San Andrés de Teixido


Onde vai morto, quen non foi vivo...

Así dice la leyenda, perdida en la noche de los tiempos: quien no ha hecho este camino en vida, deberá hacerlo en espíritu.

Este enclave parece haber sido lugar de peregrinación ya en el paleolítico y un proto Camino Jacobeo. Quien no puede ir, pide a dos amigos que vayan por él y dejen una piedra en las cercanías del santuario. Ese testimonio lítico que se junta ahí desde el alba de los tiempos parecería ser una prefiguración de la Via Láctea. Se encuentra -como no podría ser de otro modo- en Galicia, la tierra más aferrada a la Tierra y a lo numinoso, donde parte de mi propia ancestralidad está enterrada entre encinas, alcornoques y matas de buxo. La otra parte está en la Basilicata, en el también mágico territorio de esa Italia multicultural y pobre.
Este lugar me recuerda el viaje de Orfeo en busca de su laberinto al tiempo que emprendía el rescate de Euridice, así como la fuerza que para los gallegos tienen la piedra, la vecindad del mar y ese misterioso convivio entre la vida y la muerte. Por supuesto, el "san Andrés" es apenas un apósito cristiano sobre un centro de culto mucho más antiguo que exigía peregrinar, buscar(se), encontrar la ruta hacia otros mundos que, de creer a Eluard, "están en éste". Las rutas hacia estos santuarios hacia los que debía dirigirse el hombre de Este a Oeste nunca eran exentas de peligro, como la propia vida. Y la llegada y cumplimiento de las formalidades de rutina eran tan sólo una etapa más de la experiencia que se iba enriqueciendo a lo largo del camino.