El primer teatro montevideano

La Casa de Comedias, primer teatro de Montevideo

Casa de comedias
Casa de comedias. Dibujo de época. Circa 1800

La primera sala teatral que hubo en Montevideo estuvo vinculada a un designio político. En efecto, fueron el gobernador don Antonio Olaguer Feliú y don Antonio de Córdoba, comandante del Río de la Plata, quienes animaron a don Manuel Cipriano de Mello y Meneses, portugués, connaturalizado en actos de su Majestad Católica, “a que hiciese dicha Casa de Comedias, en un corral alquilado, para divertir los ánimos de los habitantes de este pueblo que podrían padecer alguna quiebra en su fidelidad, con motivo de la libertad, que había adoptado la Revolución Francesa”. Hasta entonces, en la actual capital uruguaya sólo habían existido algunas experiencias aisladas, afines al hecho teatral.

El profesor Juan Carlos Sabat Pebet, estudioso del tema, encontró un documento de 1792 en el que se habla de la caja de títeres de Juan Camacho; y Lauro Ayestarán relata que “unos oficiales de la marina española, comandados por Juan Jacinto de Vargas” en una especie de circo improvisado en la plazoleta del fuerte, “ofrecieron al pueblo montevideano funciones teatrales, lo que despertó extraordinario interés y coadyuvó a la erección de nuestro primer teatro”. Éste se levantó en un predio de la acera oeste de la calle del Fuerte (hoy 1 de Mayo, entre la Plaza Zabala y la calle 25 de Mayo): pertenecía a don Francisco Oribe y a la mariscala doña María Francisca de Alzáibar. El gobernador autorizó a Mello a tomar cuatro mil pesos de la caja de los fondos del regimiento de Infantería, suma garantizada por la hipoteca de algunas de sus casas. Parece ser que el edificio, que se inauguró como sala teatral en 1793, existía desde tiempo antes.

Obviamente, al ser Montevideo la última de las capitales actuales de la América española en ser fundada la aparición del teatro en ella también sería tardía con relación al resto. Al respecto informa Lauro Ayestarán que al crearse en 1793 la Casa de Comedias de Montevideo, el teatro homónimo de México ya tenía doscientos años; en Lima, el Corral de Santo Domingo funcionaba desde 1600; Potosí contaba desde 1716 con su Coliseo de Comedias; y el Teatro de la Ranchería de Buenos Aires existía desde 1778.Todo esto ocurría porque la América hispana recogió la rica herencia teatral española. Recordemos por ejemplo que en la península ibérica el período barroco trajo consigo las obras de Lope de Vega (1562-1632) y Calderón de la Barca (1600-1681), notables piezas que -ya fueran de inspiración popular o religiosa- eran disfrutadas con igual interés por el público americano.

Muy modesto fue el primer edificio teatral, como modesto había sido el origen de Montevideo. Era en realidad un gran galpón con techo de tejuelas, según se desprende de los apuntes que hiciera el dibujante y calígrafo Juan Manuel Besnes e Irigoyen sobre el mismo. En cuanto a su interior, lo que mejor permite acercarse a él es la descripción que en 1807 hizo un oficial de la expedición del brigadier Crauford. Dice así: “La casa era extremadamente buena, pero sus dimensiones escasas; estaba dividida en diversos puntos, similar a los sitios de diversiones en esta ciudad; pienso que sea como el Teatro de la Ópera y otros muchos teatros extranjeros; la cabeza del apuntador aparece por una puertecita abierta en el piso. Aquí no hay galería, y los palcos bajos están a ras del suelo. Presumo que en el área del patio en el cual los asientos están divididos, los asientos de palcos son para ocho personas, y que habrá un límite para la admisión de asistentes, pues si esto no interesa tanto a los propietarios, en cambio, ha de importar mucho a los espectadores, y conviene proteger a éstos de los empujones, apretones y pinchazos, según enseña la experiencia de los salones de fiestas de Inglaterra. La techumbre está soportada por pilastras de grandes dimensiones, las cuales, con exclusión de su agradable estructura quitan la vista de gran parte de la audiencia con la única ventaja de ofrecer un hermoso conjunto” (citado por Lauro Ayestarán en La música en el Uruguay, tomo I)

Aunque según los criterios de hoy no parezca muy tentadora la asistencia a tal sala, si se tiene en cuenta que esa posibilidad y la de las lidias taurinas eran los únicos espectáculos posibles del primitivo Montevideo, se comprende la relevancia que cobraba entonces el primer teatro levantado en el actual territorio uruguayo. Por ser un centro de exposición social, también resultó motivo de disputas entre las autoridades locales: que si debe comenzar el espectáculo cuando los cabildantes lo indican, que si el gobernador cierra el local impidiendo así la entrada de los cabildantes... En fin: pueblo chico, infierno grande. Las representaciones teatrales se sucedieron desde la fundación de la Casa de Comedias hasta que Montevideo fue tomada por los ingleses, el 3 de febrero de 1807. La sala, objeto de clausura, fue luego destinada a “almacén y casa de almoneda por algunos comerciantes”, como lo consigna La Estrella del Sur. Reflexiona Ayestarán que los intereses comerciales habrían primado sobre el fin originario de la fundación del teatro: servir para el escapismo.

Los actores, que participaron en la defensa de la ciudad, más de una vez resultaron víctimas mortales. En 1808 luego de la derrota británica, significativamente se representó La lealtad más acendrada y Buenos Aires vengada, del presbítero Juan Francisco Martínez, quien debido al éxito de la pieza fue nombrado censor de teatro, cargo que abandona al estallar la revolución para pasar a ser maestro en la villa de Soriano y más tarde, capellán del 9º regimiento en la campaña del Alto Perú (1814) Al recobrarse de la ocupación extranjera, la población montevideana se volcó al teatro; pero la afluencia de “mujeres de otra menor consideración” hizo que el Cabildo llamara a “todas las personas de distinción del pueblo de ambos sexos y estados que quieran tener palcos para sus familias y lunetas para sí solos” a que “concurrieran a la dicha institución a los efectos de obtenerlas”, para recién dar los sobrantes a quienes lo pidieran. En 1814 finaliza la dominación española, sucediéndola la porteña. En este periodo el edificio empieza a denotar deterioro. El Cabildo pagará mil pesos a Prudencio Murguiondo quien prestó esa suma para la refacción del teatro; también seguía abonando 150 pesos mensuales por concepto de alquiler a doña Ana Joaquina de Silva. Dueño el artiguismo de la Banda Oriental, en 1815 Bartolomé Hidalgo dirige la Casa de Comedias. Como vocero de la revolución que era, estrenó allí su pieza Sentimientos de un patriota. Con el dominio portugués en Montevideo a comienzos de 1817, Hidalgo ocupó por muy poco tiempo el cargo de censor teatral, pues en 1818 partió hacia Buenos Aires y falleció -en medio de una absoluta pobreza- en Morón, en 1823.

El general portugués Lecor, entre otros actos, para congraciarse con la población local, mandó poner al día los sueldos de la Compañía de Juan Quijano y su esposa, la afamada Petronila Serrano: la mitad en moneda y la otra mitad en especies. Los cómicos fueron instados a formar una especie de sociedad cooperativa y así montaron La esposa vengativa, en la cual intervenía un joven de mucho futuro: Juan Aurelio Casacuberta. Por esta época, la sala teatral fue destinada también al juego de la lotería de cartones. En cuanto a los aspectos materiales de la sala se operaron algunos cambios. Por ejemplo, la sustitución del sebo en el alumbrado y la aplicación de colgaduras en los palcos. Hacia la fecha de la creación del Estado Oriental del Uruguay -primer nombre de nuestro país- fue necesario hacer obras de restauración, las que fueron encargadas al maestro José Toribio. La tónica política de la época hace que se represente Los Treinta y Tres, del poeta Carlos Villademoros. Luego vendrá la influencia romántica fundamentalmente a través de los emigrados unitarios, que también volcaron su antirrosismo en la producción teatral. Una víctima de Rosas, de Francisco Xavier de Acha, por ejemplo, fue un drama que conmovió al público montevideano. En los tiempos de la Guerra Grande (1839-1852) siguió funcionando la Casa de Comedias, entonces bautizada como Teatro del Comercio. Además del nombre, se reformó la sala: se ventiló mejor la casuela por medio de ventanas en el frente, se cambió el empapelado y los quinqués -que daban más humo que claridad- fueron sustituidos por faroles. Los cambios de nombre continuaron, ya que la denominación Teatro de Comercio fue sustituida por la de Teatro Nacional y luego por la de Teatro de San Felipe y Santiago. Por entonces, ya asomaba la competencia: la colectividad italiana mantenía un teatro en la calle Uruguay y una sociedad por acciones tenía ya el proyecto de edificación de una sala de jerarquía, que sería luego el Solís que se inaugura el 25 de agosto de 1856.

Ese mismo año, la vieja sala presentará la actuación de una compañía dramática italiana, otra de comedia española y otra de gimnastas y atletas. Al año siguiente se llevó a cabo una temporada que se esforzaba en competir constantemente con el Solís, actuaron las Compañías de Emmy La Grúa y Sofía Vera Lorini -soprano que actuara en la inauguración del Solís-, representando La favorita y Lucrecia Borgia, de Donizetti, Norma, de Bellini, Safo, de Giovanni Pacini, y El Trovador, de Verdi.

En 1871 aparece otro competidor: el Teatro Cibils, en la calle Ituzaingó casi Piedras. Ocho años más tarde se llevó a cabo la demolición de la vieja Casa de Comedias (en ese momento Teatro de San Felipe y Santiago), construyéndose inmediatamente otro edificio obra del arquitecto José Claret, cuyo nombre fue Nuevo Teatro San Felipe. Éste sería el último destino teatral de esa manzana tan irregular de la Ciudad Vieja, pues los hermanos Ortiz de Taranco compraron el predio hacia el año 1907 encargando a unos arquitectos franceses el proyecto de su magnífica residencia, hoy casa museo conocida como Palacio Taranco.