Ítaca

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los Lestrigones ni a los Cíclopes,
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los Lestrigones ni a los Cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no lo llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante tí.

Pide que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos antes nunca vistos.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes voluptuosos,
cuantos más abundantes perfumes voluptuosos puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu pensamiento.
Tu llegada allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje,
mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguardar a que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

C. Cavafis

Sembrar para cosechar


Kó sí èyí ti yóò móo jeun No existe nadie que coma (esté vivo)

Tàbí yóò móo se igúnwà ti kó o que esté instalado com realeza (dignidad en su vida)

Ni fi ti èsù síwájú. que no haya recurrido a Èsù primero (propiciándolo)

RITUAL DE INICIAÇÃO



O borí é uma cerimônia de grande significado litúrgico. É a adoração da cabeça, realizada pelo conjunto de oferendas, cânticos e louvações. É importante a participação do Olorisa em cerimônia de borí, já que se estabelece a comunhão com a cabeça do "outro" e troca de àse. Quanto mais pessoas houver para a louvação de nossa cabeça, para comer a comida do borí, tanto melhor. A união faz a força e os alimentos divididos no ritual são fortalecidos por Onilé juntamente às forças do Orí do favorecido pela obrigação.

Comer destas comidas é àse, renovação de nossas forças. Mas é necessário que o filho se coloque à disposição do terreiro, participando como possa e seja necessário no referido etutu. A arrumação do borí, a exemplo do preparo dos alimentos, arrumação de camas, despachos, etc., cabe ao omorisa. A celebração é feita pela Iyálorisa ou Babalorisá, auxiliada pela Iyakékeré e outros Olóyè qualificados.

Durante a cerimônia do borí não se ajoelha. Fica-se em pé, em atitude de respeito e seriedade. O filho deve responder às cantigas específicas, o que é de grande importância. O borí da Iyálorisa ou Babalorisá é diferenciado pela pompa e deferência. Ainda assim o filho deverá permanecer em pé com a cabeça inclinada,
levemente abaixada, demonstrando respeito à mãe ou o pai da comunidade. Quanto mais sua cabeça revigorar as forças, melhor para todos, já que ele (Babalorisá ou Iyálorisa) é quem distribui o àse ... Em toda e qualquer cerimônia de borí os filhos têm de estar vestidos "nos trinques". Roupas muito brancas, de morim. Para os
homens as costumeiras, conforme já vimos, sendo indispensável o uso do pano-da-costa. Se a cerimônia destinar-se à Iyálorisa ou Babalorisá, os filhos deste não devem, naquela noite, deitar-se em cama, mas sim em esteiras. Afinal, sua mãe ou seu pai estarão deitados em uma esteira e os filhos não poderão estar "mais alto que seu pai ou sua mãe".

Os sempre insatisfeitos vivem dizendo: "Em meu tempo era diferente..." Os iyáwó de hoje metem vergonha... Ai de mim se meu pai de santo espirrasse e eu não lhe tomasse a bença". Esses personagens se esquecem de que estão vivos, seu tempo é o presente. Por isto eu digo: Meu tempo é agora! Por que estas mais velhas, tão repressoras, não passam o conhecimento que têm? Por que não ensinar os procedimentos aos àbúrô? A menos que estejam admitindo por seu discurso que, em seu tempo de iyáwó, as então egbón mi eram pessoas de boa vontade ou detentoras de um maior conhecimento da religião dos Orisa. Vivemos o tempo presente, nosso tempo é hoje, já, agora! Só pode falar "em meu tempo" alguém que já não mais faça parte deste tempo, depois de ter atravessado a porteira do tempo... Quem vive é deste tempo, de agora! E quem critica é porque conhece. Deixemos o egoísmo de lado e tratemos de transmitir conhecimento como maneira de conservar o culto aos òrìsà"por todos os tempos".


El despertar del "Sueño (norte)Americano"

Desde que las grandes corrientes inmigratorias europeas comenzaron a desembarcar en los Estados Unidos, existió la idea "del sueño americano". Originalmente, expresaba la posibilidad de vivir en libertad y alcanzar la prosperidad con trabajo duro, independientemente del origen, el credo o la raza.

La invención de la frase se le atribuye al escritor James Truslow Adams, quien la incluyó en su libro La épica de América, publicado en 1931. Pero con el tiempo, el concepto fue estrechándose hasta significar, básicamente, un trabajo estable, vivienda y auto propios.

En estos días, sin embargo, una combinación de desafortunadas circunstancias transforman el sueño americano en una pesadilla.

El precio de la nafta, el desbarajuste hipotecario, la recesión, el desempleo y la crisis alimentaria fuerzan a la clase media, el sector de la sociedad norteamericana sobre cuya capacidad de consumo se asienta la economía, a replantearse su forma de vida.

La franja que recibe ingresos entre 45.000 y 90.000 dólares se ha contraído. Seis de cada diez personas admiten que sus salarios han caído por debajo del costo de la vida; a seis de cada diez les resulta cada vez más difícil pagar la nafta; y cinco de cada diez no pueden permitirse un seguro médico, según cifras de la revista US News & World Report.

El número de propietarios de viviendas que no puede pagar las cuotas de la hipoteca subió por 29º mes consecutivo. Durante el mes de mayo, uno de cada 483 hogares recibió un aviso de ejecución.

El romance de los norteamericanos con el auto es cuestionado y la pasión por las 4x4 se ha extinguido. Las estaciones de servicio que sólo aceptan pagos al contado se multiplican y la gente piensa dos veces antes de sacar el auto. Las vacaciones, para la clase media, se limitan a no irse muy lejos de casa. De Europa ni hablemos; el paseo a Orlando es evaluado como si se tratara del balance de una empresa.

Subirse a un avión solía ser tan corriente como tomarse un taxi; ya no lo es. Las compañías aéreas han subido las tarifas, reducido el número de vuelos y eliminado todo otro servicio. Un chiste reciente mostraba a un avión en un descenso de emergencia mientras el capitán anunciaba que se liberaría el oxígeno a 15 dólares por persona.

El desperdicio de alimentos en los Estados Unidos sigue siendo monumental. Según un estudio de la Universidad de Arizona, los norteamericanos tiran 215 kilos de comida al año. Aun así, la visita al supermercado ya no es lo que era. Los precios de casi todos los productos comestibles aumentaron entre un 3 y un 5 por ciento.

Los restaurantes caros ya no pueden disimular las deserciones y los baratos tienen más clientes que nunca. Por las dudas, cadenas como McDonald s y Wendy s incluyen en sus menús platos de un dólar.

La recesión económica ha agudizado el desempleo, que en mayo trepó de 5 a 5,5 por ciento. Estas son 865.000 personas más que llevan el total de desempleados a 8,5 millones.

Con todo, no hay signos de desesperación. Los norteamericanos son estoicos cuando se trata de capear tormentas. El verano (boreal) ayuda. En el invierno, los precios del petróleo se volcarán sobre el costo de la energía y se hará más arduo calentar las casas.

Así las cosas, es probable que el despertar del sueño americano tal vez sea mucho más que un intervalo. Tal como lo plantea Gregory Green en su provocativo documental El fin del suburbio, la prosperidad norteamericana del último medio siglo fue construida sobre la premisa de la energía barata. Esta premisa no existe más.

Hasta soñar se ha vuelto más caro.

Mario Diament
para LA NACION

El desvío - por Armonía Somers


Se trata de una historia vulgar. Pero yo la narro a toda esta gente que está tirada conmigo sobre la hierba donde se produjo el desvío y nos dejaron abandonados. En realidad, no parecen oír ni desear nada. Yo insisto, sin embargo, porque no puedo concebir que alguien no se levante y grite lo que yo al caer. A pesar de lo que me preguntaron en lugar de responderme. Algo tan brutalmente definitivo como este aterrizaje sin tiempo. Lo conocí una mañana cualquiera en una estación de ferrocarriles, mientras la muchedumbre se agolpaba como siempre para confirmar su ego. Recuerdo que había un niño de pocos años en el andén, con un montón de globos sostenidos por hilos. Algunos que le habían visto llorar por la falta de viento, soplaban al paso desde abajo a fin de fabricárselo. El que viajó luego en mi cabina y yo nos habíamos sumado a aquel asunto, cuando al levantar ambos la cabeza nos vimos entre los globos y la risa del chico. Yo no sé si a causa de las circunstancias, mirarse a través de tantos colores elevados a fuerza de ilusión, que me pareció tan hermoso, y que quizás él tuviera respecto a mi una sensación más o menos pareja. Lo cierto fue que hasta hace unos segundos no cesamos de mirarnos, y eso es mucho. El desconocido tomó mi maleta del suelo, se puso al hombro un morral en el que se notaban las formas turgentes de las frutas y me colocó en el asiento, tratando de colmar todos los deseos que uno expresa pataleando a cierta edad y luego defiende con mejor educación al llegar a grande: la ventanilla y el lugar que avanza en el sentido de la máquina. Había, recuerdo, otra plaza frente a la nuestra, y la ocuparon dos individuos con grandes canastos, tapando con sus cabezotas de palurdos el espejo en que hubiéramos podido mirarnos. Aunque, para decir la verdad, poco tardamos en descubrir las ventajas del método directo. De pronto, mi compañero, tan joven como yo pero mucho más iniciado en ciertas técnicas, tomó mi mano y la retuvo entre las suyas. Su contacto cálido y seco me había sumido de golpe en un vértigo comparativo en el que iban desfilando todas las blandas, húmedas, o demasiado asépticas que uno debe soportar con asco o sin ganas, cuando él aprovechó aquella especie de otorgamiento para levantar mis dedos hasta sus labios y besarlos uno por uno, en forma prolija y entregada, sin tomar en cuenta en lo más mínimo a los testigos miopes de enfrente. A todo esto, el tren había empezado a andar con su famoso chuku-chuku que hace las delicias de todo el mundo. Yo estiré las piernas hasta los cestos de los vecinos, y entorné los ojos en medio de la felicidad máxima. Entonces el hombre joven me preguntó en un tono tierno y cómplice: —De modo que te gusta a ti también ese ruidito ¿no es cierto? —Que sí me gusta —dije yo al borde del éxtasis— sería capaz de cualquier locura cuando empieza a escucharse. —¿Hasta de quererme? Qué pregunta, pensé sin responder. Si le había dejado progresar en tal forma, desde la búsqueda de mi cara por detrás de los globos hasta aquellos besos disparados tan directamente hacia la sangre, era que algún mecanismo frenador se me había descontrolado repentinamente, y entonces sobraban las explicaciones. El tren iba cobrando velocidad, entrando en el lugar común de los silbidos. Se nos entreveraban ya las cosas a través del vidrio (pájaro con árbol, casa con jardín y gente, cielo con humo y nada). Tuve por breves instantes la impresión de un rapto fuera de lo natural, casi de desprendimiento. Él pareció sorprender mis ideas al trasluz y como quien saca un caramelo del bolsillo me ofreció una sonrisa también especial, de la marca que usaba para todo. Yo traté de retribuírsela. —Me gustan mucho tus dientes —me dijo— son del tipo que yo andaba buscando, esos que brillan cuando chocan con la luz y parecen romperla... Qué difícil es todo, y al mismo tiempo qué sencillo cuando sucede... Y comenzó a besarme con una impetuosidad como de despedida, pero de esa que suele ponerse, asimismo, cuando uno se convence de que todo el ejercido anterior del besar ha sido pura chatarra, o un simple desperdicio de calorías. —¿Qué lleva en ese bolso? —pregunté al fin del aliento que me quedaba, por desviar aquella intimidad demasiado vertiginosa. —Alguna ropa y los implementos de afeitar —dijo— Bueno —añadió después con cierta malicia— y manzanas. ¿Comerías? —¡Manzanas! —exclamé, entrando en su sistema— mi segundo capricho después del ruido del tren. Sólo que en este caso me gustaría compartir una a mordisco limpio. Más que nada por demostrar que son naturales —agregué exhibiendo mis dos hileras de dientes. Luego del episodio un tanto brumoso de aquella primera comida, de la que nunca recordaré si habrá sido almuerzo o cena, vi con cierta decepción que él empezaba a mirar su reloj pulsera. —Rayos —dijo de pronto— siete días ya, qué infalible matemática en todo esto. —¿Cómo, qué es eso de siete días, si acabamos de subir a este desbocado tren expreso? Fue en ese momento cuando debí empezar a salir de mi penumbra mental, a causa de sus palabras. —Mira —aclaró— los tipos del canasto cambiaron de vagón el primer día. Ellos y muchos más, parece que a causa de divergencias con nosotros. Y vino en varias oportunidades, el hombre de los billetes, que yo iba renovando cada mañana. —¿Aquel individuo sin cara, vestido de gris, que creo haber visto no sé si sobre el piso o prendido del techo a lo mosca? Mi compañero inauguró algo que no le conocía, una carcajada que hizo girar todos los cuellos hacia nosotros. —Si —contestó al fin— alguien que casi no acusaría más relieve que el de los botones de su chaqueta. Pero que miró nuestras manos con tan feroz insistencia de campesino casamentero, que tuve que ponerte ese anillo mientras dormías. —Voy a echarme esta vez bastante agua sobre la cabeza— dije al cabo de su última palabra— porque eso de dormir yo así como así ya no cuela. Parecería un relato con el personaje equivocado —añadí incorporándome. —Digamos que primero fue lo de la manzana entre dos, y que luego te dormiste a mi lado —explicó él como quitándole importancia a los hechos—. Es lo que sucede normalmente cuando ya ha transcurrido cierto tiempo. Y que luego deberá repetirse hasta tocar fondo —agregó aún, mirando hacia su misteriosa provisión de manzanas. Todo aquello me estaba pareciendo algo demasiado fuera de lo habitual, como un desafío por el enigma. Pero andaban mezclados al delirio elementos objetivos de tal validez que eran capaces de obligar a creer en el conjunto, contra cualquier protesta. Nos hallábamos, entretanto, asimilando de lleno el ritmo del tren. Y hasta la medida de la velocidad, que en un principio se nos mostraba por las cosas externas huyendo a contramano, se había hecho moneda corriente. Yo iba individualizando ya los días de las noches, los pasajeros molestos del otro asiento y los que eran capaces de cerrar los ojos aun sin sueño. Un día mi hombre sacó un pantalón de invierno de su bolso. Aquello fue como el fin de mi dulce tránsito en la idiotez, una especie de golpe de gracia que no provenía de toparse con el nuevo viento frío colado por las rendijas. —¿Lo has visto? —me dijo en tono de reproche tratando de estirar la prenda— estaba bien doblado por mi madre y tú has hecho este lío. Yo lo miré con cierto aire bobalicón que se quedó colgado en el espejo de enfrente. —Es que nunca doblé los pantalones de nadie —gemí— pero eso debería ser cualquier cosa menos un motivo para el agravio. Ya iba a poner en juego el recurso casi olvidado de llorar cuando él, atajándome las lágrimas con la mano, trató de arreglar la cosa. —Observa —me explicó— un desgraciado pantalón se maneja así, tomándolo por los bajos y haciendo coincidir las rayas de las piernas. Luego ya podrá doblarse en dos, o en cuantas partes se quiera. Cielos, qué descubrimiento. Pero yo seguía con la humedad en la nariz, esa pequeña gota que viene de la ofensa, por detrás de la línea de loa resfríos comunes. El incidente se evaporó saliendo a caminar de la mano por los pasillos, a cenar fuera del camarote mirando la noche estrellada que corría a la inversa del tiempo. (Confieso ahora aquella sensación de ir en sentido contrario de algo que se nos llevaba pedazos entre los dientes, pero cuyo dolor no era lo que debía ser de acuerdo con la importancia del despojo). —¡Preferirías fumar aquí o comer de nuestras manzanas en el compartimiento? —me dijo él de pronto con una voz madura que se le iba asordinando en forma progresiva. Los dejamos a todos boquiabiertos, agarrados al nombre real de las cosas con la cohesión de un banco de ostras. Comer manzanas era para nosotros la significación total del amor, y nos capitalizábamos en su desgaste como si hubiésemos descubierto las trojes del verano. Hasta que un día ocurrió, sencillamente como voy a contarlo y tal le habrá sucedido a tantos. Nadie anota el momento, es claro. Luego todo cae de golpe, y los escombros se enseñorean del último rastro. —Es que voy a decírtelo de una vez por todas —declaró él cierta noche al regreso de una comentada exhibición de cine— a mí sólo me entusiasman las documentales, esas que en las gentes y las cosas de verdad envían un mensaje directo. Y las novelas de aventuras, porque en tal caso soy yo quien lo vive todo. Bostezó, tiró los zapatos lejos, apagó la luz y quedó aletargado. Pero la verdad es que uno no va a asistir despierto al sueño de nadie, por más a oscuras que lo dejen. Era, pues, la de aprovechar la lumbre que resta encendida dentro para empezar a revisar las pequeñas diferencias, hacer el inventario con tiempo por si apuraban el balance. Los hombres sucios del asiento de enfrente, recordé, que él elige para conversar porque, según sus paradojas, conservan las manos limpias. Aquello que opinó sobre mi asco a las moscas o a los estornudos de la gente en las panaderías: siempre pequeñas cosas entrando en el juego inicial como saltamontes por la ventana abierta. Pero que al fin desembocaban en planteamientos por colisión, en guerra de principios. Fidelidad eterna de las moscas contra mi repugnancia. Humanidad que se comunica al pan, versus las cargas microbianas del estornudo. Y todos los etcéteras que puede conjugar un etcétera solitario no bien se le deje suelto. "Has dicho se acabó la guerra como si pasaras en limpio una carta de adiós escrita por otro con las entrañas", me reprochó cierta vez en tal temperatura emocional que me valdría para no volver a repetir jamás aquellas cuatro palabras. Sí, pero lo de dormitar sobre mi hombro con un leve ronquido y cierto hilillo de baba desentendida, mientras una película con varios premios había congregado al pasaje, eso era algo más que definitivo. Cuando el tipo sin rostro vino al día siguiente por la renovación del billete, yo le hablé sin mirarle: —Espere a que éste despierte. Después veremos quién sigue en el tren o quién se baja. No será cuestión de continuar aquí toda la vida. Al pronunciar aquella última palabra sentí algo sospechoso en el plexo solar, pero la seguí repitiendo sordamente —vida, vida— en cierto plan de sospechas sobre la especie de trampa en que pudiera haber caído. Y eso ya sin control, pues el estrafalario reloj me había embrollado las cuentas con el tiempo. Comenzó así otro día sin marca conocida, con afeitada matinal y cepillo de dientes. Entonces yo quise anunciar mi decisión quitándome el anillo en forma, provocativa. Pero no me salía del dedo. Él dejó de rasurarse y empezó a reír como el niño de los globos cuando los viera subir de nuevo en la lejana estación inicial donde nos habíamos conocido. —Es que has engordado —dijo al fin— eso que no le pasa a mis moscas, por ejemplo, que viven en el aire prestado y andan siempre en un eterno alerta, hasta para sus festines más inocentes. —Y que hay también filos verbales mejores que el de esa navaja —mascullé apretando las mandíbulas—. Pero llega el momento en que uno puede estallar, querer largarse a pensar de por sí, a discutir con su cerebro propio. Si, ese cerebro que alguna vez habrá funcionado. —Dramas —comentó él retornando a su menester— nadie vería tanto pecado en que hasta las más caras neurosis gusten también del exquisito café con crema... —A ver —continué aún, cuerpeando las estocadas— a ver ese reloj infernal. ¿Cuánto tiempo hará que viajamos en este maldito tren, que debe ir por lo menos a Marte, a la Luna, según tus novelas de cabecera? Él limpió la navaja, la guardó con una paciencia sin limites. Luego consultó el reloj, me miró en los ojos hasta calarme y volvió con la antigua fórmula: —Siete años ya. El tiempo justo para lo que esta ocurriendo. Qué infalible y medida precisión. Dios y sus encantadores acertijos ... Me irritó esta vez su petulancia respecto a los plazos. Tenía ganas de deshacerlo con algo contundente, un juicio ilevantable que nos dejase mano a mano como en un empate a golpes bajos. —Y bien -le espeté sordamente— no creas que no lo he visto, que me es ajeno. Nuestras manzanas, aquellas que parecían ser sólo para nosotros dos cuando lamías el jugo de mis comisuras, yo te he sorprendido dándolas a mis espaldas tras algunas puertas mal cerradas del convoy. Y hasta te he escuchado comentar después en sueños la escapatoria, decir nombres que no eran el mío. Y muchas cosa; más que no quiero traer a cuento para que el mundo no comience a husmear en nuestras miserias. De modo que yo arreglo mi maleta y me voy a otro vagón. Eso es lo limpio, creo, ese es el juego honesto, hayan pasado o no los famosos años clave. Él me dejó hacer- ¿Oyen o no?, eh, ustedes, los desparramados por la hierba. Pero ocurrió que al llegar la noche el ruido del ferrocarril, principalmente ese de la suprema soledad con que salta los puentes, me impidió dormir. Además, empecé a sentir sed y no encontraba el vaso de agua, a tener trío y no hallar ni las mantas ni la llave de la luz. Porque todo había cambiado de disposición a mi alrededor, como en la primera noche en tierra extraña de un inmigrante. Cuando lo sentí golpear suavemente en la puerta me incorporé dando gracias al cielo, que pasaba como un cepillo negro tras el vidrio. Y que después dejó de existir. Aunque quizás lo habrá seguido haciendo para otros que tendrían solo eso, un pobre y vago cielo para la tan grande soledad. —¿Has visto? —me dijo finalmente, ayudando a reemprender la mudanza—. Así uno despilfarre un poco tras una puerta a medio cerrar, las cosas se hallan tan bien dispuestas como para que las frutas del morral alcancen para todo. Yo aprendí desde entonces, a burlarme de mi misma. Además, durante aquellos tiempos de frenesí, inventamos el juego de tirar objetos por la ventana. Habíamos espiado a la gente sobrecargada de cosas. Tenían que dormir arrollando las piernas. Y otros hasta dejaron de abrazarse por falta de sitio. Esa nueva concepción del espacio terminó por reacomodar el caos. Y yo supongo ahora que un día memorable él olvidó también de dar cuerda al relojito a causa de mis aprensiones. "Si vive, su tiempo está en nosotros", me dijo cierta vez en que insinuó la idea, calcular cuántos años de hombre tendría ya el chiquillo a través de cuyos globos nos habíamos conocido. Luego del frío que me recorrió la espalda a causa de sus palabras, nunca más se buscaron señales metafísicas al pasar por esquinas peligrosas. Hasta que llegó esta noche. Qué extraño, jamás había dado en pensarlo, la gran familia de desconocidos entre si que se descerrajan en el misino minuto, sea cualquiera el origen del acontecimiento. Yo tenía los pies helados. Me pareció, además, que el tren había empezado a marchar a menor velocidad. Aunque nada de eso pude expresar con una lengua medio rígida. Él me puso una manta sobre las piernas, me tomó la mano, me besó dedo por dedo como la primera vez y quedó dormido. Entonces fue cuando sucedió. El hombre sin cara se plantó en el asiento contrario, en medio de ¡a oscuridad absoluta a que nos obligaban a esa hora. Percibí, sin embargo, que le iban surgiendo al fin los rasgos desconocidos, o que yo nunca había tenido tiempo de descubrirle- Algunos fogonazos de la máquina me permitían verlo en forma intermitente, como a una casa de campo bajo los relámpagos. —Usted —le dije al fin dando diente contra diente— tanto tiempo alcanzándonos cosas. Gracias por todo. ¿Pero qué quiere? El individuo me miró con una lástima y una crueldad tan entreveradas que hubiera sido imposible deshacer la mezcla. Parecía tener algo inmenso que comunicarme. Pero sin oportunidad ya, al igual de alguien que recuerda el nombre olvidado de una calle justamente cuando ve, al pasar, que han demolido la casa que venía buscando. Mantuve todo lo posible ese pensamiento en el cerebro, tratando de que su embarazo poemático y triste me separara del hombre. (El que vivía en la casa habrá llamado alguna vez al otro vaya a saberse con qué secreta urgencia. Su amigo no acudió por tener olvidados la calle, el número). El hombre, entretanto, no había soltado palabra, tironeando quizás de los detalles de un quehacer que parecía inminente. (Entonces —pensé aún— un día, de súbito, lo recuerda todo, número, nombre. Pero sólo cuando pasa por allí y ve que han quitado la casa). — Bueno —dijo al fin, tal si hubiera asistido al desenlace de la anécdota— nos acercamos al desvío. Y creo que es a usted, no a él aún a quien debo empujar por esa puerta. Trate de no despertarlo, seria un gesto estúpido, una escena vulgar indigna de su parte. —Pero es que yo no puedo cancelar esto sin aviso, y así, en la noche. Usted ha visto bien lo nuestro, lo conoció desde un principio... No me dejó ni agonizar. Percibí claramente el ruido de cerrojo de la aguja al hacerse el desvío, trasmitido de los rieles a mi corazón como un latido distinto. Y luego mi caída violenta sobre la maleza, al empuje del hombre sin cara. —¡Eh, dónde está la estación, dónde venden los pasajes de regreso! ¡El número, si, aquí está en mi memoria, el número de aquella casa demolida! Entonces fue cuando lo oí, a la grupa del convoy que se alejaba sin mí y sin estos otros: —¿Que estación, qué regreso, qué casa...?
Armonía Somers De La calle del viento norte
Todos los cuentos 1953 - 1967

Delmira Agustini (1886-1914)

Delmira Agustini a los 18 Años


Delmira Agustini fue la más destacada poetisa del Modernismo. Exuberante prestigio para cualquier escritora. Pero no para la crítica de Rubén Darío: el maestro la elevó hasta la cúspide de la literatura española. La comparó con Santa Teresa. En Pórtico, Darío la proclama como la única desde la santa en expresarse como mujer.

Agustini, con el apoyo de su compatriota María Eugenia Vaz Ferreira, abrió las puertas a la poesía femenina. Cierto que tenemos el orgullo de tener sobre pedestales bien merecidos a varias notables escritoras que deleitaron nuestra literatura antes que ella. Pero esta joven oriental ignoró las barreras y narró sus sentimientos tal y como los sentía. Inadvertidamente -¿quizás?- logrando lo imposible: la igualdad del género sin competir con el sexo opuesto.

Fascinación fue lo que causó en sus lectores, entre los cuales se encontraban los más notables escritores en boga. A pesar de su extremado erotismo no existe una sola desfachatez ni vulgaridad en sus obras. Su forma y expresión poética es considerada a la par con la de los más distinguidos modernistas, los que se esforzaban al máximo por alcanzar la perfección. La musicalidad de sus versos también es obra de admiración. Y con respecto a la espiritualidad en la sensualidad, bueno, ahí Agustini se encuentra muy aventajada en una clase por sí sola.
Estudios de sus cuadernos prueban el esmero que desarrollaba en la purificación de sus obras. Su diversificación y proliferación también son destacables. Razones por las que ha habido muchos entendidos en la materia que han afirmado que si hubiera tenido la oportunidad de madurar su talento unos escasos años más, hubiese matizado los ensueños de los ángeles.

De Rosario de Eros:

LO INEFABLE

Yo muero extrañamente... No me mata la Vida,
no me mata la Muerte, no me mata el Amor;
muero de un pensamiento mudo como una herida.
¿No habéis sentido nunca el extraño dolor

de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida
devorando alma y carne y no alcanza a dar flor?
¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida
que os abrasaba enteros y no daba fulgor...?

¡Cumbre de los martirios...! ¡Llevar eternamente,
desgarradora y árida, la trágica simiente
clavada en las entrañas como un diente feroz...!

Pero arrancarla un día en una flor que abriera
milagrosa, inviolable... ¡Ah, más grande no fuera
tener entre las manos la cabeza de Dios!

EL CISNE

Pupila azul de mi parque
es el sensitivo espejo
de un lago claro, muy claro!...
Tan claro que a veces creo
que en su cristalina página
se imprime mi pensamiento. Flor del aire, flor del agua,
alma del lago es un cisne
con dos pupilas humanas,
grave y gentil como un príncipe;
alas lirio, remos rosa...
Pico en fuego, cuello triste
y orgulloso, y la blancura
y la suavidad de un cisne... El ave cándida y grave
tiene un maléfico encanto;
clavel vestido de lirio,
trasciende a llama y milagro!...
Sus alas blancas me turban
como dos cálidos brazos; ningunos labios ardieron
como su pico en mis manos;
ninguna testa ha caído
tan lánguida en mi regazo;

ninguna carne tan viva
he padecido o gozado:
viborean en sus venas
filtros dos veces humanos! Del rubí de la lujuria
su testa está coronada:
y va arrastrando el deseo
en una cauda rosada... Agua le doy en mis manos
y él parece beber fuego,
y yo parezco ofrecerle
todo el vaso de mi cuerpo... Y vive tanto en mis sueños,
Y ahonda tanto en mi carne,
que a veces pienso si el cisne
con sus dos alas fugaces, sus raros ojos humanos
y el rojo pico quemante,
es solo un cisne en mi lago
o es en mi vida un amante... Al margen del lago claro
yo le interrogo en silencio...
y el silencio es una rosa
sobre su pico de fuego...
Pero en su carne me habla
y yo en mi carne le entiendo. -A veces ¡toda! soy alma;
y a veces ¡toda! soy cuerpo.-
Hunde el pico en mi regazo
y se queda como muerto... Y en la cristalina página,
en el sensitivo espejo
del algo que algunas veces
refleja mi pensamiento,
¡el cisne asusta, de rojo,
y yo, de blanca, doy miedo!

Capoeira presente en el FITA 2008





Cinco mestres brasileros invitados, diversidad de talleres para niños, jóvenes y adultos; rodas y bautizos, además de la realización del II Encuentro Internacional de Mestres, serán algunas de las actividades más importantes que tendrá la capoeira, dentro del V Festival Internacional de Tradiciones Afroamericanas. Este año fueron invitados los mestres Jogo de Dentro, Lua Rasta, Ratto (miembro honorario del FITA), la contra mestra Jo y la profesora Carol. El FITA se realizará desde el 19 y hasta el 23 de junio, en el Hotel Maracay y siete municipios del Estado Aragua. El II Encuentro Internacional de Mestres de Capoeira, considerada el "primer hijo" del FITA, se inicia el jueves 19 de junio, a las 9:00 am, en el Hotel Maracay. Allí comenzarán las clases de capoeira regional contemporánea, capoeira para niños, capoeira Rua, capoeira Angola, talleres de percusión para capoeira; el seminario "Secretos de la capoeira para mujeres"; campeonatos, bautizados, premiaciones y la conferencia La capoeira como arte, religión y forma de vida, entre otras actividades. Otros espacios donde se desarrollarán actividades de la capoeira del FITA 2008 son la Unidad Educativa Creación Victoria, Municipio José Félix Ribas; el Liceo Trino Celis Ríos, Municipio Libertador; el Museo Cantv, Municipio Linares Alcántara; y la Unefa y el Centro Bolivariano de Atención Integral al Joven Aragüeño Cbaija, Municipio Girardot. Durante las últimas cuatro ediciones del FITA más de 1 mil 200 jóvenes capoeiristas venezolanos han coincidido por igual, año tras año, en el Hotel Maracay, así como en diversas subsedes alrededor del país, para rendirle culto a este arte ancestral brasilero a través de un nutrido ciclo de charlas, conferencias, rodas y exhibiciones. La respuesta ha sido contundente. El FITA ha logrado convocar a practicantes de esta disciplina en toda Venezuela, y se ha convertido así en una referencia nacional obligada para quienes desean iniciarse o practicar esta disciplina.


Viernes 20 de Junio 19:30 hs, Conferencia de Prensa

Sábado 21 de Junio
15:00 hs Taller de narrativa africana
16:00 hs Apertura oficial
17:00 hs Pensando la diáspora 1. Aportes conceptuales
19:30 hs Danza de los orixás
20:00 hs Bejuco
20:30 hs Samba Afro-Brasileña
21:00 hs Hermandad Bonga
21:30 hs Abdoulaye Badiane
22:00 hs Cierre del día

Domingo 22 de Junio
15:00 hs Foro sobre Economía
16:00 hs Clínica de Percusión
17:00 hs Pensando la diáspora 2. Perspectivas futuras
19:30 hs Grupo de candombe Bantú
20:00 hs Dança Nova
20:30 hs Tixa Camera
21:00 hs Faréta
21:30 hs Soelil d'Afrique
22:00 hs Emanuel Ntaka
22:30 hs Cierre final

Centro Cultural del Sur
Av. Caseros 1750, Ciudad de Buenos Aires
4306-0301 / 4305-6653



Auspician Gobierno de La Ciudad de Buenos Aires, Embajada de Sudáfrica, Embajada de Brasil. Africanos Residentes en Argentina y Afro descendientes. Artistas, Intelectuales y Ciudadanos Comprometidos con la Diáspora.

Convoca Movimiento de la Diáspora Africana en Argentina (Organización África Vive, A Turma de Bahiana, Me Leva Que Eu Vou, Unión de los Africanos en el Cono Sur, Sociedad de Socorros Mutuos Unión Caboverdiana, Asociación de Senegaleses en Argentina, Escuela de Percusión Africana “Dora Chosan”, Sección de Estudios Interdisciplinarios de Asia y África, Ffyl/Uba)