Conviene ser idiota

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por Carlos Rehermann

Algunos creadores tienen un contacto inmediato con el público, a pesar de la complejidad de su trabajo. Sus obras se hacen rápidamente populares y son imitadas por artistas de menor jerarquía, más atentos a la fama que a la obra. Otros creadores adquieren un prestigio más secreto, de tal modo que sus trabajos son admirados por sus pares, que trasmiten la obra a través de las generaciones y la toman como modelo aunque la masa la desconozca. En raras ocasiones estos artistas de alto nivel alcanzan popularidad fuera del círculo de los conocedores. Tal es el caso de Shakespeare que, por motivos no fácilmente explicables, tuvo éxito de público aún con obras herméticas o de texto complejo, culto e intrincado.

Hace poco, un crítico uruguayo se lamentaba que un dramaturgo supusiera que "el público está avisado", dando a entender que el el texto no era accesible a la mayoría de los espectadores. Esta observación permite por lo menos dos reflexiones. Por un lado, el crítico se coloca a sí mismo en un nivel superior al del público: él sí es capaz de entender, y también de constatar que eso que él entiende no es comprensible para el vulgo. De acuerdo con la función histórica de la crítica, su deber sería el de intentar subir el nivel de la masa, es decir, hacer comprensible la obra a aquellos que no la entienden. En cambio, el crítico más bien le pide al autor que tenga en cuenta las limitaciones (que el crítico supone) del público. Esta actitud es bastante común: en vez de analizar la obra, se postula implícitamente un modelo y se verifica si la obra se adecua o no a él; en el caso afirmativo, la obra vale; de lo contrario, el creador deberá cambiar. Aquello que Asimov decía sobre los críticos (eunucos en un harén) se asoma aquí con bastante claridad. El crítico, vestido como mediador, en realidad actúa como promotor, como artista que delega: intenta que sus ideas sobre la creación se plasmen a través del trabajo de otros.

Por otro lado, el crítico le pide al autor que subestime al público. Esto no es sorprendente: el propio crítico se coloca a sí mismo por encima del nivel de los espectadores; busca un cómplice que legitime su actitud. El autor que escribe un texto complejo está colocando a los espectadores en el mejor lugar posible. El autor escribe lo que sabe escribir, ¿por qué habría de hacer menos de lo que puede? ¿Por qué subestimar la capacidad de comprensión de los espectadores?

El crítico quisiera defender que la obra, en la medida en que (él supone) el público no la comprende, está mal. Esta visión es también clásica de la crítica: el artista tendría un rol de catalizador de las apetencias y anhelos de la masa. Esto, que puede parecer democrático, es en realidad una defensa del elitismo y la superioridad de ciertos sujetos dentro de la sociedad: aquellos capaces de comprender la totalidad de la realidad y plasmarla en una obra. Una idea tonta que tiene ya algunos siglos de éxito. El artista hace lo que sabe, es decir lo que puede, y la historia (o tal vez ciertas energías ignotas) darán o no valor a su obra.
Volvamos a Shakespeare y a su éxito de público. Los más especializados analistas de su obra discuten y dudan acerca del sentido de muchos de sus fragmentos. Nadie con una pizca de información podría decir que sus textos son fáciles, pero el crítico uruguayo le sancionaría la complejidad, y le diría con tono paternal que, para triunfar, conviene ser idiota.

* Publicado originalmente en Insomnia