Necrófilos y poetas


Parece ser que cuando algún gobierno hace agua, se le ocurre importar un cadaver ilustre para mejorar la opinión que el público pueda tener de él. A fines del Siglo XIX el Capitán General Máximo Santos que gobernaba Uruguay desapareciendo opositores hizo eso: trasladó desde Paraguay los restos de don José Artigas, nuestro mayor prócer al Panteón Nacional erigido en el Cementerio Central de Montevideo. Artigas declinó en varias oportunidades regresar a su patria: no era ella lo que él soñara para sus conciudadanos a quienes ofrendó dineros, esfuerzos e ilusiones traicionadas. En su chácara paraguaya, vigilado por ser extranjero y federalista, deseaba vivir sus últimos años y ser allí sepultado a la sombra de los frondosos ibirapitaes. Hoy el motivo es otro -para mí, digo- grande: Jorge Luis Borges, el siempre postergado Premio Nobel que nació en Buenos Aires pero que por su genio y educación se convirtiera en ciudadano del mundo. Borges se radicó en Suiza y allí murió a fines del Siglo XX recibiendo de los helvéticos un inusual honor: el de ser sepultado en el Cementerio de los Reyes de Plainpalais, donde también descansan Juan Calvino y Jean Piaget. Su deseo, manifestado oralmente y en cartas firmadas con su propia caligrafía, era ser enterrado en esa patria póstuma al abrigo de la codicia, los rencores peronistas ("los peronistas no son ni buenos ni malos: son simplemente incorregibles") y un pasado que no puede amenazar a nadie. En medio de crisis con el campo y otras, debidas a la incompetencia, a la soberbia y a la miopía; en medio de un descontento desilusionado del pueblo argentino, una diputada oficialista esboza un proyecto de ley para repatriar los restos de Georgie. Ese peronismo tan afecto a la necrofilia a través de sus grandes mitos como María Eva Duarte cuyo cadáver sirvió de rehén a tirios y troyanos, intenta ahora hacerse de los huesos del genio universal nacido en la Argentina para distraer la atención apelando con un golpe bajo al nacionalismo más infantil.

Borges ya no se divierte con la confusión de sus eventales adversarios de otrora, su voz menuda y entrecortada no lanza más juicios implacables sobre esos parvenus que tanto le odiaran y envidiaran aunque ahora quisieran tenerlo como prenda de paz. Borges descansa en el terruño que escogió y en paz. ¿Por qué remover su legítimo derecho de opción a casi cuatro décadas de su desaparición física? Seguirá siendo argentino a la par que universal, sin duda. Argentina seguirá siendo Argentina, con o sin los huesos de un hombre al que poco valoró en vida. La diputada kirchnerista María Lenz debiera ocuparse más en cumplir los votos asumidos al comenzar su función que en repatriar a este hombre grande y sencillo que decidió con su lucidez de invidente pasar el resto de su vida en otro sitio menos confrontativo. Argentina sigue sin estar preparada para dialogar aún con sus propios ciudadanos como para embarcarse en hacerlo con un muerto que obstinadamente deseaba no regresar. ¿O será que también se quisiera echar mano a la herencia (in) tangible del gran Borges?