El despertar del "Sueño (norte)Americano"

Desde que las grandes corrientes inmigratorias europeas comenzaron a desembarcar en los Estados Unidos, existió la idea "del sueño americano". Originalmente, expresaba la posibilidad de vivir en libertad y alcanzar la prosperidad con trabajo duro, independientemente del origen, el credo o la raza.

La invención de la frase se le atribuye al escritor James Truslow Adams, quien la incluyó en su libro La épica de América, publicado en 1931. Pero con el tiempo, el concepto fue estrechándose hasta significar, básicamente, un trabajo estable, vivienda y auto propios.

En estos días, sin embargo, una combinación de desafortunadas circunstancias transforman el sueño americano en una pesadilla.

El precio de la nafta, el desbarajuste hipotecario, la recesión, el desempleo y la crisis alimentaria fuerzan a la clase media, el sector de la sociedad norteamericana sobre cuya capacidad de consumo se asienta la economía, a replantearse su forma de vida.

La franja que recibe ingresos entre 45.000 y 90.000 dólares se ha contraído. Seis de cada diez personas admiten que sus salarios han caído por debajo del costo de la vida; a seis de cada diez les resulta cada vez más difícil pagar la nafta; y cinco de cada diez no pueden permitirse un seguro médico, según cifras de la revista US News & World Report.

El número de propietarios de viviendas que no puede pagar las cuotas de la hipoteca subió por 29º mes consecutivo. Durante el mes de mayo, uno de cada 483 hogares recibió un aviso de ejecución.

El romance de los norteamericanos con el auto es cuestionado y la pasión por las 4x4 se ha extinguido. Las estaciones de servicio que sólo aceptan pagos al contado se multiplican y la gente piensa dos veces antes de sacar el auto. Las vacaciones, para la clase media, se limitan a no irse muy lejos de casa. De Europa ni hablemos; el paseo a Orlando es evaluado como si se tratara del balance de una empresa.

Subirse a un avión solía ser tan corriente como tomarse un taxi; ya no lo es. Las compañías aéreas han subido las tarifas, reducido el número de vuelos y eliminado todo otro servicio. Un chiste reciente mostraba a un avión en un descenso de emergencia mientras el capitán anunciaba que se liberaría el oxígeno a 15 dólares por persona.

El desperdicio de alimentos en los Estados Unidos sigue siendo monumental. Según un estudio de la Universidad de Arizona, los norteamericanos tiran 215 kilos de comida al año. Aun así, la visita al supermercado ya no es lo que era. Los precios de casi todos los productos comestibles aumentaron entre un 3 y un 5 por ciento.

Los restaurantes caros ya no pueden disimular las deserciones y los baratos tienen más clientes que nunca. Por las dudas, cadenas como McDonald s y Wendy s incluyen en sus menús platos de un dólar.

La recesión económica ha agudizado el desempleo, que en mayo trepó de 5 a 5,5 por ciento. Estas son 865.000 personas más que llevan el total de desempleados a 8,5 millones.

Con todo, no hay signos de desesperación. Los norteamericanos son estoicos cuando se trata de capear tormentas. El verano (boreal) ayuda. En el invierno, los precios del petróleo se volcarán sobre el costo de la energía y se hará más arduo calentar las casas.

Así las cosas, es probable que el despertar del sueño americano tal vez sea mucho más que un intervalo. Tal como lo plantea Gregory Green en su provocativo documental El fin del suburbio, la prosperidad norteamericana del último medio siglo fue construida sobre la premisa de la energía barata. Esta premisa no existe más.

Hasta soñar se ha vuelto más caro.

Mario Diament
para LA NACION