Sic semper tiranis (Así les va a los tiranos) Ah, ¿sí?

Se desconoce con certeza las condiciones que indujeron al Senado a plantear la muerte de César. Una de estas razones era el establecimiento de un régimen autocrático, pero es casi seguro que hubo otras muchas más motivaciones.
Los últimos acontecimientos en Roma motivaron la revitalización de una facción llamada optimate y entre ellos Cayo Casio Longino (principal cabecilla de la conspiración), pero no la única voz, decidieron pasar a la acción. Casio se comunicó con algunos hombres de confianza que compartían su idea de matar al dictador liberando a Roma del destino que él creía que le deparaba: un nuevo imperio dirigido desde Alejandría. Conviene recordar que allí estaba radicado Cesar, haciéndole el juego a Cleopatra VII. Otro personaje clave en el complot fue Marco Junio Bruto. Se especula que tras una serie de reuniones ambos estaban de acuerdo en que la libertad de la República estaba en juego, pero no tenían los mismos puntos de vista de cómo actuar: Bruto no pensaba asistir al Senado el día 15, pues abogaba por la protesta pasiva (la abstención); pero  Casio le replicó que como ambos eran pretores, el cuerpo senatorial podía obligarlos a asistir. Entonces respondió Bruto: «En ese caso, mi deber será no callarme sino oponerme al “proyecto de ley”, y morir antes de ver expirar la libertad». Casio Longino rechazó esta solución, pues entendía que no era dándose muerte como se iba a salvar la República, y lo incitó a la lucha, a pasar a la acción, que no podía hacer como su famoso ancestro. Marco Junio Bruto se decía descendiente de Lucio Junio Bruto, el patricio que dirigió la expulsión del último rey de Roma, Tarquino "el soberbio", en el 509 a.C.

Pero otro personaje de la familia también entró en el juego: Décimo Junio Bruto Albino, que era un familiar de César y en quien éste tenía absoluta confianza. El número de los conjurados podría ser tal vez de unos sesenta, de los cuales sólo unos veintitrés se encargaron de la ejecución material del asesinato. En las reuniones anteriores al día 15 -los idus de marzo- se empezó a elaborar un plan de acción. Se decidió de manera unánim atentar contra César en pleno Senado, ni bien entrara. Con esto esperaban que su muerte no pareciera una emboscada sino un acto patriótico, y que los propios senadores, siendo testigos del asesinato, declararan inmediatamente su solidaridad. Los planes no sólo eran matar a César sino llevar su cadáver arrastrándolo al Tíber como era usual para el delito de traición a Roma, adjudicar todos sus bienes al Estado y anular todas sus disposiciones.
Muchos de los conspiradores eran ex pompeyanos reconocidos, a los que César había perdonado la vida y la hacienda, incluso confiando en ellos para la administración del Estado (Casio y Bruto fueron gobernadores provinciales, nombrados por César)
Para lograr sus fines un grupo de senadores debía convocar a César al Foro para leerle una petición escrita por ellos, cuyo fin pretendería devolver el poder efectivo al Senado. César, en calidad de Dictador electo, estaba por encima de las decisiones del Senado. Marco Antonio había tenido noticias difusas de la posibilidad del complot a través de Servilio Casca, y temiendo lo peor corrió al Foro e intentó parar a César en las escaleras antes que entrara a la reunión del Senado. Pero el grupo de conspiradores interceptó a César justo al pasar frente al Teatro de Pompeyo donde se reunía la Curia romana, y lo condujo a una habitación anexa -cubicula- al pórtico este, donde le entregaron la petición. Cuando el Dictador la comenzó a leer, Tulio Cimber, que se la había entregado, tiró de su túnica provocando que César le espetara furiosamente: «Ista quidem vis est?» ¿Qué clase de violencia es ésta? No debe olvidarse que César, que acumulaba cargos y honores, era también el Pontifex Maximus, cuya persona era jurídicamente intocable. En ese momento el mencionado Casca sacando una daga, le asestó un corte en el cuello. El agredido se volvió rápidamente y clavando su punzón de escritura en el brazo de su agresor, le dijo “¿Qué haces, Casca, villano?”, pues era sacrilegio llevar armas dentro de las reuniones del Senado. Casca, muy asustado porque había herido al gran César nada menos, gritó en griego: ἀδελφέ, βοήθει!, («adelphé, boethei!» ¡Socorro, cofrades!), y en respuesta a esa petición todos los que les rodeaban se lanzaron sobre el dictador, incluido Marco Junio Bruto. César entonces intentó salir del edificio para pedir ayuda, pero cegado por su propia sangre tropezó y cayó. Los conspiradores continuaron con su agresión mientras yacía indefenso en las escaleras bajas del pórtico. César recibió veintitrés puñaladas, de las que si creemos a Suetonio solamente una, la segunda recibida en el tórax, fue la mortal. Las últimas palabras de César no están establecidas realmente, y hay una polémica en torno a las mismas. Las más conocidas son:

 "Καὶ σὺ τέκνον". Kai sy, teknon (Griego, ‘tú también, hijo mío’). Dicho por Suetonio, pero no se sabe si es constatación o pregunta.
 "Tu quoque, Brute, fili mi!" (sería la traducción al latín de la frase anterior: ‘¡Tú también, Bruto, hijo mío!’)
"Et tu, Brute?" Latín, ‘¿Tú también, Bruto?’ una pregunta.
Plutarco nos cuenta que no dijo nada, sino que se cubrió la cabeza con la toga tras ver a Bruto entre sus agresores.

 Tras el asesinato los conspiradores huyeron, dejando el cadáver de César a los pies de una estatua de Pompeyo, donde quedó expuesto por un tiempo. De allí lo recogieron tres esclavos públicos que lo llevaron a su casa en una litera, de donde Marco Antonio lo recogió y lo mostró al pueblo, que quedó conmocionado por la visión del cadáver. Poco después los soldados de la decimotercera legión, tan unida a César, trajeron antorchas para incinerar el cuerpo de su querido líder. Luego, los habitantes de Roma, con gran tumulto, echaron a esa hoguera todo lo que tenían a mano para avivar más el fuego. La leyenda cuenta que Calpurnia Pisonis, la esposa de César, después de haber soñado con un presagio terrible le advirtió a César de que tuviera cuidado, pero César ignoró su advertencia diciendo: «Sólo se debe temer al miedo». En otras se cuenta cómo un vidente ciego le había prevenido contra los Idus de Marzo; llegado el día y dirigiéndose hacia él, César le recordó divertido en las escaleras del Senado que aún seguía vivo, a lo que el ciego respondió "Insigne Julio, los idus no han acabado aún..."
Después de la muerte de César estalló una guerra civil con la fachada de una lucha por el poder entre su sobrino-nieto César Augusto -a quien en su testamento había nombrado su heredero universal- y Marco Antonio. Esta etapa  culminaría con la caída de la República y el nacimiento de una especie de monarquía, creándose el Imperio.  Es decir, sucedió lo que más temían y sin César. Pese a su acumulación de poder, César quería el bien de Roma, así como Octavio, que tomó el título de "Augusto". Sin embargo en muchos momentos el senado y el pueblo de Roma tuvieron ocasión de arrepentirse de haber conspirado contra César...
Las consecuencias de la muerte de César son numerosas, no se limitan únicamente a la guerra civil posterior. El nombre "César", por ejemplo, se convirtió en común a todos los emperadores posteriores, debido a que Augusto (de nombre, Cayo Octavio), al ser adoptado oficialmente por el dictador cambió su nombre por el de Cayo Julio César Octaviano; y dado que todos los emperadores posteriores a Augusto hasta Nerón fueron adoptados por el predecesor, el cognomen César acabó siendo una especie de "título" más que un nombre. Desde Vespasiano en adelante los emperadores lo ostentaron como tal, aún sin haber sido adoptados por la familia César. Tanto prestigio acumuló el cognomen que de César provienen los apelativos káiser y zar.

En el lugar de la cremación de su cadáver se construyó un altar que serviría de epicentro para un templo a él dedicado, pues en el año 42 a.C. el Senado le deificó con el nombre de Divus Julius, acción que se convertiría en costumbre a partir de ese momento: todos los emperadores, desde Augusto en adelante, fueron deificados a su muerte. Esta práctica es la que al parecer inspiró las últimas palabras de Vespasiano, que al sentirse morir se dice que dijo "Creo que me estoy convirtiendo en dios".