Rashomon. No sólo una excelente película sino un estupendo cuento.















Rashomon
[Cuento. Texto completo] Ryonusuke Akutagawa

Era un frío atardecer. Bajo Rashomon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashomon en la Avenida Sujaltu, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa1 o nobles con el momiebosh2, podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashomon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.

En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.

Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha.

Como decía, el sirviente estaba esperando que cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto.

Por eso, quizás, hubiera sido mejor aclarar: “el sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir". Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido notablemente el sentimentalismo de este sirviente de la época Heian.

Habiendo comenzado a llover a mediodía, todavía continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la manera de obrar frente a ese inexorable destino que tanto lo deprimía, el sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la Avenida Sujaku.

La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos, para descargarlo estrepitosamente sobre Rashomon, como envolviéndolo. Alzando la vista, en el cielo oscuro se veía una pesada nube suspendida en el borde de una teja inclinada.

"Para escapar a esta maldita suerte -pensó el sirviente- no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo, pues si empezara a pensar sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro. Pero si no elijo..."

Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea, había llegado por fin a este punto. Pero ese "si no elijo..." quedó fijo en su mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir "si no..." demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente: "no me queda otro remedio que convertirme en ladrón".

Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía aflorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido.

Con la cabeza metida entre los hombros paseó la mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde nadie lo molestara.

El sirviente descubrió otra escalera ancha, también laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podría molestar, excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su espada de la vaina sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con sandalias sobre el primer peldaño.

Minutos después, en mitad de la amplia escalera que conducía a la torre de Rashomon, un hombre acurrucado como un gato, con la respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente de la torre brillaba en la mejilla del hombre; una mejilla que bajo la corta barba descubría un grano colorado, purulento. El hombre, es decir el sirviente, había pensado que dentro de la torre sólo hallaría cadáveres; pero subiendo dos o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro. Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo espectral en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería esa luz en Rashomon, en una noche de lluvia como aquélla?

Silencioso como un lagarto, el sirviente se arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior de la torre.

Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros, el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la sombra en los restantes miembros.

Unos con la boca abierta, otros con los brazos extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna vez.

El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba inclinado sobre los cadáveres.

Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera parecía una mujer.

Poseído más por el horror que por la curiosidad, el sirviente contuvo la respiración por un instante, sintiendo que se le erizaban los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas del piso, y sosteniendo con una mano la cabeza que había estado mirando, con la otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse fácilmente.

A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio -pronto lo comprobó- no iba dirigido sólo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizase “el mal", por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón -el problema que él mismo se había planteado hacía unos instantes- no habría vacilado en elegir la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que la vieja había clavado en el piso.

Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar de las cabelleras a los muertos de Rashomon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón.

Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó con agilidad desde su escondite; con la mano en su espada, en una zancada se plantó ante la vieja. Ésta se volvió aterrada, y al ver al hombre retrocedió bruscamente, tambaleándose.

-¡Adónde vas, vieja infeliz! -gritó cerrándole el paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres.

La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia:

-¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; si no, hablará esto por mí.

Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su espada y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitadas. Al verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y suavizando algo la voz, le dijo:

-Escucha. No soy ningún funcionario imperial. Soy un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso no tengo ningún interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es saber qué estabas haciendo aquí hace un momento.

La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolentos que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente:

-Yo, sacaba los cabellos... sacaba los cabellos... para hacer pelucas...

Ante una respuesta tan simple y mediocre el sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia lo invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz sorda y ronca:

-Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos puede parecerle horrible; pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría.

Mientras tanto el sirviente había guardado su espada, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja. El sirviente no sólo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento.

-¿Estás segura de lo que dices? -preguntó en tono malicioso y burlón.

De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia ella y tomándola por el cuello le dijo con rudeza:

-Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre.

Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y como ella tratara de impedirlo aferrándosele a las piernas, de un puntapié la arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.

Un momento después la vieja, que había estado tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara.

Abajo, sólo la noche negra y muda.

Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe.

FIN
1. Sombrero antiguo para dama, de paja o tela laqueada, según la clase social. Designa a la dama que emplea dicho sombrero.
2. Antiguo gorro empleado por los nobles y samurais. Designa a los nobles o samurais que llevan dicho gorro.

Pero ¿habrá realmente apertura?


LA HABANA (Reuters).- Fidel Castro volvió a la carga para aclararle a Estados Unidos que su renuncia después de casi medio siglo en el poder representa el fin de una etapa en Cuba, pero no de su sistema socialista.

En el primer texto publicado desde su retiro, Castro, de 81 años, rechazó los comentarios del presidente George W. Bush y de los precandidatos a sucederlo en la Casa Blanca de que su salida del poder despeje el camino para un "cambio democrático".

"Estoy de acuerdo, ¡Cambio!, pero en Estados Unidos. Cuba cambió hace rato y seguirá su rumbo dialéctico", escribió Castro en un ensayo publicado por Granma , diario del Partido Comunista.

Castro se despidió el martes del poder. No aparece en público desde que enfermó y transfirió el mando a su hermano Raúl Castro hace un año y medio. El enfrentamiento con Estados Unidos marcó su vida política desde su revolución de 1959. Un total de diez gobiernos estadounidenses intentaron terminar con el sistema socialista levantado por Castro a sólo 150 kilómetros de Estados Unidos.

Washington aplica desde hace más de 45 años un embargo comercial contra Cuba, reforzado por Bush.

Las aves, mensajeras de Ìyá mi Òsòòrònga, acompañaron a Jonathan en su último vuelo

Si nos causa dolor la pérdida de un ser querido que se acerca a la edad de oro, más nos causa la de quien sólo asoma a la vida, como estos muchachos que fallecieran ayer en un vuelo de rutina de modo accidental. A sus compañeros -especialmente a Pablo, hijo carnal de la ìyá Mope Omolújémola- va mi abrazo.


El joven piloto y su instructor militar murieron al estrellarse el avión. La causa: una cigueña que impactó contra la cabina de la nave. Según la Fuerza Aérea, los tripulantes nada pudieron hacer para impedir el siniestro.

Hoy se realizó el sepelio en Durazno del alférez Jonathan Martínez Méndez, de 23 años. Mientras que el teniente aviador 2° Diego Silveira Lujambio, de 28 años, será enterrado hoy en Montevideo en el Cementerio del Norte. Martínez era un destacado jugador de fútbol. Precisamente, a causa de una lesión que tuvo el año pasado durante un partido, se había retrasado su entrenamiento en vuelo avanzado. De todos modos para su edad y formación contaba con suficientes horas de vuelo (160) y excelentes calificaciones. A las 9, cuando entró a la base aérea, saludó a su padre, un veterano sargento que trabaja allí desde hace años.
Lujambio llevaba dos años como instructor de vuelo y había completado 900 horas, además de una brillante foja de servicio. En pocos días más iba a contraer matrimonio. Ni la capacidad de uno ni la experiencia del otro pudieron evitar la tragedia. El avión Pilatus PC7 volaba a unos 300 kilómetros por hora y a una altura de 150 metros sobre el suelo cuando lo que el general del aire Enrique Bonelli definió como "un ave de gran porte" se estrelló contra el parabrisas de plexiglás de la cabina.

El vuelo que realizaban los dos jóvenes oficiales era parte de un programa de entrenamiento. Se trataba de un vuelo táctico que, partiendo de la base de Durazno, debía tocar las bases de Carrasco y Laguna del Sauce. Además del factor imprevisible que habría desencadenado el siniestro, el comandante se mostró escéptico en cuanto a la eliminación de los riesgos durante el entrenamiento militar. "No podemos en una instrucción para aviador militar eliminar los riesgos, lo que tratamos es de minimizarlos", sostuvo.

La zona donde ocurrió el siniestro está a unos 25 kilómetros de la capital de Durazno. La aeronave cayó en los campos del establecimiento agropecuario de los hermanos Robano, un predio de unas 450 hectáreas. El mismo se encuentra entre el río Yí y la barra del arroyo Maestre Campo, en lo que se conoce como el paraje San Borja. Una zona de montes indígenas, con franjas rocosas importantes. De todas formas, el área del siniestro es un terreno llano que desemboca en el Yí.

El protocolo de investigación que deben seguir los técnicos es riguroso. No obstante, y dados los restos del ave encontrados en el avión, casi no cabe dudas acerca de la causa. De todas formas la investigación seguirá las tres grandes líneas de rutina: determinar la situación del avión, establecer la situación meteorológica en el momento del hecho y el estado de salud de los tripulantes.

El País y EL PAÍS digital

Zé de Otolu asegura:

"É muito estúpido pensar que o dinheiro traz felicidade; é como pensar que os morangos trazem nata".

"Uma coisa fundamental na educação das crianças é de vez em quando pregar-lhes um valente estalo na cara quando são mal-educados.

"Os pais-bananas são patéticos, e as suas criancinhas um pavor..."

Movimiento Afro Cultural

A partir de su trabajo comunitario, el Movimiento Afro Cultural se propone la integración social de los afrodescendientes, reforzando sus lazos intergeneracionales y promoviendo los derechos de igualdad y pluralidad. Lamentablemente, el proceso de consolidación del Estado Nación argentino ha invisibilizado la otredad desde la perspectiva del hombre europeo, marginando y segregando a los inmigrantes e hijos de inmigrantes africanos y de pueblos originarios.

Por otra parte, el Movimiento ha contribuido con reconocidos investigadores de la cultura afro, y ha sido fuente incomparable de trabajos de investigación que reinvindican la actualización y puesta en valor de la cultura afro en el Río de la Plata. Prueba de ello es la publicación "Buenos Aires Negra" de la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos Aires, compilada por la Lic. Leticia Maronese, que reúne más de 20 trabajos presentados en las Jornadas Buenos Aires Negra. Memorias, representaciones y prácticas de la comunidad afro (2002) y las Jornadas de Patrimonio Cultural Afroargentino (2005), organizadas por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En especial, el Dr. Alejandro Frigerio (CONICET), remarca la variedad, la excelencia y el compromiso del Movimiento Afro Cultural con la cultura negra, y la implicancia de dicha cultura en el Río de la Plata.

Por último, queremos remarcar que las actividades realizadas por el Movimiento Afro Cultural pueden considerarse como Patrimonio Cultural Inmaterial del Río de la Plata. Según la "Convención para la salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial" (2003) convocada por la UNESCO en París y ratificado por la Argentina, se entiende por Patrimonio Cultural Inmaterial "los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas -junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes- que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural". Considerando que "los tratados con potencias extranjeras son ley suprema de la Nación" (Constitución Nacional, art. nº 31), el Estado debe salvaguardar el Patrimonio Inmaterial, tomando las medidas necesarias para garantizar la viabilidad del patrimonio cultural. Por tanto, las actividades de Movimiento Afro Cultural, que preservan, promocionan y valorizan el patrimonio inmaterial de la cultura afro en el Río de la Plata, debe ser protegido. Esta declaración tiene ese espíritu de defensa del patrimonio intangible."

Soneto de Ramón Paz

Te vas en un avión al Uruguay



te vas en un avión al uruguay
jugás al rancho allá en cabo polonio
sin agua sin tv sin matrimonio
con headphones escuchás jamiroquai
te curtís un hippón de barrio norte
de noche entre las piedras sin orgasmo
se te acaba la yerba el entusiasmo
buscás en la tiniebla el picaporte
no dormís por el asma de las olas
soñás que en las cortinas hay un hombre
te despertás ahogada con mi nombre
no querés operarte ya las lolas
me escribís y llorás quizá retorno
volvé que acá ramón está en el horno.

Ramón Paz nació en Buenos Aires en 1969. Entre otros títulos, publicó Pornosonetos (Editorial Eloísa Cartonera, 2003) y Pornosonetos II (Editorial Vox, 2005)

Sobre personas y cerdos

por Ricardo Gondim

Había una vez una pequeña ciudad llamada Gadara que era muy, muy pequeña. Gadara quedaba en la frontera entre dos países. Sólo había que cruzar la calle y del otro lado ya se hablaba una lengua extraña y se comía otro tipo de alimentos. La circulación de personas en esa frontera facilitaba no sólo el intercambio comercial, las relaciones entre los habitantes se desarrollaban cordialmente; los niños de los dos países crecían bilingües, pero además transculturales.

Un bello día, Jesús de Nazaret decidió visitar esa aldea olvidada. Subió a un barco y viajó el día entero para cruzar el lago que lo separaba del lugar donde vivía. Después de arribar a Gadara, un lunático, poseso por una legión de espíritus malignos, vino a su encuentro. El estado de este ciudadano anónimo era lamentable. Inmundo, vivía en tenebrosos cementerios. Nunca se supo acerca de sus familiares, sus traumas y heridas de la adolescencia o de sus perversiones morales. ¿Cómo llegó a corromperse tanto? Nadie lo sabía, y todos se conformaban con su decadencia. Se divulgaron versiones de su fuerza descomunal. Algunas veces estando encadenado se soltaba y resurgía para aterrorizar a los niños que, seguramente, volvían a contar y agrandar la historia del “monstruo de los sepulcros”. Durante la noche se escuchaban sus gritos. El gadareno quería ser libre; buscaba recuperar su vida, pero no lograba encontrarla. En la desesperación por arrancar de dentro del alma tanta degradación, desarrolló manías autodestructivas. Por la mañana, era común verlo mutilado por los cortes hechos con piedras.

Jesús dialogó con los demonios que lo poseían. En esa corta conversación, y para dejar al loco en paz, la legión de demonios tuvo de Cristo el permiso para poseer una manada de cerdos que pacían a la redonda. Cuando los demonios entraron en los cerdos, ellos se desesperaron y se precipitaron en un abismo.

Se cuenta que los que cuidaban a los cerdos huyeron. Al contar estos hechos en la ciudad, el pueblo fue a ver lo que había sucedido. La sorpresa fue absoluta. Todos fueron testigos: el hombre que había sido cautivo por una legión de demonios ahora estaba sentado, vestido y en perfecto juicio. La noticia corrió, y cuando los curiosos relataron lo que había sucedido al gadareno y a los cerdos, el pueblo de la ciudad se reunió para expulsar a Jesús de allí. No hubo caso: el Nazareno se vio obligado a retirarse del territorio.

¡Que extraño! Mientras un ser humano era destruido por fuerzas satánicas, nadie tomó ninguna previsión para rescatarlo. El Club de Leones no movilizó a los empresarios ricos para ayudar; los sacerdotes, pastores y rabinos serenaron a sus congregaciones con buenas explicaciones teológicas; los políticos prometieron acciones concretas para el próximo año fiscal; ninguna ONG se formó para disminuir su sufrimiento. El pobre mendigo seguía preso, esclavizado a fuerzas mayores que él. En el momento en que se constató el perjuicio financiero, se hizo necesaria la expulsión de Jesús. Él amenazaba el equilibrio económico de la región: “our life style cannot be theatened”, repetían.

Sin embargo, antes de partir, Jesús dejó una lección de moral a aquella comunidad judía (que desde su formación tenía prohibido el tocar, criar o comercializar cerdos): “¡Qué vergüenza, ustedes aprendieron a amar a un cerdo más de lo que aman a una persona!”.

Gadara es la metáfora del mundo. Las naciones siguen amando a los cerdos más de lo que aman a mujeres y hombres. Lógico, un caballo de raza vale más que un niño liberiano. Un anciano palestino no tiene la misma importancia que un caniche de Texas. No hay duda: las vacas lecheras inglesas son protegidas con más denuedo que las niñas usadas para el tráfico internacional de la pedofilia. Mientras los religiosos vociferas sus sermones más entusiastas, mientras los políticos alternan debates sobre el futuro de la humanidad, mientras los banqueros multiplican sus lucros, muchos pobres necesitan ser restituidos a la vida y recuperar su dignidad para poder abrazar a sus familiares.

La historia continúa, y Jesús sigue siendo un estorbo. Mientras él considera que un alma vale más que el mundo entero, las naciones mantienen esa extraña predilección por los cerdos...

Cosas veredes, Sancho

Gasto anual en artículos de lujo comparado con el financiamiento para cumplir con algunas necesidades básicas, cifras en mil millones de dólares:

ProductoGasto anualMeta socioeconómicaGasto anual
Maquillaje$18.Salud reproductiva para mujeres$12.
Comida para mascotas en EEUU y Europa$17.Erradicación de la hambruna y la malnutrición$19.
Perfumes$15.Alfabetización$5.
Cruceros oceánicos$14.Agua potable para todos$10.
Helados (sólo Europa)$11.Vacunación para todos los niños$1.3

Fuente: http://www.worldwatch.org/