¡Oh, las hojas! ¡Hojas de fundamento!


Respetamos al hechicero sagrado, sin cuya necesaria y fundamental presencia no hay culto de orisha... Ko sí èwè, ko sí òrìsà!
Nunca nos detenemos suficientemente en examinar cuánto debemos ya sea social como ritualmente al gran médico-hoja y señor de los pájaros. Es que no nos damos cuenta por nuestros hábitos carnívoros que hasta el pan es vegetal y que los animales que comemos se alimentan también de vegetales y granos. Reparamos en lo anecdótico, el del elégún que danza con una sola pierna -claro, si Òsònyin es árbol, dendrita, hongo, musgo, araucaria, acacia, mandrágora... esa imagen del hombre monópodo es adecuada- pero nunca en todo aquello que a su energía debemos.

Hablamos de sangres minerales, vegetales y animales, pero la vegetal marca su presencia en nuestro concepto de pureza ritual y continúa actuando con la animal en cada obligación, en cada tempero, en cada asentamiento. Festejar a esta divinidad es pues un deber cotidiano aunque le dediquemos una fiesta de batuque.

Que podamos danzar para Él implorando su misericordia, y a Su vez nos cubra de hojas transmisoras de vida y salud. Que nos alimente con su sangre verde cada día y nutra a los animales que ofrendamos y comemos para que la Vida continúe.

Que sus encantamientos poderosos nos protejan del mal no previsto y alivien el previsto; que su silbido se escuche en toda comarca como un signo de paz y riqueza para los hombres, sempiternos cazadores.

Que las mujeres paran en abundancia y sus niños crezcan dorados como el polen y dulces como la miel, que todo corra naturalmente como el aceite de dendé y nunca el pan falte en cada mesa, supremo sacrificio de la espiga colmada que reverencia a la Madre Tierra.

Òsònyin aláwo wa, sàwúre pípé òrìsà'wè! (Osanyin es nuestro sacerdote, que nos haga el encantamiento de la buena suerte total, orisha hoja!)