La "Carmen" de Stalin


Su singularidad iconográfica oculta una nulidad intelectual casi absoluta. Fue la adaptación celtibérica del estalinismo. Estuvo a punto de meterse a monja. En el 68 suscribió una tibia crítica a la invasión de Checoslovaquia. Apoyó con entusiasmo las masacres de los demócratas alemanes, húngaros o checos.

Dolores Ibárruri es la española más fotografiada de nuestra Historia: su nombre es más conocido que el de cualquier mujer realmente importante en la cultura o la política del siglo XX, que ha tenido la veneración de una parte de nuestro pueblo y concitado el odio de otra parte mucho mayor. Pero casi nada de lo que se le atribuye, bueno o malo, es propiamente suyo. Su singularidad iconográfica oculta una nulidad intelectual casi absoluta: no hay un libro, un artículo, una sola frase que, de ser buenos, sean suyos, y que, de ser suyos, sean buenos.

Como gran sacerdotisa de la iglesia marxista-leninista, fue vulgar hasta en la sumisión con que siguió las directrices del más genocida de los movimientos políticos contemporáneos: el comunismo de la época de Stalin, en el que interpreta un papel de poco guión y mucha cámara.
La Pasionaria, como se le conoció siempre, es la carátula hispánica del dogma estalinista: una imagen clásica y sombría, elegante y arrogante, derrotada y noble, -convencional en el fondo- de lo español para extranjeros.

Si la
Carmen de Merimée fue una popularísima españolada para la pequeña burgesía occidental, la Pasionaria fue una representación del antifascismo mediterráneo para la izquierda de todo el mundo. Dolores Ibárruri es la "Carmen" de Stalin, una rebelde de lo más obediente.

Nació en Gallarta (Vizcaya) en 1895, de familia minera y carlista. Comenzó su andadura política por vía matrimonial al casarse con un minero socialista llamado Julián Ruiz, con el que adquirió ciertos rudimentos de marxismo. No pasó hambre de niña, como se ha dicho, y su formación escolar hasta los 15 años fue bastante buena para la época. El ambiente familiar, las lecturas piadosas y su fortísimo carácter favorecieron una devoción religiosa que la llevó a las puertas del convento. Pero - leyendas aparte- no pasó de ahí.


Ayudó a su marido en la Huelga Revolucionaria de 1917, lo acompañó en la escisión procomunista del PSOE en 1919 y entró en el PCE y en el Comité Provincial de Vizcaya en 1920.
Tras unos cuantos años de penalidades y aventuras en los que tuvo cinco hijos (Ester, Rubén, Amagoya, Azucena y Amaya, éstas trillizas, de las que murió Amagoya al poco de nacer y Azucena a los dos años), fue afirmando su vocación política y encauzándola a través del periodismo de partido. El Minero Vizcaíno y La Lucha de Clases fueron los escaparates del seudónimo Pasionaria que eligió ella misma porque su primer artículo salió durante la Semana de Pasión de 1918.

Su carrera fue lenta, condicionada por el carácter minúsculo y sectario del comunismo español. Después del empujón inicial del marido, su padrino político fue José Bullejos. Por él entró en el Comité Central en 1929, pero en 1932 la
troika Bullejos-Adame-Trilla cayó por pretender cierta autonomía con respecto a Moscú. Dolores Ibárruri, tras un amago de respaldo, traicionó a Bullejos y lo injurió ritualmente. Nunca más se rebeló en serio contra la URSS. Así sobrevivió en la dirección del PCE hasta su muerte en 1989, pocos meses antes de la caída del Muro.

Pasionaria
fue publicista eficaz y mitinera notable dentro del género tremendista, pero la II República tenía oradores formidables y en las Cortes a las que llegó en febrero del 36 el nivel parlamentario de los comunistas era bajísimo. Aunque no había muchas mujeres dedicadas a la política, La Pasionaria era superada en prestigio y popularidad dentro de la izquierda por Victoria Kent, Margarita Nelken o Federica Montseny. Al fracasar parcialmente el Alzamiento del 18 de julio y convertirse en Guerra Civil, el PCE va tomando importancia en función de la presencia soviética, previo pago del oro del Banco de España. Pero son Negrín y Alvarez del Vayo los hombres de Moscú en el Gobierno.

Los ministros Hernández y Uribe, José Díaz, secretario general del PCE, y la muy fotografiada Dolores simplemente obedecen al hombre de Stalin, Palmiro Togliatti, escoltado siempre por el búlgaro Stepanov y el húngaro Erno Gerö.


La gran historia de amor y rencor de
La Pasionaria comenzó entonces en plena Guerra Civil cuando en 1937 se enamoró de Francisco Antón, guapo mozo pero de nulo nivel intelectual y político al que Dolores Ibárruri convirtió en super-comisario político, por el que se enfrentó con Indalecio Prieto para que no fuera a pelear al frente y al que promocionó hasta la cúpula del Partido Comunista de España (PCE) Terminada la guerra, fue atrapado en Francia por los nazis, pero La Pasionaria consiguió que Stalin se lo reclamara a Hitler y volviera a sus brazos en Moscú. Mantuvieron relaciones durante una década. Pero cuando Dolores pasaba de 50 él no tenía 40, y además ella tuvo problemas de salud y se separaron.

Por aquel entonces, Francisco Antón se había enamorado en Francia de una chica muy joven y muy guapa, con la que tuvieron familia -una hija nació subnormal- y pareció que, simplemente su historia había terminado. ¡Sí, sí, terminar! Cuando fracasaron las guerrillas del todo,
Pasionaria siguió siempre con su táctica habitual de culpar a alguien de haber hecho mal lo que ella había pensado bien.

Todas las purgas del PCE encabezadas finalmente por
Pasionaria, son iguales. Alguien es un obstáculo, ya por listo o ya por tonto. La dirección con Dolores al frente carga contra él. Si los rusos no lo respaldan, lo aplastan. Si ella se da cuenta de que la URSS puede no estar de acuerdo, pacta en secreto con los rebeldes y carga contra sus compañeros de la víspera. Así una y otra vez. El golpe más asombroso lo dio en 1956 cuando Uribe, su mano derecha, se dispone a terminar con la disidencia calculada de Carrillo y Claudín. Santiago Carrillo acaba siendo la mano derecha de Dolores y Uribe es condenado por el «culto a la personalidad» de Dolores y rematado por el objeto de culto. Aplauso unánime.

Pero la venganza contra Antón fue algo especial. Primero lo hizo culpable junto a Santiago Carrillo del fracaso del Partido en el interior. Carrillo defendió a Antón, pero viendo que nada detendría a Dolores, traicionó a su compañero de París y pasó a acusarlo de las peores fechorías. Llamado a Moscú, Antón acepta su derrota y suscribe una humillante autocrítica. Pero Dolores no está satisfecha: quiere que se le acuse de más delitos, aunque no sean ciertos. Antón se arrastra y se acusa de todo. No es suficiente.
En Checoslovaquia tiene que trabajar hasta 20 horas diarias, con su joven esposa que no puede atender a la hijita subnormal, pero la antigua amante es implacable... Cuando Antón ha reconocido hasta el número de sus víctimas en el partido durante años, es cuando Dolores revela para sorpresa de todos algo que sólo podía conocer por su intimidad con él: que su padre pertenecía a un organismo policial. Vuelta a confesar y arrastrarse. Y para rematarlo del todo -pues eso acarreaba la liquidación física-, Dolores lo acusa finalmente de ser un "agente extranjero". Todo esto se hace en la cúpula del PCE, sin que se entere la base. Nadie puede preguntar por qué si Pasionaria sabía que era un hijo de policía y un agente capitalista, se lo calló durante tantos años mientras dormía con él. Pero Líster, Uribe, Carrillo y demás estaban dispuestos a liquidar a Antón. Lo salvó la muerte de Stalin.

Vázquez Montalbán ve en esta historia el feminismo de Dolores. De su marido, exiliado, sólo se acordó en 1977, para un reportaje. ¡Tuvo suerte!
De la guerra se recuerdan sus fotos. No cuando trabajó para derribar a Largo Caballero y luego a Prieto, cuando pidió públicamente y obtuvo la ilegalización del POUM, con el encarcelamiento de su dirección, la tortura y asesinato de Nin y la calumnia póstuma.

Preconizó la resistencia a ultranza contra Franco, como quería Stalin, aunque ella huyó por avión con la dirección del Partido sin haber facilitado un éxodo menos horrible ni preparado una mínima estructura de resistencia.


Inmediatamente después, ensalzó el pacto nazi-soviético y glosó el reparto y represión de Polonia entre Stalin y Hitler. Algunos se lo recordaron cuando murió su hijo Rubén en Stalingrado, pero ella siguió apoyando con entusiasmo las masacres de los demócratas alemanes, checos o húngaros por la policía y el ejército soviéticos.
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En el 68 suscribió la tibia crítica carrillista a la invasión soviética de Checoslovaquia, aunque el PCE nunca rompió con la URRS. Exiliada de lujo en Moscú, nada hizo de imprevisible o que pusiera en riesgo sus prebendas casi burguesas.
Volvió convertida en mito a España en 1977 y presidió la Mesa de Edad de las primeras Cortes democráticas. ¡Suprema ironía! Sus alabanzas a Stalin y a la represión comunista en medio mundo darían para un libro tan grueso como repetitivo. Su carrera y su vida son bastante banales, salvo para los mitómanos impenitentes, y su única gran verdad es que resultó fotogénica hasta el final.