SUEÑOS DE SEGUNDA MANO

Los abuelos del barrio El Triángulo siempre procuraban que, a la hora de la siesta, los pibes revoltosos nos quedáramos mansitos en nuestras casas. Por ese motivo, hacían increíbles esfuerzos para acobardarnos con historias de ‘aparecidos’ y ‘luces malas’, que se llevaban vaya uno a saber a dónde a los chiquilines desobedientes que salían a la calle en lugar de dormir. Claro que los pobres viejos chocaban contra dos obstáculos insalvables: nuestra absoluta ignorancia en esa clase de ‘sucesos paranormales’ y la diaria aparición de Don Tato. Era éste un anciano muy particular que surgía de la nada bordeando el zanjón, y se sentaba en la rotonda del ombú con su eterna canasta de mimbre cubierta con un trozo de paño verde. Don Tato pasaba toda la tarde relatándonos rarísimos cuentos de países lejanos y, con su simpatía de siempre, atendía a los clientes que se acercaban ansiosos de consumir la misteriosa carga que depositaba en su canasta. Con el tiempo nuestros padres nos pusieron al tanto del negocio que tan popular había hecho al viejito: Don Tato vendía sueños usados, de segunda mano. Cuando levantaba el paño verde, comenzaban a surgir maravillas de todo tipo: sueños color sepia para los nostálgicos de tiempos idos; ilusiones y desengaños amorosos que consumía Camilo Alarcón, el poeta del barrio; románticos desvelos para las adolescentes enamoradizas; y delirios de grandeza para los Alcurniente, los nuevos ricos que vivían en la cortada del Rosedal. Todos esperábamos con ansia cada nueva visita del fantástico comerciante. Excepto los abuelos, a quienes no se les movía un pelo por comprarle nada. Mientras tanto, cada vecino hacía la pasada de rigor por el lugar donde se ubicara el visitante, y partía hacia su hogar con la preciada mercancía y alguna indicación del vendedor: “-No coma mucho antes de usarlo, doña Matilde, mire que es de gritos y le puede caer mal” o “-Éste vino sin final, así que usted lo termina como más le guste”. Aún en días de lluvia o de mucho viento, Don Tato no faltaba a la cita. Se refugiaba en la esquina de la avenida o en la parada del colectivo, y seguía despachando ilusiones en sus clásicas bolsitas de papel de estraza. Las mismas que todavía utilizan algunos conspicuos vendedores de churros y esferas eclesiásticas (la abuela decía que ‘bolas de fraile’ queda mal) Como el pobre viejo no pagaba impuestos por su ‘negocio’, varias veces los inspectores de réditos anduvieron tras él: era una risa verlo escapar de los trajeados funcionarios perdiendo en el camino su gorra agujereada y algunos retazos de sueños que nosotros levantábamos para tratar de completarlos. En una de esas atolondradas fugas desapareció para siempre. Por un tiempo aguardamos su regreso, pero fue en vano. Dejó de frecuentar los lugares habituales y nosotros, que nos habíamos acostumbrado a no soñar por nuestra cuenta, empezamos a desesperarnos: necesitábamos de Don Tato. Nuestros padres pegaron carteles por todas partes solicitando informes sobre su paradero, pero nadie había visto jamás dónde vivía. Mientras tanto los abuelos seguían inmutables, porque eran los únicos que sí se acordaban cómo soñar aunque no sabían enseñarnos a hacerlo. El insomnio comenzó a apoderarse de todos. La sola idea de dormirnos y no soñar nos aterraba. Por eso, los pibes revoltosos del barrio creamos un grupo de investigación para encontrarlo. Las primeras pesquisas fueron un fracaso y nuestros informantes no eran demasiado confiables. Cuando estábamos a punto de darnos por vencidos, un rastro nos reveló su destino. Don Tato había muerto, pero su mercadería no aparecía por ningún lado. Siguiendo la huella de un sueño en cuotas que se había desgranado por el suelo, llegamos al puerto y lo que vimos nos estremeció: una extensa caravana de estibadores morrudos cargaba las bolsas repletas de nuestros sueños en un contenedor donde se leía “Argentina – For Export. United States of America. Relaciones Virtuales.”

Nunca supe bien por qué, pero los abuelos dicen que todas nuestras ilusiones fueron a parar allá. Será por eso que debimos acostumbrarnos a las de segunda mano... Las que vendía Don Tato.

Extraído de El Periódico del Sur