Un 15 de marzo también se marchaba Wilson


El 27 de junio de 1973 el gobierno de Juan María Bordaberry disolvió las cámaras. En el Senado, reunido en sesión extraordinaria cinco minutos antes de la medianoche, se escucharon los últimos discursos con los cuales se cerrarían 31 años de democracia ininterrumpida. Ferreira dijo entonces: "Me perdonarán que yo, antes de retirarme de sala, arroje al rostro de los autores de este atentado el nombre de su más radical e inconciliable enemigo, que será, no tengan la menor duda, el vengador de la República: ¡viva el Partido Nacional!".

En el año 1976, exiliado en Argentina, Ferreira salvó su vida cuando un escuadrón militar secuestró y asesinó en Buenos Aires al senador Zelmar Michelini y al diputado Héctor Gutiérrez Ruiz. Se refugió en la Embajada de Austria, e inició un duro combate internacional contra el régimen militar. Una presentación suya ante el Senado de los Estados Unidos, en Washington DC, logró que éste suspendiera la asistencia militar a la dictadura uruguaya.

El 15 de marzo se cumple un nuevo aniversario de su desaparición física. Quienes hemos vivido los hechos de la década del 70 y conocido a Wilson -aún no siendo correligionarios- lo recordamos como un hombre íntegro que dio a su país y a su filiación partidaria los mejores años de su vida. Que viva siempre en el recuerdo.

Caudillo

Hoy, a veinte años de su muerte, es evidente que la imagen de Wilson Ferreira Aldunate permanece viva en el recuerdo. Su herencia política ya no pertenece a un sector sino a todo el Partido Nacional y en buena medida, a todo el país. Es una herencia que conjuga inteligencia y sacrificio, dos condiciones que el caudillo blanco expuso largamente en vida. Inteligencia para abrirse paso en la política nacional, sacrificio para mantener sus principios en alto, contra viento y marea.

Si Wilson probó su capacidad ejecutiva como ministro de Ganadería formando un muy buen equipo, su llegada al senado confirmó que su voz iba a resonar en todos los ámbitos del país. Desde su banca impulsó grandes leyes y fue un acendrado denunciante de irregularidades en el gobierno, tarea esta última que lo convirtió en un genuino "fiscal de la nación". En esa labor, interpeló y logró la renuncia de varios ministros del gobierno de Pacheco Areco, acción que lo proyectó como la principal figura de la oposición. Candidato a presidente, reunió más votos que todos sus rivales, pero la ley de lemas y ciertas maniobras electorales de las que más vale ni acordarse impidieron su acceso al poder. La etapa final de su carrera es más conocida. Sus palabras en la víspera del golpe de Estado de 1973 todavía retumban en los oídos de una generación, así como su pétreo compromiso de luchar desde el exterior por la recuperación de la democracia.

Exiliado durante once años, absurdamente requerido por tupamaro, fue proscripto como candidato en las elecciones de 1984. Después, al salir de la cárcel militar de Trinidad, en su viaje hacia Montevideo fue objeto de uno de los mayores homenajes populares que haya recibido un político en la historia del país. Su discurso en la explanada garantizando la gobernabilidad así como su apoyo a la ley de caducidad demostraron que carecía de ánimo de revancha y confirmaron su sentido constructivo, propio del estadista que era. Entonces, con valor y dignidad admirables, afrontó la enfermedad que lo llevó a la muerte. De haber vivido hubiera sido sin duda Presidente de la República. No lo fue, pero la huella que dejó a su paso por la vida perdurará siempre en el corazón de los uruguayos.