correctamente Blixen en un artículo coetáneo) sino en la intuición dolorosa de ciertas esencias románticas que ya están en Byron y en Musset. Por eso, este muchacho bastardo, hijo del amor, de un salto se coloca a la vanguardia de la lírica uruguaya de su tiempo.
Aunque a él le interesaba la poesía sólo como medio, sus otros poemas tienen más que ver con la biografía que con la poética. El más sonado es Mi herencia, que publica en el diario El Día (diciembre 4, 1894) Allí denuncia ante sus ochocientos mil compatriotas su condición de hijo natural que había sido insinuada en el poema Al lector:

Es mi crimen, lector, no haber nacido
En toda la regla... Y quedo sin herencia!...

En el poema habla con equívoco respeto de su padre:

Teníamos, es cierto, divergencias,
De opiniones. Severo, reservado,
El siempre respetó las conveniencias,
Y era, además, político exaltado.
Firme y recto, me hubiera dedicado
Por su gusto, al comercio o a las ciencias.

Pero ese respeto de 1894, que se convertirá en desafío en 1902 cuando escribe Amor libre, ya está teñido de la ironía del poeta par las ocupaciones burguesas:

Mas, yo lleno de sueños y lirismo,
Soy un gran holgazán... Siempre lo fui.
Y si comprendo, con un gran cinismo,
Que los demás trabajen para mí,
Aseguro que nunca concebí
Que ellos pudieran también pensar lo mismo.

Más adelante se declara:

Sin ideal, de condición suicida,
Suelo escribir, esto es, desperezarme.

Hay mucho de pose en estos desplantes pero también hay mucho de verdad a contrapelo. Si bien el poema continúa subrayando su lamentable condición de bastardo, su redacción y hasta publicación en un diario obedecen a la necesidad de presionar a su familia para que le reconozca su parte en la herencia paterna. La actitud es doblemente bufonesca ya que se presenta como destituido, pero lo hace con terrible insolencia: pide alimentos y vestido, y al mismo tiempo se burla de las convenciones burguesas y proclama:

Pero no creo ni por un momento,
Que ser bastardo sea denigrante.
Al contrario, me encuentro muy contento
Por ello. Me parece interesante.
Original, feliz, hasta elegante!
Te lo digo, lector, como lo siento.
Mi nacimiento es muy decadentista.
Y viene bien a un hombre que no anhela
Nada más que ser nuevo y ser artista,
A un poeta sin reglas, sin escuela...
A más, puedo ser héroe de novela
Romántica... y también naturalista.
Para nacer, según es muy sabido,
Es de necesidad, generalmente,
Que dos personas hayan consentido
En casarse, a lo menos civilmente.
Mas yo, siempre discorde con la gente,
Para nacer de todo he prescindido.
La ley, la religión y la moral
No han tenido; lector, nada que ver
Con mi cuna. Eso ha sido algo informal;
Pero se relaciona, a mi entender,
Con mi estilo. Ese modo de nacer
Es muy mío. Lo encuentro personal.

Antes que Jean Genet, antes que Sartre, Roberto de las Carreras descubre que su única salida es asumir la imagen que los otros le han impuesto: lo han hecho bastardo, y empezará por proclamarlo, convirtiéndose de víctima en victimario. De aquí nace su poesía, de aquí su desafío, de aquí sus desplantes y escándalo. Todo lo que sigue es la natural consecuencia de esta elección: los encendidos pomas a mujeres casadas a las que quiere rescatar de la brutalidad, de "Las ferocidades lúbricas" de sus maridos (Poema sentimental); el horrible poema Desolación (publicado también en El Día, junio 18, 1895) en que desnuda su condición de niño desamparado, sin amor, despreciado por una Naturaleza a la que invoca como madre, envidioso de la fiesta ajena; esa oda a Mi italiana que inaugura una serie de descripciones más o menos ideales y en la que se encuentra ya la experiencia de llegar siempre demasiado tarde a la fiesta del amor. De aquí nace también ese viaje a París, que realiza en 1895 y del que queda una copiosa leyenda erótica, sin duda más falsa que verdadera.
Cuando vuelve en 1898, Roberto de las Carreras es un bastardo de 25 años, un poeta maldito que ha leído (por fin) a Poe y a Baudelaire, que ha ostentado la más ardiente necrofilia en un poema en forma de cuestionario (En un album de confesiones, setiembre 15, 1896) y que viene dispuesto a convertir en realidad su sueño erótico. El poeta que ha aprendido a manejar el alejandrino, que llegará a dominar el endecasílabo, que trabajará oralmente cada línea, se revela sin embargo como torrencial prosista. Sus mejores composiciones de esta época están en prosa y son motivadas por sus ensoñadas aventuras. Es la hora de un anarquismo intelectual que arrastra a muchos niños bien como lo hará décadas más tarde el Frente Popular de 1936 o más recientemente la literatura comprometida de salón. Roberto se proclamará anarquista, predicará el amor libre (que entendía como libertad de corromper a señoras casadas) y sostendrá en los hechos y en el verso un desarreglo sistemático de los sentidos, aunque tal vez le fuera desconocida esta expresión de Rimbaud. Ocurren aquí esos incidentes pintorescos que ha registrado la chismografía literaria de esta aldea montevideana: su persecución de una mujer casada que él llama Lisette d'Armanville y a la que dedica un folleto, Sueño de Oriente (1900); su precipitado casamiento con una menor que seduce (o lo seduce, tal vez) y que suscita una absurda carta abierta a Julio Herrera y Reissig (El Trabajo, octubre 8, 1901) en que Roberto explica que condesciende al matrimonio para evitar que la muchacha sea recluida en un reformatorio; el folleto que dedica en 1902 a contar su Waterloo de marido y amante: Amor libre, interview voluptuosa con Roberto de las Carreras, donde reconoce que de regreso de un viaje encuentra a su esposa en brazos de otro hombre (también llamado Roberto) y en vez de arrojarla por el balcón (como proclamó su padre ilegítimo) la exalta como verdadera discípula en la causa del amor libre.
Este folleto es el punto culminante de su carrera de cronista. Es uno de los libros pornográficos más deliciosos de la literatura uruguaya. Como había sucedido con su condición de bastardo, ahora Roberto exalta sus cuernos. Dando un doble salto mortal en el aire, asume la imagen que otros le han impuesto, la hace suya, la elige. En vez del papel de marido engañado prefiere el de iniciador; afirma que al entregarse a otro hombre, su mujer no hace más que poner en práctica sus enseñanzas. Y para salvar su hombría detalla con cómicos epítetos los copiosos sacrificios a que somete a su mujer para que ésta advierta y reconozca la diferencia entre el maestro y su rival. El erotismo literario de Roberto de las Cameras llega en este opúsculo a su punto máximo. Hasta entonces se había limitado a anunciar sus proyectos de conquistador; ahora historia sus triunfos y lo hace con un brío que levanta su prosa, por lo general demasiado caótica y delirante, a una precisión admirable.
Al convertir una derrota (la máxima para el machismo latino) en victoria, Roberto de las Carreras pone otra vez en marcha el mecanismo de conversiones que le permitió superar desde la adolescencia el estigma de bastardo. Pronto una nueva producción habría de devolverlo a la notoriedad del escándalo aldeano. Roberto pertenecía a una época en que se odiaba lo director y despojado, se acumulaban cosas sobre cosas por un horror culpable al vacío, se convertía todo objeto en metáfora de otro. El Art Nouveau, señaló con acierto una vez Octavio Paz, es la apoteosis de la metáfora material: sillas en forma de conchas marionas o de nenúfares, mesas que parecen lirios de madera, camas que proliferan como selvas. Basta mirar el libro que en 1905 publica Roberto de las Carreras: Psalmo a Venus Cavallieri.
Es un album en formato mayor y está dedicado a una famosa belleza de la época -que el poeta no conocía personalmente y no vendría al Plata hasta 1920-. Impreso en 1905, nada menos que por Barreiro y Ramos, casa respetable si las hay, sus hojas son púrpura, el texto está en negro, las iniciales en dorado. En las páginas impares habla la encendida verba de Roberto, desafiando a la púgil del sensualismo (así la llama) al combate venéreo; en las páginas pares, en tarjetas postales de la época, se luce en distintos avatares la belleza (aún hoy impresionante) de Lina Cavallieri. En una de las tarjetas, Lina, el rostro de Lina, de perfil, emerge de un tulipán y está coronado por otro. El libro es un disparate poético tan metafórico como los vestidos que luce la belleza y que la hacen aparecer sucesivamente como diosa, griega, como jarrón de mayólica, como viva enredadera. Es un libro pero es también un sueño de erotismo sangriento y cerebral, un torrente de cursilería, una explosión de oropeles. La Venus no contestó al reto. Probablemente ni se enteró de él pero para Roberto era suficiente el desafío. Este poema en prosa es su fabricación más perfecta.
Hay otros dos folletos del mismo período en que se revela idéntica ambición de escándalo: Yo no soy culpable... (1905), impreso en rojo sobre blanco, delirante confesión de amor Satánico; y Don Juan (Balmaceda), algo posterior, sobre un amante inmolado por el hermano de su amada. Pero ninguno de estos dos poemas en prosa alcanza la temperatura del Psalmo. Sin embargo, su hora cumbre estaba por llegar.
Es el episodio tantas veces contado de su asedio a una mujer soltera que solía pasar, envuelta en un traje azul de corte griego, frente a la ventana del Café Moka que Roberto ocupaba con sus adláteres boquiabiertos. La vanidad del poeta le hacer creer que cruza por allí para verlo, y pronto la está cubriendo literalmente de piropos, escribe y publica un largo poema en prosa (En onda azul... 1905) para celebrar su belleza, asciende peligrosamente a su balcón y allí lo deposita con canastas de rosas y se dice que también una carta de minuciosa pornografía.
El gesto tiene un réplica previsible. Un hermano de la asediada lo increpa en la calle, Roberto se le insolenta, el hermano saca un revólver, Roberto lo golpea irónicamente con una fusta que siempre llevaba en la mano mientras el hermano (que no entendía de dandysmos) le descerraja dos tiros en el pecho. Roberto cae con una sonrisa en los labios y una frase: "Esta noche cenaré con los dioses". Pero no muere, se sobrevive para poder ostentar en el chaleco "sus condecoraciones": los dos agujeros por donde penetraron las balas. También escribe (es claro) otro folleto: Diadema fúnebre, que luce una previsible mancha de sangre en la carátula. Todo era metáfora.
Tantas victorias a lo Pirro acabarían por convertir a Roberto de las Carreras en objeto de irrisión. Además se le acaba el dinero y un dandy pobre es un ripio. Recurre a las amistades políticas (contaba con el apoyo de Arturo Santa Anna) y se le envía a un oscuro consulado en el Sur de Brasil, en Paranaguá. Desde allí continúa escribiendo poemas cada vez más incoherentes y confusos en que algunos críticos han creído descifrar pensamientos abismales. Se titulan La visión del Arcángel (1908), La Venus celeste (1909), Suspiro a una palmera (1912). Proyecta varios libros imposibles, las crisis de desvarío son cada vez más frecuentes, en sus cartas se queja del infierno tropical en que vive, hasta que un día de 1913 se le repatria definitivamente. A partir de esa fecha sale de circulación: recorre todavía solitario los barrios suburbanos que antes soslayara, no quiere hablar con nadie, unas tías viejas lo recogen hasta que se hace cargo de él su hijo. Se hunde cada vez más empecinadamente en una locura que llega a cubrir medio siglo.
En realidad, los cuarenta años de la vida pública de Roberto de las Carreras (1873-1913) no abarcan sino su vida imaginaria, la vida que él asume y elige como respuesta a un nacimiento que su orgullo burgués no podía aceptar. Son los años de la gran comedia de su vida. Este exhibicionista delirante, esta necesidad de proclamar a los cuatro vientos su condición de hijo ilegítimo, de pormenorizar los copiosos adulterios de su madre ("Ha sido la única gran señora de este pueblo. Paseaba insolentemente sus conquistas por la faz de la miserable aldea"), de registrar fanáticamente el número y circunstancias de sus hazañas amorosas, tienen una clave fácil. En el Montevideo del Novecientos la moralidad imponía la frustración visible, el soterramiento de los instintos, el silencio de toda irregularidad. Todo se barría debajo de la alfombra, una alfombra grande y generosa, por cierto. El pecado de escándalo atemorizaba a quienes con entusiasmo cedían en privado a otros pecados. En ese medio y en esa hora crepuscular de la sociedad burguesa, Roberto eligió la exhibición. Era una forma de aliviar las horribles tensiones interiores, la lucha del hombre contra sus demonios, su negativa más honda (sólo por él conocida) de aceptarse como era: hijo sin padre, con una madre prostituida; amante que siempre llegaba tarde o no llegaba del todo; marido burlado al fin. Contaba sus copiosos sacrificios en el altar de Venus tal vez porque era sólo ocasionalmente potente. De Rousseau se ha llegado a decir que en las Confesiones se pavonea de los hijos que había puesto en el asilo para no tener que admitir que era incapaz de engendrarlos.
Por eso, y esta es la última paradoja de la existencia brillante y absurda de Roberto de las Carreras, los años más trágicos, los años verdaderamente horribles, no son esos cincuenta últimos en que vive recluido dentro de un mundo voluntariamente petrificado, sino esos otros cuarenta en que circula al aire libre, expuesto a las miradas de todos, desgarrado por las miradas de todos, gritando más fuerte que todos para acallar el infierno interior, exhibiendo sin pudor sus lacras (más imaginarias que reales), alborotando el ambiente, haciéndose insultar, balear, crucificar hasta su destierro definitivo en el purgatorio tropical. Esos años de escándalo y gloria son los años realmente negros, los años de la gran humillación cotidiana, del castigo infligido por el más implacable verdugo: su propia conciencia insomne. La primera liberación llega en 1913, cuando al fin Roberto se inventa una salida, abre la puerta que da a otro mundo mágico, y se refugia en la locura como en el definitivo, acogedor, seno materno. También su madre había acabado por encontrar ese camino. Ese día de 1913, Roberto encuentra al fin la puerta, hace girar el picaporte, empuja, penetra en un mundo perfectamente entero y coherente, un mundo propio e inefable como el Paraíso dantesco. Allí descansa y calla -cincuenta años casi- hasta la hora de otra liberación. En el universo de objetos metafóricos de la "Belle Epoque" había encontrado por fin su metáfora última.

III. El pleito de los decadentes

Una mirada crítica salvará tal vez muy poco de la copiosa y caótica producción en prosa y verso que lleva la firma de Roberto de las Carreras. Es la suya una curiosidad de la literatura uruguaya. Aunque tiene algunos méritos. Como versificador era generalmente insufrible y disimulaba con un prosaísmo a lo Byron la infelicidad general de sus ritmos. Pero como prosista (sobre todo en Amor libre y en Psalmo a Venus Cavalieri) registra aciertos. Salvada la voluntad de escándalo, y el desafío deliberado de algunos pormenores, la prosa de Amor libre tiene vida, tiene ritmo, tiene calor. Es algo más que un documento aunque sea sobre todo documental. En el Psalmo hay tiradas que se levantan sobre la utilería "Art Nouveau" para alcanzar una vibración singular. El Reto en que culmina el poema está lleno de pasión verbal. Pero la mayor gloria literaria de Roberto de las Carreras no radica en lo que ha creado, sino en lo que supo despertar en otro. De la pléyade de almas dóciles que lo seguían, que copiaban sus frases, sus corbatas floridas, sus bigotes engomados, su sombrero requintado, su sobada estampa d'annunziana, hay uno que es un gran poeta y que recibirá de manos de Roberto la antorcha del decadentismo. Es Julio Herrera y Reissig, dos años menor.
El éxito póstumo de Herrera y Reissig (que muere en 1910, a los 35 años), la diligencia de sus acólitos, los anacronismos de la historia literaria, han invertido los términos de un proceso que sin embargo está bien documentado. Aunque Roberto de las Carreras fue el primero que practicó en verso y prosa el decadentismo en el Uruguay, otros poetas han intentado postularse para ese principiado: Alvaro Armando Vasseur que ha dejado en Los maestros cantores (Madrid, 1936) una crónica sumamente parcial del conflicto; Herrera y Reissig que en medio de una polémica se empeña como iniciador y maestro. La verdad es otra y ha sido restituida por los documentos. Cuando regresa Roberto de las Carreras de París (hacia 1898), trae consigo no sólo la leyenda de sus aventuras con famosas cocottes de la "Belle Epoque", sino un baúl con las últimas novedades literarias del decadentismo francés. Entre los libros que trae hay un tomo de poesías de Albert Samain que pronto será confiscado por Herrera y Reissig. El contacto personal entre los dos poetas se produce sólo en 1900. Herrera todavía no acaba de salir del cascarón romántico, cuando funda La Revista, muy pobretona y ecléctica. Pero en su primer número (20 de octubre de 1899) ya aparece una colaboración de Roberto de las Carreras, la descripción erótica de una mujer que tiene todos los prestigios de su rara prosa: "Hacía y deshacía sobre su frente peinados raros; se la rodeaba como las Circasianas con una diadema de medallitas... Tenía cojines de terciopelo en que se acostaba desnuda sobre el pecho como una gata rampante... Espejos a ras de suelo le devolvían cien veces la imagen de sus caprichosas actitudes, con las que superaba en secreto a las Odaliscas, a las misteriosas esclavas que adormecían a los Sultanes en sus mágicos brazos de favoritas... En el risueño desvarío de su imaginación, mecida por las fábulas, oscilaba bajo sus pies el puente de los navíos y se sentía conducida en las literas de las reinas de Egipto..."
El fragmento la identifica como la misma Lisette a la que dedicará un año más tarde Sueño de Oriente; de hecho, el fragmento es un anticipo de esta obra. Cuando se publique, Herrera y Reissig lo leerá en éxtasis e irá a conocer a Roberto a su hotel, acompañado de su primo, Carlos Méndez Reissig. Desnudo dentro de su bañera, como un príncipe, los recibe Roberto. Este gesto perfecciona la admiración. Pronto Herrera estará escribiendo para La Revista (25 de abril de 1900) una entusiástica reseña bibliográfica sobre Sueño de Oriente, en que lo exalta en términos que revelan su influencia: "Es un sibarita, que sienta mal en el rebaño burgués de nuestros literatos"; " 'Sueño de Oriente' constituye la nota artística más anticonvencional posible dada en el pequeño teatro de nuestra literatura"; "El autor -ya que por su idiosincrasia, es lo que daremos en llamar un tipo; que no se acoquina ante los tragaleones de la crítica de monasterio; que se ríe compasivamente de nuestra castidad social; que es filoso y audaz como un estilete; que tiene como Byron 'doble lengua' para hablar; y que, estamos seguros, entregaría su alma al diablo a condición de conseguir su presa- se ha mostrado el 'dandy' y no el hombre, y cualquiera que mire la fachada del libro -ya profese la estética de Taine o de Brunetière- y examine luego su lujoso interior de alcoba turca, convendrá con nosotros que se trata de un producto híbrido, deplorando, en buena lógica, que la Pompadour, ornada de 'chrysanthèmes' haga hipócritamente, la presentación de Afrodita que esconde bajo un peplo de tul aéreo sus 'crepitantes' carnosidades, como florecidas tuberosas del trópico, y que, para el artista enamorado, son voluptuosos modelos de concupiscente geometría que abarca todo el problema del placer inexhausto y del infernal emporio de los faunos". La reseña concluye con un brindis: "Amigos de hipocresía, ¿acompañadme en el acto de celebrar el sacrificio de un libro el más inmundo y el más hermoso que se puede ofrecer a Satanás!"
Tal ditirambo explica que al día siguiente de aparecida La Revista, según cuenta Teodoro Herrera y Reissig en una conferencia de 1933, el vate tan copiosamente incensado haya aparecido en casa de Julio y haya concedido el tuteo a su panegirista. Queda así sellada una amistad decadente. El resultado inmediato de esta vinculación en que Roberto asumía las funciones de súcubo y Julio las de íncubo, fue un interminable disparadero erótico-literario que adoptó la forma de un manuscrito en que ambos se burlaban de la "toldería de Tontovideo". Cuando se llegó a anunciar por la prensa (El Siglo, 7 de junio de 1901) que ellos terminaban un libro de crítica literaria, Carlos Reyles que se había enterado que en él lo criticaban, anunció lapidariamente: "Si esos dos me llegan a maltratar en lo más mínimo, los mataré como a perros, sin vacilación." Tal vez la amenaza de Reyles (hombre de armas llevar y disparar) los haya disuadido: tal vez para estos artífices del exhibicionismo bastaba con anunciar por la prensa la aparición de la obra. Escribirla, ya daba pereza.
El erotismo de Roberto se trasmite sólo parcialmente a Julio. En este aspecto el maestro no encontraba el mismo eco en su discípulo. De sexualidad normal, algo moroso, Julio prefiere seguir de lejos a Roberto. Es cierto que al casarse tan precipitadamente, es a Julio a quien se dirige Roberto, bautizándolo de "Pontífice del Libertinaje". Pero toda la carta que publica El Trabajo en 1901 es un tejido tal de disparates que no parece correcto tomar al pie de la letra ese título. Allí Roberto clama: "En nombre de Afrodita, te debo una explicación. Qué anonadamiento el de tu espíritu, qué síncope fulminante de sorpresa, qué bramidos de indignación los tuyos viéndome con el dogal al cuello, en la picota ignominiosa de los edictos matrimoniales, como cualquier pobre uruguayo que va a cumplir ceremoniosamente su misión prolífica en las cabañas de la sociedad". Este exordio, con sus alusiones a la reproducción ganadera ("cabaña" no es aquí un toque bucólico sino una precisión agropecuaria), continúa con la explicación del dilema en que se halla: casar con la menor deshonrada o permitir que la envíen a un reformatorio. "He optado, como anarquista, por redimir a mi amante de las garras zahareñas de la tiranía burguesa". La carta se cierra con una tirada más delirante, si cabe: "Yo, amante de nacimiento, hidrofobia de los maridos, duende de los hogares, enclaustrador de las cónyuges, sonámbulo de Lisette, me sujeto a tu dictamen, oh Lucifer de Lujuria, hermano mío por Byron, Parca fiera del país, obsesión de pecado, autopsista de una raza de charrúas disfrazados de europeos. Yo imploro tu absolución suprema, oh Pontífice del Libertinaje".
Tanto título satánico se correspondía mal con la naturaleza más poética que erótica de Julio, que se limitó a tener solo una hija ilegítima después de todo y a casar burguesamente con una novia de muchos años. El mismo Roberto, cinco años más tarde calificará a su discípulo de "marido nato" y hasta llegará a pavonearse de ser amante de la querida de Julio. Pero en 1901, Roberto prefería divulgar la ficción de un Herrera y Reissig, Lucifer de la Lujuria, de un Pontífice del Libertinaje, para aumentar aun más su propia aureola de escándalo. Al convertir a su compañero en sacerdote de insinuadas Misas Negras, su estatura de corruptor se alzaba más satírica aún. La verdad es que la única corrupción a que sometió Roberto a Julio fue la corrupción poética. Todos sus desplantes de dandy maldito valían menos que los libros que trajo en su baúl y que prestó al íncubo. Allí estaba el verdadero germen fatal. Por eso resulta más importante el aspecto literario de la relación que el puramente chismográfico.

Abortado el proyecto de un libro de crítica, Roberto y Julio llevan a cabo una polémica contra Alvaro Armando Vasseur que se había atrevido a atacar al primero en una silueta periodística bastante reconocible. Bajo el seudónimo de Esfumino, Vasseur había publicado en El Tiempo (junio 10, 1901) una página en que llamaba a Roberto de raté, calificaba su sensibilidad de "exagerada como la de un andrógino de decadencia", lo comparaba con Gómez Carrillo con el que comparte "la vanidad cósmica y la maledicencia femenil!, hacía alusión a su "neurosis mental" y lo abrumaba con otros insultos. La respuesta de Roberto (en la que parece haber colaborado Julio) es de inusitada violencia; se junta en ella el insulto más íntimo ("producto miserable de la inercia matrimonial, en cuya fisonomía "hébété" está inscripto el bostezo trivial con que fue engendrado") con una verdadera felicidad para el epíteto que convierte la pieza en el más desagradable y brillante crescendo de injurias. Si Herrera contribuyó a ella, el mérito de su genial encono pertenece sin duda a Roberto. A pesar de la publicidad y del desafío con que Roberto acompañó sus insultos, no hubo duelo. Pero desde entonces se agravó aun más la guerrilla literaria, el pleito por la hegemonía del decadentismo.

La amistad de Roberto con Julio conocería altibajos. Todavía en 1903 al publicarse en el número de junio de Vida Moderna una serie de poemas de Herrera, aparece uno dedicado a Roberto (es Luna de miel, de Los maitines de la noche). Pero ya en 1906 la pareja aparece escindida por una polémica absurda en que Roberto acusa a Julio del robo de una metáfora. Su folleto En onda azul ... (1905) contiene una imagen ("Un no se qué de vívido en sus ojos fundiéndose en el relámpago nevado de su sonrisa") que Roberto cree ver plagiada en estos versos de La Vida publicados en La Democracia (abril 15, 1906) por Herrera:

Cuando al azar en que giro
Me insinuó la profetisa
El relámpago luz perla
Que decora su sonrisa.

Aunque Herrera se defiende fechando su poema en 1903 y asegurando que Roberto ya lo había escuchado entonces, toda la polémica resulta absurda porque la imagen había sido utilizada antes por Toribio Vidal Belo en un poema aparecido precisamente en La Revista (agosto 20, 1899)

Suenan suaves las risas gris perla.

Por otra parte es una imagen que arranca de Quevedo (Retrato de Lisi):

Relámpago de risa carmesíes,

pasa por, Bécquer y llega hasta Pablo Neruda como lo ha demostrado Amado Alonso en su libro sobre este último, aunque sin conocer el pleito de los decadentes uruguayos. 
Si la reclamación era absurda, el tono de la polémica basta para mostrar que Herrera había abandonado del todo en 1906 su actitud de íncubo y que ahora se atrevía a tratar a su iniciador como un poeta algo caprichoso y hasta cargante. La reacción de Roberto es terrible: "Es como si mi espejo me acusara de imitarlo", escribe. Pero es también estéril. Aunque Herrera no tuviera razón, aunque hubiera sido su espejo hacia 1900, la verdad es que ahora Herrera era ya un poeta hecho y derecho, estaba en plena madurez lírica, había superado todo terrorismo y se encaminaba a la plenitud de sus últimos años. El maestro había quedado atrás. El pleito de los decadentes ya no tenía sentido. Aunque históricamente tuviera razón Roberto, y no Herrera y menos aun Vasseur, la razón estética la tenía el futuro creador de La torre de las esfinges. Rota la amistad, confinado Roberto en Paranaguá, Herrera sigue creando hasta su temprana muerte en 1910. Entonces, Roberto, cuando se entera de esta muerte, envía a Vasseur (el antiguo contrincante de 1901) un libro con una dedicatoria en que dice sencillamente: "Julio ha muerto". A él mismo sólo le quedaban tres años de peleada lucidez. Tal vez no supo entonces ni haya llegado a saber nunca que su título para la gloria literaria no fue la publicación de sus numerosos folletos, en prosa y verso, en que ventiló su horrible resentimiento de bastardo, sino esa breve y tempestuosa amistad con Herrera y Reissig. Boscán involuntario de este nuevo Garcilaso, Roberto de las Carreras se fue al otro mundo de la insanía sin saber la naturaleza exacta de su mayor hazaña poética. Su obra es también metáfora."

NOTA. Una de las principales fuentes vivas para el conocimiento de Roberto de las Carreras es Alberto Zum Felde, que fue su secretario, su discípulo (vestía como él, escribía versos decadentes, adoptó entonces el seudónimo de Aurelio del Hebrón) y más tarde se convirtió en su memorialista. En Crítica de la Literatura uruguaya (1921) y en Proceso intelectual del Uruguay (1930, 1941) y en una reciente entrevista (El País, Montevideo, setiembre 1º 1963) se ha referido sabrosamente Zum Felde a Roberto de Las Carreras. En sus recuerdos está parcialmente basada la crónica chismográfica y brillante de Angel Rama, Un fogonazo sobre la aldea, que se publicó en Marcha (Montevideo, agosto 16 1963), aunque Rama olvide mencionar ésta y otras fuentes. Un delicado tirón de orejas le administra Zum Felde en la entrevista citada, al declarar: "Lo más significativo de su anecdotario que recordaba, ya lo conté verbalmente a amigos, y ya ha pasado a la publicidad de las crónicas periodísticas". Sobre las relaciones de Roberto con Herrera y Reissig ha escrito larga y en general acertadamente Roberto Bula Píriz en su estudio Herrera y Reissig: Vida y Obra, de la Revista Hispánica Moderna (enero-diciembre 1951). Las ediciones originales de Roberto de las Carreras son inaccesibles. Hay una antología, Epístolas, Psalmos y Poemas (Montevideo, Claudio García y Cía., 1944, con un perfil de Ovidio Fernández Ríos y un estudio de Samuel Blixen) que todavía circula por las librerías montevideanas. Se recogen allí algunos poemas sueltos, además de Yo no soy culpable... ; Don Juan (Balmaceda) y el inefable Psalmo a Venus Cavalieri, con reproducción de sus ilustraciones originales. Vale la pena consultarlo.

Una diva del cine "clase B" que hablaba de sí misma en tercera persona

La bellísima Sylva Koscina fue una actriz italiana nacida en Zagreb, perteneciente entonces a Yugoslavia y hoy capital de Croacia. Sus trabajos más famosos fueron como heroína de Peplum junto a Steve Reeves en sus primeras apariciones como Hércules, aunque también llegó a trabajar con estrellas como Paul Newman y Kirk Douglas. Murió a los 61 años víctima de un cáncer de mama. 
Nacida de padre griego y madre polaca, Sylva Koscina se trasladó a Italia durante la II Guerra mundial y estudió física en la Universidad de Nápoles. Sin embargo, su físico propio hizo que pronto comenzara su carrera como modelo, lo que terminó llevándola al mundo del cine con veinte años en la película Siamo uomini o caporali? (1955) de Camillo Mastrocinque. Su elegancia al moverse en la pantalla revelaba sus comienzos en el mundo de la moda, y su porte aristocrático empezó a hacerla conocida en comedias y seudo épicas como Hércules (Le fatiche di Ercole) y Hércules encadenado. A finales de los 60 dio el salto a Hollywood, donde se convirtió en la primera italiana en posar para Playboy. A su vuelta a Italia se adentró en el cine erótico y de destape. Sus últimas películas a menudo fueron muy pobres, siendo sus intervenciones en su mayoría de estrella invitada.
Era famosa por su megalomanía, que la llevaba a usar la tercera persona al hablar de sí misma, como Maradona o Fort; comprar una mansión que tuvo que devolver por ser investigada por hacienda o presentarse en la Mostra de Cinema de Venecia sin trabajar en película alguna, sólo como "embajadora sonriente".
A Sylva se atribuyeron muchos romances muchas durante los años de oro de la Cinecittà y Hollywood. Los tabloides de la época mencionaron nombres como los de Paul Newman, Jean Paul Belmondo, Alberto Sordi, Nino Manfredi, intentos con Bob Kennedy o el político yugoslavo Josip Broz Tito, que la llamaba "nuestra pequeña Sylva". Sin embargo, el único hombre con quien se unió en matrimonio via México, fue el productor Raimondo Castelli, declarado culpable de bigamia durante algún tiempo pues en Italia no existía el divorcio.

Roger Peyrefitte, un temible erudito

(Castres, 17 de agosto de 1907-París, 5 de noviembre de 2000), escritor e historiador francés.

Luego de una corta carrera diplomática, fue uno de los escritores franceses más controvertidos de la segunda mitad del siglo XX. Estudió en diferentes colegios religiosos (jesuitas y lazaristas) del Sud-Oeste de Francia y luego en la Facultad de Letras de Toulouse. Finalmente entró en la Escuela Libre de Ciencias Políticas, de donde salió como el mejor de su clase en 1930. Fue secretario de embajada en Atenas entre 1932 y 1938. De regreso a París, renunció a la carrera diplomática en octubre de 1940 por razones personales (según sus escritos, por la sospecha que en su contra se adujo de pervertir a un muchacho) Reintegrado al servicio diplomático en mayo de 1943, será destinado a París y en febrero de 1945 le obligarán a abandonar definitivamente la carrera diplomática. Ese mismo año señala el comienzo de su actividad como escritor e historiador.

Las amistades particulares

Esta obra aparecida en 1944 (Edit. Jean Vigneau) le aportó una repentina notoriedad al obtener el premio Renaudot. El autor ya suscitaba allí el escándalo al revelar tendencias amororsas poco ortodoxas: en efecto, el libro describe los amores entre dos muchachos de catorce y doce años dentro de la atmósfera asfixiante de un internado católico de varones. Si bien la sexualidad está allí tratada con discreción, lo cierto es que está siempre presente como telón de fondo de los sentimientos exacerbados de los muchachos y también de los adultos. Como cuando el joven Alexandre le pregunta a su amigo: «"George, ¿Sabes esas cosas que no deberías saber?»
Se puede leer esta conmovedora historia como el enfrentamiento trágico, en el seno de una comunidad exclusivamente masculina, de dos "religiones": la de Cristo y la de los jóvenes. Cada uno de los persoanjes principales es, en mayor o menor medida atravesado por esta lucha entre el amor místico y el amor físico, entre el cristianismo oficial y la homofília secretamente triunfante. Es justamente este carácter casi místico, unido a la erudición del autor, al clasicismo del estilo y a una composición rigurosa, lo que han hecho de "Las amistades particulares" un verdadero libro de culto. Veinte años después de su publicación la obra fue llevada al cine por Jean Delannoy (1964) recibiendo una triunfante acogida en la Bienal de Venecia. Sin tener la densidad ni la profundidad de la novela, esta adaptación es notablemente interpretada por el joven Didier Haudepin (Alexandre), Michel Bouquet (el padre de Trennes) y Louis Seigner (el padre Lauzon)
Durante el rodaje en la Abadía de Royamont, Roger Peyrefitte (de 57 años) se enamoró perdidamente de Alain-Philippe Malagnac de Argens de Villèle, quien por entonces tenía sólo veinte. La pasión que los unió duró varios años fue el motivo, entre otros, de los relatos "Nuestro amor" y "El niño de corazón". En 1980 y para financiar diversos proyectos económicos de Malagnac, Roger Peyrefitte vendió sus colecciones de monedas, libros raros y esculturas antiguas. Poco después Alain-Philippe Malagnac se casó con Amanda Lear. Malagnac tuvo una muerte trágica en el incendio de su casa, tres meses después de la muerte de Roger Peyrefitte.

En 1953, Las llaves de San Pedro, donde Peyrefitte se burlaba del papa Pío XII, fue un escándalo. Es verdad que hay allí múltiples alusiones veladas a la supuesta homosexualidad del Sumo Pontífice (o al menos a aquellas a las que el mismo Pacelli se prestaba), pero este tratamiento velado del tema era justamente parte de un juego que -por otra parte- le atraía más lectores. Un claro ejemplo de esto (bastante atrevido por cierto) es un pasaje donde muestra a Pío XII despojándose de sus vestimentas a la manera de una hermosa mujer. Peyrefitte, en principio, llama al papa "Su Santidad", lo que le permite a continuación y siempre que se refiere al papa utilizar el pronombre femenino "Ella" para el resto de la narración (porque "Santidad" es femenino) Y termina con esta frase en la que Pio XII recupera instantáneamente el género masculino: «Sin duda ¿querría él poner un término a este desvestirse?, ¿Él, que no tenía límites?». François Mauriac (miembro de la Academia Francesa desde 1933 y Premio Nobel de Literatura en 1952) amenazó con dejar L'Express si este semanario continuaba haciendo publicidad de este libro. El enfrentamiento entre los dos escritores se exacerbó aún más cuando se difundió el film Las amistades particulares y culminó con una muy agresiva carta abierta publicada por Peyrefitte que no dudó en poner en tela de juicio del gran público las costumbres de homosexual no asumido de Mauriac y tratarlo de Tartufo (lo que es casi lo mismo que decir  hipócrita)
Las llaves de San Pedro (Les Clés de saint-Pierre) nos hace una gran cantidad de revelaciones que nos lleva a preguntarnos de quién podría haberlas obtenido Peyrefitte. En Conversaciones secretas (Propos secrets) revela el nombre de su informante: Monseñor Léon Gromier, canónigo de San Pedro, Consultor de la Sagrada Congregación de los Ritos y Protonotario Apostólico. Este eclesiástico parece haber estado bastante al corriente de lo que pasaba en el Vaticano. Así lo testimonia Monseñor François Ducaud-Bourget, quien escribió un libro sobre la canonización de Pío X. Éste había pedido un documento al futuro cardenal Ferdinando Giusepe Antonelli (no confundir con el actual cardenal Ennio Antonelli que sólo tenía dieciocho años por aquel entonces), quien le respondió que se trataba de una pieza secreta que él se rehusaba a dar a conocer. Mons. Ducaud-Bourget fue a ver a su viejo amigo Mons. Gromier quien inmediatamente le franqueó el acceso al documento prohibido (in François Ducaud-Bourget, La Masonería negra o la verdad sobre el Integrismo, Ed. Nicolas Imbert, Niort, 1974)
Tal como nos lo describe Peyrefitte, este esclarecido informante parece haber sido un hombre más bien austero, profundamente creyente y de costumbres irreprochables, que estaba escandalizado por todo lo que él veía a su alrededor y era de aquellos que piensan que "destapar" los escándalos es la única manera de eliminarlos. Con frecuencia se cree que él sirvió de modelo para el personaje de Mons. Belloro, quien justamente era Prefecto de la Sagrada Congregación de los Ritos y en quien muchos no querrían ver sino a un personaje puramente imaginario.
Las novelas muy documentadas de Roger Peyrefitte están basadas en hechos reales, ya sean históricos o de actualidad. La mayor parte de estas obras constituyen esencialmente sátiras incluso cuando se trata de hechos de la realidad (cf. Las embajadas) Algunas de estas obras están dirigidas a los especialistas (Los Caballeros de Malta, Los judíos) y si bien el humor de Peyrefitte permanece atractivo, algunas otras de sus obras se tornan un tanto difíciles para los profanos como Los hijos de la Luz. En la mayoría de sus obras que tratan sobre temas contemporáneos, nunca dejó de denunciar a las personas que habrían tenido las mismas costumbres que él y que intentaban ocultarlas, como Henry de Montherlant (que él describe la mayoría de las veces bajo el seudónimo “transparente” de Lionel de Beauséant) y aunque cueste creerlo al secretario general de las Naciones Unidas o incluso al Papa Juan XXIII («que los que estaban familiarizados con el Vaticano llamaban Juana», según escribió en Conversaciones Secretas) Roger Peyrefitte no dejaba de denunciar de sobra las demás ignominias de las personas que él ponía en escena para entretener al lector, lo que lo hacía frecuentemente temible. Una de las raras personalidades a la cual él elogió sin ambajes fue a su amiga la cantante Sylvie Vartan (cf. El niño de corazón)

Peyrefitte siempre se proclamó abiertamente homosexual, o más bien pederasta: «¡Me encantan los corderos, no los carneros!» (J'aime les agneaux, pas les moutons!) Más todavía que André Gide, y al contrario de Henry de Montherlant de quien él fue durante largo tiempo amigo y cómplice. Peyrefitte concibió su carrera literaria como una militancia valiente y asidua en favor del amor a los efebos. Este larga lucha por la libertad amorosa no le impidió, por otra parte manifestar en diversas ocasiones su simpatía por la tradición católica. Recordemos que él murió a los 93 años, y luego de haber recibido los sacramentos de la Iglesia.
Sus obras han sido traducidas a numerosos idiomas (entre ellos al español) pero en particular al italiano y al griego. Un periódico de gran tirada de Atenas, publicó sus obras (lógicamente en griego) bajo la forma de fascículos hacia finales de los años 1970, con el pseudónimo de Rozé Perfit.

Lista de las principales obras en orden cronológico:

    * Las amistades particulares, novela, Jean Vigneau, 1944.
    * Mademoiselle de Murville, novela, Jean Vigneau, 1947
    * El Príncipe de las Nieves, drama en 3 actos, Jean Vigneau, 1947
    * El Oráculo (L'Oracle), novela, Jean Vigneau, 1948 (ed. definitiva en 1974)
    * Los amores singulares (Les Amours singulières), novela, Jean Vigneau, 1949
    * La muerte de una madre (La Mort d'une mère), Éd. Flammarion, 1950
    * Las embajadas (Les Ambassades), novela, Éd. Flammarion, 1951
   * Las obras libres (Les Œuvres libres) - Roger Peyrefitte, etc. Éd. Arthème Fayard, 1951.
    * Del Vesubio al Etna (Du Vésuve à l'Etna), relato, Éd. Flammarion, 1952
    * El Fin de las emabajadas (La Fin des ambassades), novela, Éd. Flammarion, 1953
   * Los amores (Les Amours de Lucien de Samosate) (traducción del griego), Éd. Flammarion, 1954
    * Las llaves de San Pedro (Les Clés de saint Pierre), novela, Éd. Flammarion, 1955
    * Jeunes proies, Éd. Flammarion, 1956
    * Los Caballeros de Malta (Les Chevaliers de Malte), Éd. Flammarion, 1957
    * L'Exilé de Capri, Éd. Flammarion, 1959
    * Le Spectateur nocturne, dialogue dramatique, Éd. Flammarion, 1960
   * Les Fils de la Lumière, étude sur la franc-maçonnerie, Éd. Flammarion, 1961
    * La Nature du prince, Éd. Flammarion, 1963
    * Les Secrets des conclaves, Éd. Flammarion, 1964
    * Les Juifs, Éd. Flammarion, 1965
    * Notre amour, Éd. Flammarion, 1967
    * Les Américains, roman, Éd. Flammarion, 1968
    * Des Français, roman, Éd. Flammarion, 1970
    * La Coloquinte, roman, Éd. Flammarion, 1971
    * Manouche, récit, Éd. Flammarion, 1972
    * L'Enfant Amour, essai, Éd. Flammarion, 1972
   * Un musée de l'amour, illustré de photographies de Marianne Haas, Éd. du Rocher, 1972
    * La Muse garçonnière, textes traduits du grec, Éd. Flammarion, 1973
   * Tableaux de chasse, ou la vie extraordinaire de Fernand Legros, Éd. Albin Michel, 1976
    * Propos secrets (tome 1), Éd. Albin Michel, 1977
    * Trilogie sur Alexandre le Grand, Éd. Albin Michel
          o I. - La Jeunesse d'Alexandre, 1977
          o II. - Les Conquêtes d'Alexandre, 1979
          o III. - Alexandre le Grand, 1981
    * Propos secrets (tome 2), Éd. Albin Michel, 1980
    * L'Enfant de cœur, récit, Éd. Albin Michel, 1978
    *  L'incroyable Legros, Éd. Albin Michel, 1979
    * Roy, roman, Éd. Albin Michel, 1979
    * L'Illustre Écrivain, Éd. Albin Michel, 1982
   * Henry de Montherlant-Roger Peyrefitte - Correspondance: (1938-1941), présentation et notes de R. Peyrefitte et Pierre Sipriot, Éd. Robert Laffont, 1983
    * La Soutane rouge, Éd. du Mercure de France, 1983
    * Doucet Louis, raconté par... photographies par Rosine Mazin, Éd. Sun, 1985
    * Voltaire, sa jeunesse et son temps, biographie, Éd. Albin Michel 1985
    * Voltaire et Frédéric II, Éd. Albin Michel, 1992
    * Réflexions sur De Gaulle, Paris, Éd. Régionales, 1991
    * Le Dernier des Sivry, roman, Éd. du Rocher, Mónaco, 1993
    * Retour en Sicile, Éd. du Rocher, Mónaco, 1996
 

El gato con botas

"El reparto de la herencia de un sencillo molinero no dejó a su benjamín más que el gato del granero". (Charles Perrault, 1697: "Los cuentos de mi madre la Oca")
Decepcionado, el hijo consideró comérselo para no morir de hambre, pero el gato resultó estar lleno de recursos, pues le dijo: «No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.» El hijo del molinero no pensó mucho en ello pero decidió seguirle la corriente. El gato, galantemente calzado, con la bolsa atada al cuello, se encaminó inmediatamente a una conejera cercana y cazó un conejo. Así puso su gran plan en marcha, yendo al palacio y presentando su caza al rey:
«He aquí, Majestad, un conejo de campo que el Señor Marqués de Carabás (que es el nombre que se le ocurrió dar a su amo) me ha encargado ofrecerle de su parte». Con el regalo de un par de perdices y otros obsequios, siempre de parte del Marqués de Carabás, el gato con botas estuvo pronto en disposición de saber cuándo el rey y su hermosa hija pasearían por la ribera del río.
«Si sigues mi consejo podrás hacer fortuna —le dijo el gato a su amo—; no tienes más que meterte en el río en el lugar que yo te indique y después dejarme actuar.»
Así siguió el famoso momento, el giro en la fábula en la que el gato gritaba «¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Que se ahoga mi señor, el Marqués de Carabás!» De esta forma, el hijo del molinero en cueros fue envuelto en ropajes regios y subido al coche de caballos del propio rey, revelándose la fábula con el aplomo y divertido ingenio característicos de Perrault.
El gato se adelantó entonces a la comitiva real y se dirigió a las tierras de un poderoso ogro.
A los campesinos que estaban trabajando en ellas, les dijo: «Buena gente que estáis cosechando: si no decís que todos estos campos pertenecen al Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne para budín.» Cuando el carruaje del rey pasó junto a los campesinos y Su Majestad preguntó quién era el dueño de aquellas tierras, todos ellos respondieron: «Son del señor Marqués de Carabás».
Mientras tanto el gato llegó al palacio del ogro y pidió audiencia. Los guardias, desconcertados por la apariencia del gato parlante, abrieron la puerta inmediatamente y le llevaron ante su señor. Cuando estuvieron sentados en la sala de recibo, el gato le dijo: «Me han asegurado que vos teníais el don de convertiros en cualquier clase de animal; que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.» Halagado, el ogro le dijo que era cierto, y se transformó en el acto en un rugiente león para demostrar sus habilidades. El gato le retó entonces a transformarse en un animal muy pequeño, «en un ratón, o en una rata, porque viendo vuestro tamaño, juzgo imposible que podáis transformaros en una pequeña sabandija». Ansioso por impresionar a su imprevisto invitado, el ogro respondió convirtiéndose en ratón, pero tan pronto como lo hizo el gato lo tomó por la cola y se lo tragó entero...
Entonces reclamó a la servidumbre horrorizada y quizá aliviada el palacio del ogro como hogar para el recién nombrado Marqués, y recibió en él al rey con su hija, brindando ricos manjares de las despensas y cocina del antiguo dueño. Al final el Marqués consigue a la princesa, y «el gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras los ratones más que para divertirse.»

Análisis


Según el sistema de clasificación de cuentos de Aarne-Thompson, El gato con botas es de tipo B, el gato como ayudante. A pesar de su popularidad, la dudosa moralidad de la historia -o en realidad la ausencia de ella- ha hecho tradicionalmente a este cuento menos interesante de analizar que otras historias de la época. Comparada con el rico material proporcionado en La bella durmiente o Barbazul, El gato con botas es considerablemente más alegre en tono. Perrault era conocido ciertamente por sus tendencias moralistas, pero si realmente hay una lección por aprender en El gato con botas, parecería ser que el engaño y la mentira dan beneficios más rápida y generosamente que el trabajo duro y el talento. Pienso en Ricardo Fort y toda su puesta en escena que le ha dado más popularidad que a verdaderos actores, cantantes y figuras del espectáculo a los que les cuesta cosechar las mieles del éxito.
Para algunos lectores actuales, la nota éticamente discordante es cuando el gato amenaza a los campesinos que trabajan para el ogro obligándoles a decir que trabajan para el Marqués de Carabás. En una versión más moderna, el gato con botas llega a un acuerdo con los campesinos, por el que si dicen ser siervos del Marqués de Carabás entonces él les librará de la tiranía del cruel ogro y les dará parcelas. Esto eleva considerablemente el tono moral de la historia, y establece una especie de socialismo retirando la opresión del ogro terrateniente...
También se puede considerar esta historia para fines didácticos de administración de empresas, todo "jefe" o "gerente" en algún momento deberá "confiar" o "delegar" trabajos a un subalterno. Darle la oportunidad a alguien de ayudarnos puede ser la clave en nuestra vida que nos haga prosperar.

Barba Azul

Es un cuento de hadas de Charles Perrault, publicado en 1697, en el que una mujer descubre cómo su marido oculta en una habitación de entrada prohibida los cadáveres de sus anteriores esposas.
Barba Azul era un rico aristócrata, temido por su aspecto fiero y conducta salvaje. Se había casado en siete ocasiones, pero nadie sabía qué había sido de sus esposas. Las mujeres casaderas del lugar lo evitaban. Cuando Barba Azul visitó a uno de sus vecinos y pidió en matrimonio a una de sus hijas, ellas sintieron tal pavor que intentaron colocárselo a otra de las hermanas. Finalmente, convenció a la hermana menor de que se casara con él y tras la ceremonia, la condujo al castillo en el que habitaba.
Al poco tiempo Barba Azul anunció que tenía que partir de viaje durante una temporada, y entregó todas las llaves del castillo a su nueva esposa incluida la de una pequeña estancia a la que le había prohibido entrar. Después partió y dejó la casa en sus manos. Casi inmediatamente la esposa sintió un deseo insuperable de ver qué había en la habitación prohibida y finalmente una de sus hermanas que estaba de visita la convenció para que satisficiera su curiosidad y abriera la puerta.
El piso estaba encharcado de sangre seca y los cadáveres de las anteriores esposas de su marido estaban colgados de los muros. Aterrorizada, cerró la puerta pero algo de sangre se quedó en la llave. Barba Azul regresó de improviso e inmediatamente se dio cuenta de lo que su mujer había hecho. Ciego de ira, amenazó con decapitarla en aquel mismo momento, así que ella se encerró en la torre más alta junto con su hermana. Mientras Barba Azul, espada en mano, trataba de abrir la puerta, las hermanas esperaban la llegada de sus dos hermanos. En el último momento, cuando Barba Azul estaba a punto de dar el golpe de gracia, los hermanos irrumpen en el castillo y matan al desalmado cuando éste trata de huir.

Aunque es conocido como un cuento de hadas, se cree que el personaje de Barba Azul está basado en el noble bretón del siglo XV y asesino en serie Gilles de Rais, mariscal de Francia. Los temas del misterioso marido ausente, el palacio suntuoso, la hermana que incentiva la curiosidad ilícita y lo prohibido (un tema central: compárese con la Caja de Pandora o la historia de Adán y Eva), aparecen todos ellos en la historia helenística de Eros y Psijé.
Esta historia fue reimpresa en numerosas ediciones hasta alrededor de los años cincuenta del siglo XX, momento en el que su popularidad decayó al considerarse cada vez menos adecuada para que los niños la leyeran. Dado que el elemento central de la historia es el descubrimiento de los cadáveres de las esposas, Barba Azul era una historia difícil de "rebajar" para audiencias infantiles, un factor que sin duda contribuyó al descenso de su popularidad.

Caperucita Roja, de Charles Perrault



Traducción de Teodoro Baró.



En tiempo del rey que rabió, vivía en una aldea una niña, la más linda de las aldeanas, tanto que loca de gozo estaba su madre y más aún su abuela, quien le había hecho una caperuza roja; y tan bien le estaba que por "caperucita roja" conocíanla todos. Un día su madre hizo tortas y le dijo:
-Irás á casa de la abuela a informarte de su salud, pues me han dicho que está enferma. Llévale una torta y este tarrito lleno de manteca.
Caperucita roja salió enseguida en dirección a la casa de su abuela, que vivía en otra aldea. Al pasar por un bosque encontró al compadre lobo que tuvo ganas de comérsela, pero a ello no se atrevió porque había algunos leñadores cerca. Preguntóle a dónde iba, y la pobre niña, que no sabía fuese peligroso detenerse para dar oídos al lobo, le dijo:
-Voy a ver a mi abuela y a llevarle esta torta con un tarrito de manteca que le envía mi madre.
-¿Vive muy lejos? -Preguntóel lobo.
-Sí, -contestóle Caperucita roja- luego de la otra parte del molino que veis ahí; en la primera casa de la aldea.
-Pues entonces -añadió el lobo- yo también quiero visitarla. Iré a su casa por este camino y tú por aquel, a ver cuál de los dos llega antes.
El lobo echó a correr tanto como pudo tomando el camino más corto, y la niña fuese por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr detrás de las mariposas y en hacer ramilletes con las florecillas que hallaba a su paso.
Poco tardó el lobo en llegar a la casa de la abuela. Llamó: ¡pam! ¡pam! ¡pam!
-¿Quién va? -preguntó desde adentro la anciana, sin abrir para ver.
-Soy vuestra nieta, Caperucita roja -dijo el lobo imitando la voz de la niña- Os traigo una torta y un tarrito de manteca que mi madre os envía.
La buena de la abuela, desde la cama porque se sentía indispuesta, contestó gritando:
-Tira del cordel, encanto, que se abrirá el cancel.
Así lo hizo el lobo y la puerta se abrió. Arrojóse encima de la vieja y la devoró en un abrir y cerrar de ojos, pues hacía más de tres días que no había comido. Luego cerró la puerta y fue a acostarse en la cama de la abuela, esperando a Caperucita roja, la que algún tiempo después llamó a la puerta: ¡pam! ¡pam! ¡pam!
-¿Quién va?
Caperucita roja, que oyó la ronca voz del lobo, tuvo miedo al principio, pero como su abuela estaba malita, contestó:
-Soy yo, vuestra nieta, Caperucita roja, que os trae una torta y un tarrito de manteca que os envía mi madre.
El lobo gritó procurando endulzar la voz:
-Tira del cordel, preciosa, y se abrirá el cancel...
Caperucita roja tiró del cordel y la puerta se abrió. Al verla entrar, el lobo le dijo, ocultándose debajo de la manta:
-Deja la torta y el tarrito de manteca encima de la artesa, tesoro, y vente a acostar conmigo.
Caperucita roja lo hizo: se desnudó y se metió en la cama. Grande fue su sorpresa al ver el aspecto de su abuela sin vestidos, y le dijo:
-Abuelita, tenéis los brazos muy largos... 
-Así te abrazaré mejor, hija mía.
-Abuelita, tenéis las piernas muy largas...
-Así correré más, hija mía.
-Abuelita, tenéis las orejas muy grandes...
-Así te oiré mejor, hija mía.
-Abuelita, tenéis los ojos muy grandes...
-Así te veré mejor, hija mía.
Abuelita, tenéis los dientes muy grandes...
-¡Pues  así comeré mejor, hija mía!
Y al decir estas palabras, el malvado arrojóse sobre Caperucita roja y se la comió.

 Moraleja

 La niña bonita,
 y la que no lo sea,
 que a todas alcanza
 esta moraleja,
 mucho miedo, mucho,
 al lobo le tenga,
 que a veces es joven
 de buena presencia;
 de palabras dulces,
 y grandes promesas,
 tan pronto olvidadas
 como fueron hechas.

 

El arte de ser un verdadero divo: Vittorio Gassman

1 de setiembre de 1922- 29 de junio de 2000
Vittorio Gassman, que murió por miedo a morir


El corazón del divo más importante del cine italiano se detuvo una madrugada cualquiera del infernal verano romano. A los 78 años, este actor bello, polémico y talentoso que protagonizó decenas de existencias y muertes en el escenario, partió en un sueño hacia la nada. O hacia la otra vida, que en los últimos años le reclamaba a Dios con insistencia. "La única cosa que le reprocho al Padre Eterno y sobre lo cual tengo ideas confusas, es que ha hecho la vida demasiado corta. O demasiado única. Yo habría pedido dos vidas: una para ensayar y una para actuar, para hacerlo mejor". Según su amigo, el director de cine Dino Risi, Vittorio Gassman murió por miedo a morir.

¿Un actor? Más bien un atleta. ¿Un matador? Más bien un matado. ¿Un mito? Más bien un incomprendido. Pero siempre un amigo. Es la opinión del actor y director Carmelo Bene, que sostuvo en el semanario L' Espresso que ya desde hace veinte años Vittorio Gassman estaba muerto". Juicio lapidario que probablemente y aunque resulte paradójico, le habría encantado al artista.

La categórica opinión de Bene es que la primera arruga lo había asesinado. Porque Gassman consideraba una indecencia envejecer. Una afrenta inaceptable. Según Bene, no aceptó jamás envejecer.

"Me hablaba de su terror. No de la muerte que vendría, sino de la que ya había sucedido. No, no siento su pérdida. Vittorio me faltaba ya desde hace tiempo..."

A su juicio, en los últimos tiempos Vittorio Gassman vivía una existencia póstuma. Y así lo había manifestado él mismo. El actor debería ser inmortal y, si esto no fuese posible, póstumo, jugando con la idea de su muerte como si esta ya hubiese ocurrido. En un filme de Dino Risi, en 1991, al recitar un texto melancólico-delirante, Gassman había sido enfático en el diagnóstico: "Yo estoy ya muerto". Y solía citar también al escritor Boris Vian: "No quisiera terminar mi vida sin haber gozado el sabor de la muerte". Otras variaciones suyas sobre el mismo tema: "Quisiera ser embalsamado, que me ubicaran en un comedor o mejor en un salón con un pequeño sistema de grabadoras en mi ataúd para seguir disparando mis tonterías". Y daba instrucciones a los periodistas para el momento de su muerte: "Era el mejor...". Dictándoles también un porfiado epitafio: "No se dejó nunca enterrar ni en el escenario ni en la vida".

Evidentemente no fue solo una crisis cardíaca lo que lo sacó del escenario. En la última estación de su vida, este hombre que en una oportunidad se había autodefinido como alto y fuerte, egoísta y triunfador, luchó desesperadamente contra el deterioro físico y la depresión. Y muchos de sus amigos sostienen que la muerte se produjo cuando el matador se dio por vencido ante este implacable mal del alma. Fumador acérrimo, un enfisema pulmonar le había producido algunas crisis respiratorias que habían dañado su corazón. Tenía dificultades para respirar, se cansaba al hablar y en los últimos meses había pasado dos largas temporadas en el hospital.

Con la ironía que lo caracterizaba, situó este proceso doloroso que amargó su etapa crepuscular en el tiempo. "Es justo cuando comienzan a decirte 'maestro'... Después de haber sido por tantos años el más joven de la compañía, en un determinado momento me convertí en el más viejo y me di cuenta de que a partir de ese momento sería siempre así. Te mirarán con respeto en el mejor de los casos si los jóvenes que te frecuentan son bien educados; o con una cierta compasión, con un sentimiento protector, con ganas de mandarte pronto a la cama, por temor a que te canses o quizás porque son ellos los que están cansados de ti".

Gassman confesaba sin tapujos que se devolvería feliz a los veinte años, "o a los cincuenta, que quizás es la edad más hermosa".

Bello y antipático

Diletta D'Andrea entró a la pieza de su marido alrededor de las diez de la mañana. Él estaba recostado de lado y al comienzo ella pensó que estaba descansando. Después, víctima de un trágico presentimiento le habló, pero no Vittorio le respondía. Algunas horas antes, uno de los más grandes actores de este tiempo se había muerto durante el sueño. Gassman, quien de joven fue miembro de la selección italiana de básquetbol, había nacido en Génova, el 1 de septiembre de 1922, pero vivió casi toda su vida en Roma. Era el segundo hijo de un ingeniero alemán y una dueña de casa toscana y ex actriz. Su progenitor aceptó de mal grado que abandonara la Escuela de Derecho para inscribirse en la Academia Nacional de Arte Dramático. Debutó en l943 en un pequeño teatro y a los 26 años ya recitaba a las órdenes del gran Luchino Visconti. En la pantalla grande, el éxito le llegó en 1948 de la mano de Arroz amargo.

Como actor de teatro, Gassman proyectaba una imagen distante, aristocrática, casi antipática. Siempre adoró la tragedia griega. Para él era lo máximo: sagrada, intocable. Y trabajó desde Edipo Rey, de Esquilo (1976) hasta Affabulazione, de Pier-Paolo Passolini (1977) Por último, encarnó un otoñal Otelo cuando ya lo roía la depresión. Su caso es extraordinario porque tuvo éxito en una difícil empresa: pasó del teatro clásico de Shakespeare que interpretaba magistralmente, a la "comedia a la italiana". Era una figura anómala: un atleta con una voz potente, sin inflexiones dialectales, indispensable para las historias populares que recogía el cine de entonces. Pero su inteligencia, ironía y comicidad lo convirtieron en el regalón del público y en el actor italiano más famoso de su generación. Además de ser el Hamlet seductor que desparramaba encanto y sensualidad, se transformó en el intérprete más importante del cine de su país, capaz de pasar de lo cómico a lo trágico y viceversa. Los años fueron dejando al descubierto su cultura, encanto y genio. Y desató la admiración de sus pares por su capacidad de recrearse continuamente, de intentar caminos distintos y de emitir juicios temerarios.

Vittorio Gassman fue el rival refinado e histriónico del otro gran mito de las tablas italianas, Marcello Mastroianni. Sin embargo, la competencia entre ellos nunca pasó de los límites aceptables, porque eran demasiado distintos. Gassman era bello como Mastroianni, pero tenía un aspecto mucho menos italiano, más aristocrático y poco apto para las historias de pobres y pequeñoburgueses que hacía el cine italiano en ese tiempo. Interpretó durante muchos años el papel de fresco y tramposo, lo que no dejaba de tener sus riesgos. Hacerlo implicaba ser odiado y, como si fuera poco, en esos años de estricto moralismo "cato comunista", su tempestuosa vida privada dejaba mucho que desear. El actor participó en un centenar de cintas y otras tantas representaciones teatrales y programas televisivos. Cuando ya era un reconocido actor teatral protagonizó a su primer sinvergüenza en Arroz amargo (1948) con la hermosa Silvana Mangano y el filme tuvo un éxito estrepitoso. Con esta actriz interpretó varias películas muy taquilleras en los años cincuenta: El lobo de la Sila, Anna y Mambo.
En La mujer más bella del mundo, biografía novelada de la prima donna operística de la belle époque Lina Cavalieri, también tuvo un éxito impresionante. Y aún ahora es el filme más transmitido por la televisión italiana. Sin embargo, él siempre consideró que esta era la película más horrenda que había hecho en su vida. Su coprotagonista fue Gina Lollobrigida y cada vez que la encontraba le reiteraba que ella era lo único bello de ese "fiasco profesional".

Los directores Mario Monicelli y Dino Risi fueron quienes lo bajaron del pedestal de la aristocracia del teatro. En Los desconocidos de siempre (1958), con Marcello Mastroianni, Monicelli lo disfrazó poniéndole una máscara de feo para que se lo aceptase como cómico. Luego, en Il sorpasso, se atrevió a presentarlo con su propia personalidad de guapo sinvergüenza en esa película cómica que arrasó con la crítica y la taquilla. Estas, como muchas otras de las cintas protagonizadas por el actor, se convirtieron en piezas claves de "la comedia a la italiana". Inolvidables resultan también sus actuaciones en La gran guerra (1959), donde midió su talento con el gran Alberto Sordi; en La armada Brancaleone (1962), con la bellísima actriz y cantante suiza Catherine Spaak, y en En nombre del pueblo italiano (1971), con el fantástico Ugo Tognazzi.

Vittorio Gassman fue feo y simpático, bello y odioso en la pantalla: el ladrón de Los desconocidos de siempre; el fresco que daba lecciones de vida irresponsables a Jean-Louis Trintignant en Il sorpasso; el cobarde de La gran guerra; el arribista de la obra de Ettore Scola, Nos habíamos amado tanto; el político de La terraza; el sinvergüenza de Arroz amargo, el boxeador destruido de Los monstruos o el espléndido militar ciego de Perfume de mujer. Marcado por un doble registro trágico y brillante, él mismo admitía que pagaba un precio bastante caro en el oficio de actor: "Mi naturaleza es lo opuesto de la extroversión que requiere el teatro. Yo soy de una timidez repugnante".

Advierte Carmelo Bene, este amigo-adversario del actor, que Gassman se vio siempre obligado a buscar la aprobación de un público masivo que lo hizo ser lo que no era: el antagonista malo, pillo, guapo e inescrupuloso, seductor y pérfido. A su juicio, el artista decidió ser actor para darle el gusto a su madre, María Luisa, a la que él adoraba, pero siempre fue un tímido que vivió el éxito como un handicap y no creyó jamás en lo que hacía.
Vittorio Gassman fue quedando atrapado en su personaje de matador cinematográfico, hombre fuerte, protagónico y siempre vencedor. Así aparecía en público. Pero en realidad, según sus cercanos, era frágil y tranquilo. "Ser el primero exige una fatiga monstruosa", dijo en varias ocasiones a sus amigos.

"En el teatro, Vittorio utilizaba un tono autoritario que no tenía nada que ver con el hombre irresistiblemente divertido, tallero, tenaz y explosivo que era en la vida", según Monicelli. Y esa imagen que ofrecía de sí mismo era un edificio construido en nombre de su gran inseguridad. Como si viviese asustado de que le faltase la tierra bajo los pies de un momento a otro. La depresión sombría, violenta, devoradora habría nacido en él por el contraste con el personaje que se había construido, como precio de su verdad. Se reconocía egoísta: "Lo somos todos los artistas porque si no, hubiéramos hecho otro trabajo". Y agregaba: "Además, soy tan hipócrita y mentiroso como el resto de los seres humanos". Un día le dijo a su amigo el actor Paolo Villagio: "¿Te parece que soy un imbécil? ... Me da miedo ser un hombre artificial que vive para las apariencias, para el teatro. Para tener la certeza de haber vivido de verdad, anoto en muchas hojitas lo que me sucede, mis pesadillas". Y según lo expresado por Villagio a la revista italiana Oggi, "Gassman no solo no fue nunca ese ser de cartón piedra que temía ser, sino la persona más verdadera y más fiel que él haya conocido".

"Siempre que estuve de tú a tú con Vittorio percibí un sentido de grandeza. Él era un pedazo de historia del 900 y la pequeña Italia provinciana que quema incienso frente a los presentadores de televisión. Quizás solo ahora, con su muerte está comenzando a tener conciencia de lo que ha perdido".

A juicio de sus amigos, este hombre no fue jamás un amante del poder, no aceptó nunca puestos dirigenciales en las instituciones, ni candidaturas políticas. Solo creía en la cultura. En las postrimerías de su existencia comenzó a rechazar el contacto con la gente y las apariciones públicas.

De vez en cuando volvía al escenario con su hijo Alessandro. En 1983, dirigió el filme De padre en hijo, en el cual estuvo toda la familia, incluido el pequeño Jacopo. Y la televisión, en la cual había tenido un gran éxito con El matador, le ofreció algunas ocasiones de reaparecer como gran actor y entretenedor en 1990 y realizó tres capítulos de Todo el mundo es teatro para la RAI.

Su último trabajo cinematográfico fue con su gran amigo Ettore Scola en La cena, un momento de tregua en la depresión. También realizó un balance de su vida artística llevando al escenario el monólogo Alma y cuerpo, una autobiografía teatral que protagonizaba él solo durante tres horas, mientras en el teatro no volaba una mosca.

También en televisión, Gassman fue uno de los primeros actores de fama que interpretó spots publicitarios. El último lo filmó en diciembre con Dino Risi. Aparecía despidiendo a un niño que representaba el año 2000 en un adiós que hoy parece bastante profético. Su última aparición fue en Argentina para retirar un premio. Pero el desenlace de este episodio fue dramático. Quizás se voló e imaginó por un instante ser de nuevo "el matador": se relajó en el escenario dialogando con el público y encendiendo incluso un prohibidísimo cigarro. Inmediatamente se sintió mal y tuvo que volver a Roma y hospitalizarse de inmediato. Alarmados, los médicos estaban estudiando la posibilidad de ponerle un by-pass en las coronarias. Pero no tuvieron tiempo. El corazón destrozado de este hombre, cuya vida fue una espléndida batalla cuerpo a cuerpo con la palabra, dejó de latir en la madrugada del jueves 29 de junio. Pero, probablemente, como afirmó Giancarlo Dotto en el semanario L'Espresso, seguirá recitándole a la luna como hacen los gigantes de Rabelais y todos los lobos del mundo.

"Mi estructura mental permanece infantil. Cuando se ven mis fotografías en medio del clan, todo es verdad, pero se deben invertir mentalmente los papeles. No soy yo el que sostengo a mi familia, sino mi familia la que amorosamente me socorre" (entrevista en el semanario Oggi)
Vittorio Gassman tuvo cuatro hijos de cuatro mujeres distintas. Paola, actriz (55), con Nora; Vittoria (47), que es médica, con Shelley Winters; Alessandro (35), también actor, con Juliette Mayniel; y Jacopo (20), con Diletta. Junto a sus hijos y nietos, todos lloraron desconsolados a este gran actor que había confesado sentirse verdaderamente solo aún con ellos. Su hijo Alessandro, ya famoso, no se avergüenza de confesar cómo ha idolatrado a su padre. Debutó con él en Affabulazione, con el texto de Passolini, y cuenta que era un maestro severo que lo fustigó en forma ruda: "Con esa bella cara que tienes, o haces el artista o haces el gigoló porque seguramente las mujeres siempre andarán detrás de ti", lo retaba. Pero, según su hijo, después de la pesadez se recuperaba con una risotada y una mirada de cómplice y camarada.

Desmiente absolutamente que Gassman haya sido un padre ausente: "Estaba... y cómo.... Multiplicando energía y ganas de vivir conseguía amar, trabajar, escribir, divertirse, ser el patriarca que nos abrazaba a todos con idéntico afecto. Y esta generosidad suya hacia la vida y hacia los demás ha sido una gran enseñanza". Alessandro Gassman dice conservar la imagen de su padre escribiendo páginas y páginas en un cuaderno con su diminuta caligrafía. Sin perder jamás, ni en los momentos más oscuros, aquella que fue la gran fe de su vida, la fe en la palabra, en la fuerza regenerativa de la escritura y del teatro.

Un aplauso cerrado despidió a este gran artista el día de su muerte cuando su ataúd fue llevado en andas. El aplauso a un gran porvenir que ahora se sitúa verdaderamente a su espalda.

La vida privada de Gassman fue tumultuosa, matizada de matrimonios, grandes amores y flirteos. Conoció a Nora Ricci en la Academia de Arte Dramática. Se casaron en plena guerra cuando él tenía 21 años y ella 19. En 1945, tuvieron a su hija Paola. En el intertanto, el actor tuvo varias aventuras. "Éramos tan inmaduros", diría recientemente, "y con ella fui muy cruel, como sólo pueden serlo los jóvenes". Se separaron tres años después. A comienzos de los cincuenta, Gassman había firmado un contrato por siete años con una casa de producción estadounidense y se había transferido a Hollywood. Allí conoció a su segunda mujer, la fascinante diva norteamericana Shelley Winters. Celebraron un matrimonio relámpago en México, dos horas después de que Vittorio hubiera obtenido el divorcio de Nora. Nació Vittoria, pero en 1954 se separaron porque Gassman se enamoró perdidamente de la actriz veinteañera Anna María Ferrero. Se dejaron en 1960. Y en su autobiografía, él contó que se dio cuenta de que la pasión se había esfumado cuando una mañana, desayunando, le molestó en forma exagerada ver una miga en los labios de su compañera. Después Gassman se vinculó a dos actrices extranjeras. La primera fue la danesa Annette Stroyberg, con la que vivió dos años de amor (ella acababa de separarse del director francés Roger Vadim) Después se ligó a otra fascinante actriz francesa, Juliette Mayniel. La relación duró entre 1963 y 1968 y de ella nació el hijo actor Alessandro. La Mayniel fue la única mujer que abandonó a Gassman y lo cuenta: "Como Vittorio estaba acostumbrado a la adoración, él lo consideró un delito de lesa majestad". Diletta D' Andrea fue su último gran amor. Permanecieron juntos durante 32 años. Gassman se casó con ella que era veinte años más joven en 1970, y diez años más tarde nació Jacopo. "Era un marido distraído, con sus tiempos, su fragilidad, su manía por la puntualidad, su obsesión de recitar siempre, pero sabía hacerse querer. Tal vez se olvidaba de los aniversarios porque no era un tipo romántico, sino pura cabeza. Pero después se presentaba con una poesía estupenda en el bolsillo y en cada recital había un rinconcito, un pensamiento para mí". Diletta asistió a su funeral vestida de blanco y ahora se dispone a crear una fundación en su memoria.

Un mal oscuro lo había golpeado desde fines de los años setenta. Una angustia de vivir implacable que ya no lo abandonó a pesar del éxito, del afecto de los hijos y del amor de su última mujer. Comenzó la etapa oscura del silencio y de buscar ayuda en la medicina y la fe. Y del intento de exorcizar el dolor hablando y escribiendo. Gassman sufrió tres depresiones. La primera empezó con el nacimiento de Jacopo, su hijo menor. "Nacimiento querido, gozado, en un momento de gran felicidad que me desencadenó la depresión", confesó el actor a su amigo Luciano Lucignani. En los momentos de crisis, según su médico tratante, tenía miedo de la muerte. A medida que avanzaba en edad, más lo amargaba la melancolía por el pasado que consideraba un tiempo perdido para siempre. Y comentó en una oportunidad: "La depresión es una rata que te roe el pecho, una vergüenza, una desesperación... " Entre altos y bajos, Vittorio convivió con la depresión hasta el fin. Según su hijo Alessandro no era fácil estar cerca de él en esos períodos, porque no soportaba que trataran de tranquilizarlo. "Nos explicaba que a una persona deprimida le incomodan cierto tipo de atenciones que subrayan su condición". "Este hombre majestuoso que había dominado cincuenta años de vida artística italiana se negaba a hablar de las propuestas de trabajo que continuaba recibiendo y que rechazaba porque, tal como me decía: 'No puedo más, Gianni. Todo me desagrada", contó a "El Sábado", su amigo el periodista Gianni Minà.

Gassman mejoraba fundamentalmente escribiendo. Terminó el libro Memorias debajo de la escalera, El mal de la palabra y también su autobiografía, Un gran porvenir detrás de la espalda. Además, estaba grabando en CD una antología de la poesía italiana. Lo otro que lo sostuvo fue la búsqueda de respuestas existenciales. Se debatía entre la racionalidad y las ganas de creer. La fe, aunque alimentada por las dudas, le parecía la única ancla de salvación.

 "Creo que creo, pero con miles de dudas. Preferiría que Dios existiese, me gustaría que existiese... Piensen en un hombre como yo, aficionado a la retórica, a la ampulosidad, a los ejercicios de estilo barroco que hoy se ve pronunciando esa obra maestra de simplicidad que es el Padre Nuestro",  confesó.



Oración por Marilyn Monroe


Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de
Marilyn Monroe,
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los
9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.

Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia (según cuenta
el Times)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también algo más que eso...
Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz).
Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox.
El templo -de mármol y oro- es el templo de su cuerpo
en el que está el hijo de Hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.

Señor
en este mundo contaminado de pecados y de radiactividad,
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda
que como toda empleadita de tienda soñó con ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos,
el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo.

Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
Para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.
Como toda empleadita de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y
archiva.
Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y se apagan los reflectores!
Y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
porque la escena ya fue tomada.
O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
vistos en la salita del apartamento miserable.
La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue
como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan solo la voz de un disco que le dice: Wrong Number
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.

Señor:
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)
¡Contesta Tú al teléfono!

ERNESTO CARDENAL