Sara de Ibáñez (1909-1971)

Tuve el privilegio enorme de ser alumno suyo en el Instituto Dámaso A. Larrañaga en 1966. Con Sara de Ibáñez, la clase de Literatura se convertía en una fiesta. Su figura delgada, menuda, de ojos enormes, se agigantaba al influjo de su voz recitando La Ilíada. Pero quiero aquí referirme a unos versos suyos que dan pautas de la sensibilidad de esta mujer tacuaremboense -nacida en la localidad de Chamberlain- que la ubica entre las grandes poetisas orientales del Siglo XX como Juana (Fernández Morales) de Ibarbouru , Delmira Agustini, Esther de Cáceres o Clara Silva.

Rosa, rosa escondida
-finísimo cometa de jardines-
que en mi carne aprehendida
cierran los querubines
con una lenta curva de violines.
Herida, herida vienes.
Tu sangre por mis venas adelantas;
en mi voz te sostienes,
y sobre aéreas plantas
amor secreto de la hoguera, cantas.
(Lira I, de Canto)

o estos extraídos de Hora Ciega

Sería necesario
morir de rosa, de sapiente espiga,
agotar el ovario
de la exacta enemiga.
Morir paloma, miel, brezo y hormiga.

Como dije antes, nació en Chamberlain -Departamento de Tacuarembó- en 1909 y murió en Montevideo en 1971. Sara Iglesias Casadei contrajo matrimonio con el poeta y crítico literario Roberto Ibáñez siendo casi una jovencita. Recién en 1940 reunió su trabajo en Canto, prologado nada menos que por Pablo Neruda. Sólo produjo ocho colecciones de poemas, siendo su vida de intimidad familiar, docencia y congresos dentro y fuera de Uruguay. La obra se caracteriza por la perfección formal del verso y los distintos tipos de estrofa, así como por el uso inimitable del lenguaje. El sonido de sus versos sugiere siempre equilibrio; aún cuando percibimos que habla de algo ya conocido su forma de expresarlo es la revelación de una situación siempre nueva donde la magia se hace presente a través de la imagen de sentido y musicalidad.