El Emperador que cayó del cielo

Reeducado por el pueblo chino
Celeste Emperador del Mundo
Con coleta según la moda manchú


Dos mil eunucos vivían pendientes del más pequeño de sus caprichos. Pero el destino tenía preparadas unas cuantas sorpresas para el último emperador de China. Entre ellas, que acabaría siendo un comunista convencido.

Aisin Gioro Pu-yi estaba destinado a dominar el mundo. Los 5.000 años de historia de China decían que el emperador que ocupara su trono sería el principal personaje en la tierra, como intermediario entre los dioses y el pueblo más avanzado y poderoso del planeta. Ciertamente, su economía suponía aproximadamente un tercio del total mundial a principios del siglo XIX y además, a lo largo de los siglos, los demás habían seguido su camino y les habían imitado tanto en la escritura como en formas de gobierno o en pensamiento filosófico, lo que había llevado a los chinos a ponerse un nombre al país que mantienen hasta la actualidad: “El Imperio central”. Coreanos, japoneses o vietnamitas, por ejemplo, les copiaban en su escritura, leían a sus pensadores mientras que otros como los reinos budistas del sudeste de Asia, aunque no habían adquirido su cultura, reconocían la hegemonía del emperador chino enviando periódicas embajadas. Sólo eran los occidentales los que no reconocían esa superioridad de la civilización china o ese papel central de su emperador como hijo del cielo, por lo que no merecían otro apelativo que “bárbaros” o, cuando creaban problemas, “diablos rojos”.

Los últimos tiempos habían demostrado que ese poderío en el mundo estaba siendo desafiado por los demás. Desde la derrota en la primera Guerra del Opio (1840-42), China pudo comprobar que los occidentales estaban más desarrollados en armamento, mientras que las progresivas concesiones territoriales en los puertos de su costa demostraron que el poder del Emperador ya no era tal, porque incluso dentro del propio territorio chino tuvieron que permitir que los extranjeros impusieran su ley. Después, incluso, la derrota militar frente a los antiguos subordinados japoneses en 1895 y las inmensas deudas que hubieron de reconocer a las potencias occidentales a raíz del fracaso de la revolución Boxer de 1900 pusieron al Imperio chino en un trance especialmente difícil. Pu-yi tenía un futuro difícil, pero las circunstancias de su proclamación lo dificultaron aún más ya que llegó al trono de forma irregular. Primero, su antecesor el joven emperador Guang Hsu [Guangxu] murió de una forma sospechosa tras estar diez años arrestado en palacio. Segundo, había otros parientes mucho más cercanos del emperador anterior. Tercero, las intrigas palaciegas de la “reina viuda” Tzu Hsi fueron la razón de su nombramiento, porque habiendo detentado durante muchos años el poder en la sombra, la única forma de esta “emperatriz madre” de mantener el poder tras la muerte de su hijo era adoptando a un sobrino que resultó ser el pequeño Dzai Tien, a quien elevaron al trono en noviembre de 1908 con el nombre de emperador Hsuang Tung. Lo peor, no obstante, era que Pu-yi sólo tenía poco más de dos años y medio cuando le nombraron emperador en una ceremonia donde sus lloros pudieron mucho más que el protocolo imperial. Aun cuando hubiera querido simplemente detener el declive del trono, su tarea había de ser titánica, pero la situación no tardó en empeorar más aún.

Cuando Pu-yi empezaba simplemente a balbucear sus primeras palabras en octubre de 1911, la rebelión contra la dinastía Ching se expandió por toda China de forma imparable, con una fuerza cada vez mayor de la Alianza Revolucionaria que, dirigida por Sun Yat-sen, tenía entre sus objetivos acabar con los príncipes Ching. Con esta situación y entre negociaciones, China pasó a ser una república provisional mientras que la Corte accedió a la abdicación del joven monarca cuando éste iba a cumplir su sexto cumpleaños. Como recompensa se les permitió seguir en la Ciudad Prohibida, mantener sus tesoros imperiales y recibir una suma anual para sus gastos en lo que pasó a llamarse el “Tratado de Buena Voluntad”. La situación del pequeño Pu-yi desde entonces fue contradictoria: siguió manteniendo la pompa imperial, pero dentro de una república. Su vida en la Ciudad Prohibida se desarrolló al igual que la de sus antecesores, rodeado de reverencias, ceremonias y de calificativos como “Señor de los Diez Mil Años” o “Bienaventurado Hijo del Cielo”. Sus órdenes de azotar eunucos eran continuas, los profesores eran despedidos cuando a él se le antojaba y aunque se le trataron de inculcar conceptos como “humanidad” y “justicia”, el rango de emperador celeste le colocaba por encima del bien y del mal. Vivió una infancia y una juventud tan aislado como sus antecesores, porque no tuvo amigos de juegos; ni siquiera sus propios hermanos se atrevían a llamarle Pu-yi, sino que le trataban como a un emperador, arrojándose a sus pies mientras pasaba. Seguía en definitiva viendo el mundo a través de la obediencia que le brindaban en la corte. Pero su poder ya no llegaba más que a las puertas de la Ciudad.

Por eso la obsesión de su vida fue recuperar ese trono y ese esplendor de los tiempos antiguos. Restauración fue la palabra clave que centró sus ambiciones y sus sentimientos personales desde antes incluso que llegara a la mayoría de edad. Convencido de la necesidad de su vuelta, las excusas de Pu-yi para justificarla fueron muy variadas: para acabar con la anarquía, para llevar a su país por la vía de la modernización utilizando las energías de los extranjeros, etc. Pu-yi probó a apoyar generales monárquicos, a financiar cuentistas que le prometían planes inverosímiles, e incluso vendió las joyas que la casa imperial atesoraba desde siglos para conseguir un retorno a unos tiempos gloriosos de los que él sólo había oído referencias. La ambición ilusa de Pu-yi sólo le permitía escuchar a quienes le decían que debía tomar el poder y retomar los numerosos ejemplos históricos de retornos al poder sin que nada hubiera cambiado a pesar de que en China, para esos años, la gran mayoría de la clase educada rechazaba de plano el sistema imperial y se negaba a aceptar siquiera una monarquía constitucional. Pero el pobre Pu-yi fracasó siempre. Nunca le faltaron motivos para mantener la ilusión. La mentalidad imperial solo despareció lentamente y el primer presidente posterior al imperio, Yuan Che-kai [Shikai], se hizo proclamar emperador por unos meses en 1916. Al año siguiente, los monárquicos de Chang Hsun [Zhang Xun] provocaron una restauración que le repuso en el trono como emperador. La ilusión sólo se pudo mantener unas semanas antes de volver a abdicar, al quedar claro el escaso apoyo militar y sobre todo al caer en la Ciudad Prohibida la primera bomba lanzada en China desde un avión militar. Al alcanzar la mayoría de edad, Pu-yi no consiguió ganar una imagen de estadista o siquiera de gobernante con capacidad de mando porque ni su decisión de expulsar a los eunucos en 1923 ni sus medidas para evitar la corrupción y el robo de los almacenes imperiales consiguieron efecto alguno, o detener la desaparición progresiva de una gran cantidad de tesoros que se vendían después en las propias cercanías de la Ciudad Prohibida.

Si Pu-yi era incapaz de gobernar la Ciudad Prohibida, permitir que intentara hacer lo mismo con el país sería una locura, pensaron un buen número de seguidores. Después, la derrota de un general aliado suyo provocó su expulsión definitiva de la Ciudad Prohibida que desde entonces quedaría como un museo público, cultural e histórico. El emperador destronado estuvo por un tiempo en la Residencia del Norte en una situación que no podía continuar por mucho tiempo a causa de la tensión con el gobierno provisional revolucionario, mientras que consideraba cada vez más factible su vuelta al trono apoyado por las potencias extranjeras. Así, se escapó al poco tiempo al Barrio de las Legaciones de Pekín, una zona donde las autoridades chinas no tenían ningún poder y que ante los temores del recién exiliado de sufrir un atentado le podía ofrecer seguridad. De allí pasó a Tianjin, la ciudad costera más cercana a Pekín que también era una concesión internacional donde aunque ya había sido privado de título por la república pudo seguir apoyando conspiraciones varias (desde armar a bandas de rusos blancos a recibir propuestas de dinero y armas de un buen número de los generales perdedores en la guerra civil) gracias al dinero sacado de la venta de joyas y tesoros imperiales, así como de las propiedades que seguía manteniendo. Su idea no obstante, era marcharse a estudiar al extranjero. La fascinación por lo extranjero le comenzó a Pu-yi desde 1919, cuando a raíz del fracaso de la restauración, el nuevo presidente ordenó que se le diera una educación avanzada bajo tutores occidentales. De esta forma conoció al escocés Reginald Johnston, un catedrático de literatura en Oxford con un conocimiento del chino excelente que fue contratado por medio de la Embajada inglesa. Su influencia fue grande, porque a través de él Pu-yi quedó fascinado por la cultura occidental al ver por ejemplo, fotografías de aviones, de cañones, de caramelos, al aprender sobre el ritual del té o al leer la revista de modas “Esquire”.

Esos descubrimientos le dejaron una huella visible. Asimilando el sentimiento de superioridad occidental que le transmitía su maestro Johnston durante las clases en el “Palacio del Crecimiento Espiritual”, Pu-yi no sólo se cortó la coleta manchú a raíz de una burla de Johnston al denominarla “coletita de cerdo”, sino que pasó a occidentalizar su nombre a Henry (Hen Li) e incluso provocó quejas de sus ministros de perder la “dignidad imperial” utilizando un bastón de paseo, gafas Zeiss o perfumes Max Factor. Johnston fue mucho más que un profesor: también le informó sobre la situación de la lucha entre potencias, sobre los posibles apoyos que le prestaría Inglaterra, e incluso le aconsejó sobre los planes de huida al Barrio de las Legaciones. Pero más que occidentalizado, Pu-yi estaba avergonzado de sus propios compatriotas. Teniendo la vida de un dandy como su ideal de existencia, se consideraba más inteligente que el resto de sus súbditos chinos de los que pensó que eran incapaces tanto para el gobierno como para la civilización, al punto de que se asombró en una ocasión que el conductor de una locomotora fuera… un chino. Un chicle de menta o una simple tableta de aspirina le llevaban a pensar que todo lo extranjero era bueno y que lo chino era malo y la única excepción que llegó a ver como ideal fue, precisamente, el sistema imperial que él debía restaurar. Los japoneses tuvieron un papel curioso como objeto de admiración, porque aunque eran asiáticos, eran también un ejemplo claro de país desarrollado que incluso les había vencido militarmente años atrás. Además, al contrario que con los occidentales, las posibilidades de cooperar en pos de esa ansiada restauración fueron mayores ya que teniendo ellos su propio sistema imperial era fácil que pensaran, como le decían al propio Pu-yi, que las raíces de todo desorden radicaban en que China carecía de emperador. Tras haber iniciado una buena relación a partir de la conmoción que supuso el terremoto de Tokio de 1923, los japoneses prestaron su embajada a Pu-yi para que se instalara durante su escapada al Barrio de las Legaciones desde el Palacio de Verano en 1924, y durante su estancia en Tianjin siguieron manteniendo unas relaciones muy cordiales mientras que aumentaban su presencia en el norte de China. Para el emperador depuesto era una nueva esperanza para su ansiada restauración no sólo por el halago por el entusiasmo con el que le acogían, tanto con demostraciones escolares, como llamándole “emperador”, sino porque su presencia en el Norte de China era cada vez mayor y sobrepasaba con mucho a la de los países occidentales. Fueron los únicos compañeros de viaje, fiables y poderosos, aunque ellos también exigieron un pago.

La principal decisión tomada por Pu-yi fue incitada precisamente por los japoneses. A partir de 1931 invadieron Manchuria, la región al Norte de China donde el sistema imperial conservaba más importancia, y sus éxitos frente a las tropas chinas fueron continuos. Por ello cuando los militares japoneses le propusieron escaparse secretamente a la zona dominada por ellos, a Pu-yi le bastó una simple promesa para lanzarse a la aventura y desatender los consejos en contrario formulados por su entorno. Era una apuesta arriesgada, porque ya no era sólo enfrentarse a sus compatriotas chinos que luchaban contra los japoneses, sino a las potencias occidentales que estaban en contra de los métodos japoneses de penetración en China y además, a sólo dos meses del ataque japonés, por lo que era aún pronto para saber el resultado. A pesar de ello, Pu-yi apostó por Japón y viajó a Mukden, la capital de la Manchuria ocupada por Japón. La apuesta le salió bien por un tiempo. A pesar de que el ejército japonés se resistió en un principio, Pu-yi consiguió de nuevo su sueño dorado y por fin en el año 1933, el gobierno japonés le reconoció como Emperador del Manchukuo, el estado marioneta al servicio de Japón. A tenor de los resultados, Pu-yi consiguió lo que buscaba: su rostro apareció en oficinas y edificios de la administración mientras que el partido gobernante -la Liga de la Concordia- obligaba a comprar su retrato a los particulares. Además, escolares y soldados se inclinaban ante su foto diariamente y leían solemnemente sus escritos imperiales, que después habían de aprenderse de memoria. Si era eso lo que quería, por un tiempo pudo sentirse satisfecho. Era la tercera vez y parecía que era la vencida. Pero su triunfo fue efímero. No sólo porque bien pronto pudo comprobar que los japoneses eran los que mandaban y él tenía muy poco poder incluso puertas adentro del palacio, sino porque pronto le bajaron de categoría para señalar claramente su puesto inferior frente al emperador japonés. Como él mismo afirma, se dio cuenta de que no era más que un “rey de la baraja.” Si en un principio le decían que era pariente de la familia imperial japonesa, con el tiempo pasaron a llamarle rey y después a limitar su relación al ejército de Kanto, el que dominaba el Manchukuo, mientras que Japón ya no era “aliado” sino “país padre” del Manchukuo. Además, cada vez más le controlaron el acceso con el exterior y las demostraciones populares de afecto pasaron a ser más escasas.

Las mieles de la Restauración se volvieron amargas por último cuando las bombas de los últimos años de la Guerra del pacífico presagiaron la tercera abdicación que, esta sí, fue la última de todas. Prisionero de las tropas soviéticas a partir de 1945, Pu-yi empezó desde entonces lo que él mismo denomina su segunda vida. Para esos momentos lo que le pasó a preocupar ya no era restaurar nada sino mantener algo. Su propio pellejo en concreto, porque como colaborador entusiasta de los japoneses podía ser objeto de muchas acusaciones. Así, participó en el Tribunal Internacional del Extremo Oriente para acusar a varios japoneses y para negar evidencias de cartas a favor de Japón escritas en tiempos de la guerra que entonces resultaban comprometedoras. Aún así tuvo suerte, porque durante los cinco años que vivió recluido en Siberia recibió de los soviéticos un excelente tratamiento, recluido en un sanatorio donde incluso tuvo servicio. En 1950 regresó a China, de nuevo con la certeza meridiana de que sería colocado frente a un pelotón de ejecución. Se equivocó, pero sobre todo porque le ocurrió lo más inesperado: convertirse de corazón al espíritu de los anteriores enemigos. Pu-yi fue uno de los muchos prisioneros que recibió las tácticas de reeducación en las que todo el comportamiento y reflexión formaba parte de discusiones entre grupos de trabajo que debían auto-inculparse. Y su conversión fue una de las más famosas, representando una excelente propaganda. No le fusilaron, ciertamente, pero los efectos de esos casi diez años que estuvo recluido allí (1950-59) tuvieron un efecto letárgico hasta su muerte, porque no sólo se inculpó de muchos crímenes y colaboración con los japoneses -tanto antes como después de su escapada a la Manchuria ocupada- sino que fue más allá: aprendió en estos años a ser un hombre normal. Por primera vez se ató los zapatos él mismo, acabó haciendo su turno de limpieza dentro de la celda de varios, e incluso se esforzó por lavarse la ropa con la misma velocidad que los demás para evitar ser objeto de burla entre el grupo. Así con los años Pu-yi recibió un indulto y pudo incorporarse a la sociedad, trabajando como jardinero en el jardín Botánico de la Academia Sínica. Se “restauró” de la forma menos pensada: especializándose en plantas tropicales.

Las difíciles relaciones sentimentales de un emperador

El preceptor escocés de Pu-yi, Johnston, da cuenta de una anécdota poco después del fracaso de la primera Restauración, cuando el joven le comentaba lo hastiado que estaba de tener que aprender los clásicos chinos y las enseñanzas de Confucio. Por ello, cuando Johnston le dijo que si volviera a gobernar tendría que dejar las lecciones, Pu-yi le preguntó incrédulo “¿Se acabarían realmente las lecciones si tuviera que hacer de emperador?” Algo parecido ocurrió con su relación con las mujeres, porque su condición de emperador en potencia también dominó sobre cualquier otro sentimiento. Pu-yi tuvo relación con muchas mujeres, pero resulta difícil decir que amara a ninguna de ellas. Tuvo nueve madres entre la natural, la viuda de su tío el emperador, y las varias concubinas que recibían el nombre de esposas imperiales o “Esclarecidas Madres” (aunque por su edad habría sido más clarificador denominarlas “ancianas madres”) El propio Pu-yi reconoce que “a pesar de ser rico en madres, nunca conocí el amor maternal”, porque apenas se preocupaban de otra cosa que de enviarle la comida y de saber que ya había acabado, además de rápidas visitas rodeadas de cantidades inverosímiles de eunucos. Su madre natural se suicidó a los dieciséis años, a causa de un problema dentro de la corte con una de las esposas imperiales, Duen Kang, la Concubina de Jade del anterior emperador. Lo único parecido al amor maternal que recibió Pu-yi fue el que le dio hasta los nueve años su nodriza Wang Momo, que fue despedida en cuanto cumplió esa edad por orden de las otras madres suplentes de más alta categoría. En el matrimonio, el rango imperial siguió dominando sobre los sentimientos y poco fue el tiempo que dedicó a sus mujeres; ni al elegirlas, ni conviviendo con ellas. Su primera boda fue a los quince años con una muchacha de doce a la que escogió por medio de una fotografía, aunque después de haber sido presionado. Se llamaba Wang Run y con los años pasó a llamarse también Yi Li So Bai (Elisabeth) Su vida en común se limitó a los actos oficiales y las compras y los regalos fueron una parte esencial de la relación mutua que cada vez era menos llevadera por culpa del consumo creciente de opio, hasta el punto de calificarla de “repugnante” y de “opiómana incurable”. Su segunda mujer, Wen Hsiu, le abandonó en 1931 cuando estaba viviendo en Tianjin, pero lo que le provocó este abandono más que nada fue darse cuenta de la anormalidad de su vida matrimonial ya que, enfrascado en las normas de etiqueta de la corte por las que se había casado (“para mí las relaciones entre hombre y mujer eran relaciones entre soberano y súbdita”), sus ansias de conseguir la restauración evitaron que se preocupara por encontrar otro tipo de relación. La familia de Wen Hsiu por otra parte también parece que compartió esta ausencia de sentimientos de la que habla Pu-yi, porque tras esa separación se pudo constatar el deseo de recibir una buena compensación de la familia imperial. Los japoneses se preocuparon de encontrarle sustituta: primero en 1937 con una mujer manchú, Tan Yu-ling, que tampoco le cambió su forma de relacionarse con las mujeres porque a pesar de haber conseguido el rango de Concubina Imperial Pu-yi escribió sobre ella: “fue más un nombre que una esposa”. La segunda sustituta, casi una niña, se la encontraron al poco de morir Tan Yu-ling en 1942 y su nombre ni siquiera aparece en las memorias sino como “Concubina de la Dicha”. Al final de la guerra, y a los tres años de matrimonio fue devuelta a su familia. La relación más feliz de su vida careció de la fogosidad de la juventud, pero se aprovechó de las renovadas ganas de vivir tras haberse convertido en “una nueva persona” después de la salida de la cárcel del pueblo. Li Chu-hsien, con quien vivió los últimos años de vida, era una enfermera que procedía de Hangchou y recibió muchísimo menos regalos que las anteriores: no había ya abrigos de pieles o alhajas para compensar a su esposa en los momentos de infidelidad, como había hecho con las anteriores.