Para disfrutar: Lucia di Lammermoor en el Solis


Una relación sellada en secreto. La locura, la muerte, en medio de un tenso juego de poder y traición. Una historia: "Lucia di Lammermoor", recreada por una de las duplas clave para la ópera del siglo XIX, Gaetano Donizetti y Salvatore Cammarano.

Y también un escenario: el teatro Solís, que mañana a las 20 horas estrena una nueva temporada de ópera con un doble regreso: el del compatriota Ignacio Pilone, que esta vez tendrá a su cargo la dirección musical, y el de Massimo Pezzutti, desde Italia, en la dirección de la puesta en escena y la iluminación. Dos de los responsables de la puesta en escena en 2008 de Madame Butterfly -seguramente uno de los puntos más altos de estos breves ciclos operísticos que se vienen realizando regularmente desde 2005-, junto al director Martín Lebel de Francia.

Bajo la conducción de estos artistas, la producción de Lucia di Lammermoor se completa con la participación de la Filarmónica de Montevideo, más dos elencos integrados por cantantes de Uruguay, Argentina, México y Chile, que alternarán en las cinco funciones programadas (28 y 29 de mayo, 1, 3 y 4 de junio, siempre a las 20 hs). Los desafíos escénicos, musicales y de producción, ya no son novedades, son muchos y se plantean en varios frentes.

Como en años anteriores, se vuelve a revisitar un título emblemático, de referencia (casi) obligada en el repertorio belcantista. De las revisiones realizadas, incluso desde su exitoso estreno el 26 de septiembre de 1835 en el teatro San Carlo de Nápoles, muchas son también de referencia inevitable y, para melómanos y especialistas en este género, también muy conocidas. Otro tanto ocurre con los múltiples registros fonográficos: desde las recordadas interpretaciones de María Callas, como las editadas en 1953, 1954 o 1955, por ejemplo -la primera bajo la dirección de Tullio Serafin y las siguientes con Herbert von Karajan-, las innumerables de Lily Pons, hasta las más recientes de 2009 con voces tan diferentes como Anna Netrebko o Edita Gruberova cantando el papel principal de Lucia. Y por último, aunque no menos importante, la discusión sobre los márgenes de riesgo que se asume (o se puede asumir) a la hora de abordar la puesta en escena siguiendo casi sin variantes el modelo europeo. Pero con inversiones y costos artísticos, económicos e infraestructurales muy diferentes. El tema por cierto sigue necesariamente abierto en todas sus implicancias estéticas, artísticas y hasta filosóficas.

Sobre este último desafío, inquietud o problema, no hay respuestas definitivas. Y quizás es preferible que así sea. El contexto histórico que el proyecto artístico puntual brinda, es en ese sentido una alternativa interesante para sumar elementos a la reflexión. Y la experiencia y la propuesta de Massimo Pezzutti tiene algunas claves para ello.

Esta puesta de Lucia di Lammermoor -explica el artista italiano- "es obviamente compleja, rica en sugestiones y agradable a diferentes niveles". Por esta razón fue concebida desde "la preocupación de que todo lo que sucede sobre la escena sea comprensible al máximo por el público". Y si bien hay una unidad en el planteo global, un cierto "dibujo preestablecido" sostenido por su interpretación personal de la obra, hay "algunas pequeñas diferencias sugeridas a cada elenco a fin de explotar las diferentes personalidades de los cantantes".

En el plano interpretativo -agrega- "una de las mayores dificultades reside en la obligada (hoy, en una representación lírica es impensable que el canto se reduzca sólo al placer del oído) realización de la parte vocal a partir de asumir absolutamente sus connotaciones dramáticas". Esto es, en una relectura crítica y creativa de varias de las raíces históricas del género, la apuesta a conjugar efectivamente los lenguajes corporales, musicales, escenográficos, en la performance, y un (saludable) abandono de aquella imagen del cantante tan virtuoso en su canto como tieso, con mínimos gestos, al punto de anular el valor del espacio y el movimiento como elementos para componer una historia.

Para lograr este proyecto, Pezzutti destaca otra vez como pieza clave la claridad. Las tradiciones que portan los elencos y escenarios del Primer Mundo no se trasplantan, por lo que la alternativa es en su opinión un trabajo sustentado por la calidad: "y específicamente el teatro Solís tiene una organización y un departamento técnico de gran calidad, que comparte todas las fases de la creación de un espectáculo con entusiasmo y ganas de dar lo mejor". La confianza de esta afirmación tiene un buen antecedente: Madame Butterfly, en 2008. Pero mañana tendrá sobre el mismo escenario otra prueba para la que -enfatiza- "ha tenido la suerte de encontrar cantantes que además de tener bonitas voces, tienen una gran inteligencia escénica; han trabajado mucho para conseguir el máximo posible apropiándose de mi propuesta interpretativa".

La coronación de una serie de éxitos

Hacia los años 30 del siglo XIX, Donizetti (1797-1848) se erigía como una figura fundamental del género operístico. Poco antes se dio el sorpresivo retiro de Rossini. En 1835, fallecía Bellini, y todavía faltaban cinco años para la exitosa insersión de Verdi en aquel ya competitivo mercado. Por tanto los caminos estaban completamente abiertos para el compositor de Bérgamo. Y su recorrido hasta la consagración fue considerablemente rápido gracias a una singular habilidad (y velocidad) compositiva. Así es que en 1835 llega a estrenar su mayor éxito: Lucia de Lammermoor, que se convirtió en el título número 46 de su catálogo operístico y con el que dejó algunos de los números individuales más célebres de la historia como la gran escena de la locura y el dúo de la pareja principal, "Verranno a te sull'aure".

Tres personajes donizettianos

Lucia de Lammermoor: Paula Almerares - Luz del Alba Rubio. Dos sopranos con brillantes carreras internacionales: la primera, en Argentina, y la segunda de Uruguay, para un rol que explota en la famosa escena de la locura.

Edgardo: Juan Carlos Valls y Gerardo Marandino. El enamorado de Lucia, que también se ve privado de vivir la relación amorosa por la histórica rivalidad de su familias, los Ravenswood, y la de Lucia, los Ashton.

Arturo: G. Marandino y Diego Reggio. Es el otro personaje que Donizetti asignó al registro de tenor, y que, en la historia, es el noble que se compromete con Lucia. Otro desafiante rol vocal.

Dos figuras de éxito para una reconstrucción histórica:Gaetano Donizetti y Salvatore Cammarano.

Ambos creadores -uno compositor, el otro libretista- habían cerrado hacia 1835 un acuerdo con el teatro San Carlo de Nápoles. Fue el primero de otros seis proyectos conjuntos, y un desafío complejo: adaptar la novela La novia de Lammermoor (1819), del inglés sir Walter Scott, pero que se resolvió con la premura que exigía el mercado operístico en aquellos tiempos (Donizetti, por ejemplo, compuso la música en sólo seis semanas) El resultado, Lucia de Lammermoor, el título más importante de esta dupla creativa que recrea, entre elementos verídicos y de ficción, la dramática historia ocurrida hacia fines del siglo XVII y principios del XVIII entre dos familias escocesas rivales. La piedra de toque ya es un arquetipo: un amor imposible sucumbe en las redes de la traición y el poder, y desemboca en dramáticas muertes.

El País Digital