El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos




La señorita ubicada tercera a la izquierda y cuarta desde la derecha, es la diva que más ha paseado la carne argentina por el mundo. En esta foto de 1954 aún no soñaba con protagonizar una treintena de filmes muy denostados en su momento, hoy verdadero objeto de culto.

Frases antológicas como: "-¿Qué pretende usted de mi?", "-Cállese, no sea estúpido", o "-Pero usted, ¿no tiene madre?" en medio de situaciones que oscilan entre lo verdaderamente trágico, lo puerilmente cómico o lo decididamente kitsch supieron salir de esa boca mohinosa de Hilda Isabel, mientras era sometida por uno, dos o varios rufianes sudorosos con los ojos desencajados de codicia por su cuerpo.
Cuerpo limpio como pocos, siempre marinándose en cuanto río -lago, laguna, charquito o tajamar- descubriese a esos efectos el sempiterno director Armando Bo. Ícono de generaciones prisioneras de sus carantoñas mientras amasaba con desespero sus espectaculares pechos, Sarli es hoy una señora grande que sigue usando generosos escotes, cabellera larga y renegrida y maquillaje recargado pese a haberse retirado de los plató de filmación.
Su dicción nunca la habilitó para teatro, por cierto: su voz desmayada no lograba hilar una frase entendible. Pero nadie iba a notarlo, porque lo que en ella descollaba era su mirada perdida mientras enfrentaba situaciones increíbles con la impasibilidad que el director exigía mientras era sometida al manoseo de unos cuantos personajes anodinos que parecían siempre el mismo...
Isabel Sarli, la doña Coca que alberga perritos, gatos, loros y bichitos tan abandonados y solitarios como ella, bien merece un homenaje a su pasado de sex symbol rioplatense entre los 60 y 70s.