Mejor el silencio

Mejor el silencio*

Carlos Rehermann

En el séptimo círculo del Infierno están los violentos, bajo la mirada insana del Minotauro, hijo de los amores bestiales que Pasifae tuvo con el toro blanco que Poseidón hiciera surgir de las olas de Creta para premiar al rey Minos. Privado por Dante de su nombre (Asterion), es llamado únicamente por el signo que señala su doble naturaleza, mitad humana, mitad animal. Los violentos, sumergidos en la sangre ardiente que llena el cauce del río Flegetonte, se aterran ante la presencia del vigilante monstruoso que personifica aquellas pasiones que en la tierra los dominaron.

La violencia puede bien proceder de la ira, que según la parte tercera de la Ethica de Spinoza es un deseo que nos incita, por odio, a hacer mal a quien odiamos. Y el odio es una tristeza acompañada por la idea de una causa exterior. ¿Y la tristeza? Pues el viejo Baruch explica que la tristeza no es otra cosa que el paso del hombre de una mayor a una menor perfección. Así pues, los iracundos (que en el Infierno están en el quinto círculo, o el los quintos infiernos) pueden llegar a ser violentos, lo que los condena a bajar dos pisos en el laberinto subterráneo de Dante; todo porque pasan a un estado de menor perfección y se lo atribuyen a algo exterior a sí mismos…

No es casual que la alegría de otros impulse a los iracundos a descender al séptimo círculo: en efecto, siguiendo a Spinoza, la alegría es el paso del hombre de una menor a una mayor perfección. Habría pues una envidia de los iracundos, que es estrictamente un “odio” que afecta al hombre de tal manera que se entristece con la felicidad de otro y se goza con su mal.

Movidos por esa tristeza que achacan a causas externas, los iracundos (quinto círculo) violentos (séptimo círculo), mediante procedimientos fraudulentos (octavo círculo, octava bolsa) y haciendo uso de una gran hipocresía (octavo círculo, sexta bolsa), siembran la discordia (octavo círculo, novena bolsa)

En su Tractatus Logico-Philosophicus, Ludwig Wittgenstein dice que “nos hacemos figuras de los hechos”. Y más: “Una figura es un modelo de la realidad”. Dice: “En la figura y en lo figurado debe haber algo idéntico, como para que una pueda ser figura siquiera de lo otro. Lo que la figura debe tener en común con la realidad para poder figurarla a su modo y manera -justa o falsamente- es su forma de figuración”. Es por esta causa que un conjunto de palabras puede estar tan cargado de violencia como un acto real de agresión física.

Los hipócritas fraudulentos, violentos, iracundos, que siembran discordia (¿Podrán desdoblarse para ocupar a la vez tantos círculos del Infierno?) elaboran constantemente figuras agresivas cuando hablan, y en ocasiones (cuando a sus pecados unen el coraje) realizan lo que figuran -es decir, patean, acuchillan o rompen cabezas- Tal vez el problema de estos pobres es que intentan expresar lo inexpresable. Como bien dijo Wittgenstein, “Lo inexpresable, ciertamente, existe. Pero no se puede figurar; sólo se muestra”. El fraude de los hipócritas consiste en que pretenden figurar lo contrario a lo que se muestra y es inexpresable (por ejemplo, sus propios vicios)

Inquietos, perturbados, aterrados porque lo inexpresable se muestre a los ojos de todos, intentan desesperadamente expresar lo contrario. Les convendría llegar a la séptima y última proposición del Tractatus..., que dice: “De lo que no se puede hablar, es mejor callar”. Siempre es mejor el silencio que el infierno.

* Publicado originalmente en Insomnia