En el Día de la Mujer, recordar a una grande rioplatense: Beatriz Guido

Durante la década del 60 en la Argentina se desarrolló la industria cultural más importante de habla hispana, y dentro de ella, el libro jugó un rol fundamental. En ese contexto, tres escritoras -Beatriz Guido, Silvina Bullrich y Marta Lynch- abrieron un camino y supieron, con distintas variantes, expresar las diversas situaciones por las que fue atravesando el país. Aunque cada una aspiraba al protagonismo absoluto y competía con las otras, se potenciaron mutuamente y formaron un trío mediático de enorme presencia. A pesar de las disparidades de su obra, Beatriz fue la escritora más compleja e interesante de las tres.

Hija del arquitecto Angel Guido -autor del Monumento a la Bandera en Rosario- y de una actriz que dejó las tablas al casarse, desde muy chica participó de una vida cultural intensa. En la casa de Ernesto Sábato conoció a Leopoldo Torre Nilsson, quien no solo sería su pareja, sino también el director de varios films basados en sus libros.

En 1955 ganó el Premio Emecé con su primera novela, "La casa del ángel". La protagonista es una joven de la alta burguesía que vive en una casona conocida con ese nombre por una escultura ubicada en la terraza. Como sucede frecuentemente en sus novelas, los climas son más importantes que la historia, y ya aparecen las familias decadentes y las jóvenes criadas con principios rígidos, acosadas por el despertar de la sexualidad. Nilsson filmó una adaptación de La casa del ángel con las actuaciones de Lautaro Murúa y Elsa Daniel. El film convocó más de un millón de espectadores y demostró que aquí también se podía hacer un cine de vanguardia que hablara de nuestros mitos y prejuicios. Habían creado un estilo.

Luego vendrían "El secuestrador" , "La caída", "La mano en la trampa", "Piel de verano" y "Fin de fiesta" , novela en la que Beatriz ingresa nítidamente en la temática histórico-política que continuaría hasta su muerte. La acción transcurre en la década del 30 con la corrupción y el hampa al servicio del poder, y se introducen escenas como la sesión del Congreso en que interviene Lisandro de la Torre y es asesinado Enzo Bordabehere. La versión cinematográfica con Arturo García Buhr, Graciela Borges, Leonardo Favio y María Vaner, se estrenó en el teatro Astro de La Plata con policías en la puerta. Ante los gritos y agresiones entre distintos bandos, se debió interrumpir la proyección.

Torre Nilsson no filmó "El incendio y las vísperas", la obra que terminaría de consagrar a su esposa. Ambientada en la época del primer peronismo, describe la desintegración de una familia aristocrática que sacrifica a uno de sus miembros forzándolo a aceptar un cargo diplomático para evitar la expropiación de sus campos. Fue el éxito editorial del momento, y mientras que unos la comparaban con Amalia, de José Mármol, otros la calificaban de superficial, vacía y malintencionada. Hasta el mismo Perón se tomó el trabajo de comentarla: "Es el Grosso [texto escolar de Historia] chico de la Revolución Libertadora", dijo. Arturo Jauretche en su libro "El medio pelo en la sociedad argentina" (otro gran best seller de la época), le dedicó todo un capítulo, al que tituló "Una escritora de medio pelo para lectores de medio pelo". El medio pelo, según Jauretche, representaba a la clase media profundamente antiperonista, "un sector que creyendo imitar a la clase alta se imita a sí mismo, en su ambigua situación de ´quiero y no puedo , de ´soy y no soy ".

Aunque su abuelo Agostino Guido fue un inmigrante italiano, Beatriz representó un estilo de intelectual elegante y sofisticado, aunque irreverente y audaz. Ella nunca renegó de ese modelo, más bien trató de estimularlo. Una de las claves de sus novelas fue permitir la ilusión del lector de acceder a las intimidades de la clase alta como si la espiase por el ojo de la cerradura. Cinco años después de El incendio y las vísperas , llegaría "Escándalos y soledades", novela más cercana a la vanguardia y la experimentación.

Junto a Torre Nilsson formó la pareja más destacada del mundo intelectual argentino. Corpulento y con gruesos anteojos, él generaba una mezcla de admiración y temor que contrastaba con el carácter expansivo y abierto de Beatriz. Ella había incorporado la literatura a su vida cotidiana y mentía constantemente, según decía, "para hacer felices a los demás". Vivieron momentos duros y momentos de esplendor, aunque siempre se esforzaron por mantener las apariencias. Las vicisitudes económicas no se debieron solamente a la compulsión al juego de Nilsson (que Beatriz siempre apañó, en su afán de protegerlo) También apostaron en el cine, y no siempre con éxito: con algunas películas ganaron fortunas, y con otras, lo perdieron todo y debieron volver a empezar. Ella participó en casi todos los films de su marido (no sólo los basados en sus libros), colaborando en los guiones, opinando sobre las escenografías. Jamás faltaba a un día de filmación.

En 1978 murió Torre Nilsson y Beatriz cambió: se replegó en su familia y amigos íntimos y se abandonó completamente. Aunque siempre se había preocupado por la estética, ya durante la enfermedad de su marido había comenzado a engordar y a descuidar su vestimenta. Para evitar apremios económicos, debió ocuparse de las relaciones públicas de la editorial Losada, en la que publicaba sus libros. Entonces escribió "La invitación", novela que transcurre en la época previa al regreso de Perón al país (filmada por Manuel Antín) y "Apasionados", libro por el que ganó el Premio Nacional de Literatura. Con el retorno de la democracia se acercó a Raúl Alfonsín, el político que representó más que ninguno las ideas de Beatriz, y fue nombrada agregada cultural en España. Allí escribió su última novela, "Rojo sobre rojo", basada en el secuestro y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu. Pero ya no era la misma. Tremendamente gorda, se sofocaba con frecuencia y le costaba caminar. Por fin, fue internada en la clínica Ruber de Madrid, donde murió el 29 de febrero de 1988. Por orden expresa del presidente de la Nación, fue velada en la Secretaría de Cultura en la Avenida Alvear. Aunque recibió las honras de un personaje célebre se la olvidó pronto, como suele suceder en la Argentina. Sus libros desaparecieron de los estantes de las librerías, y en los diarios y las revistas, prácticamente, no se la nombró más.

Por Cristina Mucci
Para LA NACION