Encuentro de amigos

Los artistas responsables de "Dueños de la Encrucijada" Dany Barreto y Juan Batalla junto a sus colaboradores más cercanos -Stef Dupleich y Valeria Crucci- reunieron ayer noche un grupo de amigos vinculados al proyecto en su oficina de Palermo Chico. Los sociólogos Alejandro Frigerio y Reginaldo Prandi, el bàbálorisha Akìntunde Armando Vallado, la galerista Loreto Arenas, los artistas (visual y plástico respectivamente) Ángela López Ruiz y Mariano Cornejo, Lucía Vogelfang de la dirección del FunCEB y yo dimos cuenta de estupendas empanadas de queso y albahaca seguidas de baklava con helado en amable debate acerca del arte y del proyecto que nos convocara.

Esta noche a las 19 horas tendrá lugar en el Centro de Estudios Brasileños de Esmeralda 965 la segunda presentación de "Dueños..." con entrada libre a todo público en un esfuerzo conjunto de dicha fundación con el Centro Cultural Rojas. Bàbá Akìntunde abrirá el acto invocando a Èsù, comunicador e intérprete de las divinidades afrobrasileñas, a través del Oráculo de Obi (la sagrada semilla que alimenta la existencia) y seguidamente el Dr. Prandi y yo moderados y presentados por el amigo Dr. Frigerio describiremos brevemente nuestras impresiones acerca del libro y -por descontado- de Èsù, el verdadero protagonista de este emprendimiento. El filme "Dança das cabaças" del documentarista brasileño Kiko Dinucci cerrará -o tal vez creará muchas más interrogantes- este acto.

Lejano (2005) en YORUBANET hoy comenzado a moverse

Aláafìá a todos, hermanos.

Me surge la pregunta siguiente: ¿A qué cosa se le tacha de "cultismo"? ¿A plantearse interrogantes y tratar de responderlas desde la coherencia, la comparación y la apertura a cualquier fuente del saber humano capaz de ofrecer una respuesta efectiva? En estos años en los que intervengo en diferentes foros de opinión he podido observar una especie de desprecio hacia el estudio sistemático de nuestros legados religiosos como si estos no pudiesen ser objeto de estudio además de vías de práctica devocional. La mayoría de las religiones existentes -y me temo que también aquellas que han desaparecido o se han transformado- poseen un trasfondo que es únicamente asequible a través del estudio, del análisis pormenorizado de sus creencias y ritos para permitir sentirlas desde su propia esencia. No creo que un ser pensante como el humano, con una misión clara de aprendizaje comprometida desde el momento de llegada de ese Orí al Àiyé deba aceptar todo así sin más y no ahondar usando sus capacidades. Sostengo, si, que en nuestro caso el saber iniciático está vigente y es fundamental para recibir las claves, pero existe además un conocimiento personal e íntimo que parece ser intransferible y este debería buscarse y analizarse antes de admitir como palabra revelada todo . Cuando digo "todo" señalo aquellas fórmulas que se nos han transmitido y aunque bien las podamos considerar con indulgencia son parte de interpolaciones, reinterpretaciones y modificaciones que poco tienen que ver con las creencias originales. Personalmente valoro muy mucho las enseñanzas que me fueran transmitidas, pero más aún el consejo que a estas siguió: "esto es un comienzo, hay que ir para adelante y crecer siempre". Lo que no significa que desestime nada, sí que conserve la mente alerta para poder encajar lo aprendido en diversos contextos y niveles simultáneos. La cultura es parte del ser humano, es en síntesis lo que el hombre produce en grupo; pero no siempre los grupos consiguen mantener su cultura porque se niegan a interpretarla o a transmitirla como parte del devenir. Me explico: hoy sabemos que la Tierra es casi redonda y gira en torno al Sol; nadie puede ser obligado bajo amenazas de excomunión a declarar lo contrario. Nuestros mayores vivían en un mundo más pequeño que este que hoy vivimos donde la información está al alcance de quien la quiera. Acceder a ella es completar legados inmensos y aplicarla un deber de nuestras vidas para las próximas generaciones. A mi entender no existe nada que pueda ser llamado "cultismo" que se oponga o contradiga lo que ha dado en llamarse "ritualismo". Del mismo modo que poseemos dos manos, también poseemos la posibilidad de interpretar cada rito desde su lógica. Rellenar los vacíos, zurcir las roturas, valorizar las tradiciones transmitidas con escasos medios y completarlas es más que un derecho, un deber. Para nosotros y por los que vendrán. No se trata de agregar sino de reinterpretar, hacer nuevas lecturas y consignar cada cosa a su sitio con la mesura y oportunidad que confiere la lógica. Se trata de tener el coraje de reconocer que cada vez que sabemos algo, todavía queda más para saber y tenemos la obligación de saber para comunicar. No podemos comunicar nada que no podamos entender a fondo; o comunicarnos por trabalenguas que parecen serios de tan absurdos. El idioma es un arma efectiva que permite formular, conservar y pasar conocimiento. Todo rito, por formar parte del conocimiento, es pasible de ser aprehendido y descrito desde su más absoluta esencialidad. La oralidad no es un cuco ininteligible, tiene su porqué, su cómo y su cuando. Pero su reinterpretación es una asignatura pendiente para poder despojarla del lastre añadido que nos convierte en meros repetidores de cosas que no captamos en su totalidad, y por ello no nos sirve más que como clave de un entendimiento posterior a la luz del estudio sistemático y amplio.

Construyendo puentes

Este fin de semana tuvo lugar en la Asociación Omi O Bàbá un seminario/taller sobre el batuque, sus tradiciones y cultura. Tuve el enorme privilegio de compartir junto a la dueña de casa -Ìyá Peggie, 'Fáwunmi - y el bàbá José de Xapana, ogan y continuador espiritual del ashe del finado sacerdote portoalegrense Luíz Antônio da Silva de Bàrà, una mesa de trabajo cuyo único fin consistió en tender puentes entre todos los linajes y naciones batuqueras presentes en Argentina.

El programa consta de ocho módulos donde se pueda abarcar las diferentes temáticas sobre esta modalidad religiosa afrobrasileña desde una visión integradora del proceso religioso haciendo más hincapié en las similitudes -esos usos y costumbres que mantenemos en común- que en las diferencias a las que hemos buscado minimizar del mismo modo que se observa en la práctica.

En este primer módulo se ha roto el hielo -que es el caballito de batalla de los separadores- y ya nos hemos atrevido a plantear cuestiones que se acercan un tanto al límite de la heterodoxia con la convicción de que todo proceso religioso necesita no sólo autoafirmarse sino, para poder hacerlo, efectuar la correspondiente autocrítica. Lo más relevante de este encuentro fraterno -al menos para mí- fue el testimonio emocionado y emocionante de bàbá Alfredo Echegaray de Ògún respecto a cuestiones de perspectiva ritual poco difundidas o cuidadosamente ocultas rayanas a la posibilidad de una farisea acusación de herejía. La valiente exposición de este referencial del batuque porteño (que además me honra con su amistad y consideración) valió, por sí sola, el éxito de este primer y tímido módulo de trabajo.

Tenemos la convicción que el segundo capítulo que se desarrollará en el mes de mayo y en el mismo ilé tendrá una asistencia mucho mayor y podrá abordar estos y otros tópicos cortando más profundamente la gruesa capa de desconocimiento, maniqueísmo e hipocresía que recubre el pensamiento de una gran parte del pueblo-de-santo rioplatense, ese que elige la crítica despiadada a las diferencias antes que el ahondamiento de los postulados teológicos que constituyen su creencia. Me inclino respetuosamente ante bàbá Alfredo Echegaray, un valiente.

A los miembros de Omi O Bàbá debo agradecer todas las atenciones hacia mi persona recibidas, así como a la asistencia al evento cuyo afecto y consideración me permitieron certificar que soy en la República Argentina un argentino más y -cosa extraña en este mundo cruel- bastante querido o respetado por sus conceptos.

El pueblo de las tijeras


Terminó mi jornada y por una semana estaré ausente. Pero dejo en buenas manos a mis amables visitantes. He encargado de hacer los honores debidos a la hospitalidad a los africanos, bahianas y sertanejos de mi casa. Pueden estar tranquilos: pese a su carácter de "caceteiros" (bromistas pesados) son muy buena gente, trabajadora y servicial.
Los espíritus que pertenecen a estre segmento de trabajo -no son en propiedad una línea de umbanda, sino un equipo auxiliar- provienen de la clase trabajadora libre o liberada, son kilombolas, huídos y alforriados por su propia voluntad de ser a su aire, en comunión con la floresta y sus habitantes.
Los africanos, bahianas y sertanejos de mi casa son -aunque no lo crea- gente fina, de respeto. Adoran el vino y la cachaça, pero lo toman con mesura, porque la mayoría de las veces ya llegan a danzar en el terreiro con los ojos desorbitados y el andar errático de quien ha bebido por sí, por usted y por mí.

Puede confiarles un problema, lo resolverán en un abrir y cerrar de ojos a cambio de un charuto o una botella generosa al pie de un árbol plantado en su camino. Son amables, barullentos y excesivos, como toda gente humilde cuya única posesión es la alegría de vivir. Respeto enormemente a este pueblo bullanguero que si ve una hoguera se lanza como un sólo hombre a danzar entre las brasas. Así queman los problemas y el contaminante contacto de la urbe hostil. Conozca a estos devotos de la alegría, parientes cercanos de los eshus y pombogiras de las periferias; son sinceros -demasiado- irreverentes, bailarines y trabajadores. Arrancan piedras, cocos, hojas, troncos y lo que se les ponga a tiro; su misión es destrabar la senda para que los que vengan detrás caminen seguros.

Las fotos -espléndidas, generosas- son de la autoría del Dr. Alejandro Frigerio, hermano y amigo de la casa.

Me voy a Buenos Aires por unos días, a encontrarme con buenos amigos en casa de ìyá Peggie de Yemanjá y en la presentación de "Dueños de la Encrucijada", el libro/objeto de arte de Juan Batalla y Dany Barreto en el que otros amigos -los sutiles y los corpóreos- también han puesto su huella. Sean felices, vivan con dignidad y disfruten de un trago de buen vino en la botella del pueblo de las tijeras. Cadéia!

Òrìsà



Òrìsà (se pronuncia orisha) es energía de la naturaleza que se vuelve extensión de Olódùmàre (Dios) en la tierra, Él se extiende a través de Òrìsà.



Los Òrìsà son divinidades (divisiones de Dios) que pertenecen a la naturaleza; al ser extensiones de Dios, son perfectas. Cada ser humano contiene la energía de Òrìsà dentro de si, lo que hace que cada ser humano sea "hijo" de determinado Òrìsà. Al hacer ceremonias consagratorias hacia el Òrìsà Tutelar uno se convierte en Awò Òrìsà (Seguidor de Òrìsà) su sacerdote o sacerdotisa.



Cuando una persona se consagra a la divinidad Òrunmìlá (el Testigo de la Creación), se le llama Omo Awò (Estudiante), porque se dedica al estudio del Sistema Filosófico-Adivinatorio Ifá (el Oráculo) Y cuando tenga el conocimiento suficiente será llamado Bàbálawò (en el caso de los hombres), o Ìyànifá la mujer a Òrunmìlá consagrada. La diferencia entre el Culto a Òrìsà y el Culto a Ifá es simplemente la forma de adoración y el enfoque que se da, porque a los Òrìsà se les adora como energías de la naturaleza y a Òrunmìlá como Testigo de la Creación. El enfoque común, que es dado por ambos cultos, es el de la necesaria alineación del ser humano con las energías de la naturaleza (los Òrìsà) y con su destino predeterminado, o la misión específica de cada quien.

Alrededor de las corrientes teológicas de las creencias africanas en América -en este caso enfocado al aspecto yorùbá- se ha escuchado mucho la idea de que Òrìsà es castigador con sus hijos y con aquellos que le insulten; sin embargo, antes de llegar a esta conclusión producto de un sincretismo cultural, analicemos algunos puntos:

* La práctica de la religión Òrìsà es una cultura de amor y tolerancia a todos los seres vivientes.

* Las escrituras de Ifá enseñan que la agresión y la venganza no son las mejores soluciones, porque todo lo que se da se recibe.

* Los Òrìsà no son entes, que reciben órdenes de parte de cualquier humano y mucho menos perderían tiempo en pensar cómo castigar a los Omo Òrìsà o a los Àlèjò.

* Òrìsà no es una divinidad que comulgue con la idea de la violencia y la agresión.
* Òrìsà no es una divinidad que coincida con la naturaleza del "ojo por ojo y diente por diente". Esta creencia es producto de la influencia católica sobre los esclavos africanos.

En base a estos puntos agrego que los Yorùbá dicen: "Cuando agravian a Òrúnmìlà, Él se sienta a observar". Esta frase es lo más opuesto al mito de que los Òrìsà castigan, que como hemos anticipado, tan sólo es producto de la transculturación y sobre todo del fanatismo, influenciado por la doctrina clerical romana transfusionada durante la colonia.

Encontramos entonces que las divinidades no son sólo parte de un culto religioso, sino que son elementos fundamentales de nuestra vida diaria -aun si no tenemos la mas mínima idea de lo que representan los Òrìsà, ya que podemos estar en contacto con ellos desde aun antes de nacer a través de la energía del planeta que habitamos y Ellos ayudaron a organizar. En efecto, en la cosmogonía yorùbá encontramos que cada divinidad tiene algo que ver con los elementos de la naturaleza como custodio o controlador. Al igual que cualquier otra religión, en la de Òrìsà y en la de Ifá existe la creencia en un Dios omnipotente que es llamado Olódùmáré, nombre que significa El Dueño de Todo Aquello que Existe. Los yorùbá tienen la creencia firme que las divinidades no son únicamente para un culto donde el sacrificio, el canto y el rezo sean los elementos que conforman la práctica. Más allá de esto, las divinidades están tan cerca de nosotros, que al estar tan acostumbrados a su contacto directo no percibimos sus energías elementales. Òrìsà, como señalamos, es parte fundamental de la naturaleza. Elemento y divinidad, parte de la esencia humana que interfiere de un modo u otro en la personalidad que se vuelve arquetípica cuando la energía de Òrìsà se integra a los humanos. Cuando una persona contiene ritualmente la energía de un Òrìsà determinado, se dice que es Omo Òrìsà (Hijo de Òrìsà) Es fácil encontrar cualquier arquetipo de Òrìsà en una persona, porque siempre se encontrarán rasgos o elementos que pueden mostrar que una persona es hijo de determinado Òrìsà, sin embargo sólo se puede determinar con certeza a través del Oráculo, un sistema binario que guarda un complejo conjunto teológico-filosófico que aporta su mensaje a quienes buscan ese refugio o ese consejo.



Ifà es un depósito empírico y filosófico que determina situaciones, problemas y soluciones de la manera más clara; un complejo de varios elementos rituales que componen no solo a un Oráculo, sino un modo de ser que busca el mejoramiento de la existencia a través del amor, el estudio, la sabiduría, el conocimiento y sobre todo la honorabilidad por parte no sólo de los sacerdotes sino también de los simples creyentes.


En la búsqueda del buen carácter, la comunión con la naturaleza y la conexión con las divinidades Òrìsà, los iniciados mantienen un estilo de vida que está fundamentado sobre la paciencia, el respeto absoluto a los tiempos y formas que marca el ritual, ya que la cultura yorùbá remarca una frase que es recomendada a todos los iniciados...


"Sùúrú bàbá n'Ìwà" (La paciencia es el padre del carácter)



Significa que quien logre tener paciencia obtendrá a cambio lo más elemental en la vida para sobrevivir y cohabitar con armonía: el buen carácter, que los yorùbá llaman Ìwà pèlé. El entendimiento de este concepto es altamente indicado para la comunidad nigeriana, porque ésta solicita que en las aldeas los habitantes mantengan su buen carácter, ya que este es el modo en que todos podrán estar en armonía, todos en una misma frecuencia. Esta es parte de la enseñanza de los Òrìsà que se mantiene vigente en las aldeas nigerianas y sobre todo en los Ègbé Òrìsà (Centros de culto a Òrìsà) de América y Europa.



En la práctica, como ya se mencionó anteriormente, los Òrìsà tienen personalidades arquetípicas que influencian en los hombres. La continua movilidad de Èsù, el apasionamiento de Sòngó, la fortaleza de Ògún, son generadores de confusión acerca de quien es el Òrìsà tutelar de un iniciado. Sin embargo, resulta importante entender que todas las energías de Òrìsà se encuentran en nuestra personalidad, ya que todos concentramos fuerza física -parte de Ògún, que además es el encargado de crear la estructura ósea- todos somos pasionales en distintas medidas, y esta cualidad es parte de la naturaleza del Òrìsà Sango; todos sentimos amor, cosa que la Òrìsà Òsun posee y administra por ser la divinidad del amor y del agua que nutre, en fin, tratar de enumerar a todos los Òrìsà y sus cualidades arquetípicas seria una lectura interminable. Debemos recordar que Òrìsà se encuentra en todos los elementos de la tierra y sobre todo en nuestros cuerpos que son parte de ella; y al estar conscientes de esto nos acercamos a una práctica devocional más real e integradora con el universo.


Ugadi


"Todo lo que se ve va a perecer algún día" (Yad Drishyam Tannasyam)

Lo que el ojo ve sufrirá cambios con el paso del tiempo.Por esta causa los habitantes de India celebrarán este 7 de abril un nuevo Ugadi, un nuevo Comienzo de Año. Es que el ser humano vive comenzando; cierra una etapa y abre otra, incesantemente, como la rueda de la vida. Que sea para todos, hinduístas y no hinduístas, un año de realizaciones. Que Sri Ganesh -el Abridor de Caminos que monta a horcajadas de un ratón- abra para todos la puerta de la prosperidad.

Crianças aprendem história e cultura afro em sala de aula


por Wilde Barreto


-Hoje, quando eu estava vindo pra escola, vi uma macumba.
-Não. Você viu uma oferenda!

Esse diálogo presenciado pela professora fazia parte de uma conversa informal entre dois de seus alunos. Ana Helena dá aulas ao pré II e conta orgulhosa como é comum as crianças reagirem contra desrespeitos a rituais da cultura negra. Elas estudam na Escola Municipal Malê Debalê, que fica no bairro de Itapuã e possui educação infantil, 1ª e 2ª série. A nova postura desses alunos diante da discriminação e do preconceito está sendo possível graças à implementação da lei 10.639, que traz em seu texto diversas alterações a lei 9.394, existente desde 1996. A antiga lei foi criada para incluir a temática “História e Cultura Afro-Brasileira e Africana” no currículo escolar do ensino fundamental e médio, sua principal e mais comemorada mudança foi tornar-se obrigatória. Para os meninos e meninas do bairro, que entre 1744 e 1764 abrigou o Quilombo Buraco do Tatu, é a oportunidade de conhecer a história de luta e resistência do povo negro. E orgulhar-se e de descender da raça de heróis como Zumbi dos Palmares. “Desmistificar a idéia do negro coitadinho” é de acordo com a coordenadora da instituição, Isabel Passos, um dos objetivos do ensino, que valoriza a identidade cultural. No entanto, adequar as atividades à nova diretriz curricular não foi tarefa das mais fáceis. Isiane Aline da Silva, diretora da unidade de ensino, diz que os professores chegaram a se reunir aos sábados para fazer grupo de estudos.

A formação de educadores é orientada pela Secretaria Municipal de Educação e Cultura (SMEC), que montou uma pasta com cerca de 10 textos onde os professores podem obter informações sobre o tema. Outro recurso utilizado pela secretaria para a formação dos mestres foi a parceria com os blocos afros, a exemplo do Malê Debalê –a escola de mesmo nome funciona em suas dependências- Segundo o diretor de educação do Bloco e coordenador da Coordenadoria Regional de Educação (CRE)/Itapuã, Carlos Eduardo Santana, a cooperação com a SMEC tem cerca de dois anos e funciona da seguinte forma: “A Prefeitura entra com a infra-estrutura, e o Malê com os formadores”, que no caso são estudiosos que ministram palestra gratuitamente a pedido do Bloco. O último curso teve 60 inscritos. Pedagogo formado pela UNEB, Carlos Eduardo conta ainda que “quem efetivou a lei foram os blocos afros e as militâncias do movimento negro”. Ele cita que o Malê Debalê dá palestras em escolas públicas desde 1999, quando ainda não existia a obrigatoriedade, e que, portanto, o trabalho só foi ampliado.

Reação dos pais

Marlene Souza, 34, notou a abordagem da nova temática quando a escola passou uma atividade para sua filha contendo histórias da cultura afro-brasileira. A mãe, que freqüenta igrejas católicas e evangélicas, diz não ver problema na educação da filha. “Acho bom, porque ela vai aprendendo, conhecendo e respeitando a cultura dos outros”, comenta. Mas ela revela que em casa nem todos pensam assim. A tia de Emili Souza, de 5 anos, filha de Marlene, é Testemunha de Jeová e não concordou com idéia. Segundo Marlene, sua irmã acredita que estão ensinando candomblé às crianças e aconselha mudar a sobrinha de escola. Apesar disso, Emili continua estudando e se comporta como agente multiplicador, contando tudo que aprende para a família e os amigos. Uma das professoras da escola Malê Debalê, Flaviane Sudário, afirma ter cuidado para não incentivar o culto. Procurada por alguns pais, ela deixou claro que “não estava ensinando religião e sim cultura, em termo de conhecimento histórico para desconstruir o preconceito que há”, concluiu. Assim, a fórmula encontrada pelos educadores para seguir as diretrizes curriculares exigidas foi unir a cultura afro-brasileira e africana ao meio ambiente, revelando a ponte existente entre os orixás e a natureza. Dessa forma, os alunos aprendem a preservar o meio ambiente conhecendo a mitologia africana, na qual Oxum, rainha das águas doces, representa a fertilidade da vida. Outra maneira foi usar a simbologia das cores que representam os orixás, verde para Oxóssi, branco para Oxalá, descreve Flaviane.Uma mostra do aprendizado foi dada durante o Desfile da Primavera 2006, que teve a participação efetiva dos pais e da comunidade. Além desse, a peça teatral chamada “Três Reinos e uma Nação” que contou a história das três raças que construíram o Brasil, e um concurso de redação com a temática “Água e Zumbi”, completaram o ciclo de atividades produzidas a partir dos conhecimentos adquiridos. “Foi um ano em que aprendemos como adotar a lei sem ser agressivo para as crianças”, resume a diretora da instituição.O trabalho desenvolvido por professores e alunos tem gerado bons frutos. Recentemente, a escola recebeu a visita de representantes do Ministério do Meio Ambiente de Angola e do Brasil. O coordenador de educação do bloco relata que eles vieram conhecer a forma criativa usada para ensinar Educação Ambiental às crianças. Recebidos com música e dança, puderam perceber a alegria dos alunos em demonstrar o que aprenderam.

Educação e conscientização


A escola Malê Debalê foi fundada há um ano e aguarda a construção de sua sede própria pois ainda funciona nas dependências do bloco; inclusive o letreiro com seu nome tem causado transtornos. Por ficar na fachada principal acaba confundido o visitante de primeira viagem, que se pergunta: Aqui é a escola e onde fica o bloco? A previsão é que as obras sejam iniciadas ainda este ano num terreno ao lado. Mas, isso não é um grande problema, afirma Carlos Eduardo, que deixa claro o compromisso da entidade com a educação. “O ensino afro é o principal meio de compor os temas carnavalescos do Malê, que consegue assim conscientizar a comunidade quanto ao seu papel social”, completa. A relevância do aprendizado da cultura e história afro é lembrada também pela educadora baiana Vanda Machado. Doutora em educação, ela pesquisa o tema há 23 anos. Em seu texto “Intolerância religiosa: vigiando e punindo” apresentado no Seminário “Racismo, Xenofobia e Intolerância”, em Salvador no ano 2000, Vanda conclui que só através da educação os brasileiros se tornarão cidadãos conscientes de sua formação cultural e respeitadores dela. O que pode influir tanto na sua alto estima, quanto no convívio em sociedade.

Àkàrá njé - comiendo bombas

por Agnes Mariano

A cena se repete há décadas, sempre no mesmo lugar. No pequeno largo que dá acesso à lagoa do Abaeté, ela surge sem avisar. Toda de branco, veste-se majestosamente, com uma longa saia engomada, linda bata feita de rendas e torço delicado sobre os cabelos. Maquiagem, um discreto esmalte cor-de-rosa, colar, brincos, pulseiras e anéis dourados completam a indumentária dessa filha de Oxum e Iansã, que combina fala mansa e temperamento obstinado. Com andar firme, mas sem pressa, mal olha para os lados ao atravessar a rua, enquanto os carros param para vê-la passar. Quem a vê assim, como uma rainha, nem imagina que a vida de Cira é feita de muito suor e esforço. Ela acorda cedo, compra pessoalmente os ingredientes, participa do preparo da massa e acompanhamentos, orienta suas funcionárias sobre cada detalhe. Depois vem a hora da venda na rua, fritando os bolinhos e atendendo os fregueses até altas horas, todos os dias. Quem começou tudo foi sua mãe, que já ocupava esse lugar antes dela nascer. Naquele tempo, Itapuã era pouco habitada, a clientela era pequena e mesmo no resto da cidade não havia muitas baianas. Hoje, as coisas mudaram. Aonde quer que elas estejam –Cira, Dinha, Loura, Chica, Ivone, Neinha e tantas outras- uma multidão se desloca diariamente para reverenciá-las e deliciar-se com o quitute incandescente que somente elas sabem fazer: o acarajé.

Feito apenas com feijão fradinho, cebola, sal e frito no azeite de dendê fervente, não é à toa que esse misterioso bolinho tem a cor e a temperatura do fogo. O acarajé é um alimento sagrado, oferecido a Oyá, também conhecida como Iansã, a deusa africana que controla os ventos, as tempestades, os relâmpagos e tem poder sobre o fogo. Na religião dos orixás, os homens dialogam com seus deuses através dos sacrifícios e oferendas de alimentos. O akará é um deles e veio parar no Brasil através dos escravos africanos iorubás. Como eram as mulheres negras que dominavam as cozinhas, não demorou para que essa e outras receitas africanas começassem a ser conhecidas e admiradas nas mesas brasileiras, conta Luis da Câmara Cascudo. No Brasil colonial, acarajés, abarás e carurus, entre outros pratos, eram vendidos nas ruas em tabuleiros que as escravas de ganho equilibravam sobre suas cabeças, enquanto iam cantando pregões para atrair a freguesia.Com o que conseguiam juntar, muitas até conseguiram comprar a própria liberdade. Corajosas, independentes e empreendedoras, as baianas foram aos poucos arriando seus tabuleiros e se fixando em pontos estratégicos da cidade. Montar um tabuleiro para vender quitutes na rua, típico hábito africano, passou a significar, cada vez mais, a garantia do sustento da família. Além do preço acessível, do sabor delicioso e das qualidades nutricionais do bolinho de feijão, a simpatia das baianas sempre foi um tempero a mais, ajudando a conquistar uma freguesia cativa. A partir da segunda metade do século XX, muitas delas foram ficando famosas, como Romélia, Vitorina, Damásia e Quitéria, espalhadas principalmente pelo centro e Comércio de Salvador. Nas últimas décadas, a cidade cresceu na direção norte, levando prosperidade às baianas que trabalhavam perto do mar: Dinha, no Rio Vermelho; dona Chica; na Pituba; Cira em Itapuã. Mas há muitas outras rainhas do dendê, como Regina, na Graça e Rio Vermelho; a Loura; no Horto Florestal; dona Ivone, no Bonfim, ou Neinha, nas Mercês. Apareceram também alguns rapazes que nada deixam a dever a nenhuma baiana, como os irmãos Gregório e Zé Antonio.

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Algumas delas chegaram a pegar o tempo do feijão ralado na pedra, ao modo africano, e do acarajé servido só com pimenta. A trabalheira era enorme, pois além de triturar o grão, é preciso tirar toda a casca e bater bem a massa. Com o passar do tempo surgiram os moinhos elétricos, para diminuir o trabalho, mas os clientes exigiam novidades, obrigando as baianas a acrescentarem novos recheios no acarajé, como salada, vatapá, camarões e caruru. O antigo tabuleiro de madeira sobre um cavalete em X, hoje visto raramente, foi cedendo lugar aos tabuleiros de alumínio e vidros, maiores e mais confortáveis. O que não mudou foram as figas, folhas de arruda, fitas e contas que todas usam sobre o corpo ou dispõem sobre o tabuleiro para garantir proteção, tão necessária a quem trabalha na rua. No inverno, elas lutam contra o vento e chuva, que afasta os fregueses e respinga sobre o azeite, provocando queimaduras. No verão, se desdobram para atender à clientela exigente que não gosta de esperar e só aceita acarajé bem quentinho.

Micro-empresárias intuitivas, a maioria das baianas trabalha todos os dias da semana, empregando filhos, amigos, vizinhos e sustentando toda a família. No começo, a atividade estava restrita às filhas de Iansã e Xangô, mas o acarajé se popularizou tanto, que começaram a surgir baianas de todas as religiões e passou a ser vendido também em lojas, bares, delicatessens, restaurantes caros e supermercados. Com o crescimento enorme do número de tabuleiros, surgiram também baianas de primeira viagem, que, despreparadas, oferecem produtos de má qualidade. A atividade foi regulamentada por decreto municipal em 1998, definindo normas para a indumentária, tabuleiro e localização. Em 2002, a divulgação de uma pesquisa comprovando a falta de higiene no preparo de alguns acarajés deflagrou uma nova onda de iniciativas que buscam melhorar a qualidade do produto. A implementação de cursos de capacitação, fiscalização e a concessão de empréstimos para que as baianas possam modernização suas cozinhas passaram a ser assuntos prioritários para prefeituras e associações. Reconhecido como patrimônio cultural de Salvador, pelos vereadores, o ofício das baianas de acarajé foi reconhecido, em 2005, como patrimônio cultural imaterial do Brasil pelo Instituto do Patrimônio Histórico e Artístico Nacional (Iphan)

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Mas, na verdade, o akará de Iansã está acima de todas as polêmicas e interesses mundanos. Ele é um alimento místico, artesanal, que só é saboroso se for feito com rigor. Um prato cheio de segredos que só podem ser desvendados após anos de observação paciente, cheia de riscos, porque envolve o fogo, o azeite fervente, o sucesso e o fracasso. Ser baiana é uma escolha difícil. Significa assumir o compromisso de ser incansável e ter coragem o tempo todo, assim como Iansã, a dona dos acarajés. É também tornar-se capaz de dar colorido e perfume às nossas comidas, tornando o nosso cotidiano bem mais saboroso.

ALIMENTO DO POVO

Sobre os balcões, caixotes e carrinhos de mão que percorrem a feira sem parar, se misturam o vermelho intenso das pimentas, o dourado do dendê viscoso e o verde escuro dos quiabos, pimentões e folhas. Por toda parte se vê também feijões e camarões. Muitos outros ingredientes das comidas dos homens e dos deuses podem ser encontrados nas barracas da feira de São Joaquim, por isso, é lá que quase todas baianas de acarajé de Salvador se abastecem. As pequenas e as grandes, as famosas e as anônimas. Mas saber chegar até esses temperos e frutos do mar e da terra é uma arte para poucos, pois não basta ter dinheiro: é preciso saber onde comprar, como escolher e negociar. Se não aprender esses segredos, o comprador não levará o melhor produto e ainda pode se perder numa das intermináveis vielas da feira misteriosa, sob o olhar divertido dos feirantes que, como bruxos, sabem de tudo que se passa nesse labirinto de cores, sons, sujeira, cheiros e sabores.

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No preparo da massa do acarajé e acompanhamentos, a busca pelo melhor começa na feira, mas vai muito além dela. Cada detalhe deve ser respeitado e é necessário vigilância constante para perceber os imprevistos –massa que azedou, dendê que não serve para a fritura- suspender as vendas e substituir o produto. “Ter qualidade é difícil, mas o prejuízo compensa. Se não ganhar hoje, ganha amanhã”, ensina Maria Francisca dos Santos, a dona Chica, que vendeu acarajés por 30 anos na Pituba.

Rei dos camarões


Para quem não conhece a feira, pode dar trabalho chegar até Jailton de Jesus da Pureza, 40 anos. Mas o esforço vale a pena, pois é lá, na “Casa Pureza”, rua cinco, quadra sete ou “rua do Camarão”, que se encontra alguns dos melhores litros de dendê, feijões e camarões da cidade. Jailton começou em Jaguaripe, onde nasceu e aprendeu a pescar o camarão e defumá-lo. Quando veio para Salvador há mais de 20 anos, começou as vendas no balaio, “depois aluguei um box, empacotava o camarão, botava no ônibus e ia vender de porta em porta no Bonfim. No sábado vendia no balaio, até que vi que dava pra me manter na feira”, relembra. Hoje, em sua barraca espaçosa, ele vende produtos selecionados que vêm de longe: “Os camarões são do Maranhão, Rio de Janeiro, Alagoas, Maragogipe, Nagé, Acupe, Valença. O dendê vem de Valença e Nazaré”.

Comprar bons produtos envolve dois quesitos: um bom fornecedor e um comprador que saiba escolher. O dendê, explica Jailton, tem os seus mistérios: “O povo pensa que é só ver bonito e comprar, mas não é. Tem dendê que presta pra moqueca, mas pode não servir pro acarajé. Se espumar quando esquentar, não serve”. No caso do camarão, a alma da comida baiana, o assunto é ainda mais delicado: “O produto tem que ser do dia, depois que chega aqui, só dura oito dias. Hoje não estão mais defumando o camarão devidamente, porque quanto menos defuma, mais ele pesa”. Com a sua experiência, Jailton se tornou o queridinho das baianas; por isso, para conseguir produtos da Casa Pureza é preciso ir cedo. No começo da tarde, muitas vezes, já não se encontra muita coisa à venda. Os grandes sacos abarrotados com camarões “filé” empilhados no fundo da barraca, certamente, já estarão reservados para alguma das suas clientes famosas: Cira, Dinha, Regina ou Neinha.

Padrão de qualidade

Saber comprar é importante, mas é só o início de um longo processo. Antigamente, se começava catando o feijão e quebrando os grãos, para depois colocar de molho, explica dona Chica. Hoje, o feijão fradinho do acarajé já é vendido partidinho, só que antes da trituração é preciso retirar toda a casca, num trabalho meticuloso que envolve deixar o feijão de molho na água e depois lavá-lo várias vezes, passando pela peneira, explica José Antonio Vieira, filho de dona Chica e um dos mais famosos baianos da cidade, ao lado de seu irmão Gregório Bastos, primeiro homem da família a assumir o tabuleiro. “Lavar o feijão é a parte mais pesada”, explica Zé, que começou pequeno junto com os irmãos, a ajudar a mãe no preparo do bolinho. Gregório também lembra que só saía pra jogar bola se antes fizesse o amigo prometer que, na volta, ajudaria a lavar o feijão.

Lavado e sem casca, chega a hora de triturar os grãos, em moinhos elétricos que se compra na feira ou lojas populares. Então é hora de bater bastante a massa com colher de madeira e depois acrescentar sal e cebola ralada. Aí, é fritar pequenas porções no dendê bem quente. Como a massa está crua, é preciso ter cuidado para que não azede com o calor, recomenda Zé. Exigentes, Dona Chica, Cira e Dinha contam que, para garantir a qualidade, acompanham todas as etapas de perto. “Nunca confiei em ninguém, sempre fiz tudo”, diz Dona Chica, que hoje só faz acarajés em casa, por distração. Cira vai com freqüência na feira escolher os ingredientes, “senão vem mercadoria ruim”, enquanto Dinha até desistiu de manter suas franquias em Brasília e Rio de Janeiro: “Acarajé é comida caseira, não dá pra industrializar, tem que ser feita todo dia”. Com a experiência, cada uma desenvolveu suas técnicas para zelar pela reputação: “Cansei de parar de assar e voltar pra casa, porque o azeite não estava bom. Também joguei panelas inteiras de massa no lixo, porque tinha algum problema”, conta dona Chica, cujo exemplo é seguido pelos filhos. Cira, não satisfeita em usar o mais caro camarão da cidade, também os lava, cozinha e tempera. Já Dinha, no restaurante que construiu no coração do Rio Vermelho, usa fogareiros e panelas de aço para manter tudo aquecido.

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Alimento sagrado


Tanto rigor não é à toa, pois o acarajé é um alimento sagrado, para o corpo e o espírito. No passado, para montar um tabuleiro e ir vender na rua era preciso ser filha de Iansã ou Xangô e ser designada pelos orixás para cumprir essa missão. Na África, explica Pierre Verger em seu livro Orixás, Oiá, também chamada de Iansã, é a divindade dos ventos, tempestades e do rio Níger, que se chama Odò Oya, em iorubá. Conta a lenda que, após se separar de Ogum e se unir a Xangô, Iansã foi enviada pelo segundo marido à terra dos baribas em busca de um preparado que, ingerido, lhe daria o poder de lançar fogo e chamas pela boca. Ousada, Iansã provou do líquido, tornando-se também capaz de cuspir fogo, conta Verger. É por isso que, para homenagear esses deuses, os africanos fazem cerimônias com o fogo, como o ajere, onde um iniciado carrega na cabeça uma jarra cheia de furos com fogo dentro ou o àkàrà, onde os iniciados engolem mechas de algodão embebidas em azeite-de-dendê em combustão, narra Verger.

Filhas de Oxum vendem cocadas; filhas de Nanã, mingaus, filhas de Oxossi vendem frutas e filhas de Iansã e Xangô, acarajés, explica a cachoeirana Ivone do Carmo, que vende acarajés ao lado da igreja do Bonfim há 44 anos.
-Quando tinha 12 anos, fui num terreiro perto da minha casa, no Pau Miúdo, procurar emprego. Tomei a benção, peguei a conversar e perguntei se precisavam de empregada. Veio a mãe de santo, Maria do Socorro, e disse que eu não ia ser empregada não, que ia ser do terreiro, porque ela tinha sonhado com uma senhora dando uma menina a ela. Ela terminou de me criar e me iniciou. Eu tomava conta de tudo. Foi lá que eu aprendi a fazer os acarás dele, compridinhos, e os dela, bem redondinhos. Fazia pra comida, pra vender do lado do barracão e repartir no candomblé. Ainda mocinha vim morar no Bonfim e aqui eu tive um sonho com Iansã me dizendo: ‘Ivone, você vai ser baiana, a baiana mais famosa da Bahia’.Obediente, essa filha de Xangô não pestanejou e, até hoje, mantém no alto da colina sagrada o seu tabuleiro, que é também o local de encontro com uma legião de amigos e filhos de consideração que ela arranjou em todos esses anos em que enfrentou os perigos da rua, o vento, o sol e a chuva, para alimentar o povo baiano com o acará africano.

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RECEITA AFRICANA

São apenas 9h de uma manhã de quarta-feira e o largo do Pelourinho já está tomado pela multidão que transborda do templo azul e dourado erguido pelos escravos, a Igreja do Rosário dos Pretos. Nas saias, blusas, calças e adereços, todos os tons de vermelho e branco, para homenagear Iansã. Enquanto desce apressada a ladeira em direção à missa, a mulher comenta:-Devo tudo que tenho a ela, meu apartamento, meu carro. Ave Maria, graças a Deus sou filha de Iansã. A amiga, orgulhosa, responde:-Eu também, sou filha de Xangô.A missa já está perto do final, quando Iansã resolve mostrar a sua presença: nuvens negras surgem de repente e pingos grossos desabam sobre o povo, abençoando-o.-Já estava até demorando, porque no dia dela sempre tem trovoada- explica uma senhora.Na Bahia, todos os anos é assim: quatro de dezembro é dia de homenagear a santa do manto vermelho e a orixá dos ventos e das tempestades, dia em que tem emoção, chuva, procissão, música e muito acarajé.

Essa mistura de fé e comida é uma história antiga que começou na África, prosseguiu no Brasil e perdura até hoje, porque as comidas que os africanos faziam para oferecer aos seus deuses caíram no gosto dos brasileiros e nunca mais deixaram de ocupar um lugar de honra em nosso cardápio. A semelhança é tão grande que um africano se sente em casa na Bahia. Como conta a empresária nigeriana Rasidat Lola Akanni, que mora há muitos anos no Brasil, quando quer relembrar o sabor do legítimo akará da sua terra, bem crocante, ela não precisa fazê-lo em casa, apenas vai ao tabuleiro de uma certa baiana.

Comer akará


Na África, o nosso abará se chama moìn-moìn. “É uma massa de feijão fradinho bem lavado e temperado com cebola, pimentão, tomate, gengibre e dendê. Depois a gente coloca camarão e ovo cozido dentro e cozinha na água enrolado na folha da bananeira”, explica Rasidat. Como é considerado um alimento leve, ele é comido “de manhã, junto com o mingau”. O caruru tem quiabos, dendê, pimenta, camarão e carne ou peixe: “A gente come na hora do almoço, junto com amalá, uma bola de massa feita no fogo com farinha de inhame seco e água”. Já o akará, é “a massa de feijão moída com temperos como pimentão, cebola, pimenta e quando vai fritar coloca camarão ou peixe dentro. A gente come qualquer hora, em qualquer lugar, é uma merenda. Lá, vende akará na rua, na feira, no restaurante, as mulheres ficam sentadas fritando e servindo, como aqui”, conta a nigeriana, que também entende de comida e prepara banquetes africanos por encomenda.

Segundo o antropólogo Vivaldo da Costa Lima, a palavra acarajé pode ser uma versão reduzida do pregão cantado pelas antigas vendedoras ambulantes. Na sua música "A preta do acarajé", Dorival Caymmi reproduziu livremente um deles: “O akará jé ecó olailai ô”. Pregão que era um convite aos fregueses para virem comer () a sua iguaria (akará). Em cada grupo étnico iorubá o acará era feito de certa forma, explica Costa Lima: akarakere bem pequeno entre os egbá, acarájexá bem maior, entre os ijexá. Na Bahia, aos poucos, se definiu um tamanho médio para a venda ao público. O que não mudou foi o desabafo que Caymmi ouvia da baiana e registrou em sua canção: “Todo mundo gosta de acarajé, mas o trabalho que dá pra fazer é que é”.

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Enfeitiçando o paladar
Muitos dos ingredientes e receitas vieram da África, mas foi na cozinha das nossas casas-grandes e senzalas que surgiu a culinária afro-baiana, tendo como elementos centrais o dendê africano, a pimenta sul-americana e o côco da Índia. Como lembra Luis da Câmara Cascudo, em seu texto A cozinha africana no Brasil, escravos iorubanos foram levados para muitos lugares, mas somente aqui a culinária africana se aprimorou e difundiu tanto. A explicação, propõe ele, é que “no Brasil, a presença da preta na cozinha classificava-se como indispensável e regular”, o que não ocorria em outros locais, onde havia até quem condenasse a colaboração das escravas na cozinha. De fato, ao se tornarem responsáveis pela alimentação das famílias, essas mulheres recebiam um fardo e um poder, o de recriar receitas, acrescentar ingredientes, fundir costumes africanos com portugueses e indígenas.

No começo do século XVII, a palmeira africana da qual se extrai o azeite de dendê foi introduzida no Brasil, explica Costa Lima. Com a chegada desse e outros ingredientes, sabe-se que, no mínimo, em fins do século XVIII, além de degustados nas residências, os pratos africanos já eram comumente vendidos nas ruas. É de 1802 uma carta do professor de grego Vilhena queixando-se da venda a pregão, pelas escravas de ganho, de mocotós, carurus, vatapás, mingaus, acaçás, acarajés, entre outras “couzas (sic) insignificantes e vis”. Segundo Costa Lima, desde essa época, os tabuleiros das baianas já alimentavam a preço acessível a população subempregada e pobre da cidade com seus quitutes deliciosos. Com essa venda nas ruas a serviço dos patrões, muitas chegaram a reunir quantia suficiente para comprar a própria liberdade.

Também no final do século XVIII acontecia na Bahia um fenômeno importante para o desenvolvimento da culinária: “Começa a se organizar em comunidades estruturadas o sistema religioso dos escravos de origem nagô e iorubá”, como explica Costa Lima. Onde havia orixás, havia sacrifícios e oferendas de alimento, pois é assim que os africanos dialogam com seus orixás: fazem seus pratos prediletos, colocam um pouco em frente ao altar e repartem o resto entre os homens após as cerimônias (ajeum). “Nesse tempo foram recriadas muitas das comidas cotidianas dos homens e dos santos. Pois que os santos comem o que os homens comem”, explica o antropólogo. Foi também por isso que receitas tão antigas e que vieram de tão longe nunca foram esquecidas. Como esquecer o ebô de Oxalá, o doboru de Obaluaê, o omolucum de Oxum ou o acará de Iansã?

Nessa época, onde as panelas eram de barro, o fogão, à lenha, e não havia eletrodomésticos, o feijão do acarajé era moído segundo a técnica africana, na pedra de ralar: “Mede cinqüenta centímetros de comprimento por vinte e três de largura, tendo cerca de dez centímetros de altura. A face plana em vez de lisa, é ligeiramente picada por canteiro, de modo a torná-la porosa ou crespa. Um rolo de forma cilíndrica, da mesma pedra, impelido para frente e para trás, sobre a pedra, na atitude de quem mói, tritura facilmente o milho, o feijão, o arroz”, explicou Manuel Querino em seu texto A arte culinária na Bahia, de 1916. Segundo Costa Lima, Querino, que também dá a receita completa do bolinho africano, é autor da primeira descrição etnográfica do acarajé.

Nos terreiros mais tradicionais, até hoje se mantém o hábito de usar a pedra de ralar, pelo menos no preparo do alimento para os santos. A baiana Ivone do Carmo, que alcançou esse tempo, conta que o ato de moer na pedra servia também como uma espécie de treinamento corporal para o momento do transe. “Tinha que passar o feijão na pedra pra dar o ‘gincar’ no ombro, pra quando o santo pegar a gente, tremer bem o ombro. Hoje o santo é cá embaixo, é um remelexo danado. Naquele tempo era no ombro. A não ser quando é Iansã que pega, porque aí tem que remexer tudo mesmo. Misericórdia! Solta tudo, solta as frangas. É bonito de ver”, diz ela, que sabe muito bem que cozinha e magia se misturam. Antes de sair para fazer as vendas, ela se protege: “Na porta da minha casa coloco minhas farofas de mel pra chamar prosperidade, farofa branca, farofa vermelha. Posso levar também uma água de alfazema ou água com mel pra jogar no ponto”.

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VIDA DE BAIANA

Para ela, o dia começa cedo, às 6 horas da manhã. Não demora muito e já está na cozinha, separando os ingredientes. Os ajudantes vão chegando -filhos, vizinhos, parentes-, e a labuta começa. Depois de cinco horas de trabalho duro, está tudo pronto: abará, vatapá, pimenta, camarões, salada, passarinha, massa do acarajé, do bolinho de estudante e outras iguarias. Então, é hora de se aprontar impecavelmente, para agradar os fregueses: longa saia rodada, bata de rendas, torço e colares. Mas, para que a venda seja boa, pois toda a família depende disso, é preciso também pedir ajuda ao invisível: água, cachaça e farofa são despachadas na porta de casa, em homenagem à força que domina as ruas e pequenas porções dos alimentos vão para os altares caseiros. Quando chega ao local da venda, ela também lança na rua três pequenos acarajés, que abrem os caminhos e, sobre o tabuleiro, dispõe plantas como espada-de-Ogum e arruda, figas, contas, fitas, imagens e moedas, completando a proteção. A vida da baiana é assim, cheia de disciplina e rituais. E foi assim, com todo esse rigor, que essas mulheres sem instrução, mas cheias de espírito de liderança, competência e iniciativa, conseguiram se tornar as mais bem sucedidas empresárias do povo.

O tabuleiro passou por muitas transformações em todos esses séculos. Antes era ambulante, transportado sobre a cabeça da baiana que trazia os bolinhos fritos de casa e os vendia frios, acompanhados só com pimenta. No final dos anos 40, elas começaram a se fixar em pontos estratégicos diminuindo o peso no deslocamento, mas aumentando e muito a quantidade de apetrechos: fogareiro, tacho para o azeite, panelona para bater a massa, balaio com as comidas, além do tabuleiro de madeira. Sentadas por anos a fio no mesmo lugar, atendendo seus fregueses com simpatia e qualidade, elas ganharam fama. Em seu livro Bahia de Todos os Santos, Jorge Amado fala de Vitorina, que fritava seus acarajés na porta do bar Anjo Azul, na rua do Cabeça, de Damásia da Conceição, em frente à Escola de Belas Artes, de Quitéria de Brito, na Baixa dos Sapateiros e de Romélia, mulher de mestre Pastinha, que vendia acarajés no largo do Pelourinho. E para a sobremesa, era só ir até Odília, em frente à Alfândega, onde estavam as melhores cocadas. Boas negociantes, elas souberam se adaptar às mudanças sempre buscando locais movimentados. Salvador cresceu para o norte, por isso elas também seguiram o rumo de Yemanjá.

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Nome bem falado
Há 60 anos atrás, havia duas baianas no Rio Vermelho: Ubaldina, no largo de Santana e Bolinha, na Mariquita. Com a perda da mãe, aos cinco anos, a pequena Lindinalva foi morar com a avó Ubaldina e passou a ajudá-la. Aos sete já sabia cozinhar e despachar os fregueses. Aos dez, a avó ficou doente e ela teve que assumir o ponto sozinha, de onde nunca mais saiu. Em 44 anos de acarajé o seu nome se tornou uma marca de sucesso, conhecida nacionalmente: Dinha. Hoje, além do ponto, é dona de um restaurante no mesmo largo. Segundo Dinha -que não pára de trabalhar, vive com a agenda lotada e já chegou a sustentar 46 pessoas com os seus acarajés-, foram três os fatores que a ajudaram: “Sou muitíssimo exigente”, confessa ela, que lidera uma equipe disciplinada a quem ensina que “o cliente sempre tem razão”. As amizades também foram importantes: “Conheci muita gente aqui: doutor Sócrates, doutor Diocleciano, doutor Wilson Lins, Jorge Amado. Desde quando Nizan começou na publicidade foi me ajudando. Conheci Gil, Caetano, Oliveto”, conta ela, que chega a preparar quatro buffets por dia. E, além de tudo, “foi Deus quem me iluminou e me ajudou a crescer, mesmo sem escolaridade. Hoje quero meus filhos preparados. Todos fizeram faculdade, mas voltaram pro acarajé. Uma assumiu o ponto e o outro é gerente do restaurante”, relata, orgulhosa.

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Um pouco mais à frente, na Pituba, encontra-se o tabuleiro da família de Dona Chica. De trabalho, Maria Francisca dos Santos ou dona Chica, entende. Com nove filhos para criar, ela se virava como podia. Vendia bananas e um dia arriscou montar uma barraca na festa da Pituba. Teve prejuízo, mas lá conheceu uma barraqueira que se ofereceu para ensiná-la a fazer acarajés. O primeiro ponto foi na praia do Jardim dos Namorados há 30 anos. De lá, seguiu para a avenida Manoel Dias da Silva sempre com os seus auxiliares: os nove filhos e filhas que estudavam num turno e no outro a ajudavam. Vendendo o seu acarajé barato e delicioso, Chica foi cativando os moradores do bairro, admirados com seus quitutes e sua integridade. “Doutor Avena atendia os meninos e já dava o remédio. Dona Maria Tavares mandava chamar os meninos pra almoçar. Tinha dia quando a fila estava grande, que Tica, uma branca, vinha me ajudar a despachar”, relembra ela, citando alguns amigos. Em seu modesto tabuleiro, Chica conheceu também gerentes de banco, advogados e políticos como Paulo Souto, Otto Alencar, João Durval, Antonio Carlos Magalhães, Roberto Santos e Manoel Castro. Amigos influentes que a ajudaram com empréstimos, empregos e a continuar no ponto, de onde tentaram tirá-la duas vezes. Era respeitada também pelos moleques do bairro, que a chamavam de mãe. Seguindo o exemplo da mãe lutadora, todos os filhos prosperaram, alguns frequentaram universidade e quatro deles ingressaram no ramo do acarajé, como empresários bem sucedidos: Gregório, Zé, Agnaldo e Gegê.

E, seguindo ainda o curso do mar, lá onde Salvador termina, encontra-se outro antigo e famoso tabuleiro, o de Jaciara de Jesus Santos, 48 anos, mais conhecida como Cira. Nascida e criada em Itapuã, ela conta que faz tudo até hoje como aprendeu com a mãe, dona Odete, que aprendeu “com uma senhora muito antiga daqui, dona Sorazinha”. Quando tinha 17 anos sua mãe faleceu, lhe deixando o ponto, uma panela pequena e um fogão de abanar. “Naquele tempo o acarajé era só com pimenta, depois é que fui botando mais coisas”. Ao redor do seu tabuleiro que fica num quiosque espaçoso, foram surgindo barracas, bares, casas e shopping. Hoje, com uma clientela gigantesca, ela explica que sua fama cresceu aos poucos: “O que me ajudou foi o boca a boca. Só depois que meu nome já era bem falado é que foi parar no jornal”. Meia dúzia de moças com guarda-pó branco atendem os fregueses, mas ao todo são 25 pessoas trabalhando para Cira, que tem cinco filhos e mantém outro ponto no Rio Vermelho, comandado pela filha Jussara. Ao contrário da maioria das baianas, ela não gosta de fazer eventos, “desgasta muito”, preferindo se concentrar no seu produto, que vigia de perto: “Nunca mudei a qualidade, por isso nunca caí”. Com tanto trabalho, Cira quase não tem tempo para outras coisas: “De vez em quando dou uma olhada na tv ou vou na praia, mas é difícil”, conta ela, que, vaidosa, se diverte mesmo é com sua coleção de roupas de baiana e suas jóias. Sua outra paixão, é claro, são os acarajés, que degusta todos os dias.

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TABULEIRO FAMILIAR

Eles começam em casa, aprendendo a catar o camarão e lavar o feijão. Depois ajudam a carregar o balaio, o tabuleiro e atender os clientes. Chegar perto da massa é outro estágio e fritar os bolinhos, então, só para quem já entende muito do ramo, pois é preciso muita observação para ser capaz de perceber quando o azeite atinge a temperatura certa ou identificar a qualidade do dendê apenas pelo cheiro. Após anos de treino, chega finalmente a hora do aprendiz tomar a sua decisão: procurar outra ocupação ou assumir um tabuleiro. A decisão é séria, pois envolve trabalho duro de domingo a domingo, comprar o traje especial, se cadastrar, pagar taxas e encarar todos os tipos de clientes. Apesar dos riscos, a opção pelo tabuleiro tem sido cada vez mais freqüente, entre mulheres e homens de várias faixas etárias, níveis de escolaridade e religiões. O motivo é simples: barato, nutritivo e delicioso, o acarajé não sai de moda, é um sucesso.

Tentando aumentar os lucros ou apenas garantir o pão nosso de cada dia, os tabuleiros se proliferaram muito nos últimos anos, trazendo novidades. Surgiram polêmicas, como entre Dinha e Regina, em 1998, disputando o movimentado largo de Santana; apareceram os “baianos” de acarajé, sob protesto dos mais ortodoxos e foi criado o acarajé de soja, feito por Nira, em Camaçari. Até evangélicos ingressaram no ramo, como Deny Costa, a Loura do Horto Florestal, apontada como dona do melhor acarajé numa pesquisa feita pela internet. O acarajé passou a ser encontrado também em lojas, delicatessens, bares e ampliou o seu espaço nas prateleiras dos supermercados, onde é vendido em caixinhas. Para disciplinar tudo isso, associações, prefeituras e governo começaram a dedicar atenção especial ao tema. O decreto municipal 12.175/1998 e portarias subseqüentes regulamentam a profissão, padronizam indumentária, tabuleiro, definem a distância mínima de 50 metros entre as baianas e outros detalhes. Vieram também os cursos, apoio financeiro e fiscalização.

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Baianos de acarajé
Quem o conhece como professor de educação física com mestrado em Educação da Universidade Federal da Bahia (Ufba), nem desconfia, mas José Antonio Vieira, é o mesmo Zé que, há mais de 10 anos, assumiu um tabuleiro num shopping de Piatã e hoje já possui mais dois pontos: um no Cidadela e outro de acarajé a quilo. O pioneiro foi o seu irmão, Gregório Bastos, 41 anos. “Estava casado, sem emprego, então comecei no ponto de minha mãe (Dona Chica), que dava a sexta para mim, até que resolvi botar um ponto meu”, conta Gregório, que foi da Marinha. Ele passou um ano a procura do local, inclusive em outras capitais do Nordeste, quando obteve sinal positivo num grande shopping de Salvador: “A única exigência era colocar uma baiana pra vender, porque homem não vendia naquela época. Fui usando o jogo de cintura: de vez em quando assumia o tabuleiro, dizia que a baiana tinha pedido demissão, que ia arranjar outra, até que passou a tv, fez uma matéria comigo e eles viram que eu podia ser o garoto-propaganda do shopping e passaram a cobrar a minha presença”. Na época, houve rejeição das associações e não foi fácil garantir o direito de um homem também vender acarajés, mas a competência de Gregório acabou falando mais alto. Para Zé, a história foi parecida: já tinha aprendido tudo com a mãe, em cujo tabuleiro começou a se exercitar como “baiano” e também optou pela venda em shopping. Para ele que é funcionário público e foi sócio de uma empresa, o tabuleiro terminou sendo a opção mais rentável. Com nove funcionários que se dividem entre a fabricação e venda dos bolinhos, Zé não pára de crescer. Seguindo o exemplo do irmão, criou também um ponto de venda de acarajé a quilo, na Estrada do Coco, e trabalha muito com eventos. Assim como a mãe e o irmão, é cheio de clientes famosos, como artistas e políticos, que fazem questão da sua presença, pois os dois temperos básicos do acarajé são a pimenta e a conversa com o vendedor. Casado e com filhos, ele acorda antes das 6h e trabalha de domingo a domingo para gerenciar tantas atividades ao mesmo tempo. Gentil e tranqüilo, enquanto cumprimenta os clientes ou atende mais uma ligação no celular, conta que a sua principal preocupação é com a qualidade: “Chegamos a um nível em que a gente não pode deixar cair”.

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Negócio lucrativo
No ramo do acarajé não existe sorte, o sucesso é fruto de muito trabalho, por isso, só permanecem os fortes. Sérias, objetivas, elas têm gestos precisos e sempre estão alertas a tudo que se passa à sua volta. Qualquer descuido pode significar uma queimadura grave, passar troco errado, azedar um alimento. Apontada por muitos como dona do melhor tabuleiro do centro da cidade, Neinha já ocupa há mais de 25 anos o seu ponto nas Mercês. Ela diz que “queria outra coisa na vida”, mas não teve opção, por isso seguiu a tradição iniciada pela avó, que vendia acarajés na porta de casa, na Liberdade. Suas quatro irmãs também vendem acarajé, mas as duas filhas não se interessam pelo ramo. A candidata a sucessora, por enquanto, parece ser a netinha, “que já pega na colher, ajuda e diz que ser baiana”, conta Neinha.

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Apesar da pouca idade -28 anos- Lucélia Santos ou “Neguinha” é uma lutadora experiente: começou há 18 anos ajudando a mãe, sempre no ponto em frente ao Farol da Barra. “No início tinha uma vergonha danada, hoje não troco minha profissão por nada. É bem melhor do que ficar em cozinha de branco ou tomar conta de criança dos outros”, diz ela. Para vender os acarajés, Lucélia e a mãe criaram um método engenhoso: “Ela mora em São Caetano e faz tudo em casa. Meu pai vem pra cá vender coco e traz a cesta. Eu moro em Plataforma e venho vender. Fico aqui até 10h da noite e mando a cesta por ele”. Rindo, ela diz que o tabuleiro foi sua única opção porque não gosta de estudar, mas atende tantos fregueses estrangeiros que já está decidida a aprender inglês para se aprimorar na sua profissão que, segundo ela, tem como principal qualidade proporcionar “dinheiro na hora, ao vivo”. Tanto que, com os acarajés, ela ganha mais que o marido.

Cozinha de rua
Como empresas familiares que são, cada tabuleiro tem as suas regras. Alguns empregam membros da família que podem ter o direito de assumir o tabuleiro em dias de menor movimento. Outros chegam a garantir o sustento de dezenas de pessoas geralmente remuneradas como diaristas, com valor fixo, independente da quantidade que vendem e sem carteira assinada. O caminho natural é buscar a independência como no caso de Tania Fernandes, que trabalha para Regina, no ponto do Rio Vermelho. Agora que conhece bem todos os segredos do ramo ela quer ter seu próprio ponto: “Vou pra São Paulo, os clientes vivem pedindo. Lá eles fazem acarajé de mandioca”. Fugindo do desemprego ou apostando na venda do acarajé como uma lucrativa fonte de renda, somente em Salvador são cerca de 2.800 baianas e baianos registrados na Associação das Baianas de Acarajé e Mingau Receptivos e Similares da Bahia (ABAM), que divide com a Federação Baiana dos Cultos Afro-brasileiros (Febacab) a responsabilidade pelo cadastramento. Montar uma cozinha no meio da rua, entretanto, é uma tarefa difícil que nem todos desempenham bem. A comprovação veio em fevereiro de 2002 no auge do verão baiano, com a divulgação nacional pela tv de uma pesquisa da Ufba que detectou altos índices de coliformes fecais em amostras de acarajés coletadas em Salvador. Instalou-se uma crise com redução de até 30% nas vendas. O susto passou, mas ficou nítida a importância de profissionalizar o setor. A partir daí intensificaram-se iniciativas que envolvem Abam, Febacab, governo, prefeituras, Sebrae, Sesc/Senac, universidades, Vigilância Sanitária e bancos. Assim como ocorre em Camaçari, em Salvador foi criado um curso de capacitação sobre higiene na manipulação de alimentos para as baianas. A segunda etapa foi visitoriar as cozinhas e depois conceder selo de qualidade e linhas de crédito de até R$ 8 mil para reformar cozinhas, tabuleiros e indumentárias. Apesar de mal sinalizado, o Memorial das Baianas é bem localizado no Belvedere da Sé, centro histórico de Salvador. Depois de visitar a exposição permanente com objetos, indumentárias e apetrechos culinários do passado e do presente, o visitante atento encontra a discreta sala onde trabalha a diretoria da Abam. Em uma mesa, a presidente Maria Leda Marques. Em outra a vice, Rita Santos. Enquanto folheiam a pasta que reúne documentos, recortes, convites e ofícios, vão relembrando das batalhas vencidas, homenagens, parceiros, projetos e falam dos próximos desafios. Ali não há tabuleiro com acarajé fritando, ainda assim amigos e conhecidos também aparecem com freqüência para um dedo de prosa ou pedir uma ajuda. Orgulhosa da força das mulheres que representa, Leda não poupa elogio às baianas mas não deixa o interlocutor sair iludido. Para ela as baianas precisam, sim, de apoio: treinamento, informação, equipamentos melhores, por isso o seu trabalho nunca termina. Antes de se despedir do visitante, já do lado de fora, uma parada no mirante de onde se avista a Baía de Todos os Santos, os sobrados em ruínas e velhos edifícios do bairro do Comércio. Leda então se lembra de como tudo começou. Fala das escravas, das ganhadeiras mercado seus produtos pelas ruas, dos primeiros tabuleiros e, com um olhar emocionado, diz que as baianas ainda sonham em conquistar, sim, muito mais respeito.

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Dicas

“Moer o feijão bem fino para o abará e deixar a massa mais grossa para o acarajé, senão ele não fica crocante” (Cira)

“Se o azeite estiver muito frio, encharca o acarajé. Se estiver muito quente, frita por cima e não cozinha por dentro” (Zé Antonio)

“Quando estiver subindo fumaça coloca o acarajé e abaixa o fogo. Se estiver quente demais, coloca um pouco de azeite frio” (Tania)