Guerreros de la Edad de Bronce


Soledad Platero

A PESAR DE LAS numerosas fuentes que la mencionan, la Guerra de Troya -ésa en la que el pelida Aquiles se enfureció causando con su cólera infinitos males a los aqueos- no es un episodio probado. Mientras algunos historiadores asumen como verdadero el nudo de la historia homérica, otros insisten en que la famosa Guerra de Troya no tuvo lugar. Barry Strauss decide pasar por encima de esa discusión y asumir que, al día de hoy, hay indicios suficientes como para aceptar como posibles los hechos recogidos por la tradición, y que, si no está probado cómo fue, sí se puede hablar de cómo pudo haber sido. Para eso acude constantemente a analogías, se apoya en episodios conocidos de otras guerras, remite a cultos y costumbres de pueblos vecinos y redondea la ilusión de que, a falta de pruebas en contrario, las cosas bien pudieron haber sido como él las cuenta.

aqueos y troyanos. El comienzo de lo que se conoce como historia de la Grecia Antigua puede datarse aproximadamente en el año 776 a.c., fecha en que se celebraron los primeros Juegos Olímpicos. Los hechos anteriores, por lo tanto, se ubicarían en la prehistoria. La guerra entre aqueos y troyanos pudo haber tenido lugar, según señala Strauss, entre 1210 y 1180 a.c., período que coincide con el fin del esplendor del Imperio Hitita, así como con las referencias a los ataques a Egipto por parte de los llamados Pueblos del Mar (luego llegados a Palestina, en donde serían conocidos como Filisteos). Es la época del Imperio Nuevo en Egipto y de las últimas luces de civilizaciones espléndidas como la micénica y la asiria. La destrucción de Ugarit (ciudad portuaria al norte de la actual Siria) y de los palacios de las ciudades más importantes de la Grecia continental (Pilos, Tirinto, Atenas y Micenas) pueden ubicarse alrededor del 1180 a.c.

Troya de amplias calles. Entre 1150 y 750 a.c. transcurre lo que se conoce como la Edad Oscura (el nombre se debe sobre todo a la escasez de documentos y restos arqueológicos de ese período), que acaba en el llamado Renacimiento griego de entre el 800 y 700 a.c. El origen del alfabeto griego se puede datar alrededor del 750 a.c, y suele pensarse que Homero (personaje cuya existencia tampoco está probada) pudo haber vivido en el siglo VIII a.c. La Ilíada y la Odisea alcanzaron la forma escrita recién entre el 560 y 527 a.c., en Atenas. Sin embargo, existen otros textos en los que se hace referencia a los hechos de la Guerra de Troya, y que integran, junto con la obra homérica, lo que se conoce como el ciclo épico (entre ellos, las Ciprias, la Etiópida, la Pequeña Ilíada, la Iliupersis, el poema "Nostoi" y la Telegonía). También la Eneida, escrita en latín por Virgilio en el año I a.c., retoma (y reescribe) el fin de la guerra y la supervivencia de Eneas, príncipe troyano y fundador literario del Imperio Romano.

Como en la mayoría de los relatos importantes, todo empieza con una traición. La larga Guerra de Troya, en la que murieron incontables aqueos y se destruyó una de las más prósperas ciudades de la edad del bronce, comenzó cuando Menelao, rey de Esparta, decidió recuperar lo que Paris, príncipe de Troya, le había robado. El joven Paris había sido sobornado por Afrodita, que le prometió entregarle a la mujer más hermosa del mundo a cambio de la manzana de oro que la consagraría como la más bella de las diosas. Claro que la mujer más hermosa del mundo estaba casada con Menelao, pero ese detalle no iba a impedir que una diosa como Afrodita cumpliera su promesa. Paris estaba disfrutando de la hospitalidad del rey de Esparta cuando éste debió salir de la ciudad para asistir a un funeral en Creta. La ocasión fue aprovechada por el troyano, que escapó llevándose a Helena y al rico tesoro que había constituido su dote. No demoró mucho Menelao en enterarse de la cosa -se cuenta que la propia Iris, mensajera de los dioses, corrió a darle la noticia- ni en pedir ayuda a los demás reyes aqueos para castigar al raptor y recobrar el botín. Según Homero, la guerra duró diez años y movilizó a una flota de casi dos mil barcos griegos y a ejércitos de al menos cien mil hombres por cada bando, además de involucrar a casi todo el plantel del Olimpo, empezando por Afrodita, que se sabía responsable del comienzo de las hostilidades.

Prodigios y vértigos de la analogía. El libro de Barry Strauss se suma a una enorme cantidad de textos, más o menos académicos, que se ocupan de la Edad de Bronce y de la reconstrucción de los hechos sobre la base de documentos arqueológicos y a su contraste con la mitología y con los numerosos relatos recogidos por la tradición literaria. El resultado es entretenido, pero no deja de llamar la atención la forma en que Strauss rellena los huecos y facilita la comprensión de las cosas para un público lector en cuya sagacidad no parece confiar mucho. En la página 140 se hace referencia a un pasaje de la Odisea para introducir el problema del asalto a las murallas de Troya -tan inexpugnables que a pesar de los diez años de asedio sólo pudieron ser traspasadas mediante la infame treta del caballo-. Strauss dice que si los aqueos hubiesen contado con un manual de combate, habrían sabido que debían emplear alguna estrategia para llegar a las murallas, "algo así como un asalto nocturno por sorpresa", por ejemplo. Y luego usa su truco favorito: "Dos antiguos gobernantes hititas, Pithana y su hijo Anitta (siglo XVIII a.c.), tomaron cada uno una ciudad enemiga por la noche". Es decir: dos gobernantes hititas que vivieron seis siglos antes que Agamenón, Héctor y demás, tomaron dos ciudades por la noche. Podríamos suponer que además de Pithana y Anitta hubo, en la historia de Oriente y Occidente, varias docenas de generales y capitanes que hicieron lo mismo. Sin embargo, Strauss usa la analogía como una forma de probar sus dichos, y prefiere, razonablemente, remitir a hechos probados y más o menos prestigiosos. Más adelante afirma que Andrómaca, esposa de Héctor, aconsejaba a su marido en materia militar, y vuelve a la carga: "Si esto parece como si Josefina le dijese a Napoleón cómo invadir Rusia, puede sumarse a las pruebas de la relativa libertad de las mujeres troyanas". Qué duda cabe.

Otras afirmaciones semejantes se usan para indicar que los griegos micénicos no usaban la escritura: "Por tanto, es tan probable que un wanax como Agamenón conociese el Lineal B como que la reina Victoria de Inglaterra supiese taquigrafía" (p. 78). Aunque tal vez la más osada -y la más enigmática- de las comparaciones se refiere al amor entre Paris y Helena: "[Paris] podía ser un bellaco, pero no un títere; pretendía utilizar a Helena para tomar posiciones en la Casa Real troyana [pero Helena] también lo estaba utilizando a él, así que la pareja adúltera guardaba menos relación con Romeo y Julieta que con Juan y Eva Perón". (p.57).

A pesar del perverso mecanismo de validación de sus afirmaciones, el libro de Strauss (que es profesor de Historia y Cultura clásica en Cornell) consigue el objetivo de interesar al lector no especializado en temas históricos, y da una idea bastante clara de cómo era el mundo griego y anatolio en esos años anteriores a la escritura. Es un texto de divulgación, y no se diferencia mucho de esos programas especiales del History Channel o el Discovery Channel que reconstruyen hechos o fenómenos inciertos bajo la premisa de "pudo haber sucedido así". Para los que quieran literatura, sigue siendo preferible Homero.

LA GUERRA DE TROYA, de Barry Strauss. Edhasa, Barcelona, 2008. Distribuye Océano. 382 págs.