Festa de arromba com chá de varas por atacado e varejo



Porto Alegre tenía cada noviembre una fiesta de destaque: la del Bàrà Olóònnòn de pai Luiz da Silva –ìgbà e- La ladera se llenaba de coches de variado precio y tamaño ostentando placas de cualquier parte de Brasil, desde la capital del país, Brasilia, pasando por Salvador y São Paulo hasta las más modestas de los funcionarios estaduales de Rio Grande do Sul. Pai Luiz era un sacerdote muy bien considerado en los círculos del poder, tanto que su casa recibía donativos de acuerdo a un rubro específico del Parlamento brasileño que ayudaban al sostén de sociedades que prestaban servicios a su comunidad. Cada noviembre, entonces, pai Luis recibía los homenajes debidos a su orisha con la magnificencia de un rey y la humildad de un hombre de pueblo. Mientras él hacía los honores de dueño de casa a las autoridades públicas y religiosas que acompañaban el evento, su ogàn, el pai José Nunes de npònnòn cuidaba cada detalle para que los festejos a Bàrà fuesen cada año mayores y más espléndidos. Los ojos celestes del hombre de confianza de don Luis recorrían cada centímetro de la sala e indicaban casi imperceptiblemente a sus ayudantes lo que había que hacer sin demoras, cómo debía ser ubicado cada asistente, cómo se iba desarrollando ese complicado ceremonial de hospitalidad afrobrasileña que es la marca de estilo de una casa seria.

En sillas de brazos –cadeiras de honra e destaque- sacerdotes y sacerdotisas amigos del dueño de casa eran colocados en las filas de adelante para poder ser los primeros en recibir el abrazo del orisha festejado. Detrás, la asistencia dividida a la vieja usanza en un sector para varones y otro para mujeres, costumbre que se remontaba a los principios del rito de batuque, cuando era perseguido por las autoridades bajo la acusación de ser “antros de malos hábitos”. Quien conoce las diversidades afrobrasileñas desde adentro jamás podría suponer tal enormidad, porque son religiones que establecen una línea muy firme entre lo público y lo privado, entre lo sagrado y lo profano. Pero como se verá, también en ellas existe de todo, como en botica.

Un pai-de-santo muy conocido –y todavía vivo, por lo que su nombre ha de permanecer en el anonimato- concurrió al festejo acompañado de otro un tanto menor. Ambos fueron colocados en sendos lugares de honor, en el sector masculino. Pero uno de ellos, el que era menor en tiempo iniciático, tuvo la mala suerte de notar cerca de él la presencia de un muchachón de esos que van a las fiestas religiosas confundidos. Seguramente ignoraba que la casa de pai Luiz es una casa de respeto. Y las miradas entre pai-de-santo irresponsable y asistente se volvieron más y más directas sin notar que el ogàn principal de la casa no perdía detalle, observando el cruce de ambas y las señales inequívocas. A un breve cabeceo de complicidad, el muchacho salió de su lugar dirigiéndose al estacionamiento fuera del terreiro. Ni corto ni perezoso, el pai-de-santo paquerador dejó su sillón y salió detrás.

No contaba con que los hechos habían sido registrados por pai José con total disimulo, ya que nada podía empañar la gloria del festejo a Bàrà… Pai José entró en el altar de Bàrà donde siempre había dispuesto un haz de varas de membrillo –los sustitutos brasileños del atòrí- adornados con cinta de color rojo sangre. Y eligió la más flexible, la más verde quizá, para que la disciplina nunca fuese olvidada.

Con ella en la mano la mirada azul celeste recorrió el terreno hasta encontrar entre los coches estacionados a los tortolillos en plena tarea, al abrigo de una camioneta que permanecía en un lugar más apartado y lejos de los faroles. En pocas zancadas pai José se allegó para descargar con furia la vara de membrillo sobre los irrespetuosos que debieron huir marcados por la leal disciplina del ogàn de la casa. El pai-de-santo a los tropezones, a causa de sus anchos bombachudos al nivel de las pantorrillas, el muchacho a todo galope, por la ladera abajo con el lomo caliente.

Más tarde el dueño de casa, que no había tenido oportunidad de conocer los hechos de marras, se extrañaba con pai José de la ausencia del pai NN que había acompañado al pai XX a la fiesta.

-Antes que venga alguien a decir al señor que yo me pasé de la raya abusando de mis funciones –respondió el ogàn- la ausencia de ese señor se debe a que yo mismo lo eché a varazos por no respetar el reino de Bàrà. Y le narró por detallado la escena y su final.

El pai Luiz se mordió el bigote, divertido, y confirmó una vez más que Bàrà no había descuidado su casa sirviéndose de la lealtad a toda prueba del ogàn a quien El mismo había catulado, raspado y elevado a tal dignidad.

Esta anécdota entre otras fue narrada por bàbá José en Buenos Aires, en cena privada de Omi O Bàbá!

1 comentario:

Iya Zulema de Oxum dijo...

Hola Babá....¿¿¿Vas a publicar todas las historias?????...Para Julio tendremos que ir a Buenos Aires con
capucha...jajajjaj...Besos.....Zulema y José