Esplendor doméstico para el primer emperador de Roma



La Casa de Augusto se abrió al público, tras 20 años 'a oscuras', con todos sus frescos restaurados.

IRENE HERNANDEZ VELASCO

ROMA.- Durante los primeros 36 años de su vida, Cayo Octavio Turino fue conocido simplemente como Octavio. Pero cuando el 16 de enero del año 27 a.C. el Senado romano le concedió el título de Augusto, el primer emperador romano decidió hacerse llamar a partir de entonces por esa distinción religiosa. Y, por supuesto, se construyó una casa a la altura de su divinidad imperial.


Pero antes incluso de ser coronado como emperador, el patricio Augusto siempre vivió bastante bien. Hijo de un pretor y de una sobrina de César, Atia, disfrutaba una casa situada en la exclusiva colina del Palatino (la zona en la que vivían los ricos romanos) y que, al convertirse en emperador, ordenó enterrar para construirse otra aún más espectacular. Quizás por haber sido sepultada, esa primera casa de Augusto antes de ser Augusto ha logrado sobrevivir hasta nuestros días. Fue descubierta hace casi 40 años, a finales de la década de los 70, por Gianfilippo Carretón, uno de los arqueólogos que durante el siglo pasado más excavó en la zona del Palatino. Y aunque la domus en cuestión es anterior al nombramiento de Octavio como Augusto, fue bautizada con el nombre de Casa de Augusto.

Esa casa está considerada por muchos (incluida la Dirección Arqueológica de Roma) como el monumento más destacado de todo el Palatino, tanto por su importancia artística como histórica. Sin embargo, sus puertas sólo han estado abiertas al público durante un breve periodo en el año 1985.

Pero desde el último 2 de marzo, después de un profundo y minucioso trabajo de restauración que se ha prolongado durante años y que ha costado más de 1,5 millones de euros, la Casa de Augusto podrá ser admirada. «Han sido necesarios cerca de 20 años de trabajo para poder reabrir al público la primera casa de Augusto, aquella en la que vivía antes de ser emperador», asegura Angelo Bottini, responsable de la Dirección de Bienes Arqueológicos de Roma. «Pero ha valido la pena. Se trata de una residencia del último período de la República, con una riquísima decoración».

Las visitas a la Casa de Augusto se realizarán en pequeños grupos de cinco o 10 personas, acompañadas de profesionales y previo pago cada uno de ellos de una entrada de ocho euros. Vale la pena pagar esa suma por ver la explosión de rojos y las escenas mitológicas que rodeaban a Augusto en su vida doméstica. «Abrir al público todo esto supone un gran servicio a la humanidad», declara exultante Walter Veltroni, alcalde de Roma.

A pesar de que son sólo cuatro las estancias de la casa que en breve podrán admirarse -cuando, evidentemente, la residencia era mucho mayor-, esos cuatro aposentos son sencillamente magníficos. En la planta baja se encuentran tres de ellos: un recibidor, un gran salón comedor (el llamado oecus) y otra sala. Todos decorados con frescos espléndidos.

Un estudio privado

Pero lo mejor está en la planta de arriba. Allí se encuentra una pequeña estancia, íntima y preciosa a la vez, en la que los expertos consideran que Augusto tenía su estudio privado. La sala está toda cubierta con refinados frescos de motivo arquitectónico y equilibrados colores, un testimonio de primer orden del refinado gusto decorativo del que posteriormente fuera el primer emperador de Roma. «Es una maravilla», sentencia entusiasta Andrea Carandini, uno de los máximos estudiosos del Palatino. «Junto con los de la casa de Livia son los frescos más bellos de ese periodo», sentencia una de las restauradoras que les ha devuelto la lozanía.

Porque, con el tiempo, los frescos de la Casa de Augusto se habían ido deteriorando, reducidos en algunos casos a fragmentos diminutos. En el estudio, por ejemplo, sólo dos tercios de los frescos de la pared frontal y un trozo de la decoración de la bóveda estaban en pie. Todo el resto se había desplomado y había quedado convertido en pequeños trozos.

Ha sido necesaria más de una década de laborioso y paciente trabajo por parte de especialistas para poder reconstruir los frescos de la Casa de Augusto. «Era el puzzle más fascinante de la época contemporánea», resume Francesco Rutelli, el ministro italiano de Cultura.

La 'domus' de Livia

Livia Drusila Augusta fue la segunda esposa de Augusto, pero la primera gran mujer de su vida. Contrajeron matrimonio en torno al año 49 a.C. y, a pesar de no haber tenido hijos comunes, su unión duró 52 años y Livia siempre gozó del privilegio de ser la consejera de confianza de su esposo. El éxito de su matrimonio es posible que en parte se debiera al hecho de que vivían en casas separadas. Porque mientras el que con el tiempo se convertiría en el primer emperador de Roma habitaba en la llamada Casa de Augusto, Livia residía en un rico apartamento adyacente a la residencia de su marido pero totalmente privado. La domus en cuestión fue descubierta en 1869 por el arqueólogo Pietro Rosa y, en justo homenaje a su insigne inquilina, fue bautizada como Casa de Livia.

La Casa de Livia estuvo abierta al público durante los años 80. Pero en los 90, ante el riesgo que para sus delicados frescos entrañaba el tropel de personas que a diario acudían a admirarla, el Ayuntamiento de Roma optó por echarla el cierre. Sin embargo está previsto que durante 2008 vuelva a abrir sus puertas a los visitantes, tras haber sido sometido a un concienzudo proceso de restauración. Cuando eso ocurra, será posible deleitarse con los magníficos frescos de la Casa de Livia que narran la leyenda mitológica de Io y Argos.