Crisis, según Cristina

La fotografía no es, por supuesto, la de la presidenta argentina. Es una intervención en Mona Lisa de Leonardo da Vinci donde se ha colocado el rostro de un ícono argentino de los 70 -Isabel "Coca" Sarli- a quien la presidenta parece admirar, pues copia su estilo.

por Daniel Della Costa
LA NACION

Hoy todo el mundo habla de la crisis y lo hace como si supiera. Y hasta hay gente del común -empleados municipales, jubilados con la mínima, señoras que barren la vereda con los ruleros puestos- que se meten a opinar y a dar consejos. Es que nadie se lo quiere perder ni quedar al margen.

Desde la Gran Depresión que no se veía un crash como éste, lo que deja a la altura de un poroto el efecto tequila, la crisis de los tigres asiáticos o el shock petrolero de los años 70. Pero a no agrandarse: esto dejará mucho para contarles a los nietos, como los que vieron cómo se movían las arañas de la casa cuando se produjo el terremoto de San Juan o estaban sentados frente a la TV cuando el hombre dio los primeros saltitos en suelo lunar.

O también, si se quiere impresionar al vecindario o al consorcio, pueden juntarse los pesitos que había en la lata de los fideos en lo más alto de la estantería de la cocina e ir a la calle San Martín a comprar dólares. Es decir, salvo que se tenga mucha plata en la Bolsa (en cuyo caso, el recurso que queda es la plegaria), se esté en los grandes negocios internacionales (aquí a los rezos habría que agregar el cilicio) o se dirija un país, para los particulares del común y sin mayor patrimonio la preocupación derivada de esta crisis no debería ser más importante que el futuro de Racing o la suerte de la parejita más despechugada de "Bailando por un sueño".

Aunque acaso exista una excepción en la que lamentablemente podrían estar involucrados los 40 millones de argentinos. Porque es cierto: la crisis se juega en las grandes ligas, Bush parece más perdido que un punk en una fiesta de rollingas y las que están cayendo como un castillo de naipes son empresas que mueven miles de millones de dólares. No obstante cualquiera, hasta el tipo que se gana la vida cartoneando o se entera de las noticias en medio de un desierto infinito a través de una radio a galena, sabe que esta crisis tiene alcances mundiales, lo que quiere decir que de ella no se salva ni el país más insignificante de la Tierra.

Y aquí entonces es cuando comienzan las más legítimas preocupaciones de los argentinos, aun de aquellos que no tienen ni un peso partido por la mitad ni han visto un dólar en toda su vida. Porque ¿qué cabe pensar cuando, quien dirige los destinos de la Patria, entiende que lo que está ocurriendo se circunscribe al Primer Mundo, "que nos habían pintado como la meca", y está convencida de que éste se "derrumba como una burbuja". La inquietud sobreviene por partida doble no sólo porque a las burbujas, por su grácil condición de glóbulos de aire, les cuesta horrores derrumbarse por lo que más bien estallan o revientan; sino porque de la reflexión presidencial parece inferirse que de ésta el capitalismo no se salva y que, aparentemente, la Argentina estaría detrás de una alternativa aún no debidamente explicitada y que vaya a saber cuál es.

Lo que lleva a plantear algunas conjeturas. Una por ejemplo, que para preservar al país de los sacudones que experimentarán los precios de las materias primas, el comercio mundial y la asistencia financiera, se esté pensando en mudarlo a Marte. Otra, que se suponga que el mundo ha iniciado una marcha ineluctable hacia la colectivización, por lo que la familia Kirchner ya tendría todo dispuesto cuando suene la hora para ceder sus empresas y propiedades al pueblo que oprimen cadenas.

Y una tercera: que su reflexión -por esos saltos que a veces dan las mentes más cansadas y presionadas por las exigencias de su cargo- haya partido menos de la señora que hoy es presidenta que de aquella muchacha que participó de las rebeldías de los 70.

Vale decir: nada que no pueda remediar, para alivio de los criollos, un descansado fin de semana en El Calafate.

Y añade Fernando Laborde, también para LA NACION:

"El Primer Mundo se derrumba como una burbuja, mientras la Argentina sigue firme." La frase tan jactanciosa como ingenua no sólo reveló una particular manera de la presidenta Cristina Kirchner de interpretar las reglas de la física. También pareció demostrativa de que la presidenta de la Nación vive efectivamente en una burbuja.

Presa de su afán por tomar revancha contra un economista argentino que trabajaba para la quebrada compañía Lehman Brothers, cuyos negativos informes sobre nuestro país siempre molestaron al matrimonio presidencial, la primera mandataria ironizó sobre las desgracias del mundo capitalista sin advertir que ellas constituyen nuestras propias penurias.

No fue la primera vez en las últimas semanas que Cristina Kirchner se peleó con el mundo. Hace poco, ante un informe crítico hacia la economía argentina hecho por técnicos del Banco Central de España, la Presidenta respondió con dureza e involucró al Estado de ese país, sin reparar en que la mencionada entidad bancaria es un organismo autárquico que no depende del Palacio de la Moncloa. ¿Acaso pretendía que José Luis Rodríguez Zapatero o el mismísimo rey Juan Carlos levantaran el teléfono para frenar un estudio del Banco Central? Los Kirchner no hubieran dudado en hacerlo. Mas las cosas no funcionan igual en otros países.

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Días atrás, el gobierno nacional volvió a despotricar contra la administración de los Estados Unidos por su negativa a mandar al "prófugo" Guido Antonini Wilson a nuestro país con el fin de que se someta al rigor de los jueces argentinos. Después que Antonini, en agosto del año pasado, pudiera salir de Ezeiza con absoluta comodidad y de que hasta fuera recibido en la Casa Rosada. Ahora, el Gobierno buscará presentar como un logro el hecho de que el magistrado local que interviene en el "valijagate" podrá viajar a Miami a interrogar a Antonini. Como si esa posibilidad siempre hubiera estado vedada, cuando desde un primer momento la embajada de los Estados Unidos mencionó esa alternativa.

¿Habrá algún cambio en el discurso de Cristina Kirchner hacia el mundo durante la visita que iniciará pasado mañana al país del Norte? Los seis días que durará su viaje, que incluirá mensajes ante la Asamblea de las Naciones Unidas y el Consejo de las Américas hacen sospechar que se buscará mostrar un giro tendiente a mitigar la desconfianza en el país. La primera pregunta es cuántos grados estará la Presidenta decidida a girar. La segunda: cuántos hombres de negocios norteamericanos estarán dispuestos a escucharla, especialmente en momentos como los actuales en el mundo de las finanzas, donde la Argentina importa cada vez menos.

Aunque los Kirchner hayan demostrado no ser muy duchos en economía, seguramente habrá no pocos interesados en obtener los servicios de El Chapel SA, la flamante consultora "todoterreno" fundada por Máximo Kirchner -su presidente- y por sus padres Néstor y Cristina. La convicción de que manejará información a la que sólo pueden acceder quienes están muy cerca del Gobierno pesará más que cualquier prejuicio sobre el pensamiento económico de sus conductores. Pero sus potenciales clientes tal vez deberían recordar que la ley de ética pública exige a todo funcionario "abstenerse de utilizar información adquirida en el cumplimiento de sus funciones para realizar actividades no relacionadas con sus tareas oficiales o de permitir su uso en beneficio de intereses privados". Por lo que la información que obtendrían de El Chapel no sería, después de todo, tan privilegiada. ¿O acaso pensarán que los Kirchner podrán faltar a la ética?

Título de nota: "La burbuja de los Kirchner"