Matar a la muerte: homenaje a Clodomiro Acosta Sosa

Como saben, hace pocos días perdí uno de mis mayores afectos repentinamente. Mi último tío paterno, Clodomiro, inició su viaje a la morada del Padre. Serenamente. En paz, luego de haber vivido una vida rica y productiva. Escribió, dibujó, sembró plantas e hijos, crió animales y siempre hubo en su mesa un cubierto más para quien se acercara.

Su pérdida me hizo reflexionar algunas cosas que tenía medio desperdigadas por ahí y que ahora -bajo su advocatio de ancestro, lar familiaris, daimon- copio, pongo en limpio y comparto. Si a alguien le provoca, pida por él para que Oníbode le facilite la oportunidad de reunirse con los suyos, que le esperan con amor, y regresar en mi familia.

Si hay una tarea que urge efectuar, esa es la de matar a la muerte. El temor a esta aparente cesación de vida -y con ello proyectos, metas, quereres y saberes- es la causa de la mayor parte de las desdichas actuales.

Herencia medioeval que hunde sus raíces en el tiempo, es difícil de erradicar aún para quienes tenemos una fe que la considera bastante desmitificada y únicamente el reverso de la vida, pero para nada un fin en si misma. La falta de ideales de unos, los erróneos de otros y sobre todo la manipulación son motivos para que se mire este hecho natural con pavor cuando debiera ser visto con serenidad y considerárselo tan sólo como el cumplimiento más lógico de una ley natural que, como todas las cosas naturales, resulta misericordiosísima. Pero los despotismos teocráticos de todos los tiempos y cuantas explotaciones del más débil han sido ejercidas por el más fuerte se han originado sin duda en este insano temor. En ese sentido, la educación tradicional europea de la que somos deudores inveterados, con su apego a los duelos y exteriorizaciones de una "pietas" mal entendida, ha fijado este sentimiento negativo acerca de esta cuestión tan esencial y normal en nuestra existencia como sociedad. Esas ortodoxias extemporáneas con sus infiernos tan temidos y temibles donde se decía que un sólo día de humana falencia se castigaría con tormentos eternos esterilizaron nuestra razón ante el misterio y, al hacernos cobardes, dejamos de ser esencialmente humanos para caer como víctimas de nuestra propia debilidad. De ahí que tanta y tanta neurosis religiosa pudo llevar al hospital psiquiátrico o al claustro a un gran número de creyentes deseosos de obtener con una muerte en vida una vida tras la muerte. Y la inevitable reacción escéptica ha provisto el mal contrario: ahogado el espiritualismo más sencillo y la más legítima esperanza de una vida de ultratumba apacible como justa consecuencia de una vida normal transcurrida aquí abajo en este plano, parece hasta lógico que las sociedades se sientan aferradas a una vida única que se escapa esquiva a cada instante y tras la que sólo nos quedaría aguardar una aniquilación consciente y absoluta.

Bien diferente resulta a quien considera como lo hicieran Pitágoras y Platón en Occidente, el budismo en Oriente o el poemario oracular de Ifá para el África Subsahariana que los hombres hemos de regresar una y otra vez a este plano para encontrar nuestra verdadera esencia divina con esa misma lógica del movimiento cíclico que evidencian las estaciones, la sucesión de los días, las ideas y otros fenómenos naturales e intelectuales. Como el oxígeno, que por medio de combinaciones y descomposiciones cíclicas se incorpora con el carbono en la respiración animal, se separa de él por la función de la clorofila vegetal, volviendo a ser respirado innumerables veces, retornando en el agua de la lluvia que pasa a ríos y mares evaporando, y nuevamente alimentando a la tierra, navegando en la savia y la sangre en un ciclo sin fin. Como dice el Ramayana en uno de los diálogos entre Krishna y Arjuna, "todo lo que nace debe morir; pero todo lo que muere renace eternamente" en una manera u otra. La naturaleza no es una masa inerte para quien la ve como obra divina, sino la manifestación visible de la Energía Creadora del Universo siempre eficiente que alberga en su seno todo lo que nace, crece y perece indefinidamente. Vida y muerte son sólo dos aspectos de una misma cosa. Las leyes de acción y reacción, de energía activa y pasiva, de luz y sombra, de oscilación pendular y eterna entre órdenes mal comprendidas por nuestra cortedad educativa -porque tenemos a la vista las alternancias entre labor y descanso, presencia y ausencia, siembra y recolección, pero no las relacionamos con la necesaria secuencia de vida y muerte jamás- están ahí y solo basta ver -presentir, descubrir- eso que las religiones califican como divinidades, ángeles, devas o daimones que administran esta maravillosa aventura de ser parte del universo.
No debemos temer a la muerte, entonces. No es un término, un fin irremediable sino un portal de la vida otra que a través de ella cumple con el más natural y misterioso de nuestros destinos. Eduquémonos no para morir sino para vivir intensamente cada instante esta nuestra realidad amasada en justa proporción con nuestros más puros sentimientos e ideales. Haciéndolo, se hace carne nuestra condición de dioses, porque nos hacemos dueños de nuestra propia vida y enfrentamos al más horripilante de nuestros miedos.

Claro que la muerte es, indudablemente, una indiscutible verdad para quienes aquí estamos despidiendo a aquellos que amamos. Pero ¿podríamos asegurar que la muerte sea una realidad indiscutible para quien emprende el viaje? En el instante en que se despeje de la inconsciencia del tránsito, ¿no verá la realidad ulterior que le aguarda como una nueva oportunidad, un reencuentro, una chance de más y mejor? Si así fuese, la muerte parecería para el muerto después de tanta angustia, no más que una insigne mentira. Vemos a nuestro alredor continuamente morir a quienes amamos, y de ello se desprende que esto también habrá de alcanzarnos en algún momento; sin embargo y sin que nunca nos hayamos detenido a pensar por qué, hay algo en nuestra conciencia -a quien repugna la idea tanto del no ser como del morir- que, aunque viviésemos cien años, pensaríamos y actuaríamos como si nuestra existencia jamás hubiese de interrumpirse...

Nuestra creencia es consistente: somos parte de la naturaleza y por ello sujetos a sus leyes eternas. Es más, entre todos los seres de la naturaleza el hombre está en el centro porque tiene Orí, una chispa divina que es parte de la Suprema Conciencia Cósmica a quien llamamos Olóòrun u Olódùmàre. Lo que nos permite decir, como los antiguos iniciados de los misterios órficos, délficos e isíacos: "Miradme: Yo Soy Isis. Para mí no hay pasado ni futuro, tan sólo presente. No hay muerte en la vida porque Yo Soy el eterno y misterioso vigilante, la llama eterna que preside todas vuestras existencias terrestres".