Mo kí o, bàbá Obalúwàiyé!

Ó gbélé iko sàlà rè, sàlà rè l'Orí!
(Él vive en una casa de paja, un àlà que cubre Su Cabeza)


Este sábado haremos nuestro homenaje anual al Dueño de la Tierra, bàbá Ìgbònòn -el ardor que llega desde la floresta- y el ritual de Ológbàjé.
Es enormemente grato celebrar a esta antigua divinidad que posee fundamentos tan precisos e importantes para nuestro culto ya que siempre, se sepa o ignore, es parte esencial junto a bàbá Òsònyin, del proceso iniciático. Sin su concurso no es posible desprender la piel antigua para vestir la nueva; no son gratuitos sus título de Afòmòn (reptante como el agémo de los primordios de Àiyé) Àjérìn (el que come mientras camina) Onílé (propietario de la tierra que nos recibe) Sóbólóojú (ojos penetrantes) Oníyè (señor memorioso) Sàpàdà (brazo que pune) Àfaradà (carretera ilimitada) Ajagúnòn (perro feroz en el camino) entre muchos otros. Dueño de eni, la estera, que carga Oyá misericordiosa para ritos de vida-muerte y muerte-vida, ambos oníjó -danzarines- entre el Aire, la Tierra y el Fuego.
Obalúwàiyé es, además, el segundo orisha gobernante de esta casa y de esta comunidad y me complace celebrarlo con su banquete real, ese que los mitos señalan como imprescindible para alejar de nuestro lado las viscisitudes del dolor y la miseria. Su misterio se hace carne y sangre cada año en la floración del cereal que alimenta, y vuelto a la tierra abona el crecimiento de nuevos retoños destinados a aumentar ashé.
Lo saludo con reverencia, sin temor, porque como parte de mi enredo es parte de mi familia fundacional y a través suyo he podido obtener la tierra que piso con todo lo que de ella surge... Rindo mi homenaje a esta divinidad tan incomprendida como malinterpretada en el manejo constante de los tres colores primarios capaces de crear y recrear todo cuanto existe infinitamente por Su poder de Àselenu; que sus calabazas alimenten siempre en salud y vigor nuestro culto y tradición, y se perpetúe en nuevas tierras de promisión y expansión, reales y simbólicas.
Que nos cubra de paja para alejar de nuestro camino a Ikú hasta que nuestra labor esté cumplida a satisfacción, que defienda esta comunidad como siempre lo ha hecho desde que ordenara a su hijo Elbio hacerse de un lote de tierra para instalar Su trono. Que su riqueza nos brinde tranquilidad y sus ojos nos miren con misericordia y agrado. Que sea de crecimiento y desprendimiento a la vez, ya que todo cuanto existe deberá un día retomar el camino de su origen; que mantenga este mundo libre de pestilencias y su fuego purificador nos sirva para cocinar alimento vivo para el espíritu de quien lo necesite.
A quienes lo tienen de Olóorí -como ìyá Mope- y a quienes lo tienen en el pasaje, felicidades y transmutación.

A jí b
èéOlóké!